El heredero más imposible de Escocia 14
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​​ Ewan

Ivy sube las escaleras sin mirar atrás, y el sonido de sus pasos se pierde poco a poco hasta que la puerta de su habitación se cierra con un clic limpio. Me quedo abajo, solo, con el eco reciente de su presencia todavía suspendido en el vestíbulo.

Dejo las llaves y me quedo un segundo quieto, como si bastara con ocupar mi sitio para que todo vuelva a la normalidad. No sucede. No es el espacio ni la rutina; es algo más impreciso, una sensación que no termina de tomar forma y, precisamente por eso, no se deja ignorar.

Tampoco es el paseo. Ni la conversación que hemos tenido.

Es ella.

Resoplo y me paso una mano por la nuca, intentando apartar la sensación con un gesto mecánico.

La gente que analiza, que interpreta, que decide que hay algo que arreglar siempre me ha resultado innecesaria, fastidiosa, como si todo tuviera que someterse a una disección constante para tener sentido.

No hay nada que arreglar. Nunca lo ha habido.

Lo único que funciona es reducir, controlar, evitar; sobre todo evitar.

Así todo se mantiene limpio, manejable, sin margen para errores que no compensan.

No estoy roto. No lo estoy.

Y, aun así, la frase de Ivy se me queda clavada en algún lugar incómodo del pecho, dando vueltas una y otra vez aunque intente apartarla, como esas canciones que reaparecen cuando creías haber conseguido olvidarlas.

«Evitas decepciones».

Aprieto la mandíbula, no porque me sorprenda, sino porque no añade nada nuevo; no es una revelación ni un descubrimiento, sino una forma distinta de nombrar algo que ya está ahí.

Claro que evito. Claro que corto antes de tiempo.

Claro que no dejo que nada avance más de lo necesario, porque cuando lo hace el margen de error deja de ser teórico.

Camino hasta la ventana y dejo que la vista se detenga en el paisaje, inmóvil, ajeno a cualquier cambio interno.

Cometo el error de cerrar los ojos un instante y encontrarme con ella en mi pensamiento. Demasiado presente, demasiado fácil de recordar en movimiento. Ruidosa. Exasperante. Y, pese a todo, imposible de pasar inadvertida.

La imagen se detiene en detalles que no deberían importar: su pelo castaño con ondas que parecen descuidadas pero no lo están del todo, algunas mechas más claras que capturan la luz cuando se mueve, los ojos verdes, directos, atentos a todo… y, en ocasiones, a mí.

Aprieto los labios con lo precisa que ha sido esa observación.

Es irrelevante. Se va en dos días, como mucho, y no tiene sentido invertir nada en alguien que ya tiene una fecha de salida clara, alguien que no forma parte de este lugar ni de lo que intento mantener bajo registro.

—No estoy pidiendo ayuda —murmuro, más para fijar la idea que para convencerme.

No a ella . No a una desconocida que cree entender patrones porque ha leído lo suficiente como para reconocerlos cuando le conviene. Resoplo, apoyando el peso en el marco de la ventana.

Debería bastar con repetírmelo.