13
Ivy
Me despierto antes de lo que me gustaría, no por el frío ni por el silencio, sino por esa sensación embarazosa de haber dejado algo a medias, como una conversación que se interrumpe justo cuando empieza a ser interesante.
Entierro la cara en la almohada, pero es inútil; cuanto más lo evito, más presente se vuelve, con esa persistencia de lo que no tiene intención de desaparecer por sí solo.
Cuando bajo a la cocina, Ewan ya está allí. Levanta la vista cuando entro, lo justo para reconocerme sin convertirlo en un gesto relevante.
—Buenos días.
—Buenos días.
El intercambio queda suspendido entre los dos sin saber muy bien en qué convertirse. Es neutralidad consciente.
Abro uno de los armarios sin pedir permiso, y él no dice nada. Lo cual, teniendo en cuenta su carácter, ya es una forma bastante elocuente de adaptación.
—¿Tienes té? —pregunto, más por llenar el espacio que por otra cosa.
—En el segundo armario, lo tienes al fondo.
Lleno el hervidor mientras intento ignorar lo consciente que soy de su presencia al otro lado de la cocina. El agua empieza a calentarse con un zumbido suave y aprovecho esos segundos para moverme despacio, como si preparar una taza de té requiriera muchísima concentración.
Cuando el hervidor termina, dejo caer la bolsita dentro de la taza y me apoyo un momento en la encimera esperando que el agua oscurezca poco a poco, más pendiente de la distancia entre nosotros que del té en sí.
—¿Te apetece salir? —suelta de pronto.
Levanto la vista, sorprendida.
—¿Salir dónde?
—A dar una vuelta —revela—. Hay un sendero detrás del lago. Es… —busca la palabra— útil.
—¿Útil para qué?
—Para caminar.
Lo miro un segundo.
—Eres fascinante.—Doy un sorbo a la infusión y dejo la taza—.Vale. Caminemos —concedo—. A ver si consigo que formules una frase completa antes del mediodía.
—No prometo nada.
—Sería pedir demasiado.
El silencio que sigue no tiene el filo de anoche; se ha suavizado lo justo para no resultar hostil, aunque todavía conserva ese fondo de fricción que, sospecho, no va a desaparecer fácilmente.
Salimos poco después. El aire es limpio, frío, con ese olor a tierra húmeda que hace que todo parezca más nítido. El sendero serpentea entre árboles bajos hasta abrirse en una vista del lago, quieto, casi inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido un segundo para comprobar que seguimos aquí.
Caminamos uno al lado del otro sin tocarnos, con esa distancia precisa que evita cualquier interpretación innecesaria. Aun así, hay momentos en los que el terreno se estrecha y uno tiene que ceder el paso; pequeñas decisiones que, sin querer, hablan por sí solas.
—Se nota que no has vivido siempre aquí —comento al cabo de un rato.
—¿En qué?
—En cómo miras las cosas —me encojo de hombros—. Como si siempre estuvieras calculando cuánto van a durar.
No responde de inmediato. Se detiene un segundo, lo justo para observar el agua, y luego reanuda la marcha.
—Todo tiene un final —suelta, sin mirarme.
—Depende de cómo lo mires. Supongo que hay finales que solo lo son si decides verlos de determinada manera.
No añade nada, pero el sigilo entre ambos, cambia lo suficiente como para que se note aún más.
Un poco más adelante, el sendero se vuelve irregular. Me apoyo en una roca para bajar un desnivel y, esta vez, no resbalo. Aun así, noto su presencia cerca, atento, sin invadir, como si se negara a intervenir, pero tampoco fuera capaz de ignorarlo del todo.
—Gracias por… —empiezo.
—No he hecho nada.
—Exacto —replico—. Y aun así se agradece viniendo de ti.
Algo en su expresión cambia apenas, un matiz mínimo que podría ser una sonrisa si no se deshiciera antes de formarse del todo.Nos detenemos en un claro. El lago queda a pocos metros y el viento levanta pequeñas ondulaciones en la superficie.
—No siempre ha sido así —dice de pronto.
—¿Así cómo?
—Así —hace un gesto vago, que podría abarcar el castillo, el pueblo o a él mismo—. Yo.
La frase se queda ahí, sin más desarrollo.No pregunto. Hay algo en el tono que sugiere que, si empujo, se cerrará.
—Tiene sentido —apunto con cuidado—. Nadie empieza siendo… tú.
—Menos mal —añade seco—. Pero lo decía en serio.
—Pues tienes una forma curiosa de pedir auxilio —replico, mirándolo de reojo.
—No estoy pidiendo ayuda —rebate, sin levantar la voz—. Estoy bien como estoy.
—Se te nota —digo, con una media sonrisa que no es amable.
—Y desde luego no necesito tu ayuda —añade—. Estás aquí en mitad de las Highlands huyendo de tu propia realidad.
Me detengo lo justo para mirarlo de frente.
—Estoy aquí porque necesitaba parar —replico—. Estrés laboral. Se llama así.
—Se suele llamar así —corrige—, cuando no quieres llamarlo por su nombre.
—¿Y cuál es ese nombre, según tú?
—Huir de algo que no has terminado de cerrar.
—Vaya —inclino la cabeza—. Y tú, que tienes tanta experiencia en finales, ¿también eres experto en diagnósticos ajenos?
—No es un diagnóstico —responde—. Es un patrón.
—Curioso —murmuro—. Porque el tuyo también es bastante evidente.
—¿Cuál?
—Decidir que todo acaba antes de que tenga la oportunidad de empezar .Y llamarlo lucidez.
Su mandíbula se tensa.
—Funciona.
—Claro —asiento—. Evitas relacionarte con el resto de la humanidad porque así evitas decepciones futuras.
—No es tan complicado de entender —añade—. Los patrones suelen ser bastante obvios.
—Ah, los patrones —replico—. Entonces te resulto fácil de descifrar.
—Bastante.
—Qué alivio —sonrío sin alegría—. Yo también te tengo bastante calado. He leído suficientes manuscritos llenos de protagonistas masculinos capullos como para sacarme una carrera en psicología.
Su mirada se afila apenas.
—Entonces deberías saber que no todos encajan en el mismo molde.
—No —respondo—, pero algunos hacen un esfuerzo admirable por parecerlo.
El silencio que sigue ya no es neutro; tiene aristas.
—No necesito que me arreglen —añade al final.
—Tranquilo —respondo—. No acepto encargos absurdos.
El viento sopla con un poco más de fuerza y, sin pensarlo, me acerco un paso para evitar que me dé de frente. Él se mueve al mismo tiempo, quedando más cerca de lo necesario.
Lo incómodo —lo verdaderamente incómodo— es darme cuenta de que ese tira y afloja empieza a tener algo…
adictivo. Como esas historias que siempre me han parecido exageradas y que, sin embargo, funcionan precisamente por esto: por la fricción, por la réplica, por la sensación de que cada paso hacia delante exige uno hacia atrás.
—Deberíamos volver, va a empezar a llover pronto —suelta y, menos mal, porque estaba empezando a darme un mareíto raro.
—Claro. —Doy un paso atrás antes de que la situación decida por nosotros.
El camino de vuelta es más corto, o al menos lo parece. Hablamos poco, pero no por falta de temas, sino por una especie de acuerdo tácito de no tocar lo que todavía funciona.