El heredero más imposible de Escocia 12
24%

12

​​ Ivy

Cuando salimos del pub, el aire frío de la noche me golpea en la cara con esa brusquedad que tienen los sitios donde todo parece más real de lo que una querría en determinados momentos. Respiro hondo, más por despejarme que por otra cosa, y camino directamente hacia el coche de Ewan sin esperarlo.

No tarda en alcanzarme.

Por supuesto que no.

—No hace falta que me escoltes —digo mientras abro la puerta del copiloto al punto que el abre el coche con el mando.

—No te escolto. Es que vamos al mismo sitio.

—Sí, a tu casa—lo comento con un retintín apenas disimulado, lo justo para dejar claro que, aunque haya aceptado sus disculpas, no tengo la menor intención de olvidarlo tan rápido.

Subo sin mirarlo demasiado y cierro con fuerza

La luz del pueblo se queda atrás demasiado rápido mientras avanzamos por la carretera estrecha que lleva hacia el castillo. Afuera solo hay oscuridad y árboles moviéndose apenas con el viento.

—Podría haberme quedado. En el pub.

—Podrías.

—Y volver más tarde.

—Y Morag me habría llamado y obligado a ir a buscarte igualmente.

—No tienes por qué preocuparte por mí.

—No lo hago.

Eso me hace girarme.

—Pues lo escondes fatal.

—No es preocupación.

—¿Entonces qué es?

Tarda un segundo en responder.

—Evitar problemas.

Suelto una pequeña risa.

—Empiezo a pensar que esa palabra te pone cachondo.

Ewan deja el coche junto al inicio del sendero porque el terreno embarrado que sube hasta el castillo hace imposible continuar más arriba.

Echo a andar delante de él mientras el sonido de nuestros pasos se mezcla con la grava húmeda del camino.

El camino se estrecha y tengo que apartarme un poco para esquivar una zona de barro. No calculo bien el apoyo y el pie se me desliza lo suficiente para perder el equilibrio.

No llego a caer, pero tampoco lo recupero sola. Su mano se cierra en mi brazo antes de que termine de inclinarme.Firme, como si no dudara ni un segundo. Caliente.

El contacto dura apenas un instante, pero deja algo suspendido en el aire, una sensación incómoda que no tiene que ver con el equilibrio ni con el barro. Durante ese segundo demasiado largo, soy consciente de su cercanía, de la presión exacta de sus dedos, de lo fácil que es no apartarme.

—Cuidado.

—Estoy bien —alego rápido, soltándome antes de que el gesto dure más de lo necesario.

Él también retira la mano con la misma rapidez, como si el contacto hubiera sido un error que conviene corregir de inmediato.

Reanudamos el paso sin mirarnos.

—Gracias —añado al cabo de unos segundos, sin mirarlo.

—No hace falta.

—Ya, pero lo hago igual.

Asiente levemente.Y, por alguna razón me molesta un poco.

—Eres increíblemente desagradable cuando intentas ser amable —musito.

—No lo intento.

—Se nota. Y también que te cuesta un poco encontrar más de tres palabras seguidas. Es como hablar con alguien que ha decidido optimizar el lenguaje al mínimo imprescindible.

Me mira de reojo.

—Es práctico.

—Es robótico.

—Simplemente eficiente —corrige—. No hace falta ser una cotorra como tú.

Me detengo en seco.

—¿Cotorra?

Él también se para, como si no terminara de medir el alcance de lo que acaba de decir.

—Hablas mucho.

—Hablar mucho no es un defecto.

—Depende.

—No, depende no —señalo, clavándole la mirada—. Se llama saber relacionarse con otros seres humanos. Algo que, por cierto, te vendría bastante bien.

—No estoy acostumbrado.

La frase sale tan neutra que tardo un segundo en procesarla.Cuando lo hago, ya hemos dado varios pasos más. Y no pregunto por qué diablos está acostumbrado a ser asocial.

—Pues deberías practicar. Tiene sus ventajas.

—No veo muchas.

—Claro que no. Nunca ves nada positivo.

El castillo aparece entre la oscuridad como una masa sólida, silenciosa, demasiado grande para parecer acogedora a estas horas. Nos detenemos frente a la puerta, en ese instante suspendido en el que ninguno sabe muy bien cómo cerrar la escena sin añadir nada que lo complique.

—Bueno. Gracias por… no dejarme caer en el barro.

—De nada.

—Y por no echarme oficialmente de tu casa.

—No iba a hacerlo.

Lo miro.

—Sigues siendo bastante inconsistente.

—No es inconsistencia. Es mala gestión.

Hay algo en la forma en que lo dice —tan seca, tan contenida—que me deja un segundo fuera de sitio.

No es solo torpeza social ni mal carácter; hay una capa más, algo más hermético, más antiguo, que no termina de tener que ver conmigo.

Como si no estuviera reaccionando a lo que acabo de decir, sino a algo que ya traía de antes y que se le activa solo.

Este chico arrastra algo .

No sabría decir qué exactamente: una grieta, un golpe mal cerrado, una forma de estar en el mundo que no termina de sostenerse del todo. Y que, probablemente, ni siquiera él sabe nombrar.

No justifica cómo se comporta. No lo hace más fácil.Pero, contra todo pronóstico, lo vuelve un poco menos simple.Incluso—y esto ya es inquietante—algo parecido a la pena empieza a abrirse paso donde, hace apenas un momento, solo había ganas de discutirle.

—Al menos eres consciente de ello.

—No siempre —señala.

Abre la puerta.El calor del interior sale a nuestro encuentro.

—Que pases buena noche. —El tono es correcto, el que cualquiera usaría tras cerrar una conversación trivial después de todo lo que ha pasado en la última hora.

—Tú también, Ewan.