El heredero más imposible de Escocia 11
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​​ Ivy

Me dejo caer en una de las sillas del pub junto a la chimenea y estiro las manos hacia el fuego, como si pudiera ordenar el día y curar una depresión leve con calor. No funciona, pero al menos deja de temblarme todo.

—Vaya cara —dice Morag, apoyando dos vasos sobre la mesa—. Eso no lo arregla ni el mejor whisky de la casa, pero podemos intentarlo.

—Gracias —murmuro, rodeando el vaso con las manos—. Lo necesito.

No pregunta enseguida. Me observa un segundo, como si calibrara por dónde entrar, y luego se sienta frente a mí con la calma de quien ya ha visto demasiadas historias parecidas.

—A ver —dice al fin—. ¿Qué ha hecho ese muchacho?

Resoplo.

—¿Por dónde empiezo?

—Por el principio —responde, tranquila—. Siempre ayuda.

Doy un trago. Quema lo justo. No me encanta, pero me lo bebo igual.

—Me ha montado una escena en mitad del festival.

—¿Una escena? Eso suena interesante.

—No en el buen sentido. —Apoyo la espalda en la silla—. Ha decidido que yo… —hago un gesto con la mano—soy un problema con patas que ha llegado a perturbar un poco su vida.

—Vaya crimen.

—Al parecer sí.

Morag esboza una media sonrisa.

—¿Y qué más? —indaga.

—Luego ha pasado a la fase: no vuelvas a mi casa si no te portas como yo digo.

—Ah.

—Sí, ah . —la miro—. Y tú vas y me mandas allí.

La mujer no parece especialmente culpable.

—Pensé que necesitabas un sitio donde quedarte.

—Dormir en el suelo del pub con Bruno —señalo al perro, que levanta la cabeza al oír su nombre y me dedica una mirada solemne—, habría sido una opción perfectamente digna.

El perro mueve la cola una vez, como si aprobara la idea.

—No exageres —dice Morag, aunque sonríe—. El suelo del pub no es tan cómodo como parece.

—Ahora mismo me conformaba.

—Ese chico tiene un carácter agrio —admite—. Y raro. No lo voy a maquillar.

—No hace falta —murmuro—. Ya lo hace él solo.

—Pero no es mala persona.

—Eso aún está por demostrar.

—No lo es —insiste—. Solo… —hace una pausa— no se le da bien la gente.

—He notado el detalle.

Ella me observa con más atención.

—Pensé que la compañía femenina le vendría bien.

La miro.

—¿Femenina?

—Nada sofisticado —añade con una sonrisa tranquila—. Solo… aire fresco.

Suelto una risa breve.

—¿Esperabas que le hiciera un trabajito fino al misógino?

Morag se ríe abiertamente.

—No tanto.

—Menos mal.

—Pero sois jóvenes, guapos y libres de hacer lo que os plazca —añade, encogiéndose de hombros—. No parecía una teoría descabellada.

—Ewan es atractivo —concedo, antes de dar otro trago—. Pero se le va todo ese sex appeal por la boca en cuanto habla.

—Eso también es cierto.

Durante un segundo, el fuego crepita y el pub vuelve a su murmullo habitual. Hay risas al fondo, vasos que chocan, alguien afinando una gaita con dudoso éxito.

—No entiendo por qué —añado, más bajo—. No me conoce de nada.

Morag no responde enseguida.

—Precisamente —dice al final.

Frunzo el ceño.

—No sé si eso me tranquiliza.

—No es para tranquilizar —responde—. Es para entender.

Antes de que pueda pedirle que concrete, la puerta se abre.El frío entra primero. Luego él.

Ewan se queda un segundo en el umbral, como si necesitara ajustar la escena a lo que esperaba encontrar. Sus ojos recorren el local hasta dar conmigo.Morag sonríe, sin molestarse en disimular.

—Hablando del diablo.—Se levanta con una agilidad sorprendente—. Os dejo —indica recogiendo su vaso—. Intentad no romper nada que no pueda arreglarse.

Él se acerca y sedetiene frente a la mesa.

—¿Puedo sentarme?

—Es un pub —respondo—. No suelo gestionar reservas.

—He sido… —empieza, y se detiene—. Me he pasado.

—Sí.

Asiente, como si necesitara una confirmación extra.

—No era mi intención. —Aprieta la mandíbula un segundo—. No es excusa.

—No tenías derecho a hablarme así —añado, sin levantar la voz—. Ni a decidir por mí.Y desde luego no a soltar lo de la casa como si… —busco la palabra— como si esto fuera un contrato con cláusulas ocultas.

Se inclina ligeramente hacia delante.

—No iba a dejarte fuera.

—Pero lo dijiste.

—Sí.

—Entonces cuenta.

No responde de inmediato.

—No tiene sentido lo que he dicho —expone al final

—Menos mal que te has dado cuenta.

—No es por ti.

—Eso suele ser mentira.

—En este caso no.

Lo miro.

—Entonces explícame por qué tengo que tener una conversación de pareja celosa con un hombre al que conozco desde hace… —miro el reloj— ¿veinticuatro horas?

Ewan sostiene la mirada.

—No tienes que tenerla.

—Pero la estoy teniendo.Mira —añado, apoyando los codos en la mesa—, no soy tu problema.Ni tu responsabilidad.Ni una prima lejana que no conocías y a la que tienes que cuidar.

—Eso está claro.

—Entonces deja de actuar como si…

No termino la frase porque él tampoco parece tenerlo clara. Se pasa una mano por la nuca, tenso.

—No se me da bien esto de recibir visitas inesperadas.

—Lo he notado.

—La gente en general—añade—. Esto.

Señala vagamente entre los dos.

—Pues es una pena —digo—. Porque te vendría bien relacionarte con la personas de vez en cuando; no son tan peligrosas como te empeñas en creer.

Una esquina de su boca se mueve. Casi una sonrisa.

—Lo siento.

Esta vez no suena a fórmula. Suena… real.

—Acepto las disculpas —indico al final—. Pero no vuelvas a hablarme así.

—Lo prometo.Y lo de volver… —añade— puedes hacerlo cuando quieras.

—Gracias por el permiso, su señoría.—Apoyo la espalda en la silla—.Pero una cosa —levanto un dedo—. No voy a dejar de hablar con gente porque a ti te incomode.

—No te lo he pedido.

—Lo has insinuado.

—No era la intención.

—Pues revísala. —Asiente.