El heredero más imposible de Escocia 10
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​​ Ewan

Cierro la puerta con un golpe innecesario y el eco se extiende por el vestíbulo con esa paciencia antigua que tienen las casas que han visto pasar demasiadas cosas como para impresionarse por una más.

Las llaves caen sobre la mesa y me paso una mano por la cara, un gesto automático, inútil. Nada de esto se restablece con gestos. Nada de esto se ordena solo.

Camino hacia la cocina sin un propósito claro, evitando quedarme quieto. La madera responde bajo las botas, todo está donde estaba. Todo salvo ese desplazamiento leve que no pertenece al edificio.

Abro un armario, lo cierro. Repito el gesto en otro. Una forma torpe de ocupar las manos para no mirar de frente lo evidente.

No hay excusas.No la conoces. No te debe nada. Está de paso.

Y, aun así, he reaccionado como si su presencia exigiera un precepto, como si hubiera que ensamblarla a la fuerza en una estructura que llevo un año defendiendo a base de rutina y distancia.

La imagen de ella riéndose en la plaza, torpe y despreocupada, equivocándose y volviendo a intentarlo sin convertirlo en un problema, vuelve a mi cabeza. Como si entrar en un sitio no requiriera permiso ni cálculo.

Apoyo las manos en la encimera y dejo que el peso caiga hacia delante.

Dos días.Es ridículo que dos días desplacen nada.

Y, sin embargo, lo han hecho. No en el edificio —eso sería sencillo—, sino en lo otro, en ese equilibrio pequeño que había terminado por parecer suficiente.

La recuerdo en la cocina con mi jersey, ocupando el espacio como si siempre hubiera estado ahí. Hablando, tocándolo todo, formulando preguntas que nadie había formulado en años. Molesta, sí. Y, por alguna razón que no termina de tener sentido en ningún sitio, también ineludible.

La palabra se queda ahí un segundo más de la cuenta, lo suficiente para resultar inaceptable.

Me dejo caer en la silla y miro el techo, como si desde ahí fuera más fácil no mirarme.

No es difícil rastrear el origen de la reacción. No es nuevo ese impulso de poner distancia, de desconfiar de lo que llega sin esfuerzo. Demasiado fácil suele ser sinónimo de temporal. De superficial. De sustituible.

Y hay una parte de mí —la más torpe, la más defensiva— que ha aprendido a traducir eso en algo más simple: no merece la pena. No confíes, no te compliques y no vuelvas a ceder terreno.

A veces esa parte roza algo más feo, más áspero, una susceptibilidad que se extiende sin matices y convierte a todas en versiones de la misma historia.

No es justo.

Cierro los ojos un instante y la escena vuelve con precisión: su expresión cuando mencioné la posibilidad de dejarla en la calle .

La conclusión es simple y molesta: ella no es la molestia, sino la manera en que he decidido convertirla en una.

Me levanto antes de quedarme demasiado tiempo en esa idea.

Tiene que volver. Sus cosas están aquí. La lógica es suficiente para sostener esa certeza… salvo por ese tirón sordo en el pecho que no entiende de lógica.

Doy un paso hacia la salida y me detengo. ¿Esperar o salir a buscarla? Dos opciones igual de poco placenteras.

Cojo las llaves.No hay una buena razón. Tampoco hace falta.

Abro la puerta y el frío entra sin pedir permiso, limpio, directo. No lo pienso demasiado.