9
Ivy
No sé exactamente en qué momento dejo de estar bailando por diversión… y empiezo a hacerlo por pura obstinación.
Quizá es cuando Hamish me hace girar por tercera vez y casi acabo convirtiéndome en homicida involuntaria de una señora que, claramente, no ha venido al festival a morir arrollada por turistas torpes. O tal vez es cuando me doy cuenta de que Ewan sigue ahí mirando.
—Lo estás haciendo bien —dice Hamish, sujetándome por la cintura con una naturalidad que, en otro momento, me habría parecido aceptable.
—Eso es mentira —respondo riendo—. Pero agradezco el esfuerzo que estás haciendo conmigo.
—Solo necesitas soltarte un poco más.
—¿Más? ¿Después de casi provocar una tragedia local?
——Confía en mí.
La frase, repetida con esa seguridad despreocupada, debería ser suficiente para echarme atrás; por experiencia, confiar a la primera suele ser una idea pésima.
Aun así, lo intento. Doy un paso, luego otro, me equivoco en el giro y acabo riéndome de mí misma mientras trato de no arrollar a nadie más en el proceso.
Y, durante unos segundos, todo resulta fácil, ligero, como si este sitio me hubiera adoptado sin exigir explicaciones, como si encajar fuera tan sencillo como decidirlo.
Ewan sigue de pie con los brazos cruzados, observando la escena como si estuviera evaluando si todo cumple algún tipo de normativa invisible. No parece molesto, pero tampoco a gusto, es otra cosa, algo más contenido, más tenso… y, de alguna forma, más personal de lo que debería ser.
—Creo que tu amigo no está disfrutando mucho —dice Hamish, siguiendo mi mirada.
—No es mi amigo.
—¿No?
—Es… mi casero temporal.
Hamish sonríe, como si acabara de escuchar una frase que ha oído demasiadas veces.
—Siempre empieza así.
No tengo tiempo de responder porque Ewan se acerca con una determinación que no invita precisamente al debate.
—Ya está bien —dice.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Ya has aprendido suficiente por hoy.
Hamish levanta las manos, divertido.
—Oye, yo solo estaba enseñando.
—Sí —responde Ewan seco—. Ya lo he visto.
—Estoy bien —expongo, soltándome ligeramente—. No necesito supervisión.
—No es supervisión —replica—. Nos vamos.
—Tú te irás —contesto—. Yo no he terminado.
—Ivy…
—No —lo corto—. Estoy bien aquí.
—Ese es el problema.
Frunzo el ceño.
—¿Disculpa, pero qué tipo de trauma tienes?
Ewan se inclina un poco hacia mí. Lo justo.
—La gente como tú —dice en voz baja—, que se adapta demasiado rápido a todo… suele acabar en sitios en los que no debería estar.
—¿Y quién decide eso? ¿Tú?
—Alguien tiene que hacerlo.
Cruzo los brazos.
—Pues enhorabuena. Has encontrado tu vocación: policía de pueblos pequeños.
Sus ojos se endurecen un poco.
—Funciona.
—Claro —sonrío sin humor—. Se te da de maravilla.
—Haz lo que quieras —dice finalmente—. No es asunto mío.
—Perfecto.
—Pero —añade, clavando la mirada en mí— no estoy obligado a dejarte entrar cuando vuelvas.
Parpadeo. Eso sí que ha sido feo.
—Eso es cruel. Y bastante infantil.
—Es mi casa.
—¿Eres mi padre o mi tutor legal y no me he enterado?
—No —responde, seco—. Soy el dueño del lugar en el que te estás alojando gratis.
Eso ha sido un golpe bajo, muy bajo… y lo peor es que duele de verdad. Algo en mi pecho se contrae, como si acabara de recordar demasiado rápido dónde estoy realmente.
—Genial —señalo—. Pues gracias por la hospitalidad.
Me giro y empiezo a andar sin rumbo fijo.
—Ivy —lo escucho gritar, pero no me detengo. Porque si me paro, discuto.Y si discuto… probablemente diga algo peor.