8
Ewan
El problema no es el festival.
El problema es ella, porque, en menos de cinco minutos, ha conseguido lo que a mí me lleva meses evitar: integrarse en este pueblo como si hubiera nacido aquí.
Y no estoy exagerando.
—¿Siempre hay tanta gente? —consulta, girando sobre sí misma en mitad de la plaza como si estuviera en una postal.
—No —respondo—. Normalmente hay menos desorganización.
—Pues a mí me gusta.
Claro que le gusta.
Le gusta el ruido, la gente, las conversaciones que se solapan, los niños corriendo, la música. Le gusta todo lo que yo evito de forma bastante deliberada.
—Voy a comprar lo que necesito —digo, señalando hacia la tienda.
—Vale —canta ella, pero no se mueve.
Frunzo el ceño.
—¿No vienes?
—Creo que voy a dar una vuelta —indica, señalando los puestos—. Prometo no desmontar nada.
La miro un segundo y me obligo a apartar la vista, como si con eso bastara para ordenar las cosas. No debería importarme. No tiene ningún sentido que lo haga. Y, sin embargo, lo hace.
Desde que cruzó el umbral del castillo, el silencio ya no es el mismo.
No es más pesado, pero tampoco es el vacío tranquilo al que me había acostumbrado.
Ahora hay algo más, algo un poco distinto, como si una corriente de aire hubiera entrado por una ventana que llevaba años cerrada.
El problema no es el aire. Es lo que trae consigo: el rumor de risas contenidas, el eco de una vida que no es la mía, el recordatorio de que hay mundo más allá de estas paredes de piedra y de mis propias excusas.
Y ese cambio, por pequeño que sea, me molesta.
Porque las ventanas, al final, se cierran. Y la gente, inevitablemente, se va.
El lunes, para ser exactos.
Y, sin embargo...
—Diez minutos —digo finalmente.
—¿Perdón?
—Diez minutos —repito—. Luego nos vemos aquí.
—¿Me estás poniendo horario?
—Te estoy poniendo un margen de supervivencia.
—Qué considerado.
—No lo soy. Y deja de decir eso.
Ella sonríe. Y se va. Así. Sin más. Como si no fuera absolutamente irresponsable dejarla sola en medio de un pueblo donde todo el mundo se conoce y ella es, claramente, el entretenimiento del día.
—Relájate —murmura una voz a mi lado.
Es Morag.
—No estoy tenso.
—Estás mirándola como si alguien fuera a robarte algo.
—No van a robarme nada porque esa chica acaba de llegar al pueblo, y por cierto, me la has impuesto tú.
—Entonces deja de mirarla así.
No respondo. Porque, por alguna razón que no termino de entender, sigo observándola.
Está en uno de los puestos, hablando con una mujer mayor que gesticula como si le estuviera contando la historia de su vida. Ella escucha. Asiente. Se ríe.Y la mujer también.En menos de un minuto ya están hablando como si se conocieran de siempre.
—Es buena —dice Morag.
—Es ruidosa.
—Y agradable.
—Habla demasiado.
—Y tú demasiado poco, eso lo compensa todo.
No contesto.Porque no merece la pena.
—¿Sabes qué creo? —continúa Morag, cruzándose de brazos—. Que te viene bien.
—No necesito nada.
—Claro que no—ese tonode mujer que ya ha decidido algo y no piensa discutirlo.
—Solo estará aquí hasta el lunes —añado.
—Ya veremos.
—No hay nada que ver.
—Ya veremos —repite.
Resoplo.
—Tengo cosas que hacer.
Me giro y camino hacia la tienda. Pero no dejo de pensar en lo mismo. En ella, en su manera de adaptarse a cualquier lugar, de encontrar su sitio sin esfuerzo, como si el mundo estuviera hecho para recibirla.
Cuando salgo, diez minutos después, la encuentro donde esperaba.
Pero no está sola.Hay un tipo con ella.
Alto. Rubio. Demasiado sonriente. Ivy está riéndose de algo que él acaba de decir. Y él…Él la está mirando como si acabara de descubrir algo interesante.
Me acerco.No por nada en particular.Sino porque hay algo en la escena que no encaja.
No por ella. Por él.
—¿Todo bien? —pregunto.
Ivy gira la cabeza.
—¡Ah! Justo estaba…
—Hamish —dice el tipo, tendiéndome la mano—. Encantado.
Lo ignoro.
—Nos íbamos a apuntar a lo del baile —añade él.
—No.
Ella parpadea.
—¿No qué?
—No nos íbamos a apuntar.
—Yo sí —responde ella.
—No sabes bailar esto.
—Eso no es un argumento válido.
—Uno bastante importante —bufo.
Hamish mira entre los dos, claramente divertido.
—Bueno, yo puedo enseñarte —dice.
—No hace falta —respondo antes de que Ivy diga nada.
—Creo que sí —dice ella, cruzándose de brazos—. Me apetece.
Silencio.
—Haz lo que quieras —añado.
Ella sonríe y me jode porque esa sonrisa no es para mí.Y no debería ser mía.No hay ningún motivo para que lo sea. No la conozco.No me interesa.No va a quedarse.
Hace solo un año, cuando aún vivía entre el azul cegador del Mediterráneo y el ritmo pausado de las islas griegas, Mila apareció como un vendaval en mi vida en un pequeño puerto de Creta, donde el mar olía a sal y a hierbas silvestres.
Ella, una arqueóloga marina obsesionada con los naufragios antiguos, llegó con su equipo para documentar los restos de un barco fenicio cerca de la costa.
Yo estaba allí, como siempre, con mis planos extendidos sobre una mesa improvisada y el portátil lleno de presupuestos, coordinando la rehabilitación de un viejo muelle de piedra que amenazaba con venirse abajo.
El destino —o tal vez solo el azar— quiso que su lancha se averiara justo frente a la zona de obra, a pocos metros de donde yo pasaba las mañanas intentando que aquello no se desmoronara.
En tres días, ya estábamos compartiendo cafés amargos al amanecer y discusiones acaloradas sobre mitología griega.
En dos semanas, sus libros de historia marina ocupaban la mesa de mi casa alquilada en Chania, y sus botas de buceo secaban al sol junto a las mías.
Fue fácil. Demasiado fácil. Como si el universo hubiera decidido, por una vez, que las cosas podían encajar sin esfuerzo.
Hasta que, una tarde, mientras el sol se hundía en el horizonte pintando todo de naranja, me dijo que había recibido una oferta para dirigir una excavación en Chipre.
«Solo un año», prometió, con esa sonrisa que siempre me hacía olvidar que el mundo seguía girando fuera de nosotros.
«Volveré». Y lo hizo. Pero no para quedarse.
Volvió con una maleta llena de fotos de ánforas rotas, un contrato en Malta y una distancia en los ojos que no estaba allí antes.
«Ewan, esto no es suficiente», me dijo, mientras el viento mediterráneo jugaba con su pelo.
No era el mar lo que la llamaba. No eran las ruinas.
Era algo más grande, algo que yo no podía —o no sabía— darle.
«Necesito algo que me queme por dentro, no solo algo que me mantenga caliente», añadió, como si el problema fuera el clima, la rutina, la vida tranquila que habíamos construido.
Como si el problema no fuera que, en el fondo, yo siempre supe que ella no estaba hecha para quedarse en un lugar, sino para perseguir tormentas.
Me dejó con una botella de ouzo medio vacía y la certeza de que algunas personas no están hechas para echar raíces, sino para volar.
Y lo peor no fue su partida. Fue la sospecha que me quedó clavada como una espina: que tal vez yo tampoco estaba hecho para retener a quienes necesitan el cielo abierto.
Que, al final, mi vida e era solo un refugio, no un hogar para quienes llevan el viento en la sangre.
Yo estaba bien así. Tranquilo. Previsible.
Bajo control… o eso me repetía mientras aprendía a vivir en un castillo heredado a mala leche, con muros agrietados y estancias a medio reconstruir.
Porque, en el fondo, aquel lugar llegó en el momento justo: cuando yo también estaba intentando apuntalar lo que quedaba en pie después de Mila, revisando grietas que no sabía si podían repararse y levantando, poco a poco, unos cimientos nuevos que no se vinieran abajo al primer golpe.
Y ahora no lo estoy. Y lo peor no es eso. Lo peor es que hay una parte de mí, pequeña, pero lo bastante insistente, que no quiere volver a esa calma.
Como si, después de haber pasado muchos meses sosteniendo lo que amenazaba con ceder y rehaciendo desde dentro lo que ya no era firme para que nada volviera a venirse abajo, alguien hubiera abierto una grieta nueva… y, en lugar de querer sellarla, quisiera ver qué entra por ella.