7
Ivy
Una hora después estoy sentada en el asiento del copiloto del coche de Ewan MacKenzie, descendiendo por la colina que conduce a Strathcairn.
—Solo para que conste —expreso mientras observo el paisaje por la ventanilla—, yo no tenía intención de invadir tu excursión.
—No es una excursión —replica Ewan, con la vista fija en la carretera—. Necesitaba bajar a por unas cosas.
—Claro —añado, girándome hacia él—. Y casualmente me has traído contigo.
—No iba a dejarte sola en el castillo —contesta, seco.
Alzo una ceja, mirándolo de perfil.
—Qué considerado.
—No es consideración —corrige apretando ligeramente el volante—. Es prevención.
—¿Prevención de qué exactamente? —pregunto, apoyando el codo en la puerta.
Gira la cabeza lo justo para mirarme un segundo antes de volver a la carretera.
—Eres demasiado curiosa.
—¿Eso es un defecto? —replico, con media sonrisa.
—En una casa con habitaciones cerradas, pasillos que no llevan a ninguna parte y una fontanería inestable… sí —responde.
—No pensaba tocar nada —apunto, ofendida en tono teatral.
—No me lo creo —sentencia él.
—Eres ofensivo.
—Soy realista.
Resoplo y me cruzo de brazos.
—Así que, básicamente, me has sacado del castillo porque no confías en mí.
—Te he sacado del castillo —matiza con calma— porque confío demasiado en que ibas a meterte donde no debes.
Sonrío, sin poder evitarlo.
—Eso suena a elogio.
—No lo es —dice él.
—Un poco sí —insisto.
Ewan niega con la cabeza, volviendo a centrarse en la carretera.
—Solo necesito comprar un par de cosas —añade tras un segundo—. Y evitar que conviertas mi casa en un experimento arqueológico.
—Solo lo analizo estructuralmente —me defiendo.
—¿Así llamas tú a abrir puertas sin permiso?
—Todavía no he abierto ninguna —señalo.
—Todavía —remarca él.
—Qué poca fe tienes en mí.
—La justa —responde.
Me vuelvo a cruzar de brazos, intentando no sonreír demasiado.
—Pues que sepas que me estás cortando mi potencial como exploradora.
—Y tú me estás acortando el mío —objeta—. Bastante, de hecho.
—Vaya —murmuro, mirando de nuevo por la ventanilla—. Qué amable todo.
El camino serpentea entre praderas verdes salpicadas de ovejas que parecen haber sido colocadas allí por un diseñador paisajista particularmente obsesivo con el equilibrio visual.
El cielo sigue gris, pero la lluvia ha decidido tomarse un descanso, lo cual en Escocia cuenta prácticamente como un milagro meteorológico.
Conduce en silencio. No es un silencio incómodo exactamente. Más bien es el silencio de alguien que no siente la necesidad de rellenar el aire con palabras innecesarias.
Yo, en cambio, siento exactamente lo contrario.
—¿Siempre bajas al pueblo los sábados?
—Cuando necesito algo, pero creo que ya te lo he dicho.
—Me gusta hablar contigo —comento—. Es como jugar al tenis contra un muro.
—Lo siento pero no tengo paciencia para explicaciones largas.
El coche entra en la calle principal y, de inmediato, queda claro que hoy el pueblo no está precisamente tranquilo.
La pequeña plaza está llena de gente. Hay puestos de madera, mesas largas, banderines de colores cruzando de un lado a otro de la calle y una banda tocando música tradicional cerca de la fuente.
Varias personas llevan kilts y alguien está intentando enseñar a un grupo de turistas a bailar algo que parece requerir más coordinación de la que yo poseo.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—El festival.
—¿El festival de qué?
—De Strathcairn.
Por un segundo me quedo mirándolo, intentando recordar por qué eso me suena familiar, hasta que caigo en la cuenta de que la mujer del pub me lo había mencionado anoche y yo, evidentemente, lo he olvidado.
—¿Y qué celebran?
—Que seguimos existiendo.
Aparca junto a la plaza y salimos del coche. El ambiente nos envuelve de inmediato: olor a comida, música de gaitas y ese murmullo alegre que aparece cuando demasiada gente se reúne en un espacio pequeño con suficiente alcohol de por medio.
—¡EWAN MACKENZIE!
Una voz atraviesa la plaza con la precisión de un cañonazo. Varias cabezas se giran. Y Morag aparece con energía, arrastrando detrás a un hombre enorme con cara de sorpresa.
—¡Ya sabía yo que ibas a bajar!
Se detiene frente a nosotros. Luego nos mira a los dos. Y sonríe. Esa sonrisa de alguien que acaba de encontrar exactamente el tipo de entretenimiento que estaba buscando para el fin de semana.
Morag se vuelve hacia el hombre que está a su lado.
—Callum, esta es la chica del coche.
El mecánico me observa con calma.
—Me han dicho que tu coche ha decidido jubilarse.
—Tiene tendencias suicidas.
—Lo miraré el lunes. Seguro que no es nadaque no pueda arreglarse —responde con calma—. Solo necesito tiempo… y piezas que probablemente dejaron de fabricarse hace veinte años.
—¿Y las encontrarás?
Se encoge de hombros.
—Será un reto, pero mientras tanto disfruta de la hospitalidad de Strathcairn.
—Exacto. Este fin de semana el pueblo está lleno de vida. —Morag asiente con entusiasmo.
Miro alrededor. Ni siquiera exagera. Un grupo de niños corre entre los puestos mientras un hombre intenta equilibrar un tronco enorme en el centro de la plaza. Luego saco las llaves del bolso y se las entrego al tal Callum.
—Mi coche es ese de ahí. —Se lo señalo.
—Ya me habían informado que es el del corazón de leopardo peludo.
Vuelvo la vista a la plaza y, cerca de la banda, varias parejas bailan siguiendo las indicaciones de una mujer que parece dirigir la coreografía con autoridad castrense.
—¿Qué están haciendo?
—Bailando —suelta Callum con una risa forzada.
—Eso ya lo veo.
—Es baile tradicional —añade Morag.
—Parece complicado.
—Solo se necesita un poco de práctica.
—Perfecto —sonrío—. Me encanta aprender cosas nuevas.
Ewan suspira. Ese suspiro largo de alguien que ya sabe que las próximas horas van a incluir más interacción social de la que considera razonable.
Morag se inclina hacia mí con una sonrisa conspiradora.
—Creo que te vendrá bien pasar el día aquí. Strathcairn siempre mejora el ánimo.
Luego mira a Ewan.
—Y a ti también te vendría bien —añade y él levanta una ceja.
—Estoy perfectamente.
Ella ignora la afirmación con la experiencia de alguien que lleva tiempo lidiando con seres como él.
—Ve a dar una vuelta con Ivy.
—Morag, no empieces.
—Yo no he empezado nada —responde ella con inocencia absoluta. Luego levanta la voz hacia varias personas— ¡Mirad quién ha bajado hoy al festival!