6
Ivy
El castillo tiene una mezcla de ecos antiguos, madera que cruje con discreción y viento que se cuela por algún lugar que nadie ha logrado localizar en siglos.
No resulta inquietante, pero tampoco completamente tranquilo.
Es como si el edificio respirara despacio, con la paciencia de alguien que ha visto pasar demasiadas generaciones como para molestarse en impresionar a una visitante de fin de semana.
Termino el tercer café mientras observo la cocina con la calma de quien ya ha tenido tiempo de despertarse del todo.
No es la típica cocina de una fortaleza antigua que aparece en las postales.
Esta es más… funcional. Encimeras modernas mezcladas con muebles antiguos, una mesa grande de madera marcada por los años y una ventana que deja entrar una luz gris muy escocesa.
El calor de la taza todavía me entibia las manos y, por primera vez desde que llegué, no siento que esté improvisando mi existencia.
También ayuda el pequeño milagro de llevar por fin mi propia ropa: de mi talla, de mi estilo, algo que no parece prestado por un primo lejano con gustos dudosos.
Unos vaqueros que me quedan como deben, una camisa que no parece haber sobrevivido a tres generaciones de MacKenzie y unas botas que, al menos, me hacen sentir un poco más yo misma en medio de este castillo que parece sacado de una novela histórica.
Ewan está frente al fregadero, enjuagando una sartén como si fuera una actividad dificilísima.
Durante unos segundos lo observo en silencio. No porque sea especialmente interesante ver a un hombre lavar utensilios de cocina, sino porque sigo intentando entenderlo.
Atractivo, sí. Educado a su manera, también. Pero con el entusiasmo social de un envase de champú.
—¿Siempre haces las cosas como si estuvieras en una misión secreta?
Él levanta la vista.
—¿Eso qué significa?
—Todo en silencio y con cara de estar resolviendo un conflicto internacional.
—Es satisfactorio.
—Podría ser una escena de interrogatorio.
Deja la sartén en el escurridor.
—Si vas a analizar cada gesto cotidiano de esta casa, el fin de semana va a hacerse muy largo.
—No lo estoy analizando —replico—. Solo observo.
—Eso suena peor.
Termino el café y me levanto.
—Voy a dar una vuelta. ¿Puedo?
—¿Por la casa?
—Sí.
—Es grande.
—Lo he notado.
—Y muy vieja, con partes donde uno podría hacerse daño.
—Llevaré cuidado.
Camino hacia el pasillo sin esperar permiso. No es exactamente una huida. Más bien una exploración. El lugar lo pide. Los pasillos se abren en direcciones inesperadas, las paredes de piedra cambian de textura y cada ventana ofrece una vista distinta de las colinas.
Me detengo frente a un tramo de muro donde la piedra tiene tres tonos diferentes.
Interesante.
Paso los dedos por la superficie. Distintas épocas, probablemente. Ampliaciones sucesivas.
—Llevas un rato mirando esa pared.
La voz llega detrás de mí. Me giro y lo veo apoyado en el quicio de una puerta con los brazos cruzados.
—Es interesante.
—Es una pared —responde Ewan.
—Una pared con tres tipos distintos de piedra —replico.
Se encoge ligeramente los hombros.
—Eso no la hace más emocionante.
Señalo la superficie irregular.
—Significa que ampliaron esta parte del castillo en algún momento.
Se hace un breve silencio.Ewan frunce ligeramente el ceño.
—¿Siempre analizas edificios como si fueran un puzzle?
—No siempre.
—¿Entonces?
Me apoyo en la pared con naturalidad.
—Supongo que es deformación profesional.
—¿A qué te dedicas exactamente, Ivy Harper?
—Trabajo en una agencia literaria en Londres.
—¿Literaria?
—Sí, soy editora.
—¿Editas libros?
—Sí. ¿Te parece raro?
—Eso explica algunas cosas. —Se lleva la mano al mentón.
—¿Qué cosas?
—La forma en que miras todo.
—¿Cómo lo miro según tú?
—Como si estuvieras intentando entender cómo funcionan.
Sonrío.
—Tal vez sea así —admito.
Ewan se acerca un poco más al muro y observa la piedra.
—Entonces dime algo.
—¿Sobre qué? —inquiero.
—Sobre el castillo.
—¿Quieres una opinión honesta?
—No conozco otro tipo.
Vuelvo a mirar el pasillo.
—Tiene carácter.
—Eso es una forma elegante de decir que está cayéndose a pedazos.
—No exactamente.—Camino unos pasos, señalando con la mano—. La estructura principal es sólida. Pero la distribución es extraña. Hay habitaciones que parecen añadidas después, pasillos que no conectan bien con el resto… Es como si alguien hubiera ido escribiendo el edificio capítulo a capítulo.
Levanta una ceja.
—¿Capítulos?
—Sí.
—Es un castillo con dos siglos de antigüedad—hace una pequeña pausa antes de añadir—, no una novela.
No puedo evitar reírme.
—Todo puede ser una historia si sabes leerla bien.
—No creo que los arquitectos de esa época estuvieran pensando en metáforas narrativas.
—Quizá no. Pero alguien tomó decisiones aquí. Cambios, ampliaciones, reformas… Eso cuenta algo.
Ewan se queda observándome unos segundos.
—Hablas del edificio como si fuera un personaje.
—Los lugares también tienen personalidad.
—Este lugar tiene goteras.
—Eso también es personalidad —claudico y él resopla.
—Voy a anotar eso en el folleto turístico.
—Pues sí, podrías poner: Castillo MacKenzie: encanto histórico y fontanería temperamental.
Me mira con expresión pensativa.No parece convencido. Pero tampoco molesto.
—¿Sabes qué es lo curioso?
—Ilumíname.
—Que llevas aquí menos de veinticuatro horas y ya opinas como si llevaras años viviendo en esta casa —suelta.
—Eso pasa cuando un lugar es interesante.
—O cuando una persona es demasiado curiosa —comenta, soltando aire, visiblemente hastiado.
—¿Eso es un defecto?
—Depende.
—¿De qué? —pregunto.
—De si esa curiosidad empieza a causar problemas.
—¿Estoy causando problemas? —Inclino la cabeza.
—Aún no. Pero tenemos todo el fin de semana por delante.
Una sonrisa se me escapa.
—Qué alentador.
Ewan se gira hacia la escalera.
—Si vas a seguir explorando el castillo, intenta no abrir puertas que no conoces.
—¿Por qué?
—Algunas no llevan a ningún sitio útil.
—Eso suena misterioso y aumenta mucho mi nivel de curiosidad.
Lo observo mientras empieza a alejarse por el pasillo.
—No te acostumbres. Solo estarás aquí hasta el lunes. —Hace una pequeña inclinación de cabeza.
—Intentaré contener mi entusiasmo.
Se marcha. Sus pasos descienden por la escalera y el castillo se los traga con la misma calma con la que parece tragarse todo aquí dentro. Me quedo sola en el pasillo, frente a la pared de piedra, como si acabara de perder una conversación con el edificio… y con su dueño.