El heredero más imposible de Escocia 5
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​​ Ewan

La tubería no se reventó.

Esa es la primera cosa que quiero dejar clara.

Las tuberías no explotan como en las películas. Lo que hacen es algo mucho más irritante: empiezan a gotear, luego a rezumar, y finalmente deciden que es buena idea soltar agua justo en el peor sitio posible.En este caso, el vestíbulo.

Descubrí el problema a las seis de la mañana cuando bajé a por café y escuché ese sonido que ningún propietario de una casa antigua quiere oír jamás.

Goteo.

Uno constante que venía de detrás de un panel de madera.

La tubería estaba fría como el demonio y perdiendo agua por una junta que probablemente lleva aquí desde antes de que mi tío decidiera que el mantenimiento era un concepto opcional.

Podría haber llamado a un fontanero.Pero eso implicaría esperar horas. Quizá días. Así que decidí arreglarlo yo.

Llevaba veinte minutos peleándome con la maldita pieza metálica cuando escuché pasos en la escalera.

Ivy estaba apoyada en la barandilla.Mi jersey gris le quedaba enorme.

Las mangas le cubrían medio brazo y el cuello se abría lo suficiente para que asomara una clavícula que, por algún motivo que he preferido no analizar demasiado, ha resultado… difícil de ignorar.

Tenía el pelo revuelto, como si hubiera dormido dando vueltas toda la noche.

Durante un segundo me he quedado mirándola.Luego he vuelto a la tubería. Porque la verdad es que la imagen ha sido… inesperadamente agradable.

La llave inglesa ha golpeado la pieza metálica una vez más. Hasta que hemos mantenido una conversación curiosa.

Lo reconozco. Después de dejarla anoche en la habitación no podía concentrarme en mis papeles.Una parte de mi cerebro seguía repitiendo lo mismo:

Has sido un imbécil.

No completamente injustificado.Pero sí innecesariamente brusco.

Así que a las dos de la mañana subí las escaleras con cuidado. Abrí la puerta despacio.

Estaba dormida.Con una pierna fuera del edredón y el pelo desparramado por la almohada.Ni siquiera se movió cuando entré.

Fui directo al bolso.Las llaves del coche estaban dentro.Las cogí.Y salí de la habitación en silencio.

El coche estaba en la plaza.Lo reconocí enseguida.Principalmente porque del retrovisor interior colgaba un corazón peludo con estampado de leopardo. Algo que, francamente, no suele verse mucho en este pueblo.

Abrí el coche.Dentro hacía frío.Y olía… achica.

No sabría describirlo mejor.Una mezcla de perfume suave, crema de manos y algo dulce que probablemente venía de una bolsa de caramelos abierta en la guantera.

Había mapas en el asiento.Un libro en el salpicadero y unas gafas de sol enormes. Y como era de esperar, su maleta en el maletero.

La traje hasta el castillo.La dejé en el vestíbulo.Y volví a dejar las llaves en su bolso antes de que se despertara.Porque admitir que me sentía ligeramente culpable por cómo la había tratado no entraba exactamente dentro de mis planes.

Me mira como si estuviera procesando varias cosas a la vez, en la cocina, mientras come algo de huevos revueltos.

—Eres raro, Mackenzie.

—Eso me dicen a menudo.

—Pero también un poco encantador.

—Eso no me lo dicen nunca —alego.

—¿Hay más café? —suelta sin más. Esperaba algún comentario sarcástico, algo que encaje con la forma en la que suele responder desde que puso un pie aquí, pero no llega. Y, en el fondo, me sorprende descubrir que eso me decepciona.

—Sí.

—Perfecto.

Camina por la cocina con mi jersey gigante balanceándose alrededor de sus piernas.

—Si necesitas ayuda con cosas de la casa… —dice de pronto, mirando alrededor—. Puedo echarte una mano.

La miro un segundo, apoyado en la encimera.

—No creo que sea buena idea.

—¿Estás insinuando que no puedo? —Alza una ceja.

—Estoy diciendo exactamente eso.

Se cruza los brazos, desafiante.

—¿Ese comentario viene incluido con el siglo en el que se construyó esta propiedad?

—No lo digo por tu sexo. Lo digo porque pareces la clase de persona que nunca ha usado un destornillador —resoplo.

Sus ojos se entrecierran.

—Para que lo sepas, mi padre es técnico de mantenimiento. Cuando era pequeña lo acompañaba muchas veces a trabajar. Así que sí, sé usar un destornillador. Y algo más que eso.

—Puede que sí —confieso con una media sonrisa—, pero la ayuda de una niña de ocho años no me va a servir de mucho ahora.

—Tengo veinte ocho, ¿y se puede saber qué estás haciendo exactamente con la tubería?

—Arreglando la junta —reconozco con un encogimiento de hombros, porque es lo más obvio del mundo.

—¿Arreglando la junta? —repite ella—. ¿A base de porrazos?

—A base de saber lo que hago.

—Pues déjame verlo.

Sin esperar respuesta, sale de la cocina hacia el vestíbulo. Yo la sigo con la mirada mientras se agacha junto a la tubería, observando el punto donde yo he estado golpeando.

—Bueno —dice al cabo de unos segundos—, lo has empeorado.

—Eso no es verdad.Llevo un año arreglando cosas en esta casa.

—Y yo llevo años viendo cómo se arreglan de verdad. Se incorpora y me mira con una media sonrisa cargada de orgullo.

Se arremanga el jersey —mi jersey— con una concentración que no esperaba ver a las siete y media de la mañana y vuelve a agacharse junto a la tubería.

La observo desde la puerta del vestíbulo. No intervengo. Principalmente porque estoy convencido de que dentro de unos segundos descubrirá que la situación es un poco más complicada de lo que parece.

Ella examina la junta, acerca la cara, gira ligeramente la pieza metálica con los dedos y luego recoge la llave inglesa que yo he dejado en el suelo.

—¿Has estado golpeando esto?

—Lo llamaría… persuasión mecánica.

Ella resopla.

—Esto no es una caja fuerte.

Ajusta la herramienta con calma y gira la pieza con un movimiento corto y preciso, y el goteo se detiene.

Así, sin más.

Ivy se limpia las manos en el jersey.

—Listo.

—Eso ha sido suerte.

—No ha sido suerte. —Se incorpora con toda la tranquilidad del mundo, como si no acabara de desmontar mi intento de reparación en menos de diez segundos—. La junta estaba torcida. Solo había que recolocarla.Eso es todo.

Nos miramos durante un segundo. Entonces, sin previo aviso, la tubería decide recuperar protagonismo. Un chorro de agua sale disparado directamente hacia ella.

—¡Ah!

El jersey se empapa en cuestión de segundos.Ella intenta sujetar la pieza otra vez, pero la presión aumenta y el agua empieza a salpicar el suelo.

No puedo evitarlo.Me río.

—¡No te rías! —protesta mientras intenta controlar la pieza metálica.

—Te dije que no era tan sencillo.

—¡Ayúdame en lugar de comentar la jugada!

Me acerco y cierro la válvula principal. El agua se detiene.El silencio vuelve.

Ivy se queda quieta, completamente empapada de cintura para arriba.Mi jersey gris ahora está pegado a su cuerpo.Una información que mi cerebro registra con demasiado detalle.Ella levanta la vista lentamente.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Ni una palabra. La había arreglado.

—Durante unos cuatro segundos —añado.

Se aparta un mechón mojado de la cara.

—Sigo teniendo razón.La junta estaba torcida ytú la estabas tratando como si fuera culpable de algo.

—Es una interpretación bastante creativa por tu parte.

Sonríe con esa expresión satisfecha de alguien que está convencido de haber ganado la discusión.

—Técnicamente he solucionado el problema.

Miro el charco en el suelo.Luego vuelvo a mirarla.

—Técnicamente has iniciado un desastre hidráulico.

Cruza los brazos.El gesto hace que el jersey mojado se ajuste aún más.Aparto la mirada con rapidez.

—Voy a cambiarme —anuncia.

—Buena idea.

—Y después volveré para terminar de arreglar esto.

—Ni hablar.

—¿Perdón?

—He aprendido algo importante esta mañana.

—¿El qué?

—Que no debo permitir que una invitada declare la guerra al sistema de agua de la casa.

Ella entrecierra los ojos.Da un paso hacia la escalera, pero antes de subir se gira.

—Por cierto.

—¿Sí?

—El café estaba horrible.

Sube las escaleras dejando pequeñas gotas de agua en cada peldaño.

Me quedo solo en el vestíbulo. Miro la tubería.

Miro la herramienta.Luego levanto la vista hacia la escalera por donde acaba de desaparecer.

Y por primera vez desde que llegó tengo una sospecha bastante clara: La casa no es el problema.

El problema acaba de subir al piso de arriba…

con mi jersey puesto. Y, me recuerdo a mí mismo, solo será hasta el lunes.

Solo unos días. Luego todo volverá a la normalidad.

O eso espero.