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Ivy
El ruido es tan fuerte que mi cerebro tarda varios segundos en decidir si se trata de un trueno… o de un derrumbe. Un golpe metálico resuena en algún lugar. Luego otro. Y otro más. Abro los ojos de golpe. Durante un instante no tengo ni idea de dónde estoy.
El techo es alto. Demasiado alto para ser el de mi apartamento en Londres. La habitación es enorme. La cama también.
Entonces recuerdo.Escocia. El coche muerto. El pub. Morag. El castillo. Y el hombre con cara de discutir incluso con las paredes.
Ah, sí. El gruñón atractivo.
Otro golpe resuena en el piso inferior.
—¿Qué demonios…?
Me incorporo en la cama con el pelo completamente revuelto y el cerebro funcionando todavía a medio gas. Durante unos segundos escucho.
Clang.
Clang.
Clang.
Suena como si alguien estuviera intentando desmontar el castillo con herramientas medievales.
Perfecto. He sobrevivido a un coche moribundo, a una tormenta bíblica y a un dueño de castillo malhumorado para morir aplastada por una viga.
Suspiro y me levanto.
La noche anterior, después de darme una ducha que probablemente ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, encontré en el baño un pequeño montón de ropa doblada con bastante cuidado.
Un jersey gris oscuro. Un pantalón de chándal.
Y una camiseta negra. Todo claramente demasiado grande para mí. Todo claramente suyo.
Cuando me los puse, tuve que doblar las mangas del jersey dos veces para que mis manos no desaparecieran dentro.
Y aun así me quedaban enormes. Pero lo más sorprendente no fue el tamaño.
Fue el olor. No a perfume. No a colonia cara.
Era un olor más limpio, más sencillo. A jabón, madera, aire frío…
y algo más difícil de describir. Un olor masculino que, para mi sorpresa, me gustó bastante.
Muchísimo, de hecho. Lo cual es preocupante considerando que el propietario de ese olor tiene la simpatía social de un cactus.
Miro el jersey que llevo puesto. Sigue oliendo igual.
No empieces, Ivy. Es solo ropa.
Ropa de un hombre gruñón que probablemente considera que las emociones son una pérdida de tiempo.
Otro golpe metálico retumba en el castillo.
Vale. Eso ya empieza a parecer personal. Camino hacia la puerta y la abro. El ruido viene claramente de la planta baja. Bajo las escaleras siguiendo el sonido. Cuanto más me acerco, más claro resulta.
Ewan está en el vestíbulo.
De espaldas a mí. Agachado junto a una tubería abierta mientras sostiene una llave inglesa. Una enorme. Y está golpeando algo con ella.
Me apoyo en la barandilla observando la escena. Está concentrado. Lleva unos vaqueros gastados y una camiseta de manga larga arremangada hasta los codos. Sus brazos están tensos mientras trabaja, y cada movimiento es preciso, fuerte.
El hombre gruñón del castillo es alto, fuerte, atractivo… y aparentemente autosuficiente.
—¿Siempre arreglas cosas como si estuvieras luchando contra ellas?
La llave inglesa se detiene en el aire. Ewan levanta la cabeza. Se gira lentamente. Sus ojos se fijan en mí. Luego en el jersey. Después vuelve a mirarme.
—Buenos días —comento con una sonrisa.
—Son las siete.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Te he despertado?
—Solo he pensado que el castillo se estaba derrumbando.
Se incorpora despacio.
—Estoy arreglando una tubería que se reventó con el frío.
—¿A golpes?
—Porque si no le doy golpes, no funciona —alega.
—Eso no es una respuesta tranquilizadora.
—No te he pedido que estés tranquila.
—Qué detalle. Pensé que el paquete de hospitalidad del castillo incluía no morir aplastada por fontanería escocesa.
—Si el castillo se cae, te avisaré.
—¿Siempre eres así de encantador por las mañanas? —Ladeo la cabeza.
—Solo cuando me sueltan comentarios innecesarios.
—Tú me despertaste a mí con ese concierto de metal.
—Entonces estamos empatados.
—No creo que funcione así. —Frunzo el ceño.
—En mi casa sí.
—Ah, claro. Tu castillo, tus reglas.
—Exacto.
—Perfecto. Entonces mi primera sugerencia como invitada involuntaria es que contrates un fontanero.
—No necesito un fontanero.
—¿Eso lo dices mientras amenazas una tubería con una llave inglesa?
—¿Siempre hablas tanto? —gruñe.
—Solo cuando alguien intenta arreglar la plomería como si fuera un combate medieval.
—Vuelve a la cama.
—No puedo. Ahora necesito ver cómo termina esta batalla. —Miro el suelo lleno de herramientas—. Por cierto —añado levantando una manga del jersey—. Gracias por la ropa.
—Era lo único que tenía limpio. —Ewan deja la llave inglesa sobre el suelo con un golpe seco—. ¿Has desayunado?
—Vaya. El castillo mejora su servicio.
—Hay café. Huevos. Pan.
—Suena tentador —expreso—, pero en realidad pensaba bajar al pueblo primero. A por mi maleta.
Ewan frunce ligeramente el ceño.
—¿Tu maleta?
—Sí. Está en mi coche, ¿recuerdas?
Hace una pausa.Luego señala con la barbilla hacia el otro lado del vestíbulo.
—¿Esa?
Sigo la dirección de su mirada.Y ahí está.Perfectamente colocada junto a la pared.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—La traje yo.
—¿De mi coche?
—Sí.
—¿Cómo sabías cuál era mi coche?
—En el pueblo todos conocen los coches de sus dueños, y el tuyo tiene un corazón de pelo de leopardo colgando del retrovisor, que es algo que no suele verse mucho por aquí.
—Punto para ti. ¿Y la llave?
—Sé hacer muchas cosas con esto. — Ewan levanta la llave inglesa.
—Eso es ilegal.
Hace una pausa. Luego suspira.
—Encontré las llaves en tu bolso.
Al parecer mi cerebro decide reiniciarse un segundo.
—Espera. —Lo señalo—. ¿Entraste en la habitación mientras dormía y rebuscaste en mi bolso?
—No rebusqué.
—¿Cómo lo llamas entonces?
—Buscar algo concreto.
—Sigue siendo rebuscar —alego.
Se pasa una mano por la nuca, incómodo.
—No quería despertarte.
—Así que decidiste cometer un pequeño allanamiento de bolso.
—Pensé que después del… recibimiento de anoche… podía hacer algo útil y amable por ti.
Sigue de pie frente a mí, con esa expresión seria que parece su estado natural.
Pero hay algo impostado en su postura. Como si no supiera muy bien qué hacer después de ese pequeño gesto de amabilidad: dejarme su ropa, asegurarse de que no pasara frío e ir a rescatar mi maleta.
No es gran cosa, pero viniendo de alguien que parece discutir con el mundo por deporte, se siente casi… considerado.
—Bueno. En ese caso, gracias.
Asiente una vez y señala hacia la cocina.
—El desayuno sigue en pie.
—¿Incluye café fuerte?
—Muy fuerte.
—Prefiero el té, pero puede que estar aquí empiece a gustarme.