El heredero más imposible de Escocia 2 #2
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—Esa mujer tiene la mala costumbre de tomar decisiones por otras personas.

—Lo ha dicho con mucho entusiasmo —añade, encogiéndose de hombros.

—Sí. Eso también es típico de ella.

Espera, como si pensara que voy a añadir algo más.

No lo hago.El silencio se alarga lo suficiente para que resulte incómodo.

—Entonces… —dice ella finalmente— ¿eso significa que no tiene espacio?

—Espacio hay. —Miro el vestíbulo vacío, las escaleras, las puertas cerradas—. Lo que no tengo es un hotel en funcionamiento.

—No necesito un hotel —responde con calma—. Solo un lugar donde dormir.

—Eso suele ser lo que la gente busca en un hotel.

Ella suspira, pero no parece ofendida.

—Prometo no exigir servicio de habitaciones.

Respiro despacio y me aparto de la puerta, claramente sin demasiado entusiasmo.

Porque, ¿qué se supone que tengo que hacer?

¿Cerrar la puerta y dejar que esa chica pase probablemente los dos peores días de su vida tirada en el pueblo con un coche averiado?

La alternativa es dejarla quedarse aquí.

En mi casa. En el castillo. Seguramente hablando sin parar, haciendo preguntas, opinando sobre todo y sacándome de quicio en menos de una hora.

No parece un plan especialmente atractivo.

Pero tampoco lo es la idea de dejarla ahí fuera bajo la lluvia.

—Está bien —comento al final—. Puede quedarse.

Sus ojos se iluminan de inmediato.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Gracias!

Antes de que pueda reaccionar, se lanza hacia mí y me abraza con una efusividad completamente desproporcionada para alguien que me conoce desde hace aproximadamente treinta segundos.

Y está empapada. El agua de su abrigo se transfiere a mi jersey con una eficacia admirable.

Se separa de golpe.

—¡Ay! Lo siento muchísimo.

Miro la mancha húmeda que ahora tengo en el pecho.

—¿Sueles abrazar a gente que no conoces con esa intensidad?

Ella se encoge de hombros, todavía sonriendo.

—Solo en situaciones desesperadas. Una vez, cuando perdí un tren en...

Levanto una mano en señal de stop.

—No necesito conocer toda tu vida —la interrumpo.

Cierra la boca, aunque la expresión que pone deja claro que tiene muchas más historias preparadas.

Entonces me doy cuenta de algo.

—¿Dónde está tu maleta? —decido tutearla; la chica no debe de tener más de treinta años y es absurdo seguir con las formalidades si va a pasar aquí un par de días.

—En el coche.

—¿Y has decidido venir hasta aquí sin ropa limpia ni seca que ponerte? Eso es… de pocas luces.

—Subir una colina bajo la lluvia, cargando una maleta, tampoco me parecía la mejor idea.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer por ti también? —replico con sequedad—. ¿Dejarte mi ropa?

Me observa de arriba abajo evaluándome.

—Con uno de tus jerséis me sobraría para vestir de largo.

Resoplo.

—¿Y también piensas usar mi ropa interior o eso ya lo dejamos para una segunda fase del plan?

—¿Siempre estás así de amargado? —consulta.

—Tranquilízate—respondo brusco—, la que necesita alojamiento y ropa seca eres tú.

—Sí, pero también necesito que tu solidaridad conmigo sea empática.Gruñes como si te estuviera pidiendo demasiado.

—No gruño.

—Acabas de hacerlo.

—Bien, tal vez un poco —concedo—. Pero si vas a quedarte, vamos a poner algunas normas.

—¿Normas?

—Sí. Normas. Para que esto funcione.

—De acuerdo… te escucho.

—Primera: nada de invadir mi espacio de trabajo. Segunda: si algo se rompe, me lo dices. Y tercera… —hace una pausa—procura no causar problemas.

—¿Eso cuenta como norma o como advertencia?

—Ambas.

—¿A qué problemas te refieres exactamente? —pregunta, cruzándose de brazos.

—A hablar demasiado —revelo con calma—. O a evaluar mi carácter como lo estás haciendo.

Inclina la cabeza.

—Morag me dijo que me ibas a sorprender.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pero no esperaba que fueras como la Bestia del cuento.

Se me levanta una ceja automáticamente.

—Para que yo sea la Bestia, tú tendrías que ser Bella. Y eso aún está por evaluar.

Parpadea varias veces de forma dramática.

—¿Me estás llamando fea?

—No he dicho eso — hago una pausa breve antes de añadir—, pero ahora mismo no me pareces una persona especialmente agradable a la que ayudar.

Ella se queda tiesa como un palo, como si acabara de comprender exactamente lo que acabo de insinuar. Sus hombros se tensan y su expresión se vuelve educadamente distante.

—En ese caso será mejor que me vaya.

Da medio paso hacia la puerta.

—No.

La palabra sale antes de que termine de girarse.Se detiene y me mira.

—No voy a permitir que pases la noche en tu coche —añado, con un suspiro breve—. Aunque no parezca que haya demasiada química entre nosotros, sigo siendo un caballero.

—Prometo cumplir todas las normas de la casa —expone ella enseguida, levantando una mano como si estuviera jurando ante un tribunal—. Las que existan y las que se te ocurran sobre la marcha. Pero, por favor, déjeme entrar en calor antes de que me convierta en una escultura de hielo en tu vestíbulo.

La observo un segundo más y termino suspirando. No es exactamente el tipo de complicación que esperaba hoy, pero tampoco parece que vaya a desaparecer si sigo mirándola en silencio.

—Sígueme —suelto al fin—. Veremos qué podemos hacer hasta que recojas tu maleta.