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Ewan
La consultora inmobiliaria tenía que haber llegado esta mañana. A las diez en punto.
Llevaba toda la semana esperando esta reunión.
No era una visita cualquiera. Era la persona que tenía que decirme, con números y no con entusiasmo rural, si convertir el castillo en un alojamiento tenía sentido o si estaba intentando salvar un edificio que llevaba dos siglos cayéndose a pedazos con dignidad.
A las diez preparé café. A las diez y veinte seguía mirando el camino que sube hasta la colina desde la ventana de la cocina.
A las once todavía pensaba que el retraso era razonable.
A las doce ya no me lo parecía tanto. A las dos de la tarde empecé a sospechar que la puntualidad no formaba parte del vocabulario de esa mujer.
Y ahora, cuando el reloj pasa de las nueve de la noche, el castillo sigue exactamente igual que esta mañana: enorme, silencioso y con demasiadas habitaciones vacías.
Ni mensaje. Ni llamada. Nada.
Miro el teléfono otra vez, aunque sé perfectamente que no hay ninguna notificación nueva.
—Maravilloso.
Pago una cantidad nada despreciable para que una especialista venga desde Inverness a evaluar el proyecto, y lo único que consigo es perder un sábado entero.
Dejo el móvil sobre la mesa y observo los papeles que llevo semanas acumulando: presupuestos, cálculos de obra, estimaciones de calefacción, números que intentan convertir este lugar en un negocio razonable.
Hace un año que vivo aquí.
La propiedad pertenecía a mi tío Alasdair, soltero, excéntrico y con un carácter que la mayoría de la familia describía con una mezcla de resignación y cautela.
No era una persona fácil de tratar. Tenía fama de discutir por cualquier detalle, de cerrar la puerta en mitad de una conversación si algo no le gustaba y de mantener a todo el mundo a una distancia prudente.
Durante años vivió prácticamente aislado en el castillo, rodeado de libros, herramientas y proyectos que empezaba con entusiasmo y abandonaba con la misma rapidez.
En cada reunión familiar alguien termina diciendo lo mismo: que me parezco a él.
Físicamente, dicen, y también en la forma de pensar.
Yo siempre lo niego. No tengo nada que ver con aquel hombre huraño que parecía disfrutar llevando la contraria a todo el mundo.
Al menos eso es lo que repito cada vez que alguien insinúa la comparación.
Aunque, si soy honesto, tampoco soy precisamente la persona más fácil del mundo.
Tengo poca paciencia para las tonterías, no me gusta perder el tiempo en conversaciones inútiles y suelo decir exactamente lo que pienso, incluso cuando sé que no es lo que la otra persona quiere oír.
Pero eso no significa que sea como mi tío.
Al menos, eso es lo que sigo diciéndome.
Cuando heredé el castillo mi primera idea fue venderlo.Rápido, sin complicaciones, y volver a mi vida normal.Porque mi vida no está en Escocia.
Durante años he trabajado coordinando proyectos de restauración de edificios antiguos. Casas rurales, hoteles pequeños, propiedades que alguien decidía rescatar antes de que el tiempo terminara el trabajo.
Empecé casi por casualidad ayudando a un amigo en el sur de Italia. Luego llegaron otros proyectos. Durante un tiempo pasé más meses entre Sicilia y alguna isla griega que en cualquier otro lugar.
Sol.Mar.Inviernos que no parecen escritos por un novelista deprimido.Exactamente lo contrario de este lugar.
Pero vender el castillo sin tocarlo no es realista. El edificio necesita inversión si quiero obtener un precio decente. Así que termino aceptando lo evidente: primero hay que ponerlo en marcha.
Habilitar habitaciones.Demostrar que el negocio funciona.Después venderlo.Un plan bastante lógico.
En teoría. En mi vida me dedico precisamente a esto: evaluar edificios antiguos, calcular qué se puede salvar y qué no, convertir estructuras llenas de historia en proyectos que funcionen en el presente.
Desde fuera puede parecer un trabajo casi sencillo, una cuestión de números y decisiones prácticas.
Pero este castillo no se comporta como ninguno de los lugares con los que he trabajado antes.
Aquí todo es más grande, más imprevisible y, sobre todo, más complicado.
Camino hasta el vestíbulo con el teléfono todavía en la mano.
Los retratos de los MacKenzie observan el espacio desde las paredes: hombres y mujeres de distintas épocas, con ropas que cambian con los siglos, pero con la misma mirada firme.
Fueron los dueños del castillo generación tras generación, y sus rostros parecen recordarlo en silencio.
A veces tengo la sensación de que están esperando a ver cuánto tardo en rendirme.
Y, por un instante, juro que una presencia se mueve entre las sombras del pasillo.
Una figura apenas visible, como un susurro en el aire, parece observarme con desaprobación.
No eres uno de nosotros , murmura una voz antigua antes de desvanecerse, como si incluso los espíritus del castillo renegaran de mi presencia aquí.
Un golpe en la puerta rompe el silencio.
Me detengo en mitad del vestíbulo.
Un segundo golpe resuena en la puerta, más firme esta vez.
Frunzo el ceño.
El golpe vuelve a sonar, más firme esta vez. Camino hasta la puerta con el ceño aún fruncido y, sin pensarlo demasiado, la abro con más brusquedad de la necesaria.
—¿Usted se piensa que son horas de llegar?
Tiene un aspecto lamentable.
Aunque la lluvia había dado una pequeña tregua durante la tarde, hace apenas diez minutos ha vuelto a empezar, y ella parece haber llegado justo a tiempo para llevarse lo peor.
Está empapada.El cabello oscuro se le pega al rostro y el abrigo parece haber perdido cualquier discusión contra el clima hace bastante rato.
Aun así me mira con una calma inesperada.
Durante unos segundos ninguno habla.
—Llega tarde —digo finalmente—. Y, si me permite decirlo, llega hecha un auténtico desastre.
Ella parpadea.
—Perdone. Le juro que había secado la ropa antes de venir, aunque puede que aún huela un poco a humo. La lluvia me ha pillado otra vez a medio camino.
—La reunión estaba prevista esta mañana.
—Entonces alguien olvidó avisarme, porque yo no tenía ninguna reunión en la agenda.
Eso me hace detenerme.
—¿No viene de Inverness?
—No.
—¿No? —ella alza una ceja, claramente incrédula.
—Vengo de Londres, mi coche se ha averiado en medio de la nada y está lloviendo como si el cielo se hubiera roto. Estaría bien que me dejara pasar un momento y no permitir que me moje más.
La observo un segundo más. El agua sigue cayendo de su abrigo y formando un pequeño charco en el umbral.
—Solo un momento —añade ella, con un suspiro—. Solo necesito dejar de parecer una esponja humana.
Miro la lluvia detrás de ella, luego su expresión cansada.
—Cinco minutos —apunto finalmente.
—Cinco minutos suenan maravillosos ahora mismo.
Entra con cautela. Su mirada recorre la escalera de piedra, los techos altos, los retratos antiguos.
—Vaya…
No intenta ocultar la sorpresa.
Hace una pequeña pausa antes de preguntar:
—¿Es usted Ewan MacKenzie?
—Sí. ¿Quién lo pregunta?
—Ivy Harper.
El nombre suena más lógico que la escena.
—Acabo de llegar al pueblo —empieza a decir, y luego parece decidir que ya que ha abierto la boca va a contarlo todo—.
Bueno, en realidad llevo intentando llegar desde esta mañana.
He pasado unos días recorriendo la zona, y ahora me dirigía hacia Fort William, y salí con tiempo de sobra, pero el GPS decidió que la mejor ruta era una carretera que parecía más un sendero para ovejas, empezó a llover como si alguien hubiera abierto un grifo, y a mitad de camino el coche hizo un ruido horrible y decidió que ya había trabajado suficiente por hoy.
Conseguí arrastrarlo hasta el pueblo, caminé hasta el pub completamente empapada, y allí me dijeron que no queda ninguna habitación libre en todo el lugar.
Así que Morag me miró como si esto fuera lo más normal del mundo y me dijo que tal vez usted tendría espacio aquí.
Y ahora estoy aquí, empapada, cansada y esperando no haber entendido mal la sugerencia.
Eso aclara bastante. Y también explica por qué no ha parado de hablar desde que ha cruzado la puerta.
Es de ese tipo de personas que hablan por los codos, llenando cada silencio posible como si el aire libre le resultara incómodo.
Justo el tipo de persona que no soporto.
Durante un segundo me viene a la cabeza Anke, una alemana que conocí en España hace años, en un proyecto cerca de Valencia.
Simpática, sí, pero capaz de hablar durante tres horas seguidas sin tomar aire.
Al tercer día tenía la sensación de que me habían metido un tambor en la cabeza y alguien lo estaba golpeando con entusiasmo. Exactamente esa clase de energía.
—Así que esto es cosa de Morag —acierto a decir.
—Exactamente.
Claro. Morag.
La verdad es que encaja bastante con ella. Esa mujer tiene una habilidad especial para convertir cualquier problema del pueblo en problema de otra persona, y endosarle a un desconocido una turista charlatana en mitad de la noche entra perfectamente dentro de su estilo.
Además, lleva meses con la misma cantinela: que no es normal que viva solo en un castillo de este tamaño, que un lugar así termina agriándole el carácter a cualquiera, que la gente necesita compañía, aunque crea que no. Tiene opiniones muy firmes sobre la vida de todo el mundo.
Y en este pueblo, cuando Morag tiene una opinión, suele convertirse en una especie de ley no escrita. Entre ella y el cura, básicamente forman la mayor institución local. Si uno de los dos decide que algo debe ocurrir, lo más probable es que termine ocurriendo.
—¿Y qué se supone que tengo que aportar yo a su caótica situación?
—Ha sugerido que tal vez tendría espacio para acogerme hasta el lunes.
La miro unos segundos más de lo necesario.