El heredero más imposible de Escocia 1
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El heredero más imposible de Escocia

El heredero más imposible de Escocia

Por Olga Andreu

© inepub.com

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​​ Ivy

Hay decisiones que parecen sensatas cuando las tomas en tu escritorio de Londres con una taza de café en la mano y el correo electrónico acumulándose como una amenaza silenciosa.

Pedir una excedencia de un año es una de ellas.

Durante meses viví rodeada de manuscritos, contratos, autores ansiosos y plazos imposibles.

Trabajar en una agencia literaria sonaba romántico hasta que llevabas cinco años leyendo novelas mediocres a las tres de la madrugada mientras alguien en Nueva York exigía cambios urgentes en un contrato que nadie entendía del todo.

Una mañana, después de revisar por cuarta vez un manuscrito que prometía ser el próximo gran fenómeno literario —y que en realidad parecía escrito por un loro con insomnio y acceso a un diccionario— tomé una decisión.

Un año.

Un año lejos de Londres, del teléfono y de los correos que llegaban incluso cuando estabas cenando.

Y, si era posible, un año lejos de la versión de mí misma que vivía permanentemente cansada.

La idea de empezar el viaje en las Highlands apareció casi sin buscarla.

Mi abuela hablaba de este lugar durante toda mi infancia con una mezcla de nostalgia y orgullo que siempre me intrigaba.

Había nacido en un pequeño pueblo de la región antes de enamorarse de mi abuelo, un londinense que llegó allí por trabajo y terminó cambiando de vida por completo.

Nunca volvió a vivir en Escocia. Pero tampoco dejó de hablar de ella.

Mi abuelo murió primero, y mi ella lo siguió tres años después.

Durante años describió los lagos, el viento que parecía moverse entre las montañas y las colinas verdes que cambiaban de color con cada estación. Siempre terminaba sus historias con la misma frase.

Algún día deberías verlo por ti misma.

Así que aquí estoy.

Conduciendo por una carretera estrecha que serpentea entre montañas oscuras mientras el limpiaparabrisas trabaja con la determinación de alguien que sabe que está perdiendo la batalla.

Mi plan inicial era quedarme en Escocia unas tres semanas, quizá un mes si el dinero y el ánimo aguantan.

No tengo una ruta cerrada ni reservas hechas; solo algunos lugares marcados en el mapa y la idea de ir avanzando hacia el norte, deteniéndome donde algo me llame la atención.

Prefiero así, a la aventura, cambiando de alojamiento sobre la marcha, durmiendo en pequeños hostales, casas rurales o donde encuentre un techo y una historia que merezca la pena escuchar.

El coche emite un sonido extraño, un traqueteo irregular que parece salir de lo más profundo del motor, como si cada pieza protestara por seguir en movimiento.

Es viejo, muy viejo, un regalo de mi padre cuando cambió de coche hace un par de años y se compró un SUV nuevo, brillante y silencioso, de esos que apenas hacen ruido al arrancar.

Yo acepté quedarme con el viejo coche familiar porque todavía funcionaba y, siendo sincera, tampoco necesitaba nada mejor.

La pintura está apagada, con pequeños arañazos en las puertas y el volante gastado por años de uso.

Por eso no me extraña demasiado el ruido que hace; el pobre parece estar pidiendo la eutanasia.

Aun así, no puedo evitar pensar que es casi un milagro haber llegado hasta aquí sin que se desmonte por el camino…

Un golpe seco.Luego otro.Frunzo el ceño mientras aprieto el volante.

—No, ahora, no.

A ambos lados de la carretera las montañas se levantan como gigantes silenciosos. Durante varios kilómetros no veo ni una sola casa, ni una luz, ni nada que sugiera vagamente la presencia de civilización.

Entonces aparecen unas luces a lo lejos.

Un pueblo.

El coche avanza los últimos metros con la obstinación de una máquina que se niega a rendirse antes de tiempo.

Cruzo la pequeña plaza central y justo cuando reduzco la velocidad elmotor emite un estruendo digno de una olla a presión explotando, seguido de un chirrido dramático mientras se detiene en seco como si hubiera visto un fantasma en medio de la carretera.

Silencio.Me quedo unos segundos con las manos sobre el volante.

—Bueno—suspiro—, gracias por el esfuerzo.

Salgo del vehículo y en pocos pasos descubro que el clima escocés tiene una forma muy directa de darte la bienvenida.

El agua atraviesa mi abrigo con una eficacia admirable.

Mientras avanzo bajo la lluvia, no puedo evitar pensar que esta bienvenida resume bastante bien el momento que estoy viviendo: mi coche ha decidido jubilarse justo en un pueblo diminuto que probablemente ni aparece en los mapas, y yo ni siquiera sé si aquí existe algo parecido a un hotel, una pensión o, con un poco de suerte, un sofá abandonado donde pasar la noche.

Y tú que pensabas que ser editora era estresante, Ivy . Pues toma estrés: transporte muerto, lluvia hostil ni una maldita señal de civilización a la vista.

Bien jugado, universo.

El pueblo es diminuto. Tan pequeño que parece caber en un suspiro.

Una única calle principal lo atraviesa, flanqueada por unas cuantas casas de piedra, una tienda cerrada y, al final, un edificio del que brota una luz cálida, como si toda la vida del lugar se hubiera refugiado allí.

Un pub. Corro calle arriba, resbalando casi en las piedras húmedas mientras la pendiente me quema las piernas, hasta que al final alcanzo a ver el cartel sobre la puerta que anuncia The stag & thistle.

Cuando empujo la puerta, el contraste es inmediato.

Calor.Luz.Olor a comida. Y, de inmediato, mi estómago ruge con fuerza, como si despertara de golpe al darse cuenta de que llevo horas sin comer nada decente, aparte de alguna triste barrita energética comprada en un Tesco.

El aroma me llega intenso, cálido, casi reconfortante, y mi cuerpo reacciona antes incluso de que mi mente termine de ubicarse.

El murmullo de las conversaciones se corta por un segundo, como si alguien hubiera bajado el volumen. Varias cabezas se levantan con esa curiosidad tranquila —y un poco chismosa— que despierta cualquier desconocido que aparece empapado en un lugar donde todos saben quién es el primo del panadero.

El interior evoca a la perfección un pub de las Highlands: vigas de madera oscura que cruzan el techo, una chimenea crepitando que llena el ambiente de calor y olor a leña, y una iluminación cálida que se refleja en las mesas de madera gastada, creando un espacio acogedor y lleno de carácter.

Tras la barra, una mujer de cabello rojizo recogido en un moño, observa la escena con expresión divertida.

—Será mejor que te acerques al fuego antes de que te resfríes, pareces un gato que perdió una pelea con la lluvia—su acento escocés redondea cada palabra.

Le hago caso y me acerco a la chimenea intentando escurrir discretamente el agua del abrigo. Poco después, la mujer se acerca y me tiende una toalla.

—Toma, para que te seques un poco.

—Gracias.

—De nada muchacha. Por cierto soy Morag. La dueña de este local.

—Ivy Harper, perdida en la vida.

Mientras me seco el pelo, observo el local con atención. El ambiente es cálido y tranquilo. Un perro duerme bajo una mesa como si el mundo exterior no existiera.

—Ese es Bruno —dice Morag con una sonrisa, señalándolo—. Pasa más horas aquí que yo, y eso que yo trabajo aquí.

—¿No es tuyo?

—Su antiguo dueño, el señor MacLeod, murió hace tiempo y ahora Bruno es un poco de todo el pueblo.

Entre todos lo cuidamos: uno le da de comer, otro lo deja dormir en su granero y siempre hay alguien que lo saca a pasear por la plaza.

—Me examina con una curiosidad discreta—. No eres escocesa, ¿cierto?

—No, soy inglesa, de Londres.

—¿Viaje o trabajo?

—Un intento de descanso. He pedido una excedencia en mi trabajo y he decidido empezar el viaje por Escocia.

—¿Y cómo va la experiencia?

—Digamos que podría haber empezado mejor. —Miro hacia la puerta, detrás de la cual el clima sigue haciendo de las suyas, mientras pienso en mi coche fenecido y en si este pueblo será capaz de adoptarme como ha adoptado a Bruno, hasta que consiga que alguien revise mi viejo trasto.

—Mi coche ha decidido dejar de cooperar. —Señalo hacia la plaza.

Asiente con naturalidad.

—El mecánico del pueblo podrá verlo el lunes.

—¿El lunes?

—Hoy es viernes por la noche, querida. —La lógica del comentario es difícil de discutir.Respiro despacio antes de continuar.

—En ese caso necesitaría una habitación para tres noches.

Guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Me temo que eso será complicado. Este fin de semana hay un festival y, como el pueblo es pequeño y los alojamientos se cuentan casi con los dedos de una mano, todas las habitaciones están ocupadas… y las pocas que quedaban volaron ayer más rápido que las rosquillas gratis.

La noticia no es precisamente alentadora.

—Supongo que eso reduce bastante mis opciones. ¿Crees que podría compartir espacio con Bruno?

La mujer parece reflexionar un momento.

—Hay una posibilidad, aunque no es segura —su tono es prudente y yo la escucho con atención—. En lo alto de la colina, hay un castillo. El heredero vive allí desde hace un año.

La imagen tarda un momento en encajar.

—¿Un castillo?

—Sí. Y tiene más habitaciones de las que podría utilizar como espacio útil una sola persona.

—¿Funciona como alojamiento?

—Todavía no. —Una leve sonrisa aparece en su rostro—. Pero si alguien puede ayudarte, es él.

—¿Cómo se llama él ?

—Ewan MacKenzie.

Miro hacia la puerta mientras asimilo la idea.

Un castillo. Confiar en la bondad de un desconocido. O dormir en el coche, con la encantadora posibilidad de que en cualquier momento decida explotar del todo conmigo dentro… y además pasar frío, mucho frío. Aunque, claro, si explota, el frío dejaría de ser un problema.

—¿Y ese tal Ewan? ¿Es alguien confiable?

—¿Ewan? Claro que es confiable. Lleva ya un año por aquí. Heredó el castillo de su tío cuando murió. El viejo era… bueno, un poco tosco —dice con una media sonrisa—. El sobrino se le parece, pero en una versión más light.

—No sé si eso me tranquiliza mucho. —Frunzo ligeramente el ceño yella se encoge de hombros con naturalidad.

—Puedes estar segura de que no te mandaría a casa de alguien peligroso. Dile que vas de mi parte. Seguro que le alegrará tener a su primera clienta.

—Pero… ¿no me acabas de decir que no funciona como alojamiento?

—He dicho que todavía no —corrige—. Está en proceso. El camino empieza detrás de la iglesia. No tiene pérdida. Pero espera a que la lluvia amaine y come algo. Tengo haggis hechos de esta tarde. Te serviré un buen plato y te dejaré algo de ropa mientras la tuya se seca un poco frente al fuego.

—De verdad, no es necesario —expongo, levantando ligeramente las manos.

—Lo es —replica con firmeza—. A menos que quieras pasar más tiempo del necesario en el pueblo por una pulmonía… y que lo del coche termine siendo el menor de tus problemas.

Suspiro, pensando en lo que acaba de decirme y en lo mucho que necesito comer algo caliente y ponerme ropa seca.

—Tienes razón. En ese caso… muchas gracias.

Ella sonríe con calma.

Quince minutos después, estoy sentada a la mesa con un atuendo absolutamente ridículo: un enorme suéter de lana verde con flores bordadas, unos pantalones holgados y calcetines gruesos que claramente me quedan dos tallas más grandes, las mangas del jersey me cuelgan hasta casi cubrirme las manos.

Frente a mí humea un plato de haggis que, para mi sorpresa, sabe muchísimo a los que preparaba mi abuela.

Mientras como, todavía algo desconcertada por todo lo ocurrido, Bruno permanece a mi lado con una atención casi reverencial, observando cada movimiento de mi tenedor y esperando pacientemente a que algún trocito caiga al suelo.

—Por cierto —dice desde la barra mientras seca un vaso—, creo que a Ewan le hace falta un poco de compañía. Le vendrá bien que pases un par de días en el castillo.

Levanto la vista, con el tenedor a medio camino.

—¿Por qué?

Ella se encoge de hombros con una media sonrisa.

—Intuición de mujer que lleva años psicoanalizando clientes.

Frunzo el ceño, sin saber si habla en serio.

—¿Y eso qué significa exactamente?

—Que creo que te va a sorprender.

Abro la boca para responder, pero Morag ya se ha largado hacia la cocina, despidiéndose con la mano del último hombre que abandona el local.

Me quedo un segundo mirando la puerta por la que ha desaparecido y resoplo.

¿De qué se supone que voy a sorprenderme exactamente?

¿De que el tal Ewan tenga el aspecto de la Bestia antes de que Bella le enseñe modales?

¿O de que me reciba haciendo malabares con cuchillos como si esto fuera un circo?

Niego con la cabeza, divertida por mis propias ideas absurdas.

Lo que sí me resulta curioso es lo cómoda que me siento con esta mujer que acabo de conocer.

Tiene algo en la mirada, en la forma de hablar y de moverse, como si perteneciera a ese tipo de personas con un alma empática por naturaleza, capaces de hacerte sentir bienvenida sin esfuerzo, de abrirte un pequeño espacio seguro incluso en un lugar que todavía no es el tuyo.

Una hora después estoy en el almacén, colocándome mi ropa para ir a buscar suerte a ese castillo que espero, sinceramente, no esté encantado.

Le devuelvo la ropa a y vuelvo a darle las gracias.

—Si mañana no regreso—señalo con una sonrisa ligera—, sabrás dónde buscar.

Ella deja escapar una pequeña risa.

—No te preocupes. No creo que vaya a ser necesario. Ewan MacKenzie no suele comerse a los visitantes —la pausa que sigue resulta lo bastante larga para que la frase resulte ligeramente inquietante—. Al menos hasta ahora.

Intento sonreír, pero la broma no logra disipar del todo la sensación extraña que se ha instalado en mi pecho.

A veces pienso que los lugares guardan historias que no se cuentan en voz alta, y que las personas que viven en ellos aprenden a convivir con esos silencios.

Me pregunto si estoy a punto de descubrir una de esas historias… y si realmente quiero hacerlo.