El heredero implacable (The Dante Dynasty) 32. Alessandro
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32. Alessandro

ALESSANDRO

Estoy en mi despacho cuando recibo una llamada de seguridad. —Señor, Isabella Vitale está en las puertas. Le hemos dicho que se fuera, pero… bueno, no tiene buen aspecto.

Mi primer instinto es decirle que la mande a paseo. La traición aún me escuece como el ácido. Pero ¿a qué se refieren con que no tiene buen aspecto?

—Traedla. Registradla primero y estad atentos a cualquier señal de que sea una emboscada.

—Sí, señor.

Cuando la escoltan hasta mi despacho, casi no la reconozco. Es un fantasma de lo que fue. Tiene el rostro demacrado, con un hematoma en un pómulo. Su cabello, antes lustroso, cuelga en mechones sucios. Su ropa está rota y ensangrentada. Tambalea cuando mis hombres la sueltan.

—Cristo bendito. —El corazón se me cae a los pies. Yo he provocado esto al enviarla con su familia. Las pruebas de su crueldad están escritas por todo su cuerpo.

Pero incluso mientras la compasión me atenaza, la sospecha la sigue de cerca. ¿Es esto otra trampa? ¿Una estratagema para manipularme, para volver a entrar en mi casa, en mi cama, en mi corazón?

—Alessandro. —Su voz es débil, áspera, como si tuviera la boca llena de arena—. Tienes que escucharme. Mi hermano…

—Siéntate antes de que te desplomes —la interrumpo, señalando la silla frente a mi escritorio. Mis hombres vacilan en la puerta—. Dejadnos solos.

Salen e Isabella se desploma en la silla. —Mi hermano planea atacar la finca… en tres días.

Estudio su rostro, buscando algún rastro de engaño. —¿Y por qué ibas a traicionar a tu familia para contarme esto? ¿Después de lo que hiciste?

—Nunca te he traicionado. —Sus ojos, antes brillantes y desafiantes, ahora apagados por el agotamiento, se encuentran con los míos—. Enrico utilizó el incidente del whisky para conseguir la llave de alguna manera.

—Incidente. Ocho de mis hombres fueron envenenados. —Entorno los ojos mientras la observo, intentando decidir si está tan mal como parece o si se trata de una elaborada actuación.

Se frota la sien, dejando restos de sangre de sus dedos. Maldita sea… ¿qué le han hecho?

—He estado encerrada, sobreviviendo solo con sobras y agua, porque me he negado a ayudarlos. Enrico se mofaba de mí con sus éxitos. Me enseñó un periódico sobre otro ataque… —Cierra los ojos y, por un momento, me pregunto si se ha quedado dormida o si se ha desmayado.

Levanta la cabeza con esfuerzo, como si pesara una tonelada. —Escapé porque… —Empieza a arrastrar las palabras—. Porque no podía permitir que te hicieran daño. Y porque…

Se tambalea en la silla y rodeo el escritorio en un instante, atrapándola mientras se desliza hacia el suelo.

—¿Isabella? —La estrecho contra mi pecho, sintiendo lo aterradoramente delgada que se ha quedado—. ¡Isabella!

Me mira. Levanta la mano como para acariciarme la mejilla, pero entonces se le ponen los ojos en blanco y se queda lacia en mis brazos.

—¡Carlo! —rujo para llamar la atención de mis hombres fuera de la puerta mientras lucho contra el pánico creciente—. ¡Traed al médico ahora mismo!

Mientras mis hombres se apresuran a cumplir las órdenes, levanto a Isabella y la llevo a mi dormitorio, tumbándola con suavidad en la cama donde una vez hicimos el amor. Mis manos revolotean sobre su rostro magullado, temeroso de tocarla y causarle más dolor.

He pasado semanas convencido de su culpabilidad. Pero verla así, rota, y aun así lo bastante valiente como para escapar y advertirme, rompe algo en mi interior.

El doctor Calendra llega en veinte minutos. Ha estado con la familia desde que yo era un niño y siempre está preparado para cualquier tipo de emergencia, ya sean disparos o heridas de arma blanca. No creo que Isabella tenga nada de eso, pero sin duda está herida.

—Haga lo que sea necesario para salvarla —ordeno.

—Por supuesto, Don Dante. —Calendra se acerca a la cama y empieza a examinarla—. ¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?

—Veinticinco… treinta minutos. Ha dicho que no la alimentaban. No sé de dónde vienen las heridas.

Calendra le levanta la camisa, dejando al descubierto un largo tajo en el costado. Maldita sea. Puede que sí la hayan apuñalado.

—Hay cristales —dice, echando mano de su maletín.

—¿Cristales?

—Quizá atravesó una ventana. Déjeme a solas con ella, Don Dante. Cuando la haya examinado y tratado, le informaré. —No levanta la vista para ver si sigo sus instrucciones. Simplemente continúa palpando y examinando a Isabella.

Decido que es mejor dejarle trabajar. Miro el rostro de Isabella, pálido y demacrado. Escapó para advertirme después de que yo la enviara de vuelta para ser torturada. Me he estado preparando para matarla. ¿Qué clase de monstruo soy?

Me retiro a mi despacho. Soy Don Dante, y tengo que poner a la familia… al negocio, en primer lugar.

Adriano me encuentra mientras me sirvo una copa para calmar los nervios. —¿Qué está pasando? Corre el rumor de que Isabella ha aparecido medio muerta.

—Ha venido con información. Dice que su hermano planea un ataque a la finca en tres días.

Se cruza de brazos y entorna los ojos. —¿Y la crees?

—Ya no sé qué creer —admito. Tal vez no valga para ser un Don—. Pero estaba encerrada. Prácticamente la mataron de hambre. Arriesgó su vida para venir aquí.

—¿Has olvidado la llave que robó? ¿El almacén que fue destruido?

He estado dándole vueltas a esto desde el momento en que vi su estado. —Dice que Enrico estaba detrás del whisky envenenado… que la cogió entonces.

Adriano me mira fijamente. —Eso significa que la llave faltaba desde hace más tiempo que…

—¡Ya sé lo que significa! —No necesito que nadie me recuerde mi incompetencia.

Adriano abre los ojos de par en par. —Joder. No consideraste a ninguna otra persona. ¿Simplemente lo diste por hecho y la mandaste de vuelta con esos cabrones?

—¡Sí! La he cagado. —La confesión me quema en las entrañas—. La he estado cagando desde el principio.

Me desplomo en mi silla, de repente agotado. —Nuestro padre estaría asqueado. Diría que soy demasiado débil para ser Don. Que debería haber elegido a Luca.

Adriano pone los ojos en blanco. —Eso son chorradas. Si hubiera querido a Luca al mando, no lo habría exiliado.

—Eso no quita que me vería como una absoluta decepción. Hemos tenido traidores entre nosotros. Los Vitale nos han pillado desprevenidos más de una vez. Él nunca habría dejado que eso…

—La mayoría de esos traidores consiguieron acceso bajo su mando. Y a él le voló por los aires la Bratva. La Bratva a la que tú derrotaste.

Me froto las sienes. —No sé cómo separar lo que quiero creer de la verdad. Si es inocente, entonces la puse en peligro para nada.

—El amor lo complica todo —dice Adriano encogiéndose de hombros—. Te hace dudar de ti mismo, de tus instintos. Pero también puede aclarar las cosas. Poner tu vida en perspectiva.

—A mí no.

—Podría. Escucha, yo estaba confundido cuando encontré a Eva viva. No sabía qué pensar. Pero una vez que dejé ir mi miedo…

—¿Miedo? —Arqueo una ceja.

Adriano asiente. —Sí, miedo. Miedo a ser engañado. Miedo a que me rompieran el corazón. Una vez que dejas ir eso, el orden del mundo encaja. Yo quemaría el mundo entero por Eva y Mirabella.

—¿Y cómo lo dejaste ir? Porque si me equivoco y han soltado a Isabella con ese aspecto de mierda como parte de su plan para matarnos…

—Prepárate para ambas posibilidades. Si la información de Isabella es buena, estaremos listos. Si es una trampa, también estaremos listos. —Adriano me estudia—. Reforzaré la seguridad alrededor de la finca.

Asiento con la cabeza. Cuando se marcha, me reclino en mi silla preguntándome cómo se ha vuelto mi vida tan jodidamente complicada.

Llaman a mi puerta.

—Adelante.

El doctor Calendra entra con semblante grave, lo que hace que se me pare el corazón.

—Está estable, pero sufre deshidratación y desnutrición graves.

Le he puesto una vía. Tenía un corte profundo por el cristal de una ventana rota que he limpiado y cosido.

He curado sus rasguños. En cuanto al bebé, he usado mi ecógrafo portátil y todo parece estar bien, pero debería verla un obstetra cuanto antes.

—¿Bebé? —La habitación parece dar vueltas.

—Sí. Por ahora está estable, pero corre peligro. Su cuerpo está muy debilitado. Las próximas cuarenta y ocho horas serán críticas tanto para la madre como para el niño.

—¿Ella lo sabe?

Él asiente. —Ha recuperado el conocimiento durante el examen. Su primera preocupación ha sido el bebé.

Lo sabía pero no me lo había dicho.

—He dado instrucciones para sus cuidados a su ama de llaves. Como he dicho, debería verla un obstetra. La doctora Donetta es alguien en quien puede confiar.

—Gracias.

Cuando Calendra se marcha, subo las escaleras y entro en el dormitorio. Isabella yace inmóvil en nuestra cama, con una vía goteando fluidos en su brazo.

La miro con otros ojos. Nuestro hijo crece en su interior. Un hijo que yo no sabía que existía cuando le di la espalda, cuando la entregué a las mismas personas que la mataron de hambre y la encarcelaron. Que podrían haber matado a nuestro bebé.

—Dios mío. —Me hundo en la silla junto a la cama. ¿Qué clase de hombre soy para haber hecho esto? ¿Qué clase de padre seré?

No me extraña que pareciera tan destrozada cuando la eché. No se trataba solo de su inocencia o de mi traición. Se trataba de nuestro hijo.

¿Tenía planeado contarme lo del embarazo?

—Isabella.

Sus párpados tiemblan y luego se abren. Por un momento hay confusión, luego reconocimiento y, después, miedo.

—¿Alessandro? —Intenta incorporarse.

—No. El médico ha dicho que tienes que descansar.

Se relaja, pero la cautela no abandona sus ojos. Recuerdo el momento en que la conocí. El intercambio ingenioso. La atracción inmediata. El afecto creciente. El deseo abrumador de confiar en ella.

Pienso en todo lo que ha dicho y hecho. En lo que ha arriesgado.

Y, de repente, llega la claridad.

Amo a esta mujer. Probablemente la amo desde el primer día.

Pero ella no me creerá. ¿Por qué iba a hacerlo?

Debería empezar con una disculpa. Debería suplicar su perdón por mi impulsividad, por enviarla de vuelta con gente que le hizo daño a ella y a nuestro hijo. Maldita sea, ¿sabían ellos que estaba embarazada?

Una rabia crece en mí, pero no hacia ella. Adriano tenía razón. Con la claridad llega la perspectiva. Ahora mismo, Isabella y este bebé son mi prioridad. Y quemaré el puto mundo por ellos, empezando por Enrico y su padre.

Me doy cuenta de que ella no me ha hablado del bebé, así que puede que piense que no lo sé.

—El médico me ha hablado del bebé.

Su mano se desplaza instintivamente hacia su vientre. —¿El bebé está bien?

—Por ahora. Pero ambos estáis en riesgo. —Trago saliva con dificultad, preguntándome qué habría estado pensando al enterarse de que estaba embarazada. Preguntándome si pensó que yo sería un padre terrible—. ¿Ibas a decírmelo en algún momento?