El heredero implacable (The Dante Dynasty) 31. Isabella
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31. Isabella

ISABELLA

La celda en la que me han encerrado en el sótano no tiene ventanas, es húmeda y fría. Una fina manta es mi único abrigo, y el pequeño catre el único lugar para sentarse o tumbarse. Las tripas me rugen, un recordatorio constante de las escasas sobras con las que me han estado alimentando.

¿Cuántos días han pasado? ¿Dos? ¿Tres? El tiempo se desdibuja cuando estás encerrada en la oscuridad con las únicas apariciones esporádicas de la criada, que trae agua y sobras de cocina pasadas. Me siento cansada y débil, y estoy segura de que no es solo el embarazo lo que me hace sentir así.

El cerrojo hace clic y me enderezo, tragando saliva con dificultad. La puerta se abre de par en par y Enrico aparece allí con una mueca de suficiencia.

—Vaya, pero mírate. La poderosa señora Dante, reducida a esto.

—Necesito más comida —digo, ignorando sus burlas—. Y agua. Por el bien del bebé, Enrico.

Él se ríe. —¿El bebé? ¿Te refieres al bastardo de Dante que llevas dentro?

Una rabia incandescente me recorre, reemplazando momentáneamente mi agotamiento. —Mi hijo no es un bastardo. Alessandro y yo estamos casados.

—¿Un matrimonio que duró cuánto antes de que te pusiera de patitas en la calle? —Enrico se planta frente a mí con los brazos cruzados—. Acéptalo, Isabella. Él no quiere saber nada de ti ni de tu engendro.

—No entiendes lo que estás haciendo. Si pierdo a este bebé por tu culpa...

—Si lo pierdes, encontraremos otro modo —dice con un gesto despectivo—. Aunque admito que un heredero Dante sería una baza muy conveniente.

—¿Una baza? Es tu sobrino o sobrina, Enrico. Tu propia sangre. —Aunque yo también soy de su sangre y es evidente que me desprecia.

—A medias sangre Dante. —Su rostro se tuerce de asco—. Impura.

—¿Qué has hecho? ¿Por qué me echó Alessandro?

Una sonrisa lenta se extiende por su cara. —Digamos que me serví de algo suyo. Algo a lo que solo tú podías haberme dado acceso.

La llave del almacén. Recuerdo que mi padre mencionó el envenenamiento del whisky y que Enrico admitió que había sido él y que lo había usado para conseguir la llave.

—Me usaste. Me tendiste una trampa.

—Y Alessandro se lo tragó. Tanto hablar de amor verdadero... —Se inclina más cerca—. Elegiste el bando equivocado, hermanita.

—Por favor —le pido, tratando de alcanzarlo, con la desesperación anulando mi orgullo—. El bebé necesita nutrientes. Me estoy debilitando...

—A lo mejor deberías haber pensado en eso antes de traicionar a tu familia. —Se aparta y se dirige a la puerta—. La lealtad tiene consecuencias, Isabella. Al igual que la falta de ella.

—Yo no te traicioné. Me casé con él tal como me obligaste. Nunca me pediste que te ayudara... simplemente me utilizaste.

Él suelta un bufido. —¿Me habrías ayudado?

Bajo la mirada porque sé que no lo habría hecho.

—Exacto. No soy idiota, Isabella. He visto cómo le mirabas. ¿Crees que no sé que te escapaste con él en la gala? Eres una puta zorra y ese niño probablemente sea un bastardo engendrado antes de casaros.

—Por favor, Enrico...

—Como he dicho, nos traicionaste. Ahora pagas. —La puerta se cierra de golpe y la oscuridad me envuelve de nuevo. Me tumbo en el catre, hecha un ovillo, convencida de que voy a morir aquí.

El tiempo se desdibuja. Marco las horas por las escuetas comidas que traen. Mi cuerpo se debilita cada vez más y me aterra perder al bebé. No puedo permitir que eso ocurra. Tengo que hacer algo.

¿Pero el qué? No puedo acudir a Alessandro. Se limitará a arrojarme a cualquier prisión que tenga en su sótano.

Me burlo de mí misma por ser tan tonta como para pensar que Alessandro podría enamorarse de mí.

No había ninguna posibilidad de que él se permitiera amar y confiar en una Vitale.

Cada vez que surgía una sospecha, se ponía en mi contra.

Esta última vez, me expulsó sin darme la oportunidad de defenderme.

Su desconfianza es tan profunda como el odio entre nuestras familias.

Y aun así...

Mi hijo se merece algo mejor que esto. Algo mejor que la lenta inanición que Enrico ha planeado para nosotros. Algo mejor que ser usado como un peón en la desesperada lucha de mi hermano por el poder.

¿Y si finjo estar de acuerdo con Enrico? ¿Si le digo que he visto el error en mi proceder, que la familia Vitale es lo primero? Quizás me saque de aquí y me mantenga en mi antiguo dormitorio, dándome la oportunidad de escapar.

¿Pero para ir adónde?

Alessandro no me creerá jamás, pero sin duda, mi hijo tiene más posibilidades con Alessandro que con mi familia. Cualesquiera que sean sus faltas, independientemente de sus sospechas, él no dejaría morir de hambre a su propio hijo.

El cerrojo se abre y me tapo los ojos ante la repentina luz. Enrico entra pavoneándose con una altanería que me revuelve el estómago. Ojalá tuviera la valentía y la fuerza para arrancarle los ojos.

—He pensado que querrías estar al tanto de los asuntos familiares —dice, dejando caer un periódico sobre mi regazo.

El titular grita noticias sobre la violencia en el territorio de los Dante. Se me cae el alma a los pies mientras leo el artículo por encima.

—El imperio de tu marido se está desmoronando —se jacta Enrico, apoyándose contra la pared—. El nuevo plan funciona a la perfección. Otros tres lugartenientes Dante murieron ayer. Para cuando hayamos terminado, no quedará nadie leal a él.

Mantengo el rostro inexpresivo, aunque el pulso se me acelera. —¿Y luego qué? ¿Crees que puedes llegar y ocupar su lugar así como así?

—Eso es exactamente lo que va a pasar.

—Alessandro no es tonto —replico, pero la duda empieza a aflorar.

—Está desesperado y solo. Sus hombres están muriendo, ¿y su mujer? —Enrico se ríe—. Bueno, estás aquí, ¿no?

Aprieto los dedos sobre el periódico. —No ganaréis.

—Ya lo hemos hecho. En tres días, atacaremos su mansión. En tres días, lo que es suyo será mío.

Tengo que aceptar que existe la posibilidad de que derrote a Alessandro. Mi primer pensamiento es que necesito advertirle.

—¿Qué pasará conmigo entonces? —pregunto.

Él se encoge de hombros. —Padre y yo estamos debatiendo eso. —Sale con paso arrogante, cerrando la puerta con llave tras de sí.

Tres días. Tengo tres días para avisar a Alessandro sobre los planes de mi familia.

Por primera vez desde que me encerraron, siento algo que no es desesperación. Brota en mí una determinación feroz.

Tengo que escapar. A la próxima oportunidad que tenga.

Esa oportunidad llega cuando una criada trae mi comida.

Me la entrega y yo la dejo en el catre a mi lado.

Cuando ella se gira para irse, me pongo en pie de un salto, abalanzándome hacia delante y empujándola mientras paso a su lado hacia la puerta.

Salgo corriendo y cierro la puerta tras de mí para dejarla encerrada. No puedo permitirme que alerte a nadie.

Avanzo a trompicones por el pasillo en penumbra. Tengo las piernas débiles tras días de inactividad y falta de alimento.

La voz de la criada resuena por el pasillo. Rezo para que nadie la oiga mientras me apresuro hacia la pequeña ventana del sótano, mi única vía de escape. Al mirar hacia fuera, veo que es de noche y doy gracias a Dios. Será más fácil salir de la propiedad al amparo de la oscuridad nocturna.

Cojo una caja de herramientas metálica de un estante cercano y la lanzo contra la ventana. El cristal estalla. Me encaramo por el hueco, sintiendo cómo los vidrios me cortan las palmas y los antebrazos mientras me escurro por el estrecho espacio.

Un dolor agudo me atraviesa el costado cuando un trozo especialmente afilado me engancha las costillas, rasgando mi camisa y clavándose en la carne. Me muerdo el grito mientras caigo sobre la hierba mojada.

Durante un instante aterrador, no puedo moverme, no puedo respirar. Mi bebé. Por favor, que esté bien.

No tengo tiempo que perder. ¿Quién sabe cuánto tardarán en darse cuenta de que la criada ha desaparecido e ir a buscarla? Cuando la encuentren, descubrirán que me he ido y el ejército de hombres de mi padre saldrá en mi busca.

Me pongo en pie con dificultad, sujetándome el costado sangrante mientras corro hasta que me arden los pulmones.

Llego al muro exterior de la finca, caminando a lo largo de él hasta alcanzar el viejo roble al que Enrico y yo solíamos subir cuando éramos unos niños despreocupados.

Antes de que mi padre lo convirtiera en un sociópata.

Empiezo a trepar y resbalo, raspándome las manos. Pero no me rindo. Alcanzo una rama que se extiende sobre el muro. Me subo a este y miro hacia el otro lado. Es posible que me rompa algo al bajar, ¿pero qué otra opción tengo?

Me pongo boca abajo y me descuelgo hasta quedar suspendida de las manos por el otro lado. Finalmente, me suelto y aterrizo con fuerza en el suelo. El impacto me recorre las piernas, pero, gracias a Dios, no hay nada roto.

La finca Dante está a kilómetros de distancia, pero conozco estas calles, así que, poniendo un pie delante del otro, empiezo a caminar.

Cada paso envía nuevas oleadas de dolor a mi costado.

Aprieto mi camisa contra la herida para hacer presión.

No detiene la hemorragia por completo, pero espero que al menos la ralentice.

Oigo que se acerca un coche e inmediatamente me aparto de la carretera para esconderme entre el follaje; las ramas de los arbustos me arañan los brazos y la cara. Cuando pasa, espero hasta estar segura de que no pueden verme por el retrovisor y vuelvo a caminar.

Para cuando llego a los límites de la propiedad Dante, la visión se me nubla. La herida del costado late con fuerza. He pasado demasiado tiempo sin comida ni agua adecuadas. Pero mi bebé... No puedo fallar ahora.

Me obligo a seguir adelante. Las altas puertas de hierro de la finca Dante se materializan ante mí. Las cámaras siguen mi aproximación y sé que probablemente los guardias estén vigilando.

¿Me reconocerán? ¿Me dejarán entrar siquiera? ¿O habrá ordenado Alessandro que me echen? O peor, que me disparen en cuanto me vean.

Llego a trompicones al interfono, dejando huellas de sangre sobre el botón que pulso.

—Por favor —digo con voz ronca—. Necesito ver a Don Dante.

—¿Quién es?

—La señora Dante... Isabella Dante.

Hay una pausa y luego: —Tenemos órdenes estrictas sobre la familia Vitale. Sin excepciones.

Apoyo la frente contra la placa del interfono. Las piernas amenazan con fallarme. Pero no me rendiré. No después de todo lo que he soportado. No estando tan cerca.

—Por favor —suplico—. Mi hermano planea un ataque a la mansión.

—Aléjese de la puerta, señora Dante. —La voz se endurece.

—¡Necesito ver a Alessandro! —La desesperación me da un último arrebato de fuerza—. ¡Van a matarlo!

—Señora, si no abandona la propiedad...

—¡Entonces dispárenme! —grito—. Si Alessandro no quiere verme, métanme una bala en la cabeza aquí mismo, porque ya estoy muerta.

El mundo se inclina, los bordes de mi visión se oscurecen. Me desplomo sobre las rodillas, con las fuerzas abandonándome al fin. Supongo que todo termina aquí.

La puerta zumba y luego empieza a deslizarse lentamente para abrirse. Dos guardias corren hacia mí con las armas desenfundadas.

—Antes de que me maten... —comienzo, queriendo que Alessandro sepa lo del bebé. Darle la oportunidad de quererlo.

—No vamos a matarla, señora Dante.

Intento levantarme para demostrarles que puedo caminar por mi propio pie, pero mi cuerpo se niega a obedecer.

Me levantan agarrándome por las axilas y me arrastran hacia la casa.

Es el momento. Mi única oportunidad de salvar a Alessandro y a nuestro bebé.