30. Alessandro
ALESSANDRO
Estoy sentado a solas en mi despacho; los recuerdos de follarme a Isabella sobre mi escritorio han sido reemplazados por un odio amargo.
Las grabaciones de seguridad se reproducen en bucle. Enrico Vitale entrando en mi almacén con mi llave, la misma llave que había estado en mi escritorio la noche que Isabella vino a buscarme.
El bourbon me quema la garganta, pero no mitiga el frío que se extiende por mi pecho. Confié en ella. No había querido hacerlo. Creía haberme blindado contra ello precisamente por esta razón. Pero el dolor y la rabia ante su traición me dicen que he fracasado.
—Maldito imbécil —mascullo para mis adentros mientras me sirvo otra copa. Quiero vaciar la botella, pero no puedo permitirme emborracharme. No cuando los Vitale están llamando a mi puerta.
Unos golpes en la puerta interrumpen mis autorreproches. Adriano entra sin esperar permiso, con el rostro sombrío.
—Deberías comer algo. —Deja un plato con un bagel—. El chef ha...
—No tengo hambre.
—Me importa una mierda. Necesitas comer para...
—Dios, pareces una madre.
Se inclina sobre mi escritorio. —No quiero morir porque tú no estés centrado o no tengas fuerzas. Cómete el puto bagel.
Capullo. Le doy un bocado al bagel. —¿Contento?
—Ni por asomo. —Se sienta en la silla frente a mi escritorio.
—Tienen que desaparecer todos. La mejor forma de evitar una guerra total es eliminar a la familia.
La expresión de Adriano no cambia. Siempre ha sido el ejecutor de nuestra familia, así que hablar de eliminar gente no le inmuta. —¿A todos?
Sé que me está preguntando por Isabella y quizá por su madre. Siempre se nos ha conocido por no dañar a mujeres ni a niños. La señora Vitale es la sombra de una mujer, no merece la pena matarla. Por otra parte, es evidente que es una desgraciada. Quizá recibiría bien la muerte.
Pero Isabella...
Las grabaciones de seguridad vuelven a repetirse. Enrico deslizándose en el edificio usando la llave que Isabella tuvo que entregarle.
—La señora Vitale puede vivir, pero tiene que marcharse.
Adriano me estudia. —¿Y tu mujer?
—Han destruido un cargamento que vale millones. Se han infiltrado en nuestra operación a través de ella.
Adriano arquea una ceja. —¿Estás seguro de eso?
Le lanzo una mirada furiosa. —Has visto las grabaciones. Enrico tenía mi llave. La llave que guardaba justo aquí. —Abro y luego cierro el cajón de un golpe—. La única persona que pudo habérsela dado fue Isabella.
—¿La misma Isabella que te miraba como si fueras el puto centro del universo? —Adriano niega con la cabeza—. No lo sé. Tienes que estar seguro, Alessandro.
—Sí, me caía bien. —La confesión de Adriano me sorprende—. Me recordaba a Eva, de hecho. Ese mismo fuego bajo toda esa fachada de corrección.
Eva también nos traicionó, aunque las circunstancias fueron un poco distintas. Y a Eva la coaccionaron, y con el tiempo intentó poner fin a su traición fingiendo su muerte. Isabella ha sido una participante voluntaria.
—Esa no es la comparación que quieres hacer ahora mismo —le advierto.
—¿No? Eva me traicionó, me mintió, y aun así acabó siendo lo mejor que me ha pasado nunca. Tal vez no sea el mejor juzgando el carácter de la gente, pero se me da bastante bien juzgar el amor.
—Esto no va de amor —escupo.
—Y una mierda. —Adriano se inclina hacia delante—. Si fuera solo por negocios, no estarías bebiendo como un idiota a las cinco de la mañana.
Bajo de nuevo la vista al vídeo, incapaz de sostener la mirada penetrante de mi hermano. —Esta alianza ha terminado. Es hora de ocuparse de los Vitale de una vez por todas.
—Pues mata a Marco y a Enrico. —Adriano se encoge de hombros—. ¿Pero a Isabella? ¿A tu mujer? ¿A la madre de tus posibles hijos?
Levanto la cabeza de golpe. —¿Qué has dicho?
—He dicho que mates a los que se lo merezcan. No a la...
—No. Lo de los hijos.
Adriano se encoge de hombros. —Nada. Solo que es tu mujer y podría ser la madre de tu heredero.
Se me revuelven las entrañas. —¿Dijo ella algo...?
Adriano pone los ojos en blanco. —No. Solo digo que... si te la has follado, existe la posibilidad. —Entorna los ojos mirándome—. A menos que usaras protección, cosa que, conociéndote, probablemente hiciste.
Pero no lo hice. Ni una sola vez.
Adriano se levanta. —Voy a ocuparme del almacén y a hablar con mis hombres. Tengo vigilados algunos de los nidos de los Vitale. Hay un club de striptease que le gusta a Enrico. No abre hasta el mediodía, pero sé que siente predilección por una de las chicas y suele aparecer antes de tiempo.
—Bien.
—Come, Alessandro. Descansa un poco. Luego acabaremos con esos hijos de puta.
Cuando se va, me quedo mirando mi vaso vacío, con el pensamiento consumido por la pregunta. ¿Podría estar Isabella embarazada? La posibilidad lo cambia todo y, al mismo tiempo, nada.
Me lo habría dicho, decido. ¿Qué mejor manera de asegurarse de que la mantuviera aquí que decirme que un hijo de los Dante crecía en su interior? Joder, considerando su traición, me sorprende que no mintiera y me dijera que estaba embarazada solo por esa razón. No. No lleva un hijo mío.
Los días siguientes transcurren recopilando información mientras trazamos un plan para eliminar a la familia Vitale. Pero Adriano sigue presionándome sobre si incluir o no a Isabella. —Nosotros no matamos mujeres —argumenta.
—No tienes pruebas directas.
—¿Y si te equivocas?
¿Pero qué otra explicación podría haber? Nadie tiene permitido entrar en mi despacho cuando yo no estoy.
Al final, decido llamar a Luca para conocer su opinión.
Responde al segundo tono. —Alessandro.
—Necesito tu perspectiva. —Me cuesta pronunciar las palabras. Alessandro Dante no pide ayuda, y mucho menos a un hermano menor que ha sido exiliado. Pero Luca ha levantado su propio negocio desde cero. Si alguien puede darme una visión externa, es él—. Se trata de Isabella.
—¿Tu mujer? No soy consejero matrimonial...
—No necesito consejos matrimoniales —le corto. Le explico la situación, remontándome a los ataques a los almacenes durante la luna de miel, el whisky envenenado y ahora la desaparición de la llave que Enrico usó para destruir mi mercancía.
—Le estás dando demasiadas vueltas —dice Luca—. Los Vitale han sido un cáncer en nuestra operación durante años. Marco ha estado esperando una oportunidad desde antes de que muriera nuestro padre.
Camino por el despacho, incapaz de quedarme quieto. —Estoy preparado para la guerra. De lo que no estoy seguro es de qué hacer con Isabella...
—Es una Vitale —su voz se endurece—. La sangre importa, Alessandro. Por eso la echaste, ¿no? Tú sabes lo que sabes.
Cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz, dándome cuenta de que esperaba que él me quitara de la cabeza la idea de matarla.
—Adriano sacó el tema de que pudiera estar embarazada... ella nunca dijo nada, pero... —Joder, no quiero decirle a mi hermano pequeño que no usé condón.
—A menos que pienses traerla de vuelta a la familia Dante, es una razón más para acabar con esto ahora. ¿Crees que no usarán a ese niño contra ti? ¿Que no lo entrenarán para odiarte? ¿Para que algún día te arrebate todo lo que has construido?
Me oprimo el pecho con la mano, donde crece una sensación inquietante. ¿De verdad puedo matar a mi mujer?
—Tú sabes cómo jugaría yo. Tierra quemada. Es el único lenguaje que entiende esta gente. Elimina a la familia entera. Que sirva de ejemplo para las próximas generaciones.
No respondo.
—Tu silencio me indica que no estás seguro de si está implicada.
Cierro los ojos, viendo su rostro en el momento en que la arrastré de la cama para echarla de mi casa. La confusión en sus ojos había parecido genuina.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces te equivocas —el tono de Luca es pragmático—. Es mejor eliminar una amenaza potencial que dejarla viva para que lo destruya todo. Padre nos enseñó eso.
—Es mi mujer.
—Es tu debilidad. Y en nuestro mundo, la debilidad te mata; otra lección que nos enseñó Padre. —Hace una pausa—. Has llamado porque ya sabes lo que hay que hacer. Solo quieres que alguien te diga que está bien.
Pero no está bien. Nada de esto está bien. Y pensar en Isabella muerta por orden mía me revuelve el estómago.
—Tú fuiste quien me dijo que Isabella podría ser un activo contra su familia —le recuerdo a Luca—. Aquella primera noche tras el ensayo de la boda. Dijiste que si lo jugaba bien...
—Me equivoqué —interrumpe Luca tajante—. No era tan inocente y cándida como pensábamos.
De todas las decisiones que he tenido que tomar desde que me convertí en Don, esta es con diferencia la más difícil. Si me equivoco, la culpa me consumirá. El hecho de que sienta culpa significa que Isabella se me ha metido en el corazón. Lo mejor sería arrancarla de cuajo.
—Alessandro —dice finalmente—, ¿qué está pasando realmente aquí? ¿Es por la incertidumbre... o es por ella?
—No sé a qué te refieres.
—Mentira. Te he visto sacrificarlo todo por esta familia. Te he visto tomar decisiones imposibles sin pestañear. Y sin embargo, aquí estás, dudando antes de eliminar una amenaza clara.
—Las pruebas...
—Son condenatorias. Tú lo sabes. Yo lo sé. —Suspira—. ¿Qué hay de diferente esta vez? ¿Qué hace que Isabella Vitale sea la excepción a cada regla por la que hemos vivido, aparte de que es una mujer?
¿Qué la hace diferente? ¿La forma en que me desafió desde el principio? ¿Cómo nunca se acobardó, incluso cuando debería haberlo hecho? ¿La vulnerabilidad en sus ojos cuando confesó que se estaba enamorando de mí?
—Necesito estar seguro —consigo decir.
—Si no estás seguro, ¿por qué la enviaste de vuelta con su familia? A estas alturas la has abandonado, y su familia probablemente esté usando su rabia en su beneficio. Si antes no trabajaba con su padre, ahora seguro que sí.
Joder.
—Solo puedo suponer que tus dudas vienen de que sientes algo por ella. ¿Estás enamorado de ella, Alessandro?
¿Lo estoy? ¿Es eso este vacío que siento? ¿Y qué si lo es? Lo que yo quiera o necesite no importa.
—No importa lo que yo sienta. Se trata de la seguridad de nuestra familia.
—Importa —rebate Luca—. Porque te está nublando el juicio.
Tiene razón. Pero saberlo no hace que la respuesta sea más clara.
—Decidas lo que decidas —dice Luca—, estoy contigo. Pero Alessandro... asegúrate. Asegúrate jodidamente bien. Porque esta no es una decisión que puedas revocar.
Estoy seguro. No hay otra explicación. ¿Verdad?
—Y si me necesitas, estaré allí para ti. No me importaría matar a unos cuantos Vitale.
—Gracias, Luca.
Cuando termino la llamada, vuelvo a mirar las grabaciones de seguridad una vez más. Enrico, la llave, la destrucción. Las pruebas parecen irrefutables.
Y aun así...
Cierro los ojos, viendo el rostro de Isabella mientras la sacaba de la cama y la obligaba a marcharse. El impacto. La confusión. El dolor.
La familia Vitale debe pagar por lo que ha hecho. De eso no tengo duda. Marco y Enrico han firmado sus sentencias de muerte con su traición.
Pero Isabella...
El corazón se me contrae como si estuviera en un puto torno. Me doy cuenta de que Luca podría tener razón. Puede que quiera a mi mujer.