El heredero implacable (The Dante Dynasty) 29. Isabella
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29. Isabella

ISABELLA

La puerta se abre de golpe, despertándome sobresaltada, con el terror recorriéndome todo el cuerpo. ¿Estamos bajo ataque?

Alessandro está bajo el umbral, sus hombros llenan el marco. El aire chisporrotea con electricidad, pero no del tipo que suele saltar entre nosotros. Esto es peligroso. Letal.

—Recoge tus cosas —dice. Su voz es más fría, más airada de lo que jamás le he oído—. Vas a volver con tu familia.

Parpadeo, segura de haber oído mal. —¿Qué?

—No me voy a repetir —cruza la habitación y me saca de la cama tirando de mi brazo—. Recoge tus cosas y vete de una puta vez de mi casa antes de que...

No termina la frase, pero no hace falta. Me mira como si pudiera estrangularme hasta matarme.

Tropiezo al intentar ponerme en pie. —Alessandro, no lo entiendo...

—¿Ah, no? —Su risa me produce un escalofrío por la espalda—. Casi llego a creerte.

Estoy aterrorizada, pero también sé que, sea cual sea el motivo de su enfado, yo no tengo nada que ver. Solo puedo suponer que mi padre, mi hermano o ambos han actuado contra él. —¿Qué crees que he hecho?

—Tengo un vídeo de tu hermano destruyendo mi muelle esta noche. Usando mi llave personal para entrar. —Sus ojos se clavan en mí—. La llave que estaba en mi despacho.

La comprensión me golpea con fuerza. —¿Crees que la cogí yo? Yo nunca...

—Ahórratelo. —Se inclina hacia mí, y cualquier rastro de afecto que hubiera podido ver antes en sus ojos ha desaparecido. Ahora solo veo odio—. Vuelve con tu familia. Dile a tu padre que su plan ha fallado. Dile que la alianza se ha acabado. Si quiere guerra, ya la tiene.

—Alessandro, por favor. —Alargo la mano hacia él, pero se aparta de un tirón y me mira con repugnancia—. Soy tu mujer. Te quiero.

Sus ojos brillan con una ira aún mayor. —No quiero tus mentiras.

—No te traicioné. No lo haría.

—Esto no es una puta discusión. Recojas o no... estás fuera de mi casa ahora mismo.

Retrocedo tambaleándome, presionando la mano sobre mi vientre, sobre nuestro hijo. Un hijo del que él todavía no sabe nada. ¿Debería decírselo? ¿Serviría de algo?

No me interesa ser padre.

No, la noticia no nos salvará ni a mí ni a mi hijo.

—Está bien —la lucha me abandona—. Me iré. Pero, por favor, envíame a cualquier sitio menos con mi padre. Iré a un hotel, a otro país. A cualquier parte antes que volver con él.

—¿Por qué? —Su voz está llena de desprecio—. ¿Temes que papá no esté contento con tu trabajo? El muelle ha sido destruido, pero yo sigo respirando.

Le miro fijamente, preguntándome cómo es posible que crea que yo sería capaz de traicionarlo.

—Te mereces a tu familia —dice con frialdad—. Y ellos te merecen a ti.

—¿De verdad crees eso?

Por un momento, creo ver que su determinación flaquea. Pero entonces desaparece, y sus ojos vuelven a estar vacíos. —Tienes cuarenta y cinco minutos para recoger lo que puedas llevar. Los de seguridad te escoltarán fuera. Georgio te llevará a casa.

Observo la espalda de Alessandro mientras se aleja como si yo no fuera nada. Como si los momentos que compartimos no hubieran sido nada.

Me tiemblan las piernas, pero no puedo permitirme desmoronarme.

Dos hombres aparecen en el umbral con el rostro inexpresivo mientras me observan recoger lo poco que puedo en una pequeña maleta. Las manos me tiemblan tanto que apenas puedo cerrar la cremallera.

—Señora Dante. Ha llegado la hora.

Me escoltan fuera. No hay nadie allí para decir adiós. Por otra parte, es plena noche. Probablemente es como él desea que sea.

Durante el trayecto en coche de vuelta a la propiedad de los Vitale, miro por la ventana sabiendo que mi vida va a ser peor en casa, y mi mente trabaja para imaginar otras opciones.

¿Podría huir? ¿Empezar de nuevo en algún lugar con mi bebé?

Pero no tengo dinero propio, ni ningún lugar seguro frente a los Dante o los Vitale.

El conductor se detiene ante la puerta, y uno de los soldados de Alessandro sale del asiento delantero y abre la puerta trasera donde estoy sentada. Me agarra del brazo y me saca fuera. Dejándome plantada junto al coche, vuelve al asiento del copiloto y se marchan.

Si voy a huir, este es el momento. Pero es plena noche y no tengo absolutamente ningún recurso.

Pulso el botón de la puerta y le comunico a uno de los guardias de mi padre que estoy aquí. Por un momento, me pregunto si me dejarán entrar. Instantes después, la puerta se abre y subo por el largo camino de entrada hacia la casa.

La puerta principal se abre cuando me acerco. Mi padre está allí en bata, con el rostro contraído en un ceño fruncido. Detrás de él espera mi madre, con la cabeza baja. Enrico está en el rellano inferior de las escaleras, con la irritación reflejada en los ojos.

Me pregunto si Alessandro les ha llamado.

—¿Qué significa esto? —Mi padre se aparta a un lado para que pueda entrar—. Son casi las cuatro de la mañana.

Cruzo el umbral y la puerta se cierra tras de mí. Crecí en esta casa, pero no siento que esté volviendo a mi hogar.

—Así que el gran Alessandro Dante te ha devuelto como mercancía dañada —se burla Enrico.

Mi padre le fulmina con la mirada por encima del hombro. —Espero que no te hayas escapado...

—Él me ha echado. Cree que le he traicionado.

—¿Y lo hiciste? —pregunta Enrico con voz casual.

—No. Lo hiciste tú.

Mi padre se vuelve hacia Enrico. —¿A qué se refiere con eso?

—Tal vez a Don Vitale le gustaría reunirse en su despacho —dice el señor Paolo, el mayordomo, apareciendo en bata—. Haré que la señora Benetti prepare café.

—Sí, sí. —Mi padre nos indica a Enrico y a mí que vayamos a su despacho con un gesto. A mi madre nunca se le permite entrar allí, pero espera a que nos hayamos ido antes de subir las escaleras. Al menos alguien va a poder dormir algo esta noche.

—A ver, ¿qué quieres decir con que Enrico lo sabe? —Mi padre se sirve una copa y luego se sienta tras su escritorio.

Yo permanezco de pie frente a él. —Lo tienen grabado en las cámaras de vigilancia destruyendo algo en uno de los muelles de los Dante.

—Mentiras. Todo son mentiras —Enrico sonríe con arrogancia.

—Estás en vídeo —le digo.

Él niega con la cabeza. —Imposible.

Suspiro, sintiéndome agotada. —Bueno, estoy segura de que podrás explicárselo a él cuando te enseñe las pruebas.

Mi padre entrecierra los ojos mirando a Enrico. —¿Es eso cierto?

—No hay pruebas.

Curiosamente, no ha dicho que no lo hiciera.

—¿Por qué iba Alessandro a pensar que las hay? —exige mi padre.

Enrico se encoge de hombros mientras se sirve una copa. —No lo sé. Lo único que sé es que no había vigilancia operativa.

—Oh, joder. ¿Qué has hecho? —Mi padre se pasa la mano por la cara. Es la primera vez que le veo con aspecto de viejo y cansado.

—Me faltó al respeto... a nosotros —escupe Enrico—. Estoy harto de esperar. Ahora es débil, deberíamos...

Mi padre se levanta, señalando a mi hermano con el dedo. —Una puta pena. Yo soy el Don aquí. Acabas de arruinarlo todo. Primero con esa jugarreta del whisky...

—Nos consiguió la llave. Ese muelle es el más grande que tienen...

No conozco los detalles, pero he oído lo suficiente para darme cuenta de que, de alguna manera, durante la entrega del whisky o quizás durante el alboroto por el envenenamiento, alguien cogió la llave de Alessandro.

¿Había pagado Enrico a alguien del personal de la casa o había infiltrado a alguien?

—Tú no mandas. —Mi padre se dirige hacia Enrico y lo empuja contra la pared. Los ojos de Enrico brillan con violencia, y me pregunto si está a punto de usurpar a mi padre—. Teníamos un plan.

—El mío es mejor. ¿Por qué dejar que los Dante se recuperen? ¿Por qué manchar a Isabella? Tenemos que atacar...

—Puto idiota. ¿Cuántas veces te he dicho que nunca subestimes a un Dante? —Mi padre le lanza una mirada de asco antes de soltar a mi hermano y volverse hacia mí—. ¿Qué te ha dicho?

—Me ha dicho que me fuera y ha hecho que me trajeran. Cree que te estaba ayudando.

—Lo habrías hecho si tu hermano no hubiera jodido las cosas de forma monumental...

—Ella nunca nos ayudaría. —Enrico me mira con el mismo desdén que mi padre acaba de mostrarle a él—. Está enamorada de él. Ahora es una Dante. Por lo que sabemos, esto es una pantomima entre ellos dos para que ella obtenga información nuestra.

Mi padre parece considerar esa posibilidad.

—Don Dante nunca usaría a una mujer para hacer el trabajo de un hombre —digo. Los hombres Dante son demasiado protectores con sus mujeres para usarlas en sus trabajos sucios—. Eso solo lo harías tú. —Miro con furia a Enrico.

La mano de Enrico impacta en mi cara; el escozor me trae lágrimas a los ojos.

—No me hables así. —Me agarra, empujándome contra la pared—.

Por lo visto, los Dante tampoco hacen daño a las mujeres, pero yo no tengo ese problema.

—Levanta el puño hacia atrás, y en lo único que puedo pensar es en mi bebé.

Me cubro el vientre. —No lo hagas. Estoy embarazada.

La mano de Enrico se detiene a mitad del golpe. —¿Qué?

—Enrico, suéltala. Maldita sea. Los dos sois una absoluta decepción.

Enrico se vuelve hacia mi padre mientras me mantiene inmovilizada contra la pared. —¿Has oído lo que ha dicho? Lleva al heredero de Dante.

A mi padre se le iluminan los ojos, pero sé que no es por convertirse en abuelo. —Un heredero Dante. ¡Isabella, esto es perfecto!

—¿Perfecto? Mi marido acaba de echarme a la calle. No hay nada de perfecto en esto.

Enrico suelta una carcajada. —¿No lo ves? Esto lo cambia todo. Sangre de Alessandro en un recipiente Vitale.

¿Recipiente? —Soy una persona. Esto es un niño. Mi hijo.

—Nuestra ventaja —continúa Enrico como si yo no hubiera hablado—. Padre, imagínalo. Los Dante no dañarán a la madre de su heredero. Y si algo llegara a pasarle a él...

—El niño sería el siguiente en la línea sucesoria —termina mi padre, con una lenta sonrisa extendiéndose por su rostro.

El horror me inunda. —Estáis hablando de asesinar a mi marido y usar a mi bebé para apoderaros de la familia. —Adriano nunca lo permitiría. Ninguno de los hombres de Alessandro lo haría.

—Hablo de coger lo que nos pertenece por derecho —espeta Enrico—. Si la Bratva no hubiera fallado, el territorio y los negocios de los Dante ya serían míos...

—Nuestros —gruñe mi padre.

Enrico asiente respetuosamente, pero ahora veo lo que está pasando. Enrico está harto de que lo frenen. Está listo para liderar, para ser el Don no solo de la familia Vitale, sino también de la familia Dante.

—Quieres esta guerra —le digo a Enrico.

Él se ríe. —No hay forma de que esto no acabe en guerra, Isabella. Eres lo bastante inteligente para saberlo.

—Pero tal vez solo necesitemos deshacernos de Alessandro. El hijo de Isabella es el heredero. —El rostro de mi padre muestra triunfo al imaginarse tomando los negocios de los Dante.

Ninguno parece considerar que podría tener una niña. —No dejaré que uséis a mi hijo en vuestros juegos enfermizos. —Sé que pagaré por esas palabras, pero ya no soy la obediente Isabella. Tengo un hijo que proteger—. Este hijo es mío y de Alessandro. No vuestro.

La sonrisa de Enrico desaparece, sustituida por algo feo. —Pequeña zorra estúpida. ¿Crees que tienes elección?

—Tengo elección.

—¿Te ha hecho Dante creer eso? Es más nena de lo que pensaba si te dejó creer que tenías algún poder.

—Basta. —La voz de mi padre interrumpe a Enrico—. Isabella, me decepcionas. Pensé que entendías tu deber hacia esta familia.

—¿Mi deber? ¿Por qué voy a tener un deber hacia vosotros? Me usasteis como garantía en vuestro trato con Alessandro.

—Es tu papel, hermanita.

—¡No dejaré que me uséis! —declaro, sabiendo que no ganaré esta batalla pero necesitando defenderme. Por mi hijo—. Preferiría morir antes que ayudaros a destruir a Alessandro.

Algo cambia en los ojos de Enrico. —Eso puede arreglarse. Pero no antes de que hayas cumplido tu propósito.

Mira a mi padre, que deja escapar un suspiro de resignación pero luego asiente.

Enrico abre la puerta. —Tony.

Un hombre corpulento entra en la habitación.

—Llévala al sótano.

—¿Qué? —Antes de que pueda darme la vuelta, unas manos fuertes me agarran los brazos—. ¿Qué estás haciendo? —Lucho contra su agarre—. ¡Suéltame!

Mi padre se levanta de detrás de su escritorio. —Necesitas tiempo para reconsiderar tu posición, Isabella. Unos días a solas deberían ayudarte a comprender dónde debe estar tu lealtad.

—¡No podéis hacer esto! —Me agito salvajemente—. ¡Estoy embarazada! El bebé necesita...

—El bebé estará bien —me interrumpe Enrico—. Mujeres embarazadas han soportado cosas mucho peores que un poco de disciplina.

Le escupo a la cara. Su palma impacta de nuevo contra mi mejilla, y la fuerza de la bofetada hace que mi cabeza se gire hacia un lado.

—Sácala de aquí —ordena mi padre—. Llévala a la habitación de la bodega.

La habitación de la bodega. El lugar donde encerraban a Enrico cuando se portaba mal de adolescente. Frío, húmedo y sin ventanas.

—Por favor —suplico mientras Tony me arrastra por el pasillo—. No dejéis que le hagan esto a una mujer embarazada. Por favor.

Su agarre se afloja un poco, pero su voz permanece firme. —Lo siento, señorita Isabella. Órdenes son órdenes.

La puerta de la bodega chirría al abrirse, revelando paredes de piedra y un estrecho camastro. El olor a humedad me golpea cuando me empujan dentro. La puerta se cierra de golpe. Se oye el clic del cerrojo.

Sola en la oscuridad, me hundo en el camastro.

Las lágrimas me queman los ojos, pero llorar no nos servirá de nada ahora ni a mí ni a mi bebé.

Tengo que encontrar una forma de salir. Pero no imagino cómo y, si lo hiciera, ¿a dónde iría?

Alessandro cree que le he traicionado. Mi familia me ha encarcelado.

Nunca me he sentido más sola en mi vida.

Pero no solo tengo que pensar en mí misma. Tengo una vida más allá de la mía que depende de mí. En la negrura absoluta de mi prisión, empiezo a planear mi huida.