El heredero implacable (The Dante Dynasty) 28. Alessandro
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28. Alessandro

ALESSANDRO

Pasan de las diez cuando vuelvo a casa, pero mi jornada no ha terminado. Me dirijo directamente a mi despacho con una mirada hacia las escaleras y el impulso de renunciar al resto de mi trabajo para irme a la cama con mi mujer.

Por desgracia, hay más que hacer y mi prioridad absoluta es el negocio familiar.

Mantenernos prósperos y seguros. Sé que Isabella lo entiende.

Es parte de lo que la convierte en una buena esposa.

Y no puedo negar que, aunque la carga de la responsabilidad sigue siendo pesada, hay algo en tenerla a mi lado que la hace más llevadera.

Mientras me siento a mi escritorio, me asalta el recuerdo de ella entrando ayer en mi despacho con su lencería roja y chupándome la polla.

—Joder —murmuro, pasándome una mano por la cara. No puedo seguir dejando que me distraiga de mi deber. Mi padre seguramente se sentiría decepcionado al saber que estoy dejando que una mujer me nuble el juicio.

Aun así, no puedo arrepentirme. Por primera vez en mi vida, me estoy permitiendo tener algo propio. Algo que no tiene que ver solo con la familia o los negocios.

Me levanto de la silla, de repente impaciente por verla. El imperio puede esperar hasta mañana. Esta noche, solo quiero ser el hombre que Isabella ve cuando me mira. No Don Dante. Solo Alessandro.

Suena el teléfono y respondo sin mirar la identificación de llamada; la hora tardía sugiere malas noticias.

—Don Dante.

—Jefe, es Adriano. Tenemos una situación en el almacén sur.

Se me encoge el estómago. —¿Qué tipo de situación?

—Allanamiento. Se han saltado el sistema de seguridad. Tiene que ver esto usted mismo.

Joder. El almacén sur alberga nuestro mayor cargamento de bienes importados, tanto legítimos como de los otros.

—¿Alguien herido?

—Tres caídos, pero no muertos. Quien haya hecho esto sabía lo que hacía.

—Voy para allá. —Cuelgo, dirigiéndome ya hacia la puerta.

La paz que sentía hace unos instantes se evapora. Esta es mi realidad, mi deber. No la felicidad doméstica con Isabella, sino la vigilancia del negocio.

Cojo mi chaqueta y mi pistola, comprobando el cargador antes de enfundarla.

Al pasar por el vestíbulo principal, me detengo de nuevo al pie de la escalera, mirando hacia arriba, donde duerme Isabella.

Considero despertarla para decirle que llegaré tarde, pero decido no hacerlo.

Que descanse sin preocuparse por esta última crisis.

En su lugar, envío un mensaje a mi jefe de seguridad para que duplique la guardia alrededor de la propiedad. Si alguien es lo bastante audaz como para asaltar mi almacén, lo siguiente que podría intentar es entrar en mi casa.

Mientras conduzco, no puedo evitar preguntarme si será Marco, jodiéndome de nuevo. Sigo sin tener pruebas sobre los últimos ataques. Pero Marco ha estado sospechosamente callado desde nuestro último enfrentamiento.

Cuando llego al almacén, Adriano y Dario, un capitán recién ascendido, están esperando fuera con cuatro hombres armados. El almacén parece intacto desde el exterior.

—Enseñadme —ordeno, siguiéndolos al interior.

Espero encontrar que faltan cargamentos. En su lugar, los encuentro destruidos.

—¿Las grabaciones de seguridad?

—En bucle. Un trabajo profesional. Sabían exactamente dónde estaban las cámaras.

Camino entre los destrozos, con los zapatos crujiendo sobre cristales rotos. Esto no es por dinero. Los ladrones se habrían llevado la mercancía. Esto es una represalia.

—¿Los guardias?

—Los encontramos inconscientes. Drogados, no apaleados.

Me arrodillo para examinar una caja rajada. —¿Cómo han entrado?

—Ese es el problema, jefe —Dario se remueve, incómodo—. El sistema de seguridad no indica una entrada forzada. No saltó ninguna alarma.

—¿Un trabajo interno?

—Probable —dice Adriano—. Este almacén requiere una llave.

Le miro mientras se me revuelve el estómago.

—Una llave. Todas están localizadas excepto la suya.

Meto la mano en el bolsillo, saco el llavero y localizo la llave.

—¿Qué pasa con la que tiene en su despacho? —pregunta Adriano.

Tardo un minuto en procesar lo que me está preguntando. Pero no es posible que nadie cogiera una llave de mi despacho. Nadie tiene permitido entrar allí sin mí.

—Lo comprobaré cuando llegue a casa. Ahora mismo, quiero a todos los que tuvieran conocimiento de este cargamento en mi despacho mañana por la mañana.

—La seguridad del edificio fue puenteada —empieza Adriano mientras busca algo en su teléfono—, pero parece que no sabían lo de las cámaras exteriores secundarias.

Añadí esa vigilancia adicional tras los ataques de la Bratva.

Adriano me tiende su teléfono y veo el vídeo de un todoterreno negro deteniéndose. La puerta del conductor se abre y Enrico Vitale sale junto con varios hombres más.

—Maldita sea. —La rabia y la traición hierven en mi interior mientras asimilo la perfidia de la familia de Isabella. Enrico camina directo hacia la puerta, saca algo del bolsillo y entra sin vacilación ni dificultad.

Tenía una llave.

Miro a Adriano, que me devuelve una mirada significativa. —Como he dicho, todas las llaves están localizadas...

Hago zoom, congelo el fotograma, mejoro la imagen. No hay duda. La llave de titanio especializada es claramente visible en su mano.

—Tengo que revisar mi despacho.

Pero ¿cómo habría conseguido la llave? La llave nunca sale de mi despacho. Es una de repuesto.

Los recuerdos de Isabella en mi despacho me inundan. Sobre mi escritorio. Papeles esparcidos por el suelo. Su insistencia en recoger después. ¿Le había dado la espalda por algún motivo?

La furia me quema las entrañas.

—¿En qué estás pensando? —pregunta Adriano.

Me vuelvo hacia él, con una rabia apenas contenida. —Tengo que ir a casa.

—¿Y qué pasa con el almacén?

Me vuelvo hacia Dario. —Pon guardias. Que nadie toque nada hasta que yo lo diga.

Ya me dirijo a mi coche cuando Adriano se pone a mi altura. —¿Qué está pasando?

—Aún no estoy seguro. —Abro la puerta del coche y me deslizo dentro.

—Voy contigo. —Adriano corre hacia el lado del pasajero y sube justo cuando pongo la marcha.

Soy un puto imbécil.

—¿Qué se te pasa por la cabeza? —Adriano se abrocha el cinturón mientras piso el acelerador y salgo disparado hacia la casa.

—Solo hay una forma de que Enrico haya conseguido la llave —le lanzo una mirada—. A través de Isabella.

Él bufa. —Ni de coña.

—He visto las imágenes yo mismo. Enrico tenía mi llave. La única persona que ha podido dársela es Isabella.

—Ella te mira como si fueras el puto centro del universo. No creo que...

—Nos la ha jugado a todos. —El dolor en mi pecho se agudiza y me odio por mi debilidad—. Incluso a ti.

Afortunadamente, Adriano parece considerarlo. —Si eso es cierto, es una buena actriz.

—Es una Vitale.

Vuelo de regreso hacia la finca. Imágenes de Isabella desfilan ante mí. Cada vez que me traía café o comida mientras trabajaba. Su seducción de anoche. Su insistencia en ayudarme a recoger. ¿Había sido todo calculado?

Quiero negarlo. Quiero creer que ella es diferente a su familia. Pero si esa llave no está en mi escritorio, tendré que aceptar la verdad de que he sido traicionado por mi propia esposa. Guiado por la polla.

Los neumáticos chirrían cuando enfilo el largo camino de entrada que conduce a nuestra propiedad.

Adriano apoya la mano en el salpicadero mientras clavo los frenos. —Podría no ser ella...

—Si la llave no está, tiene que ser ella.

—¿Qué vas a hacer?

No respondo mientras salgo del coche y entro precipitadamente por la puerta principal.

Dentro, la casa está en silencio; la mayor parte del personal ya se ha retirado a descansar. Entro a grandes zancadas en mi despacho, rodeo el escritorio y abro el cajón, dirigiendo la mirada al pequeño recipiente donde se guarda la llave.

—¿Y bien? —dice Adriano desde la puerta de mi despacho.

—No está. —Revuelvo el cajón, rezando para que la llave se haya caído del recipiente. Me follé duramente a Isabella y el escritorio se balanceó bajo nosotros. Pero no está aquí.

Miro a Adriano. —Joder.

—¿Qué vas a hacer?

La voz de mi padre resuena en mi cabeza. Nunca muestres piedad con los traidores, Alessandro. Solo hace falta uno para derribar un imperio.

Respiro hondo, tratando de serenarme, pero la rabia es demasiado grande para controlarla.

—¿Alessandro? —me insta Adriano buscando una respuesta.

—Los Vitale... van a morir todos.