27. Isabella
ISABELLA
Me despierto con la luz del sol calentándome la cara y las sábanas enredadas a mi alrededor.
Los recuerdos de la noche anterior regresan de golpe.
Cómo seduje a Alessandro en su despacho.
Cómo, horas después, vino a la cama e hizo las cosas más deliciosas con mi cuerpo.
Pero no ha sido solo el sexo. Algo ha cambiado.
Estoy segura. Llevamos tres semanas casados y lo que yo creía que sería una vida de miseria se está convirtiendo poco a poco en un matrimonio de verdad.
Me giro sobre un costado y estiro el brazo por la cama hacia el lugar donde duerme Alessandro. Las sábanas están frías. Probablemente lleve horas levantado. No es ninguna sorpresa. La prioridad absoluta de Alessandro es el negocio.
Me deslizo fuera de la cama cuando una repentina oleada de náuseas me invade.
—Otra vez no —protesto, presionando mi mano contra el estómago.
Es la tercera mañana consecutiva que me despierto sintiéndome mal.
El desayuno de ayer, con tostadas y huevos, me provocó unas arcadas violentas que me tuvieron encorvada sobre el inodoro durante media hora.
El día anterior, incluso el olor del café de Alessandro me hizo salir corriendo del dormitorio.
Pero a mediodía ya se me ha pasado y me siento normal, así que no puede ser la gripe. Y si ocurre un día tras otro, no puede ser una intoxicación alimentaria, ¿verdad?
—¿Signora? —la voz de Elena llega a través de la puerta tras un golpe—. ¿Quiere que le traiga el desayuno ahora?
La sola idea de la comida hace que otra oleada rompa en mi interior. —Todavía no, Elena. Gracias.
Voy al baño y me echo agua fría en la cara. Alargo la mano hacia el cepillo del pelo, pero me detengo cuando me asalta una revelación.
¿Cuándo fue mi última regla?
Suelto el cepillo y cuento mentalmente hacia atrás. Siempre he sido regular, predecible al día exacto, pero, al parecer, ya no.
—Cinco semanas —le digo a mi reflejo en el espejo.
Cinco semanas desde mi última regla.
El corazón me late con fuerza ante la posibilidad. ¿Podría ser...? Y entonces pongo los ojos en blanco. Por supuesto que podría ser. Desde la noche en la terraza de la azotea hasta Capri, e incluso anoche mismo, Alessandro nunca ha usado preservativo.
Un bebé.
El pánico me invade al recordar que Alessandro dijo que no quería hijos. ¿Significa eso que esperaba que yo tomara anticonceptivos?
Me dejo caer en el borde de la bañera, sin saber qué hacer.
Tanto si quiere a este bebé como si no, ya está aquí.
No es como si pudiera ocultarlo. Aun así, quizá ocurra algo distinto.
Necesito saberlo con certeza antes de decirle nada a Alessandro.
Así podré prepararme para cualquier reacción que pueda tener.
Me ducho y me visto y, mientras lo hago, no puedo evitar que un sentimiento de alegría florezca ante la idea de un hijo. Un bebé. Una familia propia. Algo que nadie, ni mi padre, ni mi hermano, ni siquiera Alessandro, podrá arrebatarme.
Necesito hacerme una prueba, pero ¿cómo puedo conseguir una sin que todo el mundo se entere?
Alessandro tiene hombres vigilándome constantemente; dice que es por seguridad, especialmente después del intento de asesinato.
No es que no le crea, pero también sospecho que es porque sigue sin confiar en mí.
No puedo pedirle a nadie del personal que la compre, ya que se lo dirían a Alessandro. Y por supuesto no puedo pedírselo a Eva, aunque me he vuelto muy cercana a ella. Se vería obligada a decírselo a Adriano, quien se lo diría a Alessandro.
Tal vez pueda planear una tarde de compras. Hay un par de cosas que necesito. Mis guardias están atentos, pero no necesariamente me respiran en la nuca.
Una vez que estoy lista, bajo las escaleras. —Me gustaría ir de compras esta tarde —le anuncio a Gino, el jefe de seguridad.
Él asiente, ya hablando por su radio para organizar mi escolta.
Cuando finalmente llegamos a la boutique, convenientemente situada al lado de una farmacia, mis guardias toman sus posiciones fuera, tal como esperaba.
—Tardaré más o menos una hora —les digo.
Ellos asienten.
Dentro, saludo a la dependienta y selecciono unos cuantos vestidos para probármelos. Pero en lugar de dirigirme a los probadores, comento con naturalidad: —Acabo de recordar que tengo que comprar algo en la farmacia de al lado. ¿Puede guardarme esto? Volveré enseguida para probármelos.
—Por supuesto, señora Dante. Los dejaré en su probador habitual.
—Gracias.
Mientras ella deja los vestidos en el probador, salgo por la puerta lateral y entro deprisa en la farmacia.
Recorro los pasillos y encuentro rápidamente las pruebas de embarazo.
Cojo tres de marcas distintas, queriendo estar absolutamente segura, y pago en efectivo con mi asignación para evitar que quede ningún registro.
Meto la bolsa en el bolso y vuelvo a la boutique, donde me pruebo varios vestidos. Encuentro un precioso vestido de cóctel brillante y decido comprarlo, aunque es posible que pase más de un año antes de que pueda ponérmelo si estoy embarazada.
Salgo de la tienda levantando mi bolsa. —Misión cumplida.
Mis guardias me escoltan hasta el coche y me llevan de vuelta a la propiedad.
Una vez en casa, me doy prisa en subir al dormitorio y me encierro en el baño.
Desenvuelvo todas las pruebas, leyendo cuidadosamente las instrucciones.
De tres a cinco minutos. Eso es todo lo que hace falta para saber si mi vida está a punto de cambiar para siempre.
Sigo las instrucciones meticulosamente, usando las tres pruebas a la vez y colocándolas luego sobre el mármol. Pongo el temporizador en mi teléfono.
Los minutos parecen horas.
Me siento en el borde de la bañera y cierro los ojos. Un bebé. El pensamiento me produce un escalofrío de emoción, a pesar de que me aterra que Alessandro no se alegre.
Aparto ese pensamiento e imagino en su lugar una habitación infantil al final del pasillo.
Las paredes pintadas de un amarillo suave.
Una cuna tallada a mano. Me imagino sentada en una mecedora cantando nanas al pequeño cuerpo acunado en mis brazos.
Un niño pequeño con los ojos grises de Alessandro, o tal vez una hija.
¿Le leería Alessandro cuentos antes de dormir? Sonrío, imaginando cómo se suavizaría su voz profunda mientras le lee a nuestro hijo. ¿Le enseñaría a nuestro hijo a atarse los zapatos? ¿Se derretiría al ver la primera sonrisa de su hija?
No me permito pensar en él como alguien distante, como mi padre. Ni imaginármelo viendo a nuestro hijo como un recurso en lugar de como una parte de sí mismo a la que amar.
Si la prueba da positivo, se lo diré esta noche. Haré que el chef prepare su cena favorita y abriré una buena botella de vino. No, espera... no puedo beber vino, y no es porque solo tenga dieciocho años. Me río de mi error mientras me adapto a la idea de la maternidad.
Encenderé velas en su lugar. Tal vez me ponga mi vestido nuevo. Esperaré a que esté relajado, entonces pondré su mano sobre mi vientre y le diré que va a ser padre. Que vamos a ser una familia.
Mi teléfono vibra. El tiempo se ha acabado.
Me pongo en pie, de repente aterrorizada. ¿Y si me equivoco? ¿Y si esto es solo un virus y me he montado esta elaborada fantasía para nada? ¿O si tengo razón, pero Alessandro se enfada? ¿Y si vuelve a distanciarse de mí?
Respirando hondo, cojo la prueba, preparada para enfrentarme a cualquier verdad que me aguarde.
EMBARAZADA
—Oh, Dios mío.
Cojo la segunda prueba, necesitando confirmación. EMBARAZADA.
Me giro hacia la tercera.
Me aprieto la boca con las manos, intentando contener un sollozo de alegría. Un bebé.
Por primera vez en mi vida, me siento completa, absolutamente plena. Tendré a alguien a quien amar con todo mi ser. Alguien que me amará de la misma forma.
Envuelvo las pruebas en la bolsa y las tiro a la basura, cubriéndolas con pañuelos, con la esperanza de que el personal no se dé cuenta cuando vacíen la papelera.
Luego paso al dormitorio y me acurruco en el asiento de la ventana con mi teléfono, pasando imágenes de diseños de habitaciones para bebés.
Guardo los enlaces de las páginas web que me gustan en mis notas.
Después empiezo una lista de lo que voy a necesitar.
Bodies de algodón. Un vigilabebés de última generación.
La silla para el coche más segura que el dinero pueda comprar.
Investigo nombres italianos que honren la herencia de Alessandro, y añado otros que simplemente suenan bonitos. Matteo. No, el hijo de Valentina es Matteo. Georgio. O tal vez Romeo o Niccolo para un niño. Quizá quiera ponerle a su hijo el nombre de su padre, Lorenzo.
Y una niña... Sofía. O tal vez Giuliana.
Cierro los ojos, con la mano apoyada en mi estómago, y me permito imaginar a Alessandro sosteniendo a nuestro bebé.
Sería protector, no me cabe duda. Me imagino enseñando a nuestro hijo a nadar en verano, haciendo muñecos de nieve en invierno.
Creando tradiciones familiares que yo nunca tuve mientras crecía.
Tendremos que contratar a una niñera, añado a mi lista. Pero no a una que se encargue de todo por completo. Quiero estar presente en cada logro. La primera sonrisa, los primeros pasos, las primeras palabras. Quiero que Alessandro también esté allí.
Un calor se extiende por mi interior. Un amor feroz, no solo por el bebé que crece dentro de mí, sino también por Alessandro.
Por la familia en la que sé que podemos convertirnos.
Sí, él todavía es reservado con sus sentimientos, todavía es cauteloso con su confianza.
Pero este bebé cambiará eso, estoy segura. Verá que soy plenamente una Dante.
A medida que avanza el día, tengo más ganas de ver a Alessandro y compartir la noticia. He hablado con el personal diciendo que quiero una cena especial para él.
Pero llega la hora de la cena y pasa sin comunicación alguna de Alessandro que explique por qué llega tarde o a qué hora vendrá a casa. ¿Está bien? ¿Ha pasado algo?
Cuando Adriano llega a casa, le doy un momento para saludar a Eva y Mirabella e imagino que dentro de nueve meses seremos yo, Alessandro y nuestro hijo.
Bajo las escaleras. —Había preparado una cena para Alessandro. ¿Llegará pronto a casa?
Adriano me dedica una sonrisa compasiva. —Ya lo conoces. Trabajando hasta las tantas.
Sonrío para ocultar mi decepción. —Entonces deberíais cenar vosotros, con Eva y Mirabella.
—Oh, no —Eva sacude la cabeza—. No podemos...
—Por favor. No quiero que se desperdicie.
Regreso al dormitorio y pido que me suban algo de comer para que Adriano pueda disfrutar de la cena con su familia.
—No pasa nada, pequeño —digo mientras miro por la ventana esperando ver a Alessandro regresar—. Vendrá tarde o temprano y podré decírselo entonces.
A las diez, estoy demasiado cansada para seguir despierta, así que me preparo para dormir.
No estoy preocupada. Mañana encontraré el momento perfecto para compartir esta maravillosa noticia con Alessandro.
Mientras me quedo dormida, mis sueños se llenan de visiones de una vida feliz y plena que nunca pensé que llegaría a tener.