El heredero implacable (The Dante Dynasty) 26. Alessandro
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26. Alessandro

ALESSANDRO

Joder. No puedo creer lo increíblemente erótico que resulta ver mi polla desaparecer en la boca de Isabella. No es que no me hayan hecho nunca una mamada. Pero joder… mi polla está ardiendo.

—Eso es… umm… qué bien… ¿te gusta chuparme la polla?

—Mmmhmm —su voz vibra alrededor de mi miembro y, maldita sea, casi me corro en ese mismo instante.

La agarro de su sedoso cabello con más fuerza, como si eso fuera lo único que me mantiene anclado. Mientras observo a mi inocente esposa chupar y lamer y llevarme al borde del olvido, una presión brota en mi pecho. Se siente como un anhelo y resulta incómodo.

No se suponía que esto sucediera. No lo del sexo, siempre supe que tendríamos eso, sino estos sentimientos en mi pecho que aparecen con más frecuencia solo porque ella entra en una habitación o cuando me desafía con esa lengua afilada que tiene.

Se está volviendo demasiado difícil de negar. Me estoy involucrando. Emocionalmente comprometido.

Sus dedos rozan mis huevos y casi salto de mi piel. —Joder —la empujo hacia atrás.

Ella cae sobre sus talones, mirándome con preocupación. —¿Lo he hecho mal⁠—?

La agarro por los brazos y la subo a mi escritorio. —No. Lo has hecho bien. Ahora voy a follarte.

Ella todavía parece insegura.

Le acuno el rostro con las manos. —Me has chupado la polla perfectamente. Pero quiero correrme dentro de ese dulce coño tuyo.

Su sonrisa es dulce, como si le hubiera dado un regalo.

—Ahora ábrete para mí —le separo las piernas para poder ver bien su coño. Está mojado y esperando solo por mí.

Tomo mi polla con la mano y froto la punta con su flujo.

—¡Ah! —jadea ella, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Te gusta eso? —observo su rostro mientras provoco su coño con mi polla.

—Sí… más.

—¿Más qué? Dime qué quieres.

—Quiero que estés dentro de mí.

Introduzco solo la punta y me detengo. —¿Así?

—Más —sus caderas se balancean, tratando de obtener más de mí.

—Dilo —exijo.

Su mirada encuentra la mía. —Fóllame.

Oh, demonios, sí. La recompenso embistiendo contra ella, llenando su dulce coño.

—Sí… Alessandro…

Escuchar mi nombre mientras lleno su cuerpo envía de nuevo esa sensación incómoda por mi pecho. Pero la ignoro mientras la agarro por las caderas y empiezo a entrar y salir de ella, follándola sobre mi escritorio.

Se me ocurre que nunca he tenido a ninguna mujer aparte de mi hermana en este despacho. Ciertamente nunca he follado con una en mi escritorio. Y sin embargo aquí estoy, hundiéndome en ella cuando cualquiera de mis hombres —joder, Adriano— podría entrar.

Sus piernas se envuelven alrededor de mi cintura. Sus dedos se clavan en mis hombros. Estoy a punto de correrme, pero no quiero hacerlo hasta que ella lo haga.

—Tócate —le exijo.

Frunce el ceño como si no supiera qué le estoy pidiendo.

—Tócate el clítoris, nena.

Sus mejillas se sonrojan aún más mientras desliza lentamente la mano por su vientre.

—¿Es que no te has tocado nunca? —le pregunto.

Ella se encoge de hombros. —Bueno… quiero decir… no delante de alguien.

Empujo hacia dentro y me mantengo en su interior, con una sensación de excitación ante la idea de que se ha tocado a sí misma. —¿Pensabas en alguien cuando te hacías correr?

Se muerde el labio inferior.

Mi polla da un respingo. —¿Quién? ¿A quién te imaginabas follándote?

—A ti.

Oh, joder, sí. —Enséñame. Enséñame cómo te tocas.

Sus dedos frotan su clítoris. Su cabeza vuelve a caer hacia atrás. Sus caderas giran. Me mantengo dentro de ella, sin moverme.

—Haz que te corras, nena.

Su respiración se vuelve más agitada. Sus gemidos son cada vez más frecuentes. Su coño pulsa alrededor de mi polla y estoy a punto de explotar, pero usando cada pizca de fuerza que tengo, me contengo.

—¡Oh! ¡Oh! —Su cuerpo se tensa. Su coño aprieta mi miembro hasta que veo las estrellas. Pero de nuevo me contengo, observándola mientras el placer la inunda. Es tan jodidamente hermosa.

Solo cuando empieza a bajar de la cima comienzo a moverme. Lento, pero ganando velocidad de forma constante hasta que estoy entrando y saliendo de ella como un loco. Mi polla está dura y necesita tanto liberarse que resulta casi doloroso. La electricidad me recorre el cuerpo en anticipación.

Isabella se tumba sobre mi escritorio mientras la follo más y más fuerte, cada vez más profundo.

Desliza su mano entre nosotros, sus dedos presionando contra el lateral de mi polla mientras la penetro.

La madre que me parió. Es como si hubiera metido la polla en un enchufe.

Doy una estocada y mi mundo estalla. Cada célula de mi cuerpo se dispara con un calor salvaje.

El placer sale disparado por mi cuerpo. Me arqueo, entrando y saliendo de ella mientras mi orgasmo me atraviesa.

—Oh… Alessandro —su coño se aprieta a mi alrededor mientras ella se corre de nuevo.

Mi semen llena su cuerpo, gotea de su coño, y sin embargo sigo corriéndome.

No tengo ni idea de cuánto tiempo sigo empujando. Cuando termino, no siento las jodidas piernas. Me las arreglo para llevarla conmigo mientras me dejo caer en mi silla, sentándola en mi regazo.

—¿Es esto lo que planeaste cuando me interrumpiste en el trabajo? —pregunto entre respiraciones que tardan mucho tiempo en volver a la normalidad.

—Si el teddy no me ha delatado…

Me río.

—Sé que el trabajo es importante. Solo quería ayudarte a tomarte un descanso.

—Gracias —le beso el hombro, intentando una vez más ignorar los sentimientos que intentan asentarse en mi pecho.

¿Fue así para mis hermanos? Nunca entendí cómo dos hombres fuertes podían sucumbir al encanto de una mujer. Cómo arriesgarían todo el dolor potencial que conlleva ser vulnerable.

Pienso en Adriano y Eva, en cómo su historia casi lo destruye.

Vi a mi hermano desmoronarse cuando pensó que Eva había muerto, lo vi reconstruirse en algo más duro, más frío, más letal.

Luego fui testigo de cómo su mundo se hacía añicos de nuevo cuando descubrió que ella había estado viva todo el tiempo, que había mentido, que lo había traicionado de formas que no puedo imaginar soportar.

Sin embargo, de alguna manera, encontraron el camino de vuelta el uno al otro. Adriano la perdonó. La ama, quizá con más fiereza que antes. Tienen un hijo y un segundo en camino.

¿Podría yo hacer lo mismo? ¿Podría separar a Isabella del apellido con el que nació? El pensamiento de su traición cala hondo, una señal segura de que estoy demasiado involucrado con ella.

Nunca he sido el hermano que lleva el corazón en la mano. He visto a Adriano, a Luca, incluso a Valentina rendirse al amor mientras yo permanecía emocionalmente bajo llave.

Pero con Isabella acurrucada desnuda en mi regazo, empiezo a comprender por qué lo arriesgaron todo por momentos como este. No solo por la gratificación sexual, sino por una conexión más profunda. Por ser vistos por lo que son y seguir siendo amados.

Estudio a Isabella, preguntándome cómo surgió esto entre nosotros cuando yo me había mostrado firme en que esto sería solo negocios.

Esta noche no es la única que ha venido a verme, aunque es la primera vez que viene a seducirme.

Me ha traído comida cuando no llego a la cena.

Café cuando necesito quedarme hasta tarde.

Es una esposa perfecta. Si tan solo pudiera librarme de esa semilla de duda sobre su lealtad.

Mi teléfono vibra en el escritorio, sacándome de mis pensamientos. Isabella se mueve contra mí mientras alcanzo el móvil.

—Tienes que ponerte a trabajar —se levanta y se vuelve a poner el teddy y la bata, para mi decepción.

Reviso mi teléfono y encuentro un mensaje de Adriano con otra pista sobre los ataques a los almacenes. Esos que le encargué a Marco resolver, pero en quien no tengo fe ni confianza.

Isabella se ríe. —Creo que hemos hecho un buen desastre con tus documentos importantes, Don Dante.

Miro el caos que nos rodea. Papeles desparramados por el suelo, un bolígrafo a medio camino de la puerta, el cupcake desmoronándose bajo mi escritorio. Ver mi despacho meticulosamente organizado en tal desorden debería molestarme. En cambio, me río.

—Ha valido la pena —murmuro, dándole un beso en la sien.

—Deja que te ayude a organizar esto antes de que alguien lo vea —empieza a recoger papeles y objetos del escritorio.

Mi teléfono vibra de nuevo con un mensaje. Adriano necesita una respuesta sobre qué hacer con un testigo.

Me aparto de mi escritorio y envío un mensaje diciendo que mantengan al testigo en espera y que lo llamaré en breve.

Cuando me vuelvo, Isabella está recogiendo papeles y enderezándolos en una pila sobre mi escritorio.

—Déjalo —digo, arreglándome la ropa.

—Al menos déjame ayudar con estos contratos. Los reconozco de ayer. Son los manifiestos de embarque de Sicilia, ¿verdad?

Me muevo para quitarle los papeles de las manos. —Isabella, no hace falta que te preocupes por este lado de las cosas. No quiero que te involucres en⁠—

—¿Por qué dejaste que Valentina lo hiciera?

—Yo no dejo que Valentina haga nada —es cierto que Valentina tuvo mucha más implicación en el negocio familiar de lo que se suele permitir en una familia como la nuestra. Pero ella se abrió camino mucho antes de que yo me convirtiera en Don. Pero ahora es problema de Cristian y Luca, no mío.

—Podría ser útil.

La estudio, preguntándome qué cree que puede hacer. Ya me ha dicho que no sabe nada de los negocios de su padre.

—Has sido útil. Me has traído un cupcake y me has trastocado el mundo.

Ella pone los ojos en blanco. —Puedo hacer más.

—Seguro que sí, pero… —no quiero herirla, pero tampoco estoy listo para dejarla entrar en el negocio. El hecho de que mencione los contratos de Sicilia ya es un poco desconcertante de por sí.

—Está bien. Lo entiendo. Trabajo de hombres —niega con la cabeza—. Supongo que esto es para lo único que sirvo.

—Te respeto, Isabella.

—Mi cuerpo.

—Y tu cerebro. Pero también me gusta el orden. La tradición. Eso podría cambiar, pero no ocurrirá de la noche a la mañana. No ahora mismo.

—Bien —se ajusta más la bata y siento que me está castigando—. Debería dejar que vuelvas al trabajo.

Cuando empieza a irse, tiro de ella hacia mí. —Mantén la cama caliente.

—¿Por qué? ¿Vas a usarla?

Le doy un sacudón amistoso. —Te gusta ser obstinada, ¿verdad?

—A veces. ¿A ti también te gusta, no?

La beso entonces, con fuerza y a conciencia, para que lo sienta hasta en los dedos de los pies y se olvide de estar molesta conmigo. Cuando me separo y veo la nube de deseo en sus ojos, sé que lo he conseguido.

—No juegas limpio —dice.

—Dice la mujer que vino a mi despacho en lencería y me chupó la polla con la puerta sin echar la llave.

Me lanza una sonrisa coqueta y luego abandona mi oficina.

Me quedo mirando el umbral vacío y me invade el impulso de seguirla. Al cuerno con el trabajo, la responsabilidad y el imperio que exige mi atención constante.

Si fuera solo yo quien sufriera... Pero no. Demasiada gente, incluida ella, necesita que esté al tanto de todo, todo el tiempo.

Así que vuelvo a mi escritorio, preguntándome cómo Isabella se ha filtrado en lugares dentro de mí donde no la quiero. Al mismo tiempo, no quiero echarla.

Había tenido una visión de cómo sería este matrimonio y está resultando diferente. Pero no es necesariamente malo. No nos veo teniendo lo que tienen mis hermanos, pero podríamos formar una sociedad sólida con amistad y pasión.

Pero para eso, necesito confiar en ella. Necesito saber que su lealtad está al ciento diez por ciento conmigo.

Reflexiono sobre nuestro tiempo juntos hasta ahora, y tengo que admitir que no ha hecho nada que justifique mi desconfianza.

Sí, está el incidente del whisky, pero ella tiene razón en que probablemente fue Enrico.

Incluso si él la utilizó, dudo que ella supiera lo que había en la botella.

No veo a Isabella matándome a mí o a mis hombres a sabiendas.

Me paso las manos por la cara mientras intento volver a concentrarme en el trabajo. Y cuando termine, me meteré en la cama con mi mujer. Voy a tocarla y a saborearla y a hacer que me declare su lealtad. Y cuando esté satisfecho de que es verdaderamente mía, la convertiré en mi reina.