El heredero implacable (The Dante Dynasty) 25. Isabella
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25. Isabella

ISABELLA

No estoy a punto de que me maten ni de que me envíen de vuelta con mi padre, así que eso es un punto a favor. Y aunque Alessandro ha vuelto a ser más atento, sigue reservándose una parte de sí mismo. Aunque entiendo por qué, me duele que no sea capaz de ver la aliada que tiene en mí.

Ahora mismo, ha convocado a mi padre y a mi hermano para reunirse con él.

No puedo creer que mi padre y mi hermano hayan entrado en la finca Dante.

Eso ha reforzado mi convicción de que mi padre no estaba detrás del envenenamiento, y la única forma de demostrar que no lo hizo es presentándose.

O espera que, al aparecer, Alessandro crea que no tuvo nada que ver.

Merodeo fuera del despacho de Alessandro con ganas de oír la conversación. Sé que no debería, pero tengo que saber quién ha logrado envenenar a hombres de los Dante en mi propia casa.

—¿Crees que soy idiota, Marco? —la voz de Alessandro llega hasta el pasillo.

—¿Has enviado whisky envenenado a mi casa y quieres que me crea que ha sido un error? Mi mujer podría haberlo bebido. Estaría muerta. ¿Acaso te importa?

Me pego contra la pared.

—Era un regalo. —La voz de mi padre suena distinta, tensa. Casi como si estuviera nervioso, lo cual es extraño, ya que nunca he visto a mi padre nervioso. Es otra señal de que probablemente no envenenó el whisky—. Si alguien lo manipuló...

—¿Quién?

Cierro los ojos, sabiendo que la mente de Alessandro pensaría en mí.

—Podría haber sido cualquier persona. Quizá de tu propia organización. Es bien sabido que has tenido problemas con traidores entre los tuyos —dice mi hermano de una forma que hace que me lo imagine con una mueca de desprecio condescendiente en la cara.

—Tú eres uno de ellos —espeta Alessandro.

Hay una larga pausa. —Estás viendo sombras donde no las hay, Alessandro, y yo ya he tenido suficiente con tus acusaciones. No ataqué tus almacenes ni intenté envenenarte. ¿Por qué iba a hacerlo? Tenemos una alianza —dice mi padre.

—Tu palabra no vale mucho después de la que liaste con la Bratva.

—Te entregué a mi hija. Sin duda, eso demuestra mi compromiso. ¿No te hace feliz, Don Dante? Puedo hablar con ella...

—Te mantendrás alejado de mi mujer. —La voz de Alessandro baja a un tono de advertencia—.

Con quien tienes que hablar es con Enrico.

Si no has sido tú, ha sido él. Tú y él podéis pensar que perder a varios de mis hombres de alto rango me ha dejado sin poder, pero yo os advertiría que no me subestiméis.

—Hablas mucho, Dante, pero yo podría matarte...

Oigo un movimiento y lo único que puedo pensar es que alguien está sacando un arma. Cerrando los ojos, rezo para que no apunte a Alessandro.

—Ya has dejado claro tu punto, Alessandro. Baja el arma —dice mi padre.

Suelto un suspiro de alivio y ojalá hubiera podido ver la cara de mi hermano cuando Alessandro ha demostrado que es más rápido y más listo.

—Lo que no has probado es que yo o mi hijo hayamos estado involucrados en ninguno de tus problemas actuales. No hay necesidad de que mates a mi gente en el puerto.

Frunzo el ceño. ¿Ha tomado represalias Alessandro?

—Oh, no voy a matarlos a ellos, Marco. Voy a matar a Enrico aquí mismo, les entregaré su cabeza y entonces sabrán que trabajan para mí.

—No eres más que un cobarde. Otro Don ya los habría matado...

—¡Enrico! —ladra mi padre.

—Solo necesito una cerilla. Ellos y tu almacén arderán en llamas.

Todo lo que tengo que hacer es llamar a Adriano.

Pero mira, por eso siempre te ganaré, Enrico.

No piensas las cosas. Eres demasiado impulsivo.

Cuando mueras, cosa que estoy dispuesto a apostar que será pronto, será por tu propia estupidez, ¿no estás de acuerdo, Marco?

Mi padre emite un sonido que no es de asentimiento, pero tampoco es una negación.

—Vas de duro, Dante, pero todo el mundo sabe que tu organización está a punto de caer. —Seguro que mi hermano está fanfarroneando por encima de sus posibilidades.

Sigue un silencio. Se alarga tanto que no puedo aguantar más. Me arriesgo a echar un vistazo por la rendija de la puerta.

Alessandro está de pie frente a su escritorio, alto e imponente en su traje negro a medida. Mi padre y Enrico están sentados frente a él, pero bien podrían estar de rodillas. La dinámica de poder es inconfundible. En esta habitación solo hay un rey, y no es mi padre.

—Ignora a Enrico. Sigue en pie que no tienes pruebas de que hayamos hecho ningún movimiento contra ti.

—No necesito pruebas ni esta alianza. Solo necesito una sospecha para justificar el borrar a toda tu familia del mapa.

—Podrías intentarlo...

—Cierra la puta boca, Enrico —le espeta mi padre.

—Dejamos que violara a Isabella, ¿y para qué?...

—Ni se te ocurra. —La expresión de Alessandro se endurece—. No te atrevas a pronunciar su nombre. No eres digno ni de mirarla.

Un calor repentino me llena el pecho. En toda mi vida, nadie me ha defendido nunca de mi familia.

—La única razón por la que sigues respirando —continúa Alessandro— es porque te estoy dando una oportunidad para convencerme de que no estabas detrás de esto.

Mi hermano intenta mantener la compostura, pero su pierna se mueve con nerviosismo.

Eso demuestra lo eficaz que es Alessandro intimidando y marcando territorio.

Sé que su organización se ha visto afectada por la pérdida de esos hombres.

Que ya estaba al límite tras las prolongadas batallas con la Bratva.

Pero su bravuconería es tan convincente que mi hermano y mi padre están preocupados por si se han pasado de la raya.

—¿Nos estás amenazando?

Alessandro se ríe. —No, Enrico. Te lo estoy prometiendo. Si descubro que cualquiera de los dos tuvo algo que ver con esas muertes, me aseguraré personalmente de que el nombre Vitale sea borrado de la tierra.

—¿Tú y qué ejército?...

—Jesucristo, Enrico. —Mi padre parece que quisiera disparar él mismo a mi hermano.

—No necesito un ejército. —Alessandro se señala la cabeza con un dedo—. Soy más listo que tú.

—No más listo que la persona que intentó envenenarte...

Alessandro se mueve más rápido de lo que he visto nunca, presionando su pistola contra la sien de mi hermano. —¿Es eso una confesión?

Se me corta la respiración ante el poder de mi marido.

Este es Don Dante. ¿Es raro que me sienta atraída por este lado letal suyo?

Hay algo embriagador en ese poder puro, en el control absoluto.

En la forma en que mi padre y mi hermano, hombres que me han hecho sentir pequeña toda mi vida, se encogen bajo su dominio.

—Maldita sea, Alessandro. Mátalo si vas a hacerlo o déjanos ir. Puede que tenga algunas ideas sobre quién intentó envenenarte.

—Tienes una semana —dice Alessandro, bajando su arma—. Tráeme pruebas de que otro ha atacado a mis hombres o prepárate para la guerra.

Me alejo sigilosamente antes de que me descubran.

Pero no puedo quitarme de encima los sentimientos de admiración y deseo al ver a mi marido trabajar.

El hombre de esa habitación es peligroso, letal y, por Dios, tan sexy.

Quiero sentir esas manos poderosas sobre mi cuerpo, ser arrollada por su intensidad.

Pasan de las nueve cuando mi padre y mi hermano se marchan.

Subo queriendo aprovechar toda esta energía sexual que fluye por mí.

Doy gracias por toda la lencería que metieron en mi maleta de la luna de miel y que ahora está guardada en mi cómoda.

Saco un atrevido teddy rojo. Me lo pongo, mirándome en el espejo.

Me siento escandalosa y tonta. Dios, ¿y si piensa que estoy siendo ridícula?

La verdad es que Alessandro todavía no confía en mí, pero no actúa con recelo conmigo.

No ha dirigido su rabia hacia mí ni una sola vez desde aquella noche.

La noche en que le dije que me estaba enamorando de él.

La noche en que él no lo dijo, pero me mostró con su cuerpo lo que no podía con palabras.

Todo entre nosotros se siente frágil pero real.

Así que espero que me encuentre atractiva y que sea una distracción de los problemas de sus negocios.

Me pongo un camisón y bajo a la cocina, donde cojo una botella de vino y una copa, junto con un cupcake, sobras de una tanda que el cocinero hizo para la guardería de Mirabella.

Llamo a la puerta.

—Adelante.

Me siento excitada y nerviosa al entrar.

—El servicio puede hacer eso —dice cuando dejo el vino y el cupcake ante él.

—Lo sé, pero quiero hacerlo yo.

Coge el vino y lo sirve en la copa. —Esto es un detalle. ¿No has traído una copa para ti?

Niego con la cabeza. —No estaba segura de si te tomarías un descanso. Solo quería que supieras que estaba pensando en ti.

Inclina la cabeza, casi como si mis palabras le confundieran. Confundido de que alguien se preocupe por él.

—Gracias.

Asiento, sintiéndome nerviosa por enseñarle lo que hay bajo mi camisón. —Deberías dormir —sugiero, posándome en el borde de su escritorio. En el fondo, espero poder atraerle a la cama, calmarle con mi tacto.

—Ya dormiré cuando esté muerto.

—No hables así. —Le toco la mejilla tras vacilar solo un instante—. No tienes por qué estar solo en esto, lo sabes.

—¿Ah, no?

—No —digo, odiando el recordatorio de que no confía en mí—. No tienes por qué.

Alessandro deja el vino y me sienta en su regazo. Voy de buena gana, acurrucándome contra él, fingiendo una vez más que esto es real. Sus brazos me rodean.

—Vendrán a por nosotros otra vez —advierte.

—Lo sé.

—Y cuando lo hagan...

—Estarás listo. —No tengo ninguna duda de ello. Me muevo en su regazo y él suelta un suave gemido.

—Cuidado.

Rodeo su cuello con mis brazos. —¿Por qué?

Sus ojos se desvían de mi cara para contemplar el camisón, que se ha abierto dejando al descubierto mis piernas. El cansancio se disuelve en hambre.

—Porque estoy trabajando. —Las palabras carecen de convicción, especialmente cuando su mano se desliza por mi muslo.

—Siempre estás trabajando. Pero hasta el gran Alessandro Dante necesita descansar.

Una sonrisa asoma en la comisura de su boca. —¿Es eso lo que me ofreces? ¿Descanso?

La insinuación de su tono me provoca un escalofrío por la espalda. Desato el camisón y dejo que caiga de mis hombros.

Su brusca aspiración de aire es exactamente la reacción que buscaba. —Eso depende. ¿Qué preferirías tú?

Pasa el dorso de sus dedos por mi clavícula. —Tengo hambre. —Se estira hacia el cupcake y no puedo ocultar mi decepción.

—Oh… sí, claro. ¿Quieres que te prepare un sándwich?

Él niega con la cabeza, bajando los tirantes del teddy hasta que mis pechos quedan al descubierto. —No. Quiero el postre. —Frota el glaseado del cupcake en mis pezones. La sensación envía pulsos eléctricos por todo mi cuerpo y gimo, y el sonido llena la habitación.

Él se ríe. —Espero que hayas cerrado la puerta con llave.

Inmediatamente, la bruma del deseo desaparece. —No. No lo hice. Pensé que subiríamos...

—Has pensado mal, esposa. Voy a follarte aquí mismo, sobre mi escritorio.

—Pero alguien podría interrumpirnos.

—Sí. —Lame el glaseado de mi pezón y mis pensamientos se dispersan—. Alguien podría.

La idea de que nos pillen me provoca nuevas sensaciones. No todas son de vergüenza.

Pasa el glaseado por mis labios y luego su boca reclama la mía en un beso que es todo hambre y necesidad. Es como si se rompiera una atadura; se levanta, me sienta en el escritorio y su brazo barre la superficie, enviando papeles y bolígrafos al suelo.

Me quita el teddy de un tirón y me quedo sentada desnuda en el escritorio del Don. Sus ojos están oscuros mientras hacen un inventario de mi cuerpo.

Coge el cupcake, trazando una línea entre mis pechos y más abajo. —Mmm… pareces deliciosa.

Se pone de rodillas, con los dedos agarrando mis caderas mientras su boca se sumerge y se da un festín. Me asaltan las sensaciones, retorciéndome mientras el placer aumenta hasta alcanzar una presión casi insoportable.

—¡Alessandro! —Mis dedos se enredan en su pelo, agarrándose como si pudiera salir volando.

—Vente, Isabella. Quiero saborear tu dulce néctar. —Introduce tres dedos mientras sus labios envuelven mi clítoris y succiona.

Todo mi cuerpo detona. Me siento como si me hubieran disparado desde un cañón.

—Joder, sí… me encanta tu corrida. —Sigue lamiéndome y disfrutándome hasta que vuelvo a correrme, o quizá solo esté prolongando el primer orgasmo. No lo sé. No importa. Solo sé que el placer inunda mi torrente sanguíneo.

Él se pone en pie, se desabrocha los pantalones y se los baja junto con los bóxers. Su polla sobresale y, cuando la veo, quiero devolverle el favor. Quiero saborearlo allí, aprender a darle placer con mi boca.

Cojo el cupcake y unto el glaseado por toda su longitud.

—Oh, joder… Isabella. —Su voz es ronca.

Levanto la vista, preguntándome si he cometido un error.

—Tendrás que quitar eso chupando antes de que pueda follarte.

Sonrío de una forma que espero que sea coqueta. —Yo también tengo hambre. —Le empujo de nuevo hacia su silla y me pongo de rodillas. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

—Lame el glaseado, cariño —dice como si supiera que no estoy segura—. Luego chupa, como si fuera un chupa-chups. —Me aparta el pelo de la cara—. Joder, no puedo esperar a ver tu boca en mi polla.

Acabo de correrme con mucha fuerza, pero sus palabras hacen que vuelva a desearlo.

Paso la lengua por toda su longitud, saboreando el glaseado junto con algo salado.

Su polla está dura, pero la piel que la recubre es aterciopelada y suave.

Rodeo la punta con mis labios y succiono como me ha indicado.

—Oh… sí… joder, qué bien.

Sus palabras me envalentonan. Esto es lo que quería. Que se rindiera ante mí.

No me hago ilusiones de que esto vaya a hacer que todo sea perfecto. Pero hay que dar pequeños pasos, ¿verdad? Ahora me está entregando su placer, y tal vez dentro de poco, su confianza… su amor.