24. Alessandro
ALESSANDRO
Que el cielo me ayude, quiero creerla. A pesar de que ocho líderes de mi organización han muerto y su familia es la culpable, quiero creer que ella no está implicada. Quiero creer que siente algo por mí.
Joder.
Me paso la mano por el pelo, con la mente yendo a mil para intentar dar sentido a todo. El whisky envenenado. Los cuidadosos planes de Marco, ¿o son de Enrico? Todas las pruebas apuntan a los Vitale. Un complot que podría haberme matado a mí, a mi hermano y a todos los que me importan.
Y sin embargo, ante mí tengo a una Vitale que parece absolutamente destrozada por lo que ha hecho su familia y por el hecho de que yo la acuse de formar parte de ello.
—¿De verdad no lo sabías? —pregunto, odiando mi debilidad por ella, que probablemente será mi ruina.
—No. Jamás formaría parte de algo así.
Estudio su rostro, buscando los gestos del engaño. No hay ninguno. Solo dolor.
Creo que seré más feliz cuando esté muerta.
Esas palabras se han sentido como un cuchillo en el pecho. ¿Cree que será más feliz muerta? Lo peor es que soy parte de la ecuación que da como resultado que se sienta una nulidad y que piense que su vida no será más que dolor.
Me ha acusado de seducirla para manipularla, y no se equivoca. Lo he hecho. Lo que no había previsto es quedar atrapado en mi propia trampa.
He intentado no sentir nada por ti.
Siente algo más allá del desprecio y el miedo.
—Sé que no me crees —responde ella a mi comentario—. Sé que no sientes nada excepto odio...
—Odio no. Por ti no —admito.
Se encoge de hombros. —El caso es que podría quererte, Alessandro...
—No deberías. Quererme, quiero decir. No es seguro.
—¿Crees que yo he elegido esto? —Un destello de ese desafío que he empezado a admirar brilla en sus ojos—. No quería sentir nada por ti. Ahora mismo, de verdad desearía no sentirlo. Pero lo siento.
Algo cambia en mi interior. He estado tan centrado en lo que ella representa como hija de Marco Vitale que me he negado a ver quién es en realidad. Una mujer atrapada entre lealtades, intentando navegar por una situación imposible. Y lo está haciendo con dignidad y coraje.
Doy un paso hacia ella, luego otro, hasta que estoy lo bastante cerca para percibir el sutil aroma de su perfume. Mi mano se levanta por voluntad propia, apartando suavemente una lágrima de su mejilla.
Ella me mira, con los ojos cautelosos, pero no se aparta.
—He sido injusto contigo. Te he culpado por los pecados de tu padre. Quizá he estado buscando pruebas de que eres como él.
—No soy como él.
—Necesito empezar a verte por quien eres realmente.
—Las alarmas vuelven a sonar. No debería creerla, no debería confiar en ella.
Pero al mirar sus hermosos ojos, no veo astucia.
Veo a una mujer que quiere pertenecer a algún lugar.
Una mujer fuerte e inteligente que podría ser un activo para mi familia si le diera una oportunidad.
Maldita sea, quizá tenga razón y podríamos forjar algo más allá de un matrimonio de conveniencia.
Y sin embargo...
He pasado toda mi vida centrado en los negocios y evitando las emociones, especialmente las que implican a mujeres. Estos sentimientos que se agitan en mi pecho me aterran.
Isabella me observa con los ojos llenos de esperanza. —¿Puedes hacer eso?
La miro fijamente, incapaz de responder. La esperanza en sus ojos empieza a atenuarse.
—¿Alessandro?
Me doy la vuelta, caminando hacia la ventana para poner distancia entre nosotros. ¿Cuándo he empezado a preocuparme por lo que esta mujer piense de mí? ¿Cuándo se ha convertido su dolor en el mío?
—No puedo darte lo que quieres —digo finalmente, con las palabras saliendo más bruscas de lo que pretendía—. No sé cómo hacerlo.
—¿No puedes verme por quien soy?
—No puedo confiar en ti. —Muevo los hombros, pero eso no libera la tensión—. La única persona en la que he confiado de verdad desde que murió mi padre es en Adriano.
Me giro de nuevo para mirarla, necesitando que lo entienda. —Esta familia, su supervivencia, es lo único que importa.
—Ahora soy una Dante. ¿No soy de la familia?
—Por tu sangre corre el ADN de los Vitale.
Creo que podría haberla golpeado y el dolor que vería en sus ojos no sería tan intenso como el de las palabras que acabo de pronunciar.
—Así que nada ha cambiado. ¿Todavía vas a hacerme responsable de mi padre y de mi hermano? —Isabella da un paso hacia mí—. Yo no soy ellos.
—Lo sé —espeto—. Lógicamente, lo sé. Pero esta vida no permite la confianza. En el momento en que lo olvido, muere gente.
La miro y veo a alguien que está atrapado en la misma trampa que yo. Nacidos en un mundo que ninguno de los dos eligió, intentando encontrar algo real.
Ella baja la mirada. —¿Puedes al menos decirme que no me estabas utilizando en Capri? ¿Fue todo solo... follar?
Debería decirle que sí. Eso le dolería, pero entonces podría cortar este vínculo que sigue arrastrándome hacia ella.
—No mentiré diciendo que no quería ganarme tu lealtad.
—Oh. —Empieza a darse la vuelta.
Alargo la mano y la cojo del brazo, desafiando lo que mi mente me dicta que debería hacer. —Pero no, no fue solo follar. Siento algo por ti. —La confesión me cuesta más de lo que ella sabrá jamás—. Pero no puedo ser lo que necesitas. No puedo darte lo que un hombre normal te daría.
Ella me sostiene la mirada, sin vacilar. —No me casé con un hombre normal. Me casé contigo.
Mis manos acunan su rostro, mientras mi mente grita precaución, y seco los restos de lágrimas de sus mejillas.
Ella sube las manos para agarrarme las muñecas, no para apartarme, sino como si se estuviera anclando a mí. El contacto envía una descarga eléctrica por mis brazos.
—Nunca pedí nacer siendo una Vitale —dice ella, sin que sus ojos dejen los míos—. Al igual que tú nunca pediste nacer siendo un Dante. Somos más que nuestros apellidos.
—¿Y qué eres tú?
—Soy Isabella Dante, esposa del Don Dante. —Cierra los ojos mientras la tristeza inunda su rostro.
—¿Qué?
Abre los ojos. —Eso es todo lo que soy. Ni pintora ni escritora. Ni una mujer de negocios ni siquiera una estudiante universitaria. Soy lo que tú me digas que sea.
¿Por qué me siento como una mierda?
—¿Qué quieres ser tú?
Me dedica una sonrisa lánguida. —No lo sé. Nadie me ha preguntado eso nunca.
Un deseo loco de ayudarla a encontrarse a sí misma me embarga.
—Pero puedo decirte que no soy tu enemiga. No estoy intentando boicotearte ni ayudar a mi padre. Si se me diera la oportunidad, podría ser una buena esposa. Una esposa que te quiera.
Se desata una guerra en mi interior. Protegerme o arriesgarme. Dejarla entrar. Dar a lo que sea que hay entre nosotros la oportunidad de convertirse en algo real.
La quiero. No solo su cuerpo, aunque Dios sabe que también lo ansío. Quiero su mente, su corazón, su confianza. Quiero ser el hombre que merezca lo que ella me ofrece.
Pero querer no es tener, y el miedo a la traición me paraliza.
Sus dedos se aprietan alrededor de mis muñecas. —Dime algo.
Las únicas palabras que me vienen a la mente solo la disgustarán. Crearán distancia. Lo último que quiero es que se aleje.
Así que no le doy las palabras que revelan mi tormento, mi miedo a confiar en ella. En su lugar, la atraigo contra mí, incapaz de resistirme por más tiempo.
Cuando nuestros labios se encuentran, no es como nuestros besos anteriores. No hay juegos de poder, ni dominio ni sumisión. Solo una necesidad aterradora de creerla, de confiar en que ella puede ayudarme a ser el hombre que necesito ser para proteger a mi familia.
Ella emite un suave sonido contra mi boca, con su cuerpo fundiéndose con el mío. Me sorprende, considerando las acusaciones que le he lanzado y mi incapacidad para ofrecerle mi confianza. Ella me está ofreciendo lo que yo soy incapaz de darle, y su fe en mí me resulta abrumadora.
Deslizo una mano por su pelo, acunando la parte posterior de su cabeza mientras mi otro brazo rodea su cintura, eliminando cualquier espacio entre nosotros.
Sus dedos se entrelazan en mi cabello, tirando lo justo para enviar electricidad por mi columna. La suave agresión de su toque despierta una necesidad incandescente.
La levanto, y sus piernas se envuelven en mi cintura mientras la llevo a nuestra cama. Esta vez, cuando la acuesto, no hay restricciones, ni batalla de voluntades. Solo nosotros.
La desnudo, tomándome mi tiempo para revelar cada centímetro de piel. Presiono besos en la parte interna de su muñeca, en el hueco del codo, en la suave curva de su garganta. No puedo darle lo que quiere con palabras, pero puedo mostrarle lo que desearía poder darle.
Cuando está desnuda bajo mi cuerpo, me detengo para mirarla. Es jodidamente hermosa. Y confía en mí. Y se entrega. Y yo soy un puto gilipollas.
Sus manos buscan las mías, tirando de mi ropa. La ayudo hasta que no queda nada entre nosotros.
El primer roce de piel contra piel me arranca un gemido desde lo más profundo del pecho. Está suave y cálida mientras su cuerpo se arquea hacia el mío.
Nuestros labios se encuentran de nuevo mientras me posiciono sobre ella. Sus piernas se abren, rodeando mis caderas. Froto mi polla contra su coño, encontrándolo lubricado. Me inclino y le succiono un pezón.
—¡Oh! —Sus caderas se elevan y aprovecho el movimiento para penetrarla. La sensación es tan abrumadora que tengo que apretar los dientes para no correrme.
Sus piernas se aprietan a mi alrededor, hundiéndome más profundamente, y empiezo a moverme. Me contengo, queriendo prolongar este momento. Permanecer sumergido dentro de su dulce cuerpo todo el tiempo que pueda.
Los ojos de Isabella permanecen abiertos, fijos en los míos. En ellos veo deseo, pero también confianza y esperanza. Joder, ojalá pudiera darle todo lo que quiere de mí, de nosotros.
Incapaz de sostenerle la mirada, la beso profundamente y sigo moviéndome, lento, rítmico, profundo.
Su respiración se entrecorta y sé que está cerca, así que me detengo.
Ella gime de frustración. Mi rabo late, tampoco está contento.
Pero ahora mismo, me siento bien. Casi feliz, incluso.
No solo físicamente. Mi pecho está lleno.
Mi mente está en calma. Me siento completo.
Conectado. Ella me provoca eso. Y aún no estoy listo para que termine.
—Alessandro —su voz es un gemido mientras su coño pulsa alrededor de mi miembro y sus caderas se agitan contra mí.
—No hay prisa. —Deslizo hacia fuera y hacia dentro de nuevo, luego hago una pausa—. ¿Me sientes, Isabella? ¿Sientes lo que me haces?
—Sí. —Echa la cabeza hacia atrás y se inclina para mordisquearme el cuello.
—Me desarmas. —Las palabras escapan sin mi permiso y odio el poder que pueden darle sobre mí.
Abre los ojos de golpe, pero no veo que reconozca la ventaja que acabo de darle. En su lugar, veo más de su confianza. Su... joder... ¿Es amor?
Incapaz de lidiar con eso, me muevo, y mis embestidas se vuelven más rápidas, más duras, llevándonos a ambos cada vez más arriba.
Su orgasmo la inunda en oleadas que recorren todo su cuerpo.
La visión de ella deshaciéndose bajo mi cuerpo me empuja al límite.
Suelto las riendas del control y me hundo en sus profundidades.
Mi orgasmo me golpea, sacude mi cuerpo hasta que juraría sentirlo en cada terminación nerviosa. Mi polla late, mi cuerpo se estremece.
Navegamos juntos la tormenta hasta que nos desplomamos exhaustos. Mientras mi respiración se estabiliza, me golpea la certeza de que algo ha cambiado entre nosotros. Por mucho que intenté protegerme de ella, he cruzado a un territorio en el que juré que nunca entraría.
Lo que es de locos es que no estoy tan aterrado como debería. Ella tiene el poder de ponerme de rodillas. Si mis enemigos se enteran, se convertirá en una vulnerabilidad que explotarán.
Mi padre me llamaría idiota. Lorenzo Dante nunca se permitió amar a mi madre lo suficiente como para que su pérdida lo destruyera. Cumplió con el protocolo cuando ella murió, pero estaba follándose a su amante horas después del funeral.
—Debes mostrar respeto a las mujeres, pero nunca preocuparte demasiado. Tu amor por alguien es el arma que tus enemigos usarán para destruirte —me había explicado.
A mis hermanos claramente no les importó. Y sé sin ninguna duda que, si sus parejas murieran, ellos nunca sobrevivirían a ello. ¿Por qué arriesgarse a tanto dolor?
Quizá no tuvieron elección. Quizá, como a mí, el amor se filtró por sí solo y fueron incapaces de detenerlo.
—¿Estás bien?
Miro a Isabella; sus ojos vuelven a mostrar cautela.
Presiono mis labios contra su frente. —Descansa.
No es lo que quiere oír, pero es todo lo que puedo darle. Me aparto de ella pero la mantengo cerca, queriendo darle algo de seguridad, aun sabiendo que esto entre nosotros o me hará más fuerte o será mi perdición.
Enamorarme de mi mujer no impedirá que su padre intente matarme. No traerá de vuelta a los hombres que he perdido esta noche. No garantizará la victoria de mi familia.
—¿Alessandro?
—¿Mmm?
—No tienes por qué amarme.
La miro y se me encoge el pecho al darme cuenta de que deseo poder amarla.
—¿Pero puedes respetarme? ¿Puedes encontrar la manera de confiar en que estoy contigo, pase lo que pase?
Beso su sien como respuesta porque no puedo darle eso. No del todo. Todavía no.