23. Isabella
ISABELLA
Me quedo paralizada, incapaz de respirar mientras observo los cuerpos tendidos por el suelo del comedor de Alessandro. Hombres que hace apenas unos instantes reían y charlaban, ahora yacen inmóviles, con los rostros contraídos por la agonía de sus últimos momentos.
He crecido en este mundo, he oído susurros de violencia desde que era una niña, pero nada me ha preparado para esto. La brutalidad. La irrevocabilidad.
Alessandro ladra órdenes mientras comprueba el pulso de los caídos. La rabia aumenta con cada hombre muerto que encuentra.
Es solo entonces cuando me doy cuenta de que todos han bebido de la botella de whisky que envió mi padre.
Siento que las náuseas me revuelven el estómago al recordar la botella que llegó con una nota de disculpa de mi progenitor.
Yo llevé esa botella al despacho de Alessandro y la dejé sobre su mesa.
Es como si le hubiera entregado el veneno directamente.
Él se gira hacia mí y la mirada de sus ojos me hace retroceder. No es solo ira. Es culpabilidad.
—Tu padre acaba de intentar asesinarme en mi propia casa.
No puedo negarlo. Aunque no tiene sentido. No se puede confiar en mi padre, pero no es tan estúpido como para hacer algo así. Además, si estuviera intentando matar a Alessandro, estaría presente. Querría ver el resultado de su trabajo sucio.
Y, sin embargo, las pruebas que me rodean sugieren que me equivoco.
—Alessandro...
—No. No. Digas. Ni. Una. Palabra. —Recorre la sala con la mirada y se detiene en uno de sus hombres—. Llevadla arriba. Aseguraos de que no salga. Quitadle el teléfono para que no pueda contactar con nadie.
—Alessandro, yo no he tenido nada que ver...
Pero él ya se estaba dando la vuelta. Ignorándome.
Su soldado me agarra del brazo, pero me zafo de un tirón. —Puedo subir yo sola a mi habitación. —Le entrego el teléfono. ¿A quién iba a llamar, de todos modos?
Una vez en nuestro dormitorio, camino de un lado a otro, con un torrente de emociones chocando en mi interior. Rabia contra mi padre por haber hecho esto. Rabia contra Alessandro por desconfiar de mí. Y miedo. Miedo de que, antes de que acabe la noche, esté muerta.
Nuestro matrimonio no ha sido más que un constante vaivén. En un momento, Alessandro me mira con una pasión desatada y, al siguiente, me trata como al enemigo.
Me hundo en el borde de nuestra cama pensando en la luna de miel y en lo segura que estaba de que empezábamos a construir algo juntos.
¿Fueron reales esos momentos? ¿O simplemente se estaba asegurando mi lealtad, usando el placer y el afecto fingido para manipularme?
Se me oprime el pecho ante la idea de que me ha utilizado tanto como mi padre.
Fuera, oigo portazos y voces alzadas. Corro a la ventana para ver a hombres armados patrullando los terrenos.
Este es el mundo en el que crecí, el mundo en el que me casaron.
Muerte servida junto a la cena. Guardias armados en lugar de vecinos amigables.
Y Alessandro está en el centro de todo ello; un hombre del que no sé nada, a pesar de haberle entregado mi cuerpo y mi confianza.
Me doy cuenta de lo completamente sola que estoy. Y de cuánto peligro corro. Estoy esperando a un hombre que podría regresar a mí convertido en mi verdugo.
La puerta del dormitorio se abre de golpe con fuerza. Me sobresalto y tropiezo hacia atrás contra la cama. Alessandro llena el umbral, sombrío y furioso. Su aspecto, habitualmente impecable, está desaliñado; el pelo le cae sobre la frente, tiene la corbata floja y las mangas remangadas.
No dice nada. Se limita a mirarme con unos ojos tan fríos que queman. Nunca lo he visto así. Este no es el marido gélido y distante del día de nuestra boda, ni el amante apasionado de nuestra luna de miel. Es alguien completamente distinto. Alguien peligroso.
Cierra la puerta tras de sí, sin apartar sus ojos oscuros de mí. El miedo aumenta e instintivamente busco una forma de escapar, sabiendo que no la hay.
—Ocho hombres —dice finalmente, con voz grave y sombría—. Tres de ellos me protegían desde que era un niño. Todos han muerto esta noche a mi mesa.
Trago saliva con dificultad. —Yo no sabía...
—¿Ah, no? —Se acerca. Intento retroceder, pero no tengo a dónde ir.
—Tu padre envía un regalo envenenado, entregado por tus manos, en una noche organizada por ti.
El corazón me late con fuerza. —Yo no he tenido nada que ver en esto.
Su risa es amarga, carente de humor. —Eres buena.
Ese papel de princesa inocente me tenía engañado.
—Se lanza hacia mí de repente y mi instinto de protección hace que intente soltarme.
Pero es inútil. Sus manos se cierran alrededor de la parte superior de mis brazos, no con dolor, pero sí con la presión suficiente para dejar clara su fuerza.
Esas manos que me acariciaron con tanta ternura hace solo unos días ahora me sujetan como si quisiera estrangularme.
—Por favor...
—Mírame a los ojos y dime que no has tenido nada que ver con esto —exige.
—No he tenido nada que ver con esto. —Le sostengo la mirada directamente, con voz firme, esperando que vea la verdad en mis ojos—. Te lo juro por mi vida, Alessandro. Yo no lo sabía.
—¡Joder! —Alessandro me suelta los brazos de repente, como si el contacto le quemara. Se da la vuelta, pasándose una mano por el pelo oscuro—. Debería haberlo sabido. ¿Una ofrenda de paz de Marco Vitale? Llevo demasiado tiempo en esta vida para cometer un error tan básico.
Golpea la pared con el puño y yo pego un brinco por el ruido. La violencia del gesto, aunque dirigida a un objeto inanimado, me recuerda lo peligroso que es en realidad.
—No es culpa tuya —digo en voz baja, dando un paso vacilante hacia él—. Mi padre...
Alessandro gira en redondo, con los ojos echando chispas. —Tu padre envió una botella envenenada destinada a matarme. Como un puto idiota, la serví. La única pregunta ahora es hasta qué punto estás tú implicada.
—Yo nunca te traicionaría de esa manera.
Él niega con la cabeza.
—Y... —tengo miedo de decir lo siguiente, pero es importante— tampoco estoy convencida de que lo hiciera mi padre.
El fuego en los ojos de Alessandro me hace encogerme, temiendo que pueda arremeter físicamente a pesar de que nunca antes me ha puesto la mano encima.
—La prueba de que eres parte de esto. ¿Lo estás defendiendo?
—No. —Niego con la cabeza con vehemencia—. No lo estoy defendiendo. Me cuestiono si realmente lo hizo él porque de verdad no creo que te matara de esta forma.
—¿Esperas que crea que a Marco Vitale le ha surgido de repente una conciencia sobre cómo asesina a la gente? —La risa de Alessandro es amarga, hiriente.
—No. Espero que creas que un hombre obsesionado con el poder y la reputación no te mataría así.
—Me acerco más, deseando que lo comprenda—.
Mi padre valora la reputación por encima de todo.
Querría que todo el mundo supiera que fue él quien acabó contigo.
Esto —gesticulo vagamente hacia el piso de abajo, donde se llevaron los cuerpos—, esto es demasiado silencioso, demasiado oculto para él.
Él querría mirar. Querría verte a los ojos mientras la vida abandona tu cuerpo, sabiendo que tú sabías que fue él quien te la arrebató.
Alessandro entrecierra los ojos, estudiándome con una intensidad sospechosa. —¿Entonces quién?
Vacilo porque no estoy segura. —Mi hermano, tal vez.
—¿Enrico? ¿Crees que Enrico está detrás de esto?
—Él siempre ha sido diferente a mi padre. Más calculador. Menos preocupado por las viejas costumbres. —A medida que lo explico, cobra más sentido—. Y siempre te ha odiado.
Alessandro se aleja de mí. —¿Es tu hermano realmente tan estúpido? ¿Hacer algo así sin el consentimiento de tu padre?
—Es así de ambicioso —respondo—. Mi padre le ha prometido tu negocio. Tu poder. Está cansado de esperar.
—¿Y tú qué crees, Isabella? —Alessandro se acerca, con su mirada atravesándome—. ¿Dónde reside tu lealtad? ¿Con la familia que te vendió o con el hombre al que te vendieron?
Hace dos semanas, podría haber dudado. Ahora, de pie en una casa donde acaban de morir hombres, frente a un marido que aún podría decidir que soy su enemiga, descubro que mi respuesta surge con facilidad.
—Ahora soy Isabella Dante —digo—. Hicieran lo que hicieran mi padre o mi hermano, sus acciones no son las mías. Yo no elegí ser una Vitale, pero elegí aceptar ser tu esposa.
Por una fracción de segundo, creo ver sorpresa, incluso alivio en su expresión, pero luego se ríe. —No tuviste elección. Ambos lo sabemos.
—Si crees que te he traicionado, entonces mi familia ha ganado. Han conseguido que dudes de mí. Él me ha convertido en sospechosa en mi propio hogar. Quizá esperan que me mates. Entonces tendrían un motivo justificado para ir a por ti.
—Tu familia ha intentado matarme en mi propia casa —dice con los dientes apretados—. La botella que portaba su veneno pasó por tus manos.
—Sí. Y los odio por ello. Odio que el nombre de mi padre esté en esa botella. Odio estar aquí parada con mi marido mirándome como si fuera una traidora. —Se me quiebra la voz mientras el dolor y el miedo empiezan a abrumarme.
—Eres una traidora.
—No lo soy. Yo nunca...
—¿Nunca qué? —me interrumpe, con la cara a centímetros de la mía—. ¿Nunca me traicionarías? Eres una Vitale, Isabella. La traición corre por tu sangre.
Las palabras me golpean como una bofetada. Lo miro, viendo de repente la verdad. —Da igual lo que pase entre nosotros, da igual cuántas veces comparta tu cama o esté a tu lado, nunca confiarás en mí.
Su silencio lo confirma.
—Pensé... —Sollozo conteniendo las lágrimas que me prometo no dejar caer—. Realmente pensé que podríamos construir algo real. Que tras este acuerdo, podría haber respeto. Quizá incluso afecto.
Él suelta un bufido de desprecio.
—Pero tú ya has decidido quién soy —continúo, incapaz de detenerme—. Lo decidiste en el momento en que oíste mi apellido. Siempre seré una Vitale para ti primero y tu mujer después.
La verdad me pone enferma. Cada caricia entre nosotros no significó nada, excepto un intento de aplacarme o manipularme.
—¿Por qué aceptaste el acuerdo si creías que estabas metiendo al enemigo en tu casa? Esa parte no tiene sentido. A menos que... A menos que quieras usarme contra ellos. Dime, ¿planeas enviarme con una botella envenenada a ver a mi padre?
—No me jodas, Isabella. No estoy de humor. —La expresión de Alessandro se endurece—. No puedo permitirme confiar en ti. No cuando el precio de equivocarme es mi vida y la vida de todos los que me son leales.
La firmeza de su voz aplasta cualquier esperanza a la que tontamente me hubiera aferrado.
—¿Entonces qué estoy haciendo aquí? Si nunca seré más que una amenaza potencial, ¿cuál es el sentido de este matrimonio? Porque deberías saber que a mi padre no le importará lo que me hagas. Amenaza con enviarle mi cabeza en una bandeja y te dirá que la envíes.
Alessandro se estremece, con el asombro reflejado en su rostro. —Yo no mato mujeres.
—Vale. Pues amenaza con violarme, o cortarme, o encerrarme; le dará igual. Así que no tienes ninguna ventaja sobre él por haberte casado conmigo. —Mis labios tiemblan ante el dolor de ser considerada un cero a la izquierda por todos los que deberían amarme.
—Sabes por qué existe este matrimonio, pero está claro que tu padre nunca planeó respetarlo. Solo lo usó para acercarse a mí... para destruirme.
—¿Y tú no? —Me cuesta creer que Alessandro no tuviera un plan para derrotar a mi padre.
Tensa la mandíbula, confirmándome que tengo razón.
De repente, estoy agotada. Me dejo caer en la cama. —Creo que seré más feliz cuando esté muerta.
—¿Pero qué cojones dices, Isabella? —Me mira boquiabierto.
Me encojo de hombros. —Esta vida... ser usada como una herramienta de muerte y destrucción...
no tener voz ni voto sobre lo que quiero...
—Niego con la cabeza—. Tengo dieciocho años.
Mi futuro no es más que esto. —Señalo con la mano el espacio entre nosotros—.
Ser usada. Ser manipulada. Ser odiada... Me aterra una vida entera así.
—Te dije cuando nos casamos lo que podía y lo que no podía hacer.
—Dijiste que me respetarías.
—Y luego mis negocios fueron atacados y mis hombres envenenados.
Entonces me río.
Sus ojos arden de ira. —¿Te parece divertido?
—En absoluto. Solo me río de lo ingenua que fui. De lo crédula. Pero tú lo sabías, ¿verdad? Dijiste que no me amarías ni tendrías hijos, pero luego te superaste en Capri. Agasajándome con cenas y vino. Seduciéndome. Dejándome creer que tal vez podría haber algo más entre nosotros.
—No me jodas. Actúas como si quisieras más, pero estaba claro que no era así. Follamos. Eso es todo.
—Eso es todo... —Estoy segura de que no se da cuenta de lo dolorosas que resultan esas palabras.
Él se queda de pie frente a mí, con las manos en las caderas. Me mira como si lo tuviera confundido. —¿Sientes algo por mí?
Busco en su rostro algún indicio de sus intenciones tras la pregunta. ¿Es una prueba? ¿Una forma de medir mi lealtad? ¿O lo pregunta de verdad porque él... porque le importo?
No. No le importo. Lo dejó claro.
—Yo... —Las palabras se me atascan en la garganta. ¿Cómo puedo decirle la verdad cuando es tan difícil de creer? Cuando no quiero que sea verdad. Quiero odiarlo. Pero mi estúpido corazón tiene otra idea.
¿Pero de qué serviría confesar la verdad? Ha dejado claro que nunca confiará en mí. Siempre seré una Vitale antes que nada a sus ojos. Peligrosa, poco fiable, potencialmente mortal.
—¿Acaso importa? —digo finalmente—. Ya has decidido quién soy.
Sus ojos se oscurecen y veo frustración. —Responde a la pregunta, Isabella.
La orden en su tono me hace estremecer, pero también enciende una chispa de desafío. Yergo la espalda, sosteniéndole la mirada directamente.
—¿Me creerías si dijera que sí? ¿O asumirías que es parte de algún plan elaborado?
—Se me quiebra ligeramente la voz—. Quiero decir, te conoces bien el manual, ¿no?
Lo usaste aquella noche en la terraza para faltarle al respeto a mi padre.
Lo usaste en Capri, manipulándome para que sintiera algo por ti. Bueno, enhorabuena. Lo conseguiste.
Hago todo lo posible por mantenerle la mirada a pesar de lo vulnerable que me siento ahora mismo. No quiero darle la satisfacción de pensar que me ha herido. Que me ha destrozado.
—He intentado no sentir nada por ti. Dios sabe que sería más fácil si pudiera ser fría como tú.
Sus ojos oscuros no revelan nada de sus pensamientos.
Estoy cansada de esta discusión. Preferiría que acabara con lo que sea que planee hacerme. —Imagino que sentirás una satisfacción mayor cuando me castigues sabiendo que puedes doblegarme.
—Tú no sabes una mierda.