El heredero implacable (The Dante Dynasty) 22. Alessandro #2
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22. Alessandro #2

Se queda callada un momento. —Pareces cansado.

—No me vendría mal cerrar los ojos un rato.

—¿Podrás hacerlo pronto? —Por primera vez desde que contestó, oigo la preocupación en su voz.

—Quizá esta noche.

—¿Entonces dormirás en tu propia cama?

Mi mente evoca de inmediato una imagen de ella en mi cama. —Si todo va bien. —Se me ocurre que, si junto a Marco e Isabella, podrían hacer o decir algo que revele su implicación en el ataque—. Voy a invitar a tu familia.

—¿Por qué? —No puedo decidir si está sorprendida o preocupada.

—Para ofrecer una rama de olivo —miento—. Para que todo vuelva a la normalidad.

—Haré los preparativos.

Cuando termino la llamada con ella, llamo a Marco. Se muestra sorprendido y receloso, pero le digo que sería prudente que mostráramos un frente unido.

—Es una idea inteligente, pero esta noche no puedo. Tengo compromisos previos.

—Cancélalos.

—Eso no será posible. Pero agradezco la invitación. —Su tono sugiere lo contrario.

Su negativa no me sorprende. Yo tampoco vendría. Al mismo tiempo, sé que Marco considerará cambiar sus planes aunque solo sea para acercarse a mis hombres. Para ver qué puede sonsacar sobre mi organización.

Cuando llego a casa, me retiro a mi despacho y encuentro en mi escritorio una costosa botella de Macallan 25 con una nota de Marco lamentando no poder asistir a la cena.

—Señor.

Levanto la vista y veo a mi mayordomo en el umbral.

—¿Está todo listo? —le pregunto mientras cojo la botella.

—Sí, señor. La señora Dante lo espera en el comedor.

Le muestro la botella.

—Creo que eso ha sido entregado para la señora Dante.

—Gracias. —Con la botella en la mano, me dirijo al comedor.

Observo desde la puerta cómo Isabella dirige al personal. Ha transformado el comedor formal en unas pocas horas en algo cálido y acogedor. Hay un bufet de comida dispuesto y el bar está completamente surtido, con uno de los empleados listo para preparar combinados.

Su cabello castaño cae en suaves ondas por su espalda, y recuerdo lo que se sentía al pasar mis dedos por él.

El sencillo vestido negro que lleva se ciñe a sus curvas.

Ver cada vez más cómo asume el papel de mi esposa, no solo en mi cama, sino en mi casa, con mi personal, despierta esos sentimientos que sigo intentando suprimir.

A pesar de no confiar plenamente en ella, la deseo.

Isabella se gira y finalmente me ve. —¿Pasa algo malo?

—No. Todo parece perfecto. —Me acerco a ella y le doy un beso en la mejilla, aunque lo que me apetece es cargarla al hombro, llevarla a mi cama y hundirme en su cuerpo hasta estar demasiado agotado para hacer otra cosa que no sea dormir.

La tensión entre nosotros se transforma, pasando del deber distante al chispazo de la atracción. Abandono la idea de subirla a la habitación y, en su lugar, pienso en despedir al servicio, tumbarla sobre la mesa puesta y volver a perderme en ella.

Esta noche, tal vez. Después de la cena. Después de haber mostrado fuerza y aprecio a mis hombres y haber dejado claro que el imperio Dante se mantiene firme, entonces podré llevarla a nuestra cama.

Mis hombres empiezan a llegar y aparto mi atención de mi nueva esposa.

Levanto la botella de Macallan 25; el líquido ambarino capta la luz. —Un regalo de mi suegro —anuncio a los hombres que me han servido lealmente contra viento y marea.

—¿Vas a compartir eso? —pregunta Adriano, impresionado—. Si fuera yo, lo acapararía.

—Por eso yo soy el Don. —Arqueo una ceja. Es lo más parecido que tengo a bromear con él.

Sirvo copas para cada uno de mis hombres, así como para Adriano y para mí. Isabella permanece a mi lado con su actitud de diligente esposa de la mafia.

—Por la familia Dante —digo, alzando mi copa—. Y por todos vosotros, que hacéis fuerte a esta familia.

—¡Por los Dante!

Antes de que pueda beber, Isabella me toca el brazo. —¿Se me necesita para algo más?

La miro. —Me gustaría que te quedaras a mi lado.

Ella me dedica una sonrisa que me irrita por ser más fruto del deber que del cariño. —Por supuesto.

Vuelvo a prestar atención a la sala, donde mis hombres ríen y charlan. Adriano está consultando su teléfono, sin duda enviándose mensajes con Eva o Mirabella.

Entonces Paulie, uno de mis capitanes, se queda petrificado en mitad de una carcajada. La copa se le resbala de los dedos y se hace añicos en el suelo de madera.

—¿Paulie? —La voz de Antonio se carga de preocupación.

Paulie se agarra la garganta, con el rostro contorsionado y tornándose púrpura. Se desploma sobre la mesa. Acto seguido, Antonio sufre una convulsión, con el cuerpo rígido y los ojos en blanco.

—Vaya bromistas. —Adriano se lleva su copa a los labios.

—¡NO BEBAS! —Le arrebato la copa de un golpe de la mano, enviando el whisky por los aires sobre el suelo.

A nuestro alrededor, los hombres caen. Se asfixian. Burbujas de espuma surgen de sus labios mientras se convulsionan y caen al suelo. Muriendo.

Mi mente vuela. El whisky. El regalo de Marco. Ese cabrón engreído ha enviado veneno directamente a mi puerta, y yo se lo he servido a mis hombres más leales como una puta ofrenda.

El grito de Isabella rasga el caos. Su rostro está pálido de horror mientras retrocede, con las manos apretadas contra la boca.

—¡Trae al médico! —le grito, pero ella se queda paralizada, mirando los cuerpos—. ¡ISABELLA!

Sus ojos se clavan en los míos, muy abiertos por la conmoción o tal vez por la culpa.

—¡Trae al doctor YA! —rujo, sabiendo ya que para la mayoría es demasiado tarde.

Debería haber matado a Marco Vitale cuando tuve la oportunidad. Lo tenía por la garganta. Un solo apretón, y los Vitale se habrían quedado sin cabeza.

En su lugar, jugué a ser diplomático.

—Antonio, no me dejes —le pido, arrodillándome junto a mi subcapo, que se retuerce en el suelo con los ojos desorbitados por el terror mientras lucha por respirar. Me agarra la manga, intentando hablar, pero de sus labios solo brota espuma ensangrentada.

Este hombre ha estado conmigo desde que era un niño. Ha guardado mis secretos. Ha protegido a mi familia. Ahora está muriendo en el suelo de mi comedor porque subestimé a mi enemigo.

Porque estaba jodidamente distraído.

Observo impotente cómo la vida abandona sus ojos y su mano suelta mi manga. Estos hombres confiaban en que yo los protegería. Que los guiaría. Les he fallado a todos.

—Jefe —grita uno de los lugartenientes supervivientes con la voz quebrada—. Cinco muertos ya. Otros tres no lo contarán.

Ocho hombres. Ocho soldados leales aniquilados en minutos.

Isabella regresa con el médico. Se queda en el umbral, contemplando la carnicería con ojos desorbitados y horrorizados.

¿O es una actuación?

Es una Vitale.

Ocho hombres han muerto ante mis ojos y lo único en lo que puedo pensar es... ¿lo sabía ella?