El heredero implacable (The Dante Dynasty) 22. Alessandro
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22. Alessandro

ALESSANDRO

Me froto las sienes, con la mirada fija en la pila de informes que documentan el ataque coordinado contra nuestras operaciones. Tres a la vez. Dos buenos soldados muertos. Todo mientras yo me follaba a mi flamante esposa en Capri.

—Necesitas dormir —dice Adriano desde el sillón de cuero frente a mi escritorio; tiene los ojos inyectados en sangre tras nuestra sesión de trabajo de veinte horas.

—Lo que necesito es encontrar al responsable. —Tiene que ser Marco Vitale, pero no puedo probarlo.

Hojeo otro informe; las palabras se emborronan ante mis ojos. Amanecerá pronto, lo que marcará nuestra segunda noche consecutiva aquí.

—Luca piensa que deberías echar un vistazo a los Marchini —dice Adriano.

—Luca piensa demasiadas cosas. —Examino un informe financiero que muestra las pérdidas estimadas—.

Agradezco que él y Cristian se quedaran un poco más, pero ninguno de los dos está tan familiarizado con el negocio como antes.

—Luca y Cristian se quedaron hasta que llegué a casa, ayudaron a recopilar información, pero han tenido que irse esta mañana temprano...

¿o ha sido ayer? No puedo culparlos. Luca tiene su propio negocio que sacar adelante.

—Eso no significa que esté equivocado.

—Tú también crees que ha sido Marco, ¿no?

Adriano se encoge de hombros. —Tendría más sentido, pero, por otro lado, Marco no es tan ostentoso. Además, es demasiado obvio.

—Es inteligente y conveniente golpearme mientras estoy fuera.

—Sí, pero no era el único que sabía que estabas fuera.

Me paso las manos por la cara con cansancio. —Deberíamos ver con quién más se está codeando Marco. Quizá esté detrás de esto pero intente mantener sus manos limpias.

—Lo descubriremos. Pero joder, Alessandro, estamos agotados. Necesitamos dormir algo.

Le dirijo una sonrisa burlona. —Tú lo que pasa es que echas de menos a tu mujer.

—Pensaría que, como recién casado, tú también echarías de menos a la tuya, ¿o es que no consumasteis⁠—?

—Cierra la puta boca. Si quieres irte con tu mujer, vete.

Adriano pone los ojos en blanco. Es el único que puede permitirse esas libertades conmigo. —Eva ha dicho que Isabella preguntaba por ti.

Mantengo la vista en los papeles. —¿Y?

—Y nada. Solo pensaba que querrías saberlo.

Gruño sin comprometerme, pero mi mente vuela hacia Isabella.

Llevo tres días en casa y apenas la he visto.

Una parte de mí quiere creer que ella no ha tenido nada que ver con esto, que el momento elegido es casualidad.

Especialmente porque no puedo demostrar que su padre haya participado.

Pero otra parte me recuerda que las casualidades no existen en nuestro mundo.

—¿Crees que ella lo sabía? —pregunta Adriano.

—No lo sé. —Es la incertidumbre lo que me inquieta—. Su sorpresa parecía genuina, pero⁠—.

—Pero Marco Vitale es una serpiente.

Asiento, recordando las advertencias de mi padre sobre no dejar que nadie se acerque demasiado.

Especialmente ahora, cuando somos vulnerables.

Mi padre era el hombre más fuerte que he conocido, un Don al que todos temían, pero la Bratva demostró que no era invencible cuando lograron matarlo. No puedo confiar en nadie.

Y, aun así, todavía puedo sentir la piel de Isabella contra la mía.

La forma en que me miró, como si tal vez pudiéramos ser algo más que un simple acuerdo de negocios.

Me hace sentir cosas que no puedo nombrar y que no quiero sentir, porque temo que sean precisamente las cosas contra las que mi padre me advirtió. Cariño. Amor. Confianza.

—Si los Vitale están detrás de esto, lo averiguaremos —dice Adriano con confianza—. Y si es así, nos encargaremos de ellos.

Asiento de acuerdo, aun sabiendo que eso podría significar destruir a la mujer por la que temo estar sintiendo algo.

Despido a Adriano, diciéndole que descanse un poco.

Se levanta para irse pero duda en la puerta. —Deberías hablar con ella. Pase lo que pase⁠—.

—Yo me encargaré de mi mujer —le espeto, sin ganas de discutir mi vida personal con él.

Estoy bastante seguro de que murmura «calzonazos» mientras se marcha, pero al menos se ha ido.

Solo en mi despacho, me sirvo una copa, no estoy preparado para rendirme al cansancio cuando no sé quién ha atacado mi negocio.

Recuerdo mi reunión con Marco, cuando me enfrenté a él.

—¿Te atreves a convocarme como si fuera un vulgar soldado? —El rostro de Marco estaba encendido de indignación al irrumpir en mi despacho.

Yo me había quedado sentado, obligándole a estar de pie ante mí como un niño reprendido. —Tres de mis almacenes han sido atacados. Dos hombres muertos. Todo a los pocos días de la unión de nuestras familias, y yo estaba convenientemente fuera del país. Comprenderás mi preocupación.

—¿Y crees que yo soy el responsable? —El ultraje de Marco parecía genuino, pero he visto actuaciones mejores.

—Creo que es una coincidencia muy llamativa.

Había golpeado mi escritorio con la mano. —No me culpes a mí de tu puta incompetencia. No es mi culpa que no sepas mantener tu casa en orden. Quizá si no estuvieras por ahí follando con mi hija⁠—.

Me puse en pie y le agarré la garganta con tanta rapidez que no lo vio venir. —Vuelve a faltarle al respeto a mi mujer y esas serán las últimas palabras que salgan de tu boca.

Adriano permaneció en silencio, con cuidado de no socavar mi autoridad, pero podía sentir la preocupación que emanaba de él. Especialmente cuando el hijo de Marco echó mano a su arma.

Marco le hizo un gesto para que se calmara mientras se soltaba de mi agarre. —Parece que has caído ante los encantos de mi hija.

—La respeté mientras era tuya. —Lo cual no era del todo cierto si contaba el follármela antes del matrimonio como un acto de falta de respeto—. Ahora la respetarás tú mientras sea mía. Es una Dante, y si tienes alguna duda sobre su lealtad hacia mí por encima de la tuya⁠—.

—Vamos, vamos, Alessandro. No tengo ningún interés en mi hija. —Marco entrecerró los ojos como si me estuviera evaluando—. Tienes preocupaciones mayores. El imperio Dante se desmorona. Tu padre se avergonzaría.

—Lárgate de aquí.

—Esta alianza debía fortalecer a nuestras familias —había dicho él, ajustándose el cuello de la camisa—. Pero tu incompetencia nos ha costado cara a ambos. Arregla este desastre o me replantearé nuestro acuerdo.

—¿Es una amenaza?

—Es una dosis de realidad. Tú me necesitas más a mí de lo que yo te necesito a ti.

El recuerdo hace que me hierva la sangre de nuevo porque no le falta razón del todo. Me bebo el whisky de un trago.

Mis instintos me gritan que Marco está detrás de los ataques. Es demasiado conveniente. Los almacenes golpeados eran los que tenían menos conexiones con los Vitale. El momento oportuno, justo después de casarme con su hija, cuando yo estaría distraído. Apesta a manipulación suya.

Pero no tengo pruebas. Nada concreto para justificar una represalia. Y con nuestras operaciones ya debilitadas, no puedo arriesgarme a una guerra abierta con los Vitale a menos que esté seguro.

Mi padre habría sabido exactamente qué hacer. Pero yo no soy mi padre, un hecho que todo el mundo parece ansioso por recordarme últimamente.

Debería haber sido más inteligente. Más fuerte. Debería haber previsto esto en lugar de dejarme distraer por la belleza de Isabella, su ingenio, su cuerpo...

Joder.

Lo peor es que todavía no logro discernir si ella es parte de esto. Cuando la miro a los ojos, quiero creer que es inocente. ¿Por qué cojones me importa tanto eso? Nunca antes me ha importado lo que pensara nadie, excepto mi padre. Y tal vez Adriano.

Me sirvo otra copa, esta vez más generosa. Por ahora, necesito dejar que Marco crea que lleva la voz cantante. Necesito reconstruir lo perdido mientras vigilo su próximo movimiento. Necesito determinar si la mujer que duerme en mi cama me llevará a la ruina.

Me quedo mirando los últimos informes hasta que los números se mezclan entre sí y Antonio, uno de mis subcapos, entra con café y una bolsa de dónuts.

—¿Ha dormido algo, jefe?

—No. ¿Alguna novedad? —Acepto el café, preguntándome cuánto tardaré en tener una úlcera viviendo a base de alcohol, café solo y dónuts.

—Bueno, hemos asegurado los almacenes restantes y hemos movido la mercancía por canales alternativos.

—Bien.

—Leo se ha dejado las pestañas revisando las grabaciones de seguridad. Nada que vincule a los Vitale, pero sí captamos a dos tipos de bajo nivel de la familia Marchini.

Como pensaba Luca. —¿Alguna posibilidad de que Marchini esté trabajando con Vitale?

Se encoge de hombros. —Quizá. Parece poco probable, a menos que el hijo lo esté. Ese cabrón se lo tiene cada vez más creído.

Enrico. Me gustaría borrarlo de la faz de la tierra junto con Marco.

—¿Alguna inquietud entre los hombres?

Antonio niega con la cabeza. —Todos quieren encontrar a esos cabrones tanto como usted.

Puede que no sea tan fuerte como lo fue mi padre, pero he limpiado mi casa de espías y ahora tengo una tripulación que trabaja duro sin quejas, sin flaquear.

Estos hombres han permanecido a mi lado tras la muerte de mi padre, durante la guerra con la Bratva y ahora con este último ataque. Han jurado sus vidas al nombre Dante. A mí.

Les debo una muestra de gratitud.

—Haz saber a los capitanes y a sus lugartenientes que organizaré una reunión esta noche. Nada formal. Comida y bebida. Mi agradecimiento por un trabajo bien hecho.

Antonio arquea una ceja. —¿Esta noche, jefe?

—Esta noche. Estos hombres se lo han ganado.

—Gracias, señor. Se lo comunicaré.

Cuando se marcha, llamo a Isabella. No la he visto ni hablado con ella en días. Probablemente piense que la estoy evitando.

—¿Diga? —dice ella con cautela al descolgar.

—Necesito tu ayuda —digo sin preámbulos, y luego me lamento por no haber saludado ni preguntado cómo está.

—¿Con qué?

Le explico lo de la reunión. —Estos hombres han sido leales. Quiero mostrar mi aprecio.

—Por supuesto —dice ella, sonando más como una esposa obediente que como una mujer ansiosa por complacer a su marido y a sus hombres—. Me encargaré de todo.

—Gracias.