El heredero implacable (The Dante Dynasty) 15. Isabella
41%

15. Isabella

ISABELLA

Este debería ser el día más feliz de mi vida. En cambio, siento que me conducen a una sentencia de cadena perpetua.

Pienso en cuando conocí a Alessandro por primera vez.

Cómo se me dio un vuelco el estómago al verlo.

No por el pavor que esperaba, sino por algo totalmente distinto.

No era el monstruo viejo y cruel que yo había imaginado.

Era magnético e inteligente, y aunque no habría dicho que fuera emocionalmente abierto, ofrecía lo suficiente como para hacerme pensar que podríamos tener un matrimonio basado en el respeto y la pasión, si no en el amor.

Luego llegó aquella noche en la terraza. Las estrellas sobre nosotros. Sus manos sobre mi piel. Su cuerpo moviéndose dentro del mío. Se lo había entregado todo, creyendo estúpidamente que significaba algo.

Apenas habíamos terminado cuando se retiró emocionalmente. Desde el momento en que dejamos la azotea, ha hecho todo lo posible por evitarme y desvincularse de mí. En el ensayo, miraba a través de mí en lugar de a mí; cada palabra era cortante, cada gesto despreciativo.

¿Qué ha cambiado? ¿Ha sido algo que he hecho yo? ¿Le ha dado asco mi inexperiencia? ¿O ha sido simplemente que, una vez que me ha tenido, la caza ha terminado? O quizá algo peor: le ha faltado al respeto a mi padre, a mi familia. ¿Ha sido ese su objetivo?

Ahora no importa. Los motivos son irrelevantes cuando el resultado es el mismo.

Alessandro Dante ha decidido que no valgo su tiempo ni su atención, y me niego a malgastar un solo momento más preguntándome por qué.

Si quiere que esto sea solo un acuerdo de negocios, que así sea.

Sigo sin estar dispuesta a permitir que me convierta en mi madre, pero me mantendré fuera de su camino si eso es lo que desea.

Camino junto a mi padre mientras cientos de miembros de la élite poderosa de Nueva York me observan avanzar hacia mi futuro como una Dante.

—Sonríe —sisea mi padre, apretando dolorosamente el brazo—. Que parezca que quieres estar aquí.

Consigo esbozar algo que probablemente se parece más a una mueca que a una sonrisa. Alzo la mirada hacia mi prometido.

Alessandro espera en el altar, con su alta figura vestida con un esmoquin de corte perfecto que acentúa la anchura de sus hombros.

Su cabello oscuro está engominado hacia atrás, revelando los ángulos marcados de su rostro.

Incluso desde aquí, puedo ver la intensidad de su mirada mientras se clava en la mía.

Mi corazón da un vuelco doloroso en el pecho. Qué cruel que se vea tan hermoso el día que me condena a toda una vida de fría indiferencia.

El recuerdo de nuestra noche en la azotea vuelve para burlarse de mí. Para decirme lo tonta que he sido. Para recordarme que no debo creer en cuentos de hadas.

Cuanto más me acerco, más puedo ver la dureza en su expresión. Tiene la mandíbula apretada y los ojos resultan ilegibles. Parece un hombre que también va camino de su propia sentencia de prisión.

Mi padre pone mi mano en la de Alessandro y me sorprende lo calientes que están sus dedos. Como si el calor pudiera habitar en un hombre tan frío. Busco en su rostro cualquier indicio del hombre que me abrazó bajo las estrellas, pero solo encuentro una gélida indiferencia.

—Estás hermosa —dice; palabras destinadas a mi padre y al sacerdote, no una verdad que le diga a su novia.

Quiero gritar, exigir respuestas sobre qué ha cambiado, preguntar por qué está tirando por la borda la conexión que compartimos. En lugar de eso, enderezo la espalda y le sostengo la mirada con la misma frialdad.

—Acabemos con esto de una vez —le susurro.

Él arquea ligeramente una ceja, pero acto seguido dirige su atención al sacerdote.

La voz del cura se desvanece y regresa mientras habla de unión santa y votos sagrados. No le presto atención. Solo son para aparentar. No hay amor ni honor en este matrimonio.

El pulgar de Alessandro traza pequeños círculos en el dorso de mi mano, enviando chispas de electricidad no deseadas por mi brazo.

¿Es este otro juego? ¿Otra forma de confundirme? ¿Quizá una advertencia?

Le lanzo una mirada furtiva, encontrando su expresión más suave, las líneas duras alrededor de su boca relajadas, sus ojos más cálidos. La transformación es sutil, pero está ahí.

No me fío ni un segundo.

Todo el submundo de Nueva York nos está observando. Los Rossi, los Romanos, incluso representantes de la fragmentada Bratva. Alessandro necesita que esto parezca convincente. Al fin y al cabo, él es el Don. Las apariencias importan más que la verdad.

Cuando intercambiamos los anillos, sus dedos se demoran contra los míos más de lo necesario.

La alianza de platino no se siente como un símbolo de amor.

Es un grillete que me ata a un hombre que solo sabe jugar.

¿Será así con sus hermanos? Después de todo, Luca no volvió a casa para quedarse tras la muerte de su padre.

Y su hermana y su marido trabajan ahora para Luca en Chicago.

—Con este anillo, me desposo contigo —recita Alessandro.

Repito mis frases, pero sin ninguna emoción detrás de ellas. Hay un límite para lo que puedo actuar.

Mi hermano observa desde el primer banco, con una sonrisa tensa. Mi padre parece triunfante. Mi madre simplemente parece resignada.

—Ahora puedes besar a la novia.

Me estremezco, habiendo olvidado esta parte de la ceremonia. Quizá no me bese. O será un pico en la mejilla.

La mano de Alessandro sube para acunar mi mejilla; su tacto es suave y me confunde aún más. Me preparo, decidida a no inmutarme.

Se inclina lentamente. Nuestros labios se encuentran; su boca es suave y delicada contra la mía.

A pesar de mi resolución, mi cuerpo me traiciona.

Su beso es justo lo suficiente para cumplir con la costumbre sin cruzar la línea de lo impropio.

Pero el efecto es de todo menos decoroso.

Un calor florece en mi pecho, extendiéndose hacia fuera hasta que mis dedos hormiguean.

Mis labios se parten ligeramente por la sorpresa y oigo cómo él toma aire bruscamente.

Dura solo unos segundos, pero cuando se aparta, la cabeza me da vueltas como si hubiéramos estado besándonos durante horas.

Sus ojos grises brillan con ardor.

—Respira, Isabella.

Exhalo con voz temblorosa, odiando la facilidad con la que me afecta. Odiando que él lo sepa.

—¡Os presento al Don y a la Donna Alessandro Dante! ¡Felicidades! —El anuncio del sacerdote rompe el hechizo. Los aplausos estallan a nuestro alrededor.

La mano de Alessandro se posa en la parte baja de mi espalda mientras nos giramos para mirar a nuestra audiencia. Su contacto me envía nuevos estremecimientos de calor. ¿Qué está pasando?

Esbozo mi sonrisa más convincente mientras avanzamos por el pasillo, pasando junto a filas de asesinos y criminales, líderes políticos y titanes de los negocios, todos aplaudiendo y felicitándonos.

Alessandro se inclina cerca de mí cuando nos aproximamos a las puertas. —Lo has hecho bien, mujer.

Mantengo mi sonrisa fija, negándome a mirarlo. —Simplemente estoy cumpliendo con mi parte de nuestro acuerdo.

Su mano se aprieta de forma casi imperceptible en mi cintura. —Entonces nos entendemos perfectamente.

Viajamos en silencio hasta el lugar de la recepción. Está decorado con cristal y oro, lo cual me parece de mal gusto y chillón, para nada lo que yo hubiera querido. Pero claro, nunca se ha tratado de mí. Mi vida nunca ha consistido en lo que yo quiero.

La mano de Alessandro descansa contra la parte baja de mi espalda mientras saludamos a cada invitado que hace fila para presentar sus respetos a la recién formada alianza Dante-Vitale.

Sonrío hasta que me duelen las mejillas: una actuación perfecta de la novia perfecta de la Mafia. Por dentro, ya me estoy vaciando, convirtiéndome en el cascarón vacío que mi madre ha sido durante décadas.

—Lo estás haciendo de maravilla —murmura Alessandro mientras nos movemos entre las mesas, con su aliento cálido contra mi oreja.

No acuso recibo del cumplido. ¿Para qué? Estos breves momentos de calidez no tienen sentido cuando sé que el frío regresará. He visto lo rápido que puede transformarse del hombre que me abrazó bajo las estrellas en un extraño desalmado que apenas me reconoce.

La orquesta empieza a tocar nuestro vals de boda. Alessandro me guía al centro de la pista de baile; una mano sujeta la mía, la otra se asienta en mi cintura.

—Todo el mundo está mirando —dice, guiándome en los primeros pasos.

—Siempre lo están. —Mi voz es plana. Como si toda la vida se hubiera escapado de mí. Llevo casada menos de una hora y ya me estoy perdiendo a mí misma.

Pienso en nuestro primer baile en la gala. Cómo sus ojos se habían clavado en los míos, cómo la electricidad chisporroteaba entre nosotros. Pero no era real.

Nos movemos por la pista en perfecta sincronía. Somos una hermosa ilusión. La pareja perfecta.

—Pareces infeliz, mujer —dice, con la voz suficientemente baja para que solo yo pueda oírlo.

Le sostengo la mirada, permitiéndole ver, solo por un momento, el daño que hay tras mi máscara. —Tengo un nombre. ¿Y qué esperabas?

Su ritmo flaquea ligeramente. —Esperaba...

—No importa lo que esperaras —lo corto—. El contrato está firmado. Hemos pronunciado nuestros votos. Cumpliré con mi deber de cara a la galería.

La música crece a nuestro alrededor y Alessandro me acerca más de lo que exige la propiedad. Por un latido, me permito recordar cómo se sentía estar en sus brazos en aquella azotea. Cómo se sentía ser querida, deseada.

Pero aquella mujer era una tonta. No volveré a ser ella. Lucho contra el calor y la esperanza.

La recepción se arrastra durante lo que parece una eternidad. Para cuando nos hacen pasar por un túnel de bengalas hacia el Bentley que nos espera, estoy agotada de fingir felicidad.

Alessandro se desliza a mi lado, con su muslo presionado contra el mío. El coche se aleja, dejando atrás el fingimiento de nuestra celebración de boda.

—Bueno, ya se ha terminado —digo, apartándome de él.

Se afloja la pajarita con una mano. —En efecto. Nuestras familias parecen complacidas.

—Mi padre consiguió lo que quería. Estoy segura de que está eufórico. —Me giro para mirar por la ventanilla sin ver realmente lo que pasa por delante—. Solo quiero ir a casa y...

—Nos dirigimos al aeropuerto —dice Alessandro—. El avión está listo para ir a Capri.

Giro la cabeza bruscamente. —¿Capri? ¿De verdad vamos a ir de luna de miel? —Había pensado que solo lo dijo la otra noche para que nuestra unión pareciera real.

Su expresión permanece neutral. —Parecería sospechoso si no lo hiciéramos.

—Claro. Las apariencias. —Me río con amargura—. Capri. El paraíso de los amantes. Qué irónico.

—Podríamos ser amantes.

Me quedo boquiabierta. —Ah... no... no podemos.

Él sonríe con suficiencia. —¿No crees que es un poco tarde? Ya te he follado, así que, por definición, ya somos amantes.

Durante un momento solo lo observo, preguntándome quién es en realidad. Está claro que nunca he conocido al verdadero Alessandro, y sospecho que toda una vida de matrimonio no cambiará eso.

En el aeródromo privado, los hombres de Alessandro se encargan de nuestro equipaje mientras nosotros subimos al lujoso Gulfstream.

Me hundo en uno de los asientos de felpa, de repente consciente de lo agotada que estoy.

Alessandro se sirve un whisky y se sienta frente a mí. —Es un vuelo de nueve horas. Deberías descansar.

—Estoy bien aquí.

—Isabella. —Señala hacia la parte trasera del avión—. Hay una cama...

—He dicho que estoy bien.

Él aprieta la mandíbula. —No seas testaruda. Prácticamente te estás quedando dormida.

—No quiero usar la cama. —Le sostengo la mirada directamente—. No querría que confundieras mi necesidad de dormir con una invitación para repetir lo de la azotea.

La expresión de Alessandro se ensombrece. —Eso no es...

—Dejemos algo claro —lo interrumpo—. Lo que pasó entre nosotros fue un error, tal como tú también crees claramente. Yo, por mi parte, no voy a repetirlo. Esto es un acuerdo de negocios. Es todo lo que quieres, así que es todo lo que tendrás.

Sus ojos se entrecierran. —Nunca dije que fuera un error.

—Tu comportamiento de una de cal y otra de arena indica lo contrario. —Cruzo los brazos y miro por la ventanilla, observando cómo la tierra retrocede mientras el avión se eleva en el aire.

—¿Mi comportamiento? —Deja el vaso—. Tú eres igual de fría.

Mi mirada vuelve a clavarse en la suya. —¡Solo después de que me trataras como si fuera invisible! ¿Qué esperabas?

—Esperaba... —Se detiene, pasándose una mano por el pelo—. No importa lo que esperara.

—No, no importa. Porque esto no es real. —Hago un gesto entre nosotros—. Este matrimonio es un tratado de paz, nada más.

Alessandro me observa durante un largo instante, con su expresión ilegible.

—Descansa un poco, Isabella —dice finalmente, con voz más suave—. La cama es tuya. No te molestaré.

—Dormiré aquí mismo, gracias. —Me acurruco en el asiento.

Él suspira, recostándose en su asiento. —Como desees, mujer.

—Tengo un nombre, imbécil —murmuro entre dientes.

—Para ti soy Don Dante.

Tengo ganas de hacerle una peineta. En lugar de eso, cierro los ojos, decidida a demostrar que puedo manejar este matrimonio.

De hecho, quizá su deseo de mantener las distancias entre nosotros sea algo bueno.

Prefiero que me ignore y me deje a mi aire que ser continuamente humillada como lo es mi madre.

Todo lo que tengo que hacer es superar este simulacro de luna de miel y después podré librarme de tener que pasar tiempo con mi marido.