El heredero implacable (The Dante Dynasty) 14. Alessandro
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14. Alessandro

ALESSANDRO

Me ahogo en una sala llena de gente a la que odio, viendo cómo la mujer que he reclamado los maneja a todos con elegancia.

Isabella se mueve entre la multitud de la cena de ensayo como si hubiera nacido para ello, lo cual, supongo, así fue. De no saberlo, jamás sospecharía el fuego que ardía bajo su piel hace apenas unos días.

Pero lo sé. Ese es el problema.

Me pilla mirándola y levanta una sola ceja. Aparto la vista primero, odiándome por ello.

—Desde luego, ya tenéis dominado el papel de «matrimonio feliz» —bromea Marco, apareciendo a mi lado—. Fríos como el hielo en público. Muy tradicional.

Doy un sorbo lento al whisky. —La tradición es importante en nuestro mundo, ¿no es cierto?

—En efecto. —Su sonrisa no llega a sus ojos—. Solo ten en cuenta que, aunque las mujeres Vitale son la personificación de la gracia y la sofisticación en público, también saben cómo comportarse en privado.

Aprieto el vaso mientras me pregunto si está hablando de la cena familiar o de la cama. —No tengo preocupaciones, Marco. —Por supuesto, es mentira. Tengo muchas preocupaciones respecto a Isabella, pero ninguna sobre si se comportará en la cena o en mi cama.

Él se ríe. —Por supuesto, por supuesto. Solo era una forma de hablar.

Cuando finalmente se marcha, capto a Isabella observándonos; la curiosidad asoma a su rostro antes de que la enmascare.

Me obligo a apartar la mirada. No puedo alimentar su curiosidad por mí, al igual que no puedo alimentar la mía por ella. No puedo permitir que piense que hay algo real entre nosotros más allá del contrato que firmaremos mañana. La distancia es la clave.

Esto es un negocio. Política. Nada más.

¿Entonces por qué no puedo dejar de mirarla?

Se acerca a mí con paso despreocupado. —El ensayo ha ido bien.

Gruño como respuesta, manteniendo los ojos fijos en cualquier lugar menos en ella.

Lo que quiero decir es que creo que toda esta pompa y circunstancia es pura mierda.

No necesito ensayar el estar frente al altar.

No necesito una cena para conmemorarlo. Solo necesito decir «sí, quiero» y firmar la puta licencia.

El camarero nos hace una señal para que nos sentemos, pues la comida ya está lista. Me limito a guiar a Isabella a su asiento con lo mínimo indispensable, con cuidado de no tocarla.

Marco levanta su copa. —¡Por los futuros Don y Donna Dante!

Las copas chocan.

Me siento a su lado, con el codo casi rozando el suyo. Me aparto con la excusa de ajustar mi silla.

—Estaba pensando —comienza ella en voz baja mientras los demás charlan a nuestro alrededor—, sobre la organización de nuestra convivencia después de...

—Ya está todo organizado —la interrumpo—. Mi ama de llaves ha preparado el ala este.

Sus dedos se tensan alrededor del tenedor. —¿El ala este? No en tu...

—Lo mejor serán alojamientos separados. —Doy un sorbo deliberado al vino, negándome a sostenerle la mirada.

Alguien pregunta por los planes de la luna de miel. Respondo antes de que ella pueda hablar. —Pasaremos una semana en Capri.

—No estaba al corriente. —Isabella mantiene un tono de voz cortante.

Hago una señal al camarero para que me sirva más vino. —Todo se reduce a la tradición y a la apariencia.

Durante la cena, ella vuelve a intentarlo.

Comentarios sobre la comida. Preguntas sobre la ceremonia.

En cada ocasión, respondo con frases cortantes o la esquivo entablando conversación con otros en la mesa.

Sé que me estoy portando como un gilipollas, pero cuanto antes entienda que no va a tener conmigo una relación como la que tienen mis hermanos con sus mujeres, mejor.

Para el postre, ella ha dejado de intentarlo. El brillo de sus ojos se ha apagado, sustituido por algo más duro. Bien. Que aprenda ahora lo que es este matrimonio en realidad.

Sin embargo, con cada desplante, algo se retuerce en mi estómago que se parece demasiado a la culpa. Es necesario, me recuerdo a mí mismo. Es protección.

Después de cenar, el grupo de la boda continúa charlando y mezclándose en la sala. Por el amor de Dios, solo quiero irme a casa.

—¿Deberíamos empezar a apostar sobre cuánto tardarás en quebrar ese personaje de reina del hielo? —Adriano se acerca a mi lado mientras observo a Isabella al otro lado de la sala, charlando con Eva—. ¿O es que te han entrado dudas sobre todo este asunto del matrimonio y la has congelado tú primero?

Me acabo el whisky. —Cállate.

—Ah, ahí está el cálido amor fraternal que tanto echaba de menos. —Adriano hace una señal al barman para pedir dos copas más—. En serio, ¿a qué viene ese numerito del Polo Norte? La chica parece estar esperando a que anuncies la fecha de su ejecución.

—No es un numerito. Es claridad.

Adriano arquea una ceja. —¿Claridad?

—Necesita entender lo que es esto. Un acuerdo de negocios. —Acepto la nueva copa—. Apenas tiene dieciocho años. Tiene la cabeza llena de cuentos de hadas sobre el amor y el «fueron felices para siempre». —Omito a propósito que mis hermanos y hermanas son la fuente de sus fantasías matrimoniales.

—Y Dios no quiera que nadie crea en esas cosas —murmura Adriano.

—¿En nuestro mundo? Sí, ni hablar, que Dios no lo quiera. —Bajo la voz—. Es la hija de Marco Vitale. ¿Crees que puedo simplemente olvidar eso, confiar en ella?

Adriano sigue mi mirada hacia donde Isabella se ríe por algo que dice Eva. Su sonrisa transforma todo su rostro, haciéndola parecer aún más joven, y haciéndome sentir aún más pervertido por haber tomado su virginidad.

—Es solo una cría —continúo—. No entiende en qué se está metiendo.

—Tal vez —concede Adriano—. O tal vez eres tú el que no lo entiende.

Suelto un resoplido. —Por favor, ilumíname con tu infinita sabiduría.

—Míralos. —Señala con la cabeza hacia Eva, cuya mano descansa protectora sobre su vientre hinchado mientras habla con Isabella—. Hace cuatro años, le habría pegado un tiro en la cabeza a Eva si hubiera sabido quién era realmente. Ahora es la madre de mi hijo y está esperando otro.

Algo incómodo se retuerce en mi pecho. —Eso es diferente.

Adriano se ríe de mí. —¿Lo es? ¿O es que simplemente tienes miedo?

Le lanzo una mirada fulminante. —No tengo miedo de nada.

—Mentira. —Los ojos de Adriano se endurecen—.

Estás aterrorizado por la posibilidad de enamorarte de ella.

Estoy deseando contárselo a Luca. —Su mirada recorre la sala buscando a mi otro hermano, que está inmerso en una conversación con mi hermana, Valentina, y su marido, ahora el subcapo de Luca, Cristian.

Me tenso. —No sabes de qué estás hablando.

—¿Ah, no? —Se inclina más cerca—. ¿Crees que no lo veo? ¿La forma en que la miras cuando crees que nadie observa?

—La miro como lo que es: una amenaza potencial.

Adriano se ríe. —Claro. Por eso no puedes dejar de mirarla.

Al otro lado de la sala, Isabella capta mi mirada. Por una fracción de segundo, algo vulnerable brilla en sus ojos antes de que desvíe la vista.

—Lo único que digo —continúa Adriano— es que tal vez dejar entrar a alguien no sería lo peor del mundo. No te vuelve débil.

—Te vuelve vulnerable —rebato—. Y no puedo permitirme eso. No cuando los Vitale están de por medio. ¿Cómo es que no lo ves?

Me da una palmada en el hombro. —Piénsalo. La vida es demasiado corta para pasarla solo porque tienes miedo de lo que podría pasar.

—No tengo miedo —repito, pero sueno como un niño petulante.

Adriano se encoge de hombros y se reúne con Eva, rodeando su cintura con el brazo; todo su semblante se suaviza al tocarla. Ella se inclina hacia él por instinto, como si ese fuera su lugar.

Como si fueran dos piezas del mismo puzle.

Aparto la mirada, esperando detener esa sensación incómoda que amenaza con extenderse por mi pecho.

Isabella sigue observándome, ahora con una expresión cuidadosamente inexpresiva. La hija del enemigo. Mi futura esposa. Una debilidad potencial que no puedo permitirme.

¿Entonces por qué mantener las distancias parece la batalla más difícil que he librado jamás?

La noche se desvanece y los invitados van saliendo del restaurante con buenos deseos. Por fin, yo también puedo irme.

Isabella está cerca del guardarropa, hablando con Eva. Mi cuñada la abraza con calidez antes de que Adriano la guíe hacia la salida con una mano protectora en su espalda. Isabella se queda sola en un mar de invitados que se marchan.

Debería irme sin decir palabra. Mantener la distancia que tanto me ha costado establecer esta noche. En cambio, me sorprendo cruzando la sala, atraído hacia ella como una polilla a la llama.

—Haré que mi chófer te lleve a casa —digo, deteniéndome a su lado.

Ella no levanta la vista, concentrada en recoger su bolso de mano y su fular. —No hace falta. El coche de mi padre está esperando.

—Es tarde. —Las palabras salen más bruscas de lo que pretendía.

—Soy consciente de la hora. —Su voz es fría, perfectamente modulada. Ni rastro de la pasión que nos había consumido a ambos en aquella azotea.

Me aclaro la garganta. —Que duermas bien, entonces.

Finalmente, se gira, y espero ver enfado, dolor, algo que encaje con la irritación que me recorre la piel. En su lugar, sus ojos pasan sobre mí como si fuera un extraño que apenas merece ser reconocido.

—Buenas noches, Alessandro.

Pasa por mi lado, rozando apenas mi hombro con el suyo mientras se desliza hacia la salida. Sin una mirada persistente. Sin una última palabra.

Me quedo paralizado, con una opresión desconocida en el pecho. Esto era exactamente lo que quería. Qué conveniente que solo le haya llevado unas horas aprender bien la lección.

Demasiado bien.

Ya en casa, me dirijo a mi despacho y sirvo tres dedos de scotch para mis hermanos y para mí. Adriano y Luca se ponen cómodos, aflojando sus corbatas y desabrochando sus cuellos ahora que las formalidades de la cena de ensayo han quedado atrás.

—Por mañana. —Luca levanta su vaso—. Para que el imperio Dante se fortalezca.

Bebemos en silencio; el ardor del alcohol hace poco por aliviar la tensión dentro de mí.

—Tu prometida parece encantadora —dice Luca, rompiendo el silencio—. A Katerina también le cae bien. Así que, ¿por qué exactamente te estás portando como un gilipollas?

Le lanzo una mirada de advertencia. —Ocúpate de tu propio matrimonio.

—A Alessandro le gusta en secreto. —Adriano sonríe con sorna, repantingándose más en su silla—. Por eso se porta como un gilipollas. Nuestro hermano no sabe cómo manejar los sentimientos reales.

—Podéis iros los dos a la mierda —murmuro, rellenando mi vaso.

Luca se inclina hacia delante, volviéndose serio. —Mira, Isabella es joven...

—No necesito que me lo recuerdes —le corto bruscamente.

—¿Te estás poniendo sensible con la diferencia de edad? —La sonrisa de Adriano se ensancha—. ¿Te sientes viejo a su lado, hermano?

—Tengo treinta y tres años, no estoy muerto —gruño.

Luca sacude la cabeza. —No me refiero a eso. Es joven, lo que significa que aún está formando lealtades. Si juegas bien tus cartas, podría convertirse en una pieza valiosa contra los Vitale.

Fijo la vista en mi bebida, considerando sus palabras. —Eso funciona en ambos sentidos. Ella podría ser los ojos y oídos de Marco en nuestra operación.

—Aparte del hecho de que Marco es un padre de mierda —rebate Adriano.

Luca asiente. —Si eres un buen marido, si te ganas su confianza y su afecto, podría compartir información que asegure que los Vitale nunca logren afianzarse en nuestro negocio.

—Tiene razón. He visto cómo te mira cuando no te das cuenta. Hay potencial ahí —coincide Adriano.

—Potencial para el desastre —murmuro, pero la certeza en mi interior flaquea.

La verdad es que ya he demostrado que pierdo el control a su alrededor. Una sola noche en aquella azotea fue suficiente para hacerme quebrar. Para perder el control sobre mis actos.

—Ser un imbécil tampoco es la solución —sostiene Luca.

Adriano se ríe entre dientes. —Ignorarla o hacer que te tenga miedo no va a funcionar con ella, creo yo. Está hecha de una pasta más resistente. Igual que Valentina.

—No quiero que me tenga miedo —protesto.

—¿Entonces qué es lo que quieres? —pregunta Luca.

Esa es la cuestión, ¿no? La verdad es que quiero tener conversaciones animadas y quiero follar con ella. Pero no puedo arriesgarme a perder el control sobre mí mismo. No estando en juego la supervivencia de la familia.

Me bebo el vaso de un trago en lugar de responder. —Es tarde. Deberíamos descansar algo antes de mañana.

Mis hermanos intercambian una mirada que ignoro.

—Solo es una idea —dice Luca, poniéndose en pie—. Tal vez intentes no tratar a tu mujer como al enemigo hasta que ella demuestre realmente serlo.

—O al menos espera hasta después de la luna de miel —añade Adriano con un guiño.

—Fuera de mi despacho, joder.

Me sonríen con suficiencia mientras me dejan a solas con mis pensamientos, los cuales vuelven invariablemente a Isabella. A su compostura perfecta de esta noche. Al destello de dolor que vislumbré antes de que lo ocultara. A la forma en que se alejó de mí sin mirar atrás.

Me encamino a mi habitación, me quito la ropa y me meto entre las sábanas. Pero no puedo dormir. En su lugar, permanezco despierto pensando en que mañana me caso con Isabella Vitale.

El pensamiento debería repelerme. En cambio, me sorprendo imaginando su rostro.

No el que lucía esta noche, sino el aspecto que tenía en aquella azotea, sin aliento y deseosa.

La forma en que se rió cuando la besé por primera vez.

El modo en que su cuerpo encajaba con el mío, como si hubiera sido diseñado específicamente para mí.

Será mía. Mi esposa. Por el resto de mi vida. La magnitud de esa realidad se asienta sobre mí.

El sueño me vence poco antes del amanecer, concediéndome solo unas pocas horas inquietas antes de que suene la alarma. Antes de darme cuenta, estoy de pie ante el altar, vigilando las puertas esperando la llegada de mi novia.

Cuando se abren, un silencio sepulcral cae sobre la multitud.

Isabella aparece del brazo de su padre, una visión de encaje blanco que me corta la respiración.

Está hermosa. Impresionantemente hermosa.

Pero mientras realizan su lenta procesión hacia mí, puedo ver la tensión en sus hombros, la indiferencia en sus ojos.

Cuando Marco pone su mano sobre la mía, siento la gélida rigidez de sus dedos, la forma en que apenas me toca incluso cuando me coge del brazo.

Yo he provocado esto. Con cada palabra fría, con cada mirada desdeñosa, he construido esta barrera entre nosotros. Ella me está dando lo que quiero, pero darme cuenta de ello no me aporta alivio. Resalta lo mal que va a ir este matrimonio.

Este no va a ser un matrimonio de pasión y deseo como brevemente me permití imaginar. Va a ser una prisión para ambos, llena de distancia y desconfianza.

Tal vez Luca tenga razón. Tal vez mi mejor defensa no sea alejarla, sino atraerla. Hacer que su lealtad sea mía en lugar de su padre. Cuanto más lo pienso, más creo que podría funcionar. Era arcilla en mis manos en aquella azotea. No solo su cuerpo, sino también su corazón.

Si juego bien mis cartas, ella puede ser mi peón en lugar del de Marco.