El heredero implacable (The Dante Dynasty) 12. Alessandro
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12. Alessandro

ALESSANDRO

Guío a Isabella por los pasillos del hotel, con la mano apoyada en la parte baja de su espalda.

Cada paso nos acerca más a la realidad y nos aleja del santuario que hemos creado sobre la ciudad.

Mi cuerpo aún vibra con las réplicas del placer, pero mi mente ya ha empezado su retirada.

Acostarme con ella ha sido un error garrafal. Posiblemente el mayor de mi vida.

Compruebo el pasillo y luego le hago una señal para que me siga.

El baño está justo delante. Cuando llegamos a la puerta, ella se detiene y me mira con esos ojos verde mar que ven demasiado.

Tiene el pelo ligeramente revuelto y los labios hinchados por mis besos.

Para cualquiera que tenga ojos, lo que hemos hecho resulta obvio.

He roto mis propias reglas. He comprometido las negociaciones con una familia en la que no confío al tomar a su hija antes de nuestra boda. Si Marco o Enrico descubren lo que ha pasado en esa azotea...

Y, aun así, no soy capaz de arrepentirme. No del todo, al menos.

—¿Te veré antes de la boda? —pregunta ella.

Debería decir algo. Palabras de tranquilidad o una promesa. En su lugar, acaricio su mejilla con el pulgar, un gesto tan natural que me sobresalta hasta a mí.

Retiro la mano. —Vete.

Ella se escabulle dentro del baño y me quedo inmóvil durante varios segundos, mirando la puerta cerrada, antes de obligarme a marcharme.

Recorro el hotel, evitando por completo el salón de baile. La idea de entablar charlas triviales, de dar la mano a hombres que me pegarían un tiro en la espalda a la menor oportunidad, me resulta insoportable después de lo que acaba de suceder.

Envío un mensaje a mi chófer para que traiga el coche. Mientras nos alejamos del hotel, observo cómo el edificio retrocede. Allí dentro se queda la mujer que, de alguna manera, ha vulnerado mis defensas.

Esto no debía ser complicado. Un acuerdo de negocios. Una alianza estratégica. No esta hambre que me roe las entrañas, este deseo peligroso de reclamar algo más que su cuerpo.

Cierro los ojos, reclinándome en el asiento. Quedan seis días para que sea mi esposa. Seis días para reconstruir los muros que ella ha derribado.

Pero mientras avanzamos por la ciudad, noto que su aroma aún perdura en mi piel. Todavía puedo sentir el calor de su cuerpo contra el mío, oír sus suaves jadeos mientras se deshacía bajo mi peso.

Joder.

He tenido mujeres antes. Incontables rostros sin nombre. El desahogo sexual siempre ha sido solo eso, una respuesta física.

Esto ha sido diferente.

Me hundo los talones de las manos en las cuencas de los ojos mientras intento dar sentido a lo que acaba de ocurrir. ¿Ha sido su inocencia? ¿La confianza en sus ojos mientras se ofrecía a mí? ¿Esa resistencia inicial de su cuerpo mientras yo reclamaba lo que ningún hombre había tomado antes?

No. Ha sido algo más que la novedad de su virginidad. Había algo en su forma de mirarme. Como si viera en mí rincones que he enterrado por necesidad.

Pienso en Luca y en cómo casi se pierde a sí mismo cuando se llevaron a Katerina. Tenía esa mirada salvaje y desquiciada de un hombre que ha encontrado su límite.

Luego está Adriano, que una vez juró que nunca volvería a amar tras perder a Eva.

Ahora camina por ahí con esa sonrisa de bobo, con la mano tocando constantemente el vientre de Eva, como si se asegurara a sí mismo de que su felicidad es real.

La transformación resultaría cómica si no fuera tan aterradora.

Incluso Valentina, mi feroz hermana pequeña que solía escupir a la cara de cualquier emoción, ahora cede ante la voluntad de Cristian.

Son felices, no puedo negarlo. ¿Pero a qué precio? Cada uno de ellos se rompió antes de poder reconstruirse. Cada uno sufrió agonías que presencié de primera mano cuando sus parejas fueron amenazadas, heridas, casi perdidas.

La idea de sentir ese tipo de miedo... de tener a alguien que pueda ser usado en mi contra, que pueda arrebatarme...

No. Me niego a seguir su camino.

El amor es un lujo que no puedo permitirme. No con la historia de la familia Vitale, no con la paz tan tensa que estamos construyendo. No con el futuro del imperio Dante sobre mis hombros.

¿Pero puedo detenerlo?

Una sensación peligrosa me oprime el pecho, una que no sentía desde que era niño. Antes de que mi padre me enseñara que la emoción era debilidad. Antes de que aprendiera que la vulnerabilidad trae la destrucción.

Miedo.

Miedo puro y primario. No a la muerte ni al fracaso. Me he enfrentado a eso incontables veces. Es el miedo a perder el control, a que me importe algo que me pueden arrebatar. A tener una debilidad que puedan explotar.

¿Y si este es su plan? ¿Y si Isabella es el cebo de una elaborada trampa? Marco Vitale ha codiciado el imperio Dante durante décadas. ¿Qué mejor manera de derribar a un rey que a través de su corazón? Los Vitale podrían usarla para desmantelarnos desde dentro.

Aprieto la mandíbula mientras observo las luces de la ciudad al pasar. Si me permito enamorarme de ella, arriesgo todo lo que mi padre construyó, todo lo que he sacrificado para mantener.

No puedo dejar que eso ocurra. No puedo permitirme estar comprometido.

La próxima vez que la vea, tendré cuidado de mantener las distancias. Sea lo que sea esta atracción peligrosa y embriagadora, tengo que dominarla antes de que ella me domine a mí. Antes de que lo destruya todo.

Cuando por fin cruzamos las puertas de mi finca, ya he tomado una decisión. Isabella será mi esposa solo de nombre. La trataré con respeto, le proporcionaré seguridad y comodidad. Pero lo que sea que se haya encendido entre nosotros esta noche no puede continuar.

Soy el jefe de la familia Dante. Me condenaré antes de dejar que una chica de ojos verdes y lengua afilada cambie eso.

Me sirvo una copa en cuanto cruzo la puerta, terminándome el primer vaso de whisky de un trago antes de volver a llenarlo. Sigo sintiéndome inquieto, preocupado por no ser lo bastante fuerte para resistir la atracción que ella ejerce sobre mí.

¿Podría echarme atrás todavía? La boda es en menos de una semana. Las invitaciones se han enviado, la seguridad se ha organizado, las alianzas dependen de un hilo.

Si la cancelara ahora, parecería débil. Indeciso. Las otras familias olerían sangre en el agua. Marco se lo tomaría como el insulto definitivo, especialmente si descubriera que he tomado lo único que considera valioso en ella. La guerra sería inevitable.

Y aun así...

Cierro los ojos y veo el rostro de Isabella en el momento en que entré en ella por primera vez. Esa mezcla de dolor y asombro, de vulnerabilidad y fuerza. La forma en que su cuerpo se rindió al mío, confiando en mí a pesar de todo.

Joder. ¿Y si se queda embarazada?

El vaso casi se me resbala de la mano cuando el pensamiento me golpea. No había usado protección, ni siquiera lo había considerado en el calor del momento. Un hijo. Un hijo mío, creciendo dentro de ella en este mismo instante.

La posibilidad me aterra. Un heredero Dante con sus ojos, con su mente aguda.

Sacudo la cabeza violentamente, disipando la imagen. No. Pondré el límite ahí. Aun así, tampoco puedo abandonar a Isabella. A menos que ella me dé una razón para hacerlo.

Dejo el vaso, obligándome a recuperar la compostura. La boda seguirá adelante según lo previsto. La alianza se mantendrá. Seré un marido de nombre, en público, en todos los sentidos necesarios para mantener las apariencias.

Pero mantendré la distancia emocional. Recordaré quién es ella. Una Vitale. La hija del hombre que con gusto me pegaría un tiro en la cabeza si eso significara quedarse con mi trono.

Tengo que compartimentar, mantener nuestra relación física separada de mis muros emocionales. Puedo darle mi cuerpo sin entregar mi alma. Lo he hecho incontables veces antes.

Me sirvo otra copa, mirando el líquido ámbar con determinación. Dentro de siete días será mi esposa, pero nunca será mía para amarla. Ese es el límite que no puedo cruzar.

Me termino la copa y subo a mi habitación.

Tiro la chaqueta sobre la silla y me aflojo la corbata. Mis dedos rozan algo suave en mi bolsillo. Saco el pañuelo, manchado con la evidencia de lo que hemos compartido. El cuadrado de seda lleva la tenue marca carmesí de su inocencia.

—Dios —murmuro, pasando el pulgar por la tela.

Debería deshacerme de esto. Quemarlo. Es la prueba de mi debilidad.

En su lugar, me lo acerco a la cara e inspiro profundamente.

Su olor me embarga. Los recuerdos arrollan mis muros recién construidos. Estaba tan jodidamente estrecha. Se había movido conmigo, contra mí, con una perfección tal que parecía que Dios la hubiera hecho para mí.

Mi cuerpo responde de inmediato, endureciéndose con una necesidad tan intensa que roza el dolor.

—¡Joder! —lanzo el pañuelo al otro lado de la habitación, asqueado por mi falta de control. Revolotea hasta el suelo como una bandera blanca de rendición.

Me aprieto las palmas contra los ojos, intentando borrar las imágenes grabadas a fuego en mi cerebro. Esto es un acuerdo de negocios estratégico. No un hambre que amenaza con consumirme desde dentro.

Es una Vitale. La hija de un hombre que me cortaría el cuello mientras duermo si tuviera la menor oportunidad.

Y aun así.

Bajo las manos y me quedo mirando el pañuelo desechado. En ese momento, por fin llega la claridad. Comprendo el verdadero peligro que representa Isabella. No es solo el apellido Vitale ni las ambiciones de su familia.

Es ella. La mujer en sí. La forma en que me mira. La forma en que hace que me sienta visto.

Si la dejo, Isabella podría destruirme por completo. Dejarme expuesto, vulnerable.

Me desnudo y me meto en la cama. Al cerrar los ojos, me hago una promesa a mí mismo. Nunca le daré ese poder.

Aunque para ello tenga que destruirla a ella primero.