11. Isabella
ISABELLA
Su expresión se suaviza y luego se endurece mientras sopesa mi petición. Puedo ver la batalla que se libra en sus ojos oscuros.
Es una sensación embriagadora ver cuánto me desea, aunque al mismo tiempo resulta descorazonador saber que es capaz de resistirse a mí.
Por supuesto, entiendo su vacilación. Aunque no hay precisamente amor entre mi familia y la suya, cruzar esta línea conmigo ahora se consideraría un acto de falta de respeto tan grande que podría desencadenar una guerra.
El hecho de que yo le haya pedido que cruce esa línea me deja atónita.
He pasado toda mi vida recibiendo órdenes sobre qué hacer, cómo comportarme o qué ponerme, y ahora he tirado la precaución por la ventana, pidiéndole a este hombre peligroso que me quite la virginidad en una azotea una semana antes de nuestra boda.
Mi padre me mataría, y no es una hipérbole.
Sin embargo, no me arrepiento de haberlo pedido. Por una vez, quiero que algo sea decisión mía.
—Sé lo que estoy pidiendo. Sé lo que significa si alguien se entera —presiono mi palma con más firmeza contra él, envalentonada por su gemido apenas contenido—. Pero ¿qué pasa con lo que yo quiero?
La mirada de Alessandro se oscurece y veo que empieza a perder el control. Lleva su mano a mi rostro y roza mi labio inferior con el pulgar con una ternura exquisita. —Lo que quieres no está en duda. Lo que se cuestiona es el cuándo.
Tengo ganas de desafiarlo, de burlarme de él diciendo que le tiene miedo a mi familia. Pero eso sería una actitud infantil.
Y, por supuesto, hay demasiado en juego en nuestro matrimonio; la vida de muchos hombres depende de que esta paz funcione.
Su respiración cambia cuando acaricio con más audacia la dura longitud tras sus pantalones.
Estoy desesperada por verlo. Por ver qué efecto provoco en él.
Por saber que arde de necesidad igual que yo.
Incluso después de que ya me ha tocado de formas que nadie ha hecho antes, quiero más. Lo quiero todo.
—Isabella… —empieza él, con la voz tensa.
—Si no vas a tomarme por completo esta noche, al menos enséñame cómo complacerte —aprieto mi mano alrededor de él.
Sus ojos relampaguean.
Mis manos revolotean en su cinturón, desesperadas por sentirlo. —Enséñame, Alessandro. Muéstrame qué te gusta.
—Tu padre…
—No está aquí —doy un paso más, presionando mi cuerpo contra el suyo.
Por un instante, creo que se negará. Que me apartará. Que será el responsable. Pero entonces su mano cubre la mía en su cinturón, guiándome.
—No tienes ni idea de lo que estás pidiendo —murmura, pero hay fuego tras sus palabras.
—Entonces muéstramelo —levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada—. Puede que no tenga experiencia, pero no tengo miedo. Ni de esto, ni de ti.
Su expresión cambia. En sus ojos, veo cómo toma una decisión.
Y sé que he ganado.
Su mano envuelve la mía, cálida y firme, mientras me guía hacia una lujosa tumbona situada entre plantas con flores. Las luces de la ciudad centellean abajo, las estrellas brillan arriba, pero mi atención se reduce a este hombre, a este momento.
—Última oportunidad para marcharte —dice con voz ronca por la contención.
Le respondo buscando su cremallera.
—Esto no va a ser romántico, Isabella. Va a ser rápido, incluso brusco. Tu primera vez debería tener más atenciones de las que puedo darte en este momento.
—No me harás cambiar de opinión.
Sus dedos encuentran el dobladillo de mi vestido, recogiendo lentamente la tela hacia arriba. Me quedo perfectamente quieta; mi corazón se acelera mientras sus manos suben más, rozando el encaje de mi ropa interior.
—¿Estás segura? —pregunta por última vez.
—Nunca he estado más segura de nada.
Engancha sus dedos en la delicada tela, tirando hacia abajo con una lentitud exasperante. Salgo de mis bragas, sintiéndome totalmente expuesta a pesar de llevar aún el vestido.
—Túmbate.
Hago lo que me dice, observando mientras se desabrocha el cinturón y los pantalones, empujándolos hacia abajo junto con sus calzoncillos. Se libera y, por un momento, dudo de esta decisión. Es tan largo, tan grueso, que no me imagino que entre en mí sin hacerme daño.
Se tumba sobre mí y sus dedos vuelven a encontrarme. —Estás mojada, pero también estás temblando.
—No es de miedo.
Sonríe con malicia mientras se guía hacia mi entrada. —Mentirosa.
Apoyo mis manos en sus hombros. Nuestras miradas se entrelazan y algo en el ambiente cambia. Sigue habiendo electricidad por el deseo, pero hay algo más. Una ternura en su mirada que no habría esperado del feroz Don.
Presiona contra mí y contengo el aliento anticipando la sensación. La resistencia inicial da paso a un pinchazo agudo que me hace hacer una mueca. Alessandro se queda inmóvil, pero niego con la cabeza, decidida a seguir.
—No pares —jadeo.
—Joder… —gruñe mientras continúa, con el rostro contraído como si estuviera luchando contra sí mismo.
—Hazlo…
Empuja. El impacto me saca el aire de los pulmones. Se queda quieto, con la respiración pesada en mi oído. —Respira, Isabella…
Me siento reclamada de la forma más instintiva. No como una propiedad, sino como una mujer que elige su propio camino.
Tomo aire y el dolor se suaviza. Él se retira y temo que se detenga, pero entonces vuelve a empujar.
El dolor disminuye aún más, transformándose en un tipo de presión diferente.
Hay un latido creciente e insistente que exige movimiento.
Instintivamente, me balanceo contra él, jadeando ante la sensación.
Sus manos se aprietan en mis caderas. —Joder, joder, joder… —retrocede y vuelve a arremeter. Hacen falta unos cuantos intentos, pero pronto me muevo con él en un ritmo que crece lentamente.
—Te sientes… —empieza, pero parece que las palabras le fallan.
En este momento, nunca me he sentido más poderosa, más viva.
La respiración de Alessandro se vuelve entrecortada. Sus manos sujetan mis caderas con más fuerza, hincando los dedos en mi carne. Observo fascinada cómo el Don, siempre compuesto y calculador, lucha contra sus instintos más básicos.
Se mueve, empuja, rozándose contra mí. El movimiento intensifica la necesidad que se enrosca en mi interior.
Sus ojos brillan, oscuros y peligrosos. Desliza su mano por mi muslo, elevándolo sobre su cadera mientras vuelve a empujar. El movimiento hace que entre más profundo.
—¡Oh! —jadeo mientras me empuja más y más cerca de lo que parece un abismo.
Algo estalla. Las caderas de Alessandro arremeten hacia delante, robándome el aliento. Sus movimientos se vuelven urgentes, poderosos; cada embestida envía sacudidas de electricidad a mi centro. Parece que se ha perdido a sí mismo. Que ha perdido el control. Todo por mi culpa.
Estoy borracha con el poder de saber que este hombre peligroso se está desmoronando por mí.
—Mírame —me ordena.
Abro los ojos para encontrarlo observándome con una intensidad que me asustaría si no me emocionara tan profundamente. En su mirada veo asombro y posesividad.
—Córrete, Isabella. Córrete en mi polla. Eso es lo que quieres, ¿verdad?
—Sí —la presión crece de nuevo en mi interior, diferente a la de antes. Es más fuerte, más absorbente. Mi cuerpo se tensa a su alrededor, arrancándole un gemido profundo del pecho. El sonido de su placer me empuja al vacío y me rompo por segunda vez mientras oleadas de éxtasis me recorren.
Alessandro pierde el control. Empuja con fuerza, con más fuerza… rápido, más rápido. —¡Jodeeeeer! —Se hunde en mí, estremeciéndose en mi interior. La sensación de que se derrama profundamente dentro de mi cuerpo desencadena otra ola de placer.
Permanecemos unidos, con nuestros cuerpos aún conectados mientras nuestra respiración vuelve lentamente a la normalidad. Siento su peso, el calor de su piel contra la mía, y algo se asienta en mi interior. Una profunda sensación de que todo está donde debe estar.
Por primera vez en mi vida, he tomado una decisión que no ha sido dictada por mi padre o mi hermano. Mi cuerpo, por una vez, es mío. He elegido este momento. He elegido a este hombre. He elegido cuándo y cómo me entregaría. Quién sabe qué pasará después, pero nunca me arrepentiré de este momento.
—¿Estás bien? —Alessandro me observa con atención.
—Sí —me siento como la reina del mundo.
Él frunce el ceño. —¿En qué piensas?
—En que por fin entiendo lo que significa tener poder.
Él hace un gesto de retroceso y, un momento después, se aparta de mí. Inmediatamente, echo de menos su calor.
—Deberíamos volver abajo antes de que envíen a un grupo de búsqueda por ti —hay algo en su tono que me inquieta. Es frío. Distante.
Me muevo ligeramente, sintiendo el agradable escozor entre mis muslos.
Me tiende su pañuelo. —Toma. Límpiate.
Cojo la tela y hago lo que dice, sorprendida por la cantidad de su esencia. Cuando termino, no estoy muy segura de qué hacer con ella.
Me lo quita de las manos y me entrega mis bragas. —Cuando lleguemos abajo, querrás refrescarte antes de ver a tu padre y a tu hermano.
Me pongo las bragas preguntándome si algo ha cambiado en mí. ¿Llevo escrito en la frente que acabo de perder la virginidad?
—¿Tú estás bien? —pregunto, extrañada por su cambio de actitud.
—Esto no ha pasado, Isabella —su voz es sombría, una orden como la que daría a cualquiera de sus hombres.
Me sobresalta, pero no impide que diga lo que pienso. —No se lo diré a nadie, si es eso lo que te preocupa. Pero ha pasado, Alessandro. ¡Cómo te atreves a intentar quitarme este momento!
Hago amago de irme, pero me agarra de la muñeca, tirando de mí hasta que me giro para mirarlo. —No sé a qué juegas, pero no olvides quién soy —suelta mi muñeca y se encamina hacia el ascensor.
—¿Por qué estás enfadado? —le grito a su espalda—. No es como si te hubiera obligado. Podrías haber dicho que no.
Pulsa el botón del ascensor. —No tienes ni puta idea.