7. Isabella #2
El aire cambia, siento una energía chispeando a mi alrededor. Sé sin mirar que es Alessandro.
—Tu familia parece feliz —digo sin darme la vuelta—. No me lo esperaba.
—Las apariencias pueden engañar.
Miro por encima del hombro, intrigada. —No siempre. Tu hermano Adriano mira a Eva como si ella fuera todo su mundo. Es reconfortante. No se ve eso a menudo en nuestro entorno.
Se coloca a mi lado, con cuidado de mantener las distancias. —Se ganaron su felicidad.
—¿Sobreviviéndote, quieres decir? —No puedo evitar mi franqueza—. Me han contado que amenazaste con matar a tu cuñada.
Una pequeña sonrisa asoma a sus labios y no puedo evitar preguntarme qué significa. —En aquel momento no era mi cuñada. —Su mirada me estudia y sé que se ha dado cuenta de que lo estoy tanteando—. Has estado recopilando información.
—¿No lo harías tú? —Me giro totalmente para enfrentarme a él—. Me voy a casar con uno de los hombres más peligrosos de Nueva York. Sería una estúpida si no aprendiera todo lo que pudiera.
Su actitud cambia ligeramente y la tensión se relaja por un momento. —No deberías subestimarme, pero tampoco deberías temerme. Puedo ser tu héroe tanto como puedo ser tu villano.
—No necesito un héroe.
Él asiente, como si comprendiera que no quiero que me trate con condescendencia ni que me regale los oídos. Solo quiero ser yo misma.
Veo a mi hermano dentro del salón y sé que no le gustará que esté a solas con Alessandro. —Camina conmigo. —Tomo el brazo de Alessandro y lo alejo de las puertas abiertas—. A algún lugar donde mi hermano no pueda vernos.
Siento la emoción de hacer algo tan prohibido, especialmente sabiendo que el decoro dicta que no deberíamos estar a solas hasta después de nuestra noche de bodas.
—¿Debería preocuparme por si me estás tendiendo una emboscada? —Su voz es burlona pero cautelosa.
—Si te quisiera muerto, Alessandro, no desperdiciaría un vestido de Valentino tan perfecto para hacerlo. —Le lanzo una sonrisa pícara.
Llegamos a un banco de piedra parcialmente oculto por enredaderas en flor. Me siento, alisando mi vestido mientras cruzo los tobillos.
—¿Saben tu padre y tu hermano que estamos aquí solos? —pregunta él, con la voz teñida de preocupación.
—Ellos no son mis dueños. —Doy unas palmaditas en el espacio a mi lado, invitándolo a acercarse—. Tú tampoco lo serás.
—¿Es eso lo que te preocupa de nuestro pacto? ¿Que te trate como a una propiedad?
—¿No es eso lo que soy? ¿Un pago en vuestra alianza?
—Ya hemos pasado por esto, ¿no? —La intensidad de su mirada me hace dudar.
—Nuestro acuerdo no cambia el hecho de que soy una mercancía. —Miro hacia los jardines cuando él no responde—. Dime algo real. Una sola cosa que no sea estrategia u obligación.
Se queda en silencio tanto tiempo que pienso que está ignorando mi pregunta. Pero entonces suspira. —Echo de menos a mi padre todos los días, pero me aterra convertirme en él.
Su confesión me deja impactada. Le miro a la cara y puedo ver que está siendo honesto.
—Eva dijo que no te pareces en nada a él —respondo—. Dijo que eres mejor. Más difícil de leer, pero con más humanidad bajo la superficie.
—Eva está siendo amable. Probablemente para evitar que te asustes demasiado.
—No te tengo miedo, aunque supongo que debería. —Me acerco más, atraída por él.
—Entonces, ¿a qué viene tanto interrogatorio?
—No viene mal conocer el terreno. Lo que he aprendido esta noche es que tu hermano y su familia te adoran. Los he observado. Te admiran y te respetan.
—Soy el Don.
Niego con la cabeza. —A los Dones se les suele respetar por miedo. A ti se te respeta por amor. Hay una diferencia. Aunque diré que imagino que Adriano fuerza los límites.
Alessandro se ríe y eso rompe parte de la tensión. —Vaya si lo hace. Y seré honesto, si se viera obligado a elegir entre Eva o yo, sospecho que yo perdería.
Me encojo de hombros. —Así es como debería ser. Un hombre debería estar dispuesto a quemar el mundo por su mujer.
—Tanto Adriano como Luca harían eso.
—Yo quiero lo que ellos tienen —digo en voz baja, sabiendo que es una idea tonta considerando que Alessandro y yo no nos queremos. En otra vida, él y yo nunca seríamos pareja—. No solo seguridad o estatus. Quiero lo que encontraron tus hermanos.
—¿Amor? —Su voz se vuelve plana, como si la idea le repugnara. Se me encoge el corazón y sé que no puedo pedir amor.
—Conexión. —Busco su mano, sintiendo una oleada de calor al envolver mis dedos con los suyos—. Me han criado para ser la esposa de alguien toda mi vida. Pero soy más que eso.
Me mira con intensidad y puedo ver el reconocimiento de mi verdad reflejado en su mirada. —Creo que lo eres.
Sus palabras hacen que mi corazón se acelere y esbozo una pequeña sonrisa. —Solo espero no ser demasiado para ti.
—Supongo que lo descubriremos. —Su mirada baja a mis labios, igual que en el lugar de la boda el otro día. El aire entre nosotros se espesa, encendiendo un ansia que apenas empiezo a comprender.
Me inclino hacia delante, con el corazón galopando por mi audacia. Él cierra los ojos...
—¿Isabella? —La voz de mi hermano rompe el momento—. ¿Qué demonios es esto?
Me aparto de un salto, sabiendo que parezco culpable.
—Padre te está buscando —dice, con los ojos entrecerrados hacia Alessandro—. Se ha notado vuestra ausencia.
La amenaza tras sus palabras es inconfundible. Me levanto rápidamente, alisando mi vestido. —Necesitaba aire. Alessandro ha tenido la amabilidad de asegurarse de que no estuviera sola aquí fuera.
Enrico se acerca, con una postura rígida. —Qué considerado por parte del Don ofrecer su protección.
Alessandro se levanta a mi lado, impasible. La temperatura entre ellos baja varios grados. Todo el sentido de esta boda es apaciguar momentos como este.
—Volveré de inmediato —digo, poniéndome entre ellos—. Por favor, Enrico.
Los dedos de mi hermano se agitan a sus costados. No estoy segura de si quiere moler a palos a Alessandro o echar mano a su pistola y dispararle. Un movimiento en falso, una palabra malinterpretada, y este jardín podría convertirse en una carnicería.
Toco brevemente el brazo de Alessandro. —Gracias por la compañía.
Al pasar deprisa junto a Enrico, le susurro con fiereza: —No hagas ninguna estupidez.