El heredero implacable (The Dante Dynasty) 7. Isabella
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7. Isabella

ISABELLA

Estoy de pie frente al espejo, analizando cada detalle de mi reflejo.

El vestido esmeralda que mi madre ha seleccionado realza mis curvas, con un escote lo bastante pronunciado para resultar provocativo sin llegar a ser escandaloso.

Joyas de oro adornan mi cuello y mis muñecas, reliquias de la familia Vitale destinadas a exhibir nuestra riqueza.

—Estás preciosa, Isabella. —Mi madre se sitúa tras de mí, con su voz suave de siempre—. Alessandro no podrá apartar los ojos de ti.

Me encuentro con su mirada en el espejo. —¿De eso se trata, no? De exhibirme como a una yegua de premio en una subasta, aunque el trato ya esté cerrado.

Ella se amilana. —Esta es una noche importante para nuestra familia.

—Para los intereses comerciales de Padre, querrás decir.

No debería ser tan dura con ella.

Está desgastada por años de opresión.

Y no puedo negar la curiosidad que siento por saber si Alessandro será capaz de apartar sus ojos de mí.

Había intentado mantener cierta distancia entre nosotros en el lugar de la boda y, sin embargo, casi nos besamos.

O eso creo.

Desde luego lo pareció cuando se acercó tanto, con la mirada clavada en mi boca con hambre.

Momentos después, me encuentro abajo, en el salón de baile que bulle con la élite de Nueva York.

Políticos, empresarios y criminales se mezclan con sus mejores galas, bebiendo champán y estableciendo contactos.

Alessandro está junto a la barra, con un vaso de whisky en la mano.

Incluso desde el otro lado de la sala, puedo ver la tensión en sus hombros, la distancia que mantiene mientras habla con dos concejales de la ciudad.

Su traje a medida le sienta a la perfección, resaltando unos hombros anchos y una cintura estrecha.

A pesar de mis esfuerzos por controlar la atracción, el pulso se me acelera.

Resulta que soy yo la que no puede apartar los ojos de él.

Me localiza, y algo cruza su rostro antes de que su expresión vuelva a tornarse distante.

—Ahí estás. —Mi padre se materializa a mi lado, agarrándome por el codo—. Recuerda lo que hemos hablado. Sonríe. Sé encantadora.

—Por supuesto, Padre. —Muestro mi sonrisa más convincente—. Seré el perfecto títere.

Aprieta más los dedos. —No me pongas a prueba esta noche, Isabella.

Intento ocultar la mueca de dolor que me provoca mi padre.

Alessandro se acerca y el comportamiento de mi padre se transforma al instante en calidez y cordialidad. —¡Alessandro! Aquí la tienes, tu futura esposa.

Los ojos de Alessandro no se apartan de los míos mientras toma mi mano y presiona sus labios contra mis nudillos.

El contacto envía una descarga eléctrica por todo mi brazo.

—Estás deslumbrante —dice en voz baja.

—Y tú pareces preferir estar en cualquier otro lugar. —Las palabras se me escapan antes de que pueda frenarlas.

Para mi sorpresa, la comisura de su boca se curva hacia arriba. —En eso somos dos.

Mi padre se aclara la garganta. —La fotógrafa está esperando. Necesitamos fotos para los periódicos de mañana.

Mientras Alessandro me guía hacia la fotógrafa, su mano descansa con ligereza en mi zona lumbar. Se inclina cerca, con su aliento cálido contra mi oreja.

—Te ha hecho daño.

Le miro, sorprendida de que se haya dado cuenta y un poco preocupada por no haberlo ocultado lo suficientemente bien. —Está ansioso por que esta noche salga bien.

Alessandro no dice nada, pero por primera vez en mi vida, me pregunto si habré encontrado a alguien que me valore lo suficiente como para protegerme de mi padre o de otros que puedan intentar lastimarme.

La fotógrafa nos coloca en una serie de poses artificiales.

El brazo de Alessandro rodea mi cintura, mi mano está en su pecho; nuestras caras tan juntas que puedo oler su colonia.

Hago todo lo posible por no inhalar profundamente y desmayarme.

—La última —promete la fotógrafa—. Dadme algo romántico.

Los ojos de Alessandro se encuentran con los míos, inquisitivos.

Asiento sutilmente. Más vale que resulte convincente.

Me toma el rostro con delicadeza, rozando mi mejilla con el pulgar.

Por un momento, la sala desaparece y solo somos nosotros.

Vuelvo a estar en el lugar de la boda, anticipando sus labios presionando contra los míos.

—¡Perfecto! —La fotógrafa rompe el hechizo—. Una pareja preciosa.

Alessandro retrocede, aclarándose la garganta. —Mi hermano acaba de llegar. ¿Te gustaría conocerlo?

—¿Tu hermano? —Parpadeo, desconcertada por el cambio tan repentino—. Por supuesto.

Me guía a través de la multitud hacia la entrada, donde un hombre que podría ser el gemelo más joven de Alessandro escanea la sala con intensos ojos grises.

Puedo ver por qué la gente le temería, pero con una niña en brazos, no parece feroz en absoluto.

A su lado se encuentra una mujer menuda de cabello castaño y un vientre claramente redondeado.

—Adriano —llama Alessandro. Los hermanos se abrazan con el afecto natural de hombres que confían plenamente el uno en el otro.

—Isabella, conoce a mi hermano menor, Adriano, a su esposa, Eva, y a su hija, Mirabella.

El apretón de manos de Adriano es firme. —Así que eres la mujer lo bastante valiente para enfrentarse a Alessandro.

—O lo bastante tonta —respondo.

Sus cejas se elevan con sorpresa y luego se ríe. —Ya me cae bien.

Eva me abraza y su vientre de embarazada presiona contra mí. —Bienvenida a la familia. No te preocupes, ladran más de lo que muerden.

—La mayoría de las veces —añade Adriano, deslizando su brazo sobre los hombros de Eva con una posesividad natural.

La mira como si ella fuera la causa de que brillen la luna y las estrellas, y eso hace que algo se retuerza en mi interior.

No es envidia exactamente, sino el anhelo por algo que sé que no puedo tener.

—¿Para cuándo esperas? —le pregunto a Eva, señalando su vientre.

Su rostro se ilumina. —Tres meses más.

—Voy a tener un hermano —dice Mirabella—. ¿A que sí, papi?

—Eso es, ángel.

Me impresiona el amor que emana de Adriano hacia su familia, y de su familia hacia él.

Creo que mis padres me quieren, pero no así. No con esta intensidad y asombro.

—Espero que no importe que la hayamos traído —dice Eva—. Todavía le cuesta estar sin uno de nosotros.

Me pregunto a qué se debe. ¿Es normal o pasó algo? —Por supuesto. De todos modos, probablemente esté más cerca de su edad que de la suya. —Señalo a Alessandro, que me mira horrorizado.

Adriano suelta una risita. —Asaltacunas.

—¿Qué es un asaltacunas? —pregunta Mirabella.

—Es tu tío Alessandro.

Alessandro no dice nada, pero juraría que, por dentro, le está diciendo a su hermano que se vaya a la mierda.

La conversación fluye con facilidad mientras observo interactuar a Adriano, Eva y Mirabella.

Los toques casuales, las sonrisas privadas, la forma en que terminan las frases del otro.

Este no es un matrimonio frío y por deber.

Es una unión por amor.

—Conocerás a Luca y Katerina en la boda —dice Alessandro—. Viven en Chicago, igual que mi hermana y su marido.

—Valentina te hablará hasta por los codos —añade Adriano con afecto.

—Tengo muchas ganas de conocerlos a todos —digo, y lo digo de corazón. Odio la idea de ser vendida como ganado, pero me atrae la idea de formar parte de una familia que irradia amor y afecto genuinos.

Eva me sonríe con calidez. —La familia lo es todo para los Dante. Una vez que eres una de los nuestros, lo eres para siempre.

Miro a Alessandro y descubro que me observa con una expresión ilegible.

—Eso suena... bien —admito—. Diferente a lo que estoy acostumbrada.

A medida que avanza la noche, no puedo dejar de pensar en Adriano y Eva, en lo real que parece su amor.

Por primera vez desde que mi padre anunció mi compromiso, me permito preguntarme si, después de todo, mi matrimonio podría convertirse en algo más que un simple acuerdo de negocios.

La recepción se alarga, convirtiéndose en un borrón de sonrisas falsas y conversaciones superficiales.

Alessandro y yo nos separamos para alternar con los invitados.

Cada pocos minutos, noto su mirada sobre mí desde el otro lado de la sala.

Cuando le devuelvo la mirada, su expresión parece molesta, casi irritada, como si yo hubiera hecho algo malo.

Debo de haber imaginado ese momento de conexión entre nosotros.

La sesión de fotos, la calidez en sus ojos.

Todo fue puro teatro.

O tal vez no me ve formando parte de la familia del modo en que lo hace Eva.

—Estás causando una gran impresión —murmura mi padre al pasar, señalando con la cabeza a un círculo de hombres mayores que me observan—. Sigue así.

Bebo un sorbo de champán para evitar responder.

Las burbujas me hacen cosquillas en la garganta.

Técnicamente, todavía soy demasiado joven para beber, lo cual es irónico teniendo en cuenta que soy lo bastante mayor para casarme.

Por supuesto, a nadie en esta sala le importa que no tenga la edad legal para beber.

Los crímenes cometidos por los hombres en esta estancia pesan mucho más que servirme champán.

—Este es un buen enlace —dice mi padre con autosuficiencia.

No es el único que lo piensa. Tres hombres distintos ya han comentado los hijos tan fuertes que le daré a Alessandro.

Como si mi útero fuera lo único valioso que aporto a este acuerdo.

Por supuesto, Alessandro dejó claro que no quiere hijos.

Me pregunto cómo sentará eso entre esta gente.

Veo a Adriano guiar a Eva hacia una silla, con su mano descansando protectora en su espalda baja.

La ternura entre ellos es innegable.

Él se casó por amor.

Tengo que recordarme a mí misma que eso no es lo que estamos haciendo Alessandro y yo.

Estamos formando una fusión empresarial, nada más.

De repente, el salón se vuelve sofocante.

Demasiados cuerpos, demasiado perfume, demasiadas expectativas.

Me escabullo mientras mi padre está inmerso en una conversación con un juez.

Nadie se da cuenta cuando salgo por las puertas acristaladas hacia la terraza.

El aire nocturno es fresco, reconfortante.

Me acerco al muro de piedra, contemplando el océano.

Las estrellas brillan en el cielo.

Inhalo y luego exhalo, liberando el estrés, un truco que aprendí en una clase de yoga.