El heredero implacable (The Dante Dynasty) 3. Isabella
7%

3. Isabella

ISABELLA

La citación llega después del desayuno. Giuseppe, el guardaespaldas de mi padre, aparece en la puerta de mi dormitorio con un mensaje escueto. —Tu padre requiere tu presencia.

Lo sigo por la escalera de caracol hasta el despacho.

El espacio es asfixiante: las pesadas cortinas echadas para que no entre el sol, muebles antiguos traídos del viejo país y el aire denso por el humo de los puros.

Mi padre está sentado en su sillón de cuero, con un vaso de scotch en equilibrio sobre el reposabrazos.

Mi madre permanece de pie a su lado, con las manos entrelazadas frente a ella y la mirada fija en el suelo.

—Isabella. —Mi padre señala el sofá que tiene enfrente—. Siéntate.

Obedezco, alisándome la falda debajo de las piernas.

Mi madre no levanta la vista ni una sola vez.

Parece una estatua con una postura perfecta, un peinado y un maquillaje impecables, y un comportamiento dócil y perfecto.

La mayoría ve a la esposa ideal y no se percata del vacío de sus ojos.

Es la sombra de una persona, y me aterra convertirme en ella.

¿Fue distinta alguna vez? Rebusco en mi memoria rastros de personalidad en su pasado. No encuentro nada. Solo años de —sí, Marco—, —por supuesto, Marco— y —lo que tú creas conveniente, Marco⁠—.

—Se han cerrado los preparativos —anuncia mi padre, haciendo girar el scotch en el vaso—. Te casarás con Alessandro Dante a finales de mes.

Aunque lo esperaba, escucharlo dicho de forma tan directa me produce una fuerte impresión. —¿Don Alessandro ha aceptado?

—Claro que lo ha hecho. —La mueca de mi padre denota un aire de triunfo, como si le hubiera ganado la partida a Don Dante—. Es un acuerdo sensato para ambas familias.

Noto que los dedos de mi madre se tensan de forma casi imperceptible. Es la única señal de que siquiera está escuchando.

—Entiendes lo que se espera de ti. —No es una pregunta, sino una afirmación—. Serás su esposa, pero primero eres mi hija. Tu lealtad pertenece a esta familia.

—¿Qué significa eso exactamente? —pregunto.

—Significa… —Se inclina hacia delante—. Que informarás de todo. Sus negocios, sus socios, sus debilidades. Serás nuestros ojos y oídos en la casa de los Dante.

La rabia y la frustración que crecen en mi interior son cada vez más difíciles de contener. No soy solo moneda de cambio. También voy a ser una espía.

—¿Y si me niego?

Mi madre se estremece visiblemente.

La expresión de mi padre se endurece. —No lo harás. —Apura su vaso—. Eres una Vitale. Este matrimonio asegura nuestro futuro. No te equivoques, Isabella, esto no es una elección.

Miro de nuevo a mi madre y veo a la mujer que rindió su voluntad hace décadas. ¿Es este mi destino?

El corazón me late con fuerza mientras reúno valor. —Padre, por favor. Este acuerdo con Alessandro Dante… ni siquiera lo conozco. Me dobla casi la edad, y sé que preferirías arrebatarle sus negocios antes que aliarte con él.

Las cejas de mi padre se elevan una fracción. Lo he sorprendido al hablar.

—Lo que quiero decir es… ¿Cómo puedo casarme con alguien que ha sido nuestro enemigo? Alguien que preferiría vernos muertos antes que⁠—.

—Basta. —La voz atronadora de mi padre resuena en la habitación.

Sigo adelante, con las manos temblorosas. —Pero, ¿y si descubre por qué estoy allí en realidad? ¿Y si él⁠—.

—He dicho que basta. —Se levanta de la silla, cerniéndose sobre mí—. Esto no es una negociación, Isabella. Los arreglos ya son definitivos.

Mi madre se encoge aún más, volviéndose casi invisible. Ninguna ayuda por su parte. No es que la esperara.

—No me estoy negando —aclaro rápidamente—. Solo quiero entender qué pasa si las cosas salen mal. ¿Y si no puedo ser lo que él quiere? ¿Y si no logro acercarme lo suficiente para averiguar nada útil?

La expresión de mi padre se suaviza en algo que me asusta más que su rabia. Hay una frialdad brutal en su sonrisa.

—Mi hermosa hija. —Se acerca y me pone la mano bajo la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. Serás todo lo que Alessandro desee. Calentarás su cama, parirás a sus hijos y me susurrarás sus secretos al oído. Ese es tu deber.

Sus dedos se aprietan, hundiéndose en mi mandíbula. —Y si fallas en ese deber, no solo me estarás decepcionando a mí. Estarás traicionando a toda tu familia.

La amenaza es tácita pero cristalina.

—¿Me he explicado bien?

—Sí, padre. —Me odio por rendirme. Sé que así es como mi madre se perdió a sí misma. Una rendición cada vez.

Me suelta, satisfecho. —Buena chica. Ahora, el Don llega en treinta minutos. Ponte presentable.

Lo miro, momentáneamente sin habla. —¿Hoy? ¿Has organizado que lo conozca hoy mismo?

—¿Acaso esperabas un cortejo formal? —Mi padre se ríe, como si le hiciera gracia mi ingenuidad—. Esto no es un cuento de hadas, Isabella. Viene a inspeccionar la mercancía.

Mercancía.

La palabra me hiere, cercenando al ser humano que soy.

Bien podría ser un contenedor de mercancías importadas.

—Vete —susurra mi madre, mirándome por fin. Sus ojos contienen una advertencia: no luches contra esto.

Me levanto con toda la dignidad que soy capaz de reunir y salgo sin decir ni una palabra más. En cuanto estoy fuera de su vista, subo las escaleras de dos en dos y cierro de un portazo la puerta de mi habitación.

Suelto un gruñido de frustración mientras me quito los zapatos de una patada.

Uno golpea la pared y tira una foto enmarcada al suelo.

El cristal se hace añicos.

Una metáfora perfecta de mi vida.

Me quedo en medio de mi cuarto, temblando de rabia.

¿Cómo puede ser esta mi vida?

En treinta minutos conoceré al hombre que será mi dueño.

¿Qué opciones tengo?

Podría huir.

La realidad apaga el pensamiento rápidamente.

¿A dónde iría?

El alcance de mi padre se extiende por toda la ciudad.

Y más allá también.

No tengo dinero ni contactos fuera de la familia.

Podría negarme.

Mantenerme firme y decir que no.

Pero no quiero ni imaginar el castigo que me impondría mi padre.

Podría fingir una enfermedad.

Ganar algo de tiempo...

No.

Retrasar lo inevitable solo prolonga la tortura.

No tengo escapatoria.

Tengo que aceptar mi destino y sacar lo mejor de él.

Mi reflejo me devuelve la mirada desde el espejo del tocador.

Veo a una mujer joven que, en otro mundo, se estaría preparando para ir a la universidad, encontrar un trabajo, conocer a su marido por su cuenta y casarse por amor.

Pero yo no tendré nada de eso porque mi vida no me pertenece.

¿Es esto todo lo que valgo?

¿Un intercambio financiero?

¿Una espía en la cama de Alessandro?

Alessandro tiene fama de ser tan cruel y despiadado como mi padre.

Probablemente me tratará de la misma manera, desgastándome hasta que no sea nada.

Nadie.

La idea de volverme como mi madre me aterra más que la muerte.

Solo puedo imaginar a un hombre no muy distinto de mi padre; embrutecido por el mundo cruel en el que vive, incapaz de sentir empatía o emoción más allá de la codicia y la sed de sangre.

Faltan veinte minutos.

Veinte minutos para decidir quién es realmente Isabella Vitale.

Abro de par en par las puertas de mi armario, contemplando las hileras de ropa de diseño que mi padre ha elegido para mí a lo largo de los años.

Cada prenda representa la imagen que él quiere que proyecte: recatada, elegante, cara.

La princesa perfecta de la mafia.

Esta noche me convertiré exactamente en lo que esperan, pero a mi manera.

Selecciono un vestido de seda de color verde esmeralda que se ciñe a mis curvas sin resultar vulgar.

El color resalta el verde de mis ojos, haciéndolos parecer sobrenaturalmente brillantes.

El escote es lo suficientemente bajo como para insinuar lo que hay debajo sin revelar demasiado.

Me pongo el vestido sintiendo un resentimiento absoluto hacia mi padre, hacia mi madre, hacia Don Dante… hacia el mundo entero, porque me veo obligada a hacer esto.

Frente al tocador, me aplico base de maquillaje, pero no logra ocultar la ira que me arde en el rostro.

Me delineo los ojos con kohl, alargando el trazo en una punta afilada en cada ángulo.

El efecto es felino, depredador.

—Puedes hacerlo —le digo a mi reflejo—. Adáptate. Sobrevive.

Me extiendo un pintalabios de un tono rojo sangre oscuro. El color de mi mundo.

Me abrocho los pendientes de diamantes de mi madre, que le regaló su madre cuando cumplió los dieciocho y se prometió a mi padre.

Ahora pasan a mí.

Otra transacción completada.

Otra mujer vendida.

Pero yo no desapareceré como hizo ella.

Mi pelo cae en ondas sueltas por mi espalda.

Considero recogérmelo, pero luego decido no hacerlo.

Que Alessandro vea lo que se lleva.

Que se pregunte si soy tan indómita como sugiere mi aspecto.

El reloj de pie del pasillo da las campanadas.

Estará aquí en cualquier momento.

Me levanto del tocador, alisándome el vestido por última vez.

La máscara está completa, pero bajo ella, estoy tramando algo.

Puede que me obliguen a este matrimonio, pero no dejaré que Alessandro Dante ni ningún otro hombre se lleve mi alma.

Una última respiración profunda.

Enderezo la espalda y levanto la barbilla. «No te estás rindiendo. Estás sobreviviendo», me recuerdo.

Me alejo del espejo y me dirijo a la puerta de mi habitación, hacia mi futuro.

Alessandro Dante aún no lo sabe, pero no va a tener a la esposa obediente que mi padre le prometió.

Me va a tener a mí.

Bajo las escaleras despacio, como si esperara que ocurriera algo que detuviera esto.

Pero cada escalón hacia abajo sigue al anterior.

Mi mente da vueltas sobre lo que vendrá después.

¿Cómo será Alessandro Dante en realidad?

En mi mente, he conjurado una figura grotesca.

Un hombre melifluo de ojos muertos y pelo engominado que apesta a whisky y mira a las mujeres como si fueran de su propiedad.

Llego al último escalón y cierro los ojos para reunir fuerzas.

Ya está.

El momento de conocer al hombre que será mi dueño.

Giro la esquina hacia el vestíbulo y me quedo de piedra.

El aire sale de mis pulmones de golpe.

Alessandro Dante está de espaldas a la chimenea, con una mano metida despreocupadamente en el bolsillo de unos pantalones que le sientan como si hubieran sido creados por los mismos dioses.

Su traje gris carbón, impecablemente confeccionado, se tensa sobre sus hombros anchos.

Se da la vuelta y su rostro me roba el poco aliento que me queda.

Es devastadoramente guapo, con pómulos y mandíbula marcados.

Su cabello oscuro está peinado hacia atrás, dejando al descubierto unos ojos grises que siguen mi entrada.

Nada de grotesco.

Nada de melifluo.

Nada de lo que me había preparado para afrontar.

No. Es magnético.

Nuestras miradas se cruzan en la habitación y la comisura de su boca se eleva ligeramente.

No llega a ser una sonrisa.

Más bien un reconocimiento.

Mi padre dice algo. Alessandro asiente, pero sus ojos no se apartan de los míos.

Un calor extraño se despliega en mi estómago, en parte terror, en parte algo más que nunca he sentido.

Este hombre es mi enemigo.

Mi futuro esposo.

Y no se parece en nada al monstruo al que estaba dispuesta a enfrentarme.

Me obligo a respirar. A recordar.

Este hombre es mi carcelero, no mi salvador.

La inteligencia que brilla en esos ojos oscuros ha orquestado destrucciones.

La boca que se curva ligeramente en la comisura ha ordenado ejecuciones.

—Isabella. —Mi nombre en su boca suena distinto. Más rico. Envía sensaciones extrañas por mi cuerpo.

Inclino la cabeza con respeto. —Don Dante.

Me estudia, con expresión impasible. ¿Está satisfecho con su compra? ¿Decepcionado? ¿Acaso importa?

Mi padre observa nuestro intercambio.

Reconozco el brillo en sus ojos.

Está calculando beneficios, estimando rendimientos.

No soy más que una transacción para él.

Sin embargo, a pesar de toda mi preparación para no convertirme en una mujer sombra como mi madre, me descubro preguntándome quién es realmente Alessandro Dante bajo su fachada perfecta.

¿Es el monstruo del que he oído hablar?

¿O es algo completamente distinto?