28 Alex
ALEX
Esto no va a ser como la última vez que vinimos a casa de Slavik. No vamos disfrazados ni pensamos actuar con el menor sigilo.
En el muelle, Rikki me puso una pistola en la mano en cuanto me senté en el asiento del acompañante, mientras Kostya explicaba que los refuerzos se reunirían allí con nosotros.
—Va a ser complicado —dijo en el coche—, teniendo en cuenta que vive en un rascacielos. Puede que incluso tenga a sus hombres recorriendo los pasillos, esperando que tomemos represalias por tu supuesta «muerte».
Rikki resopló.
—Estoy deseando verle la cara cuando descubra que sigues vivo. Espero que sea lo último que vea en su puta vida.
Todo lo que me cuentan queda archivado en una parte autónoma de mi mente.
Conozco la distribución del edificio. Sé cuántos hombres me cubrirán las espaldas cuando crucemos esas puertas y sé que acabaremos con cualquiera que se interponga en mi camino.
Esta es la parte de mi psique que me han inculcado a fuerza de entrenamiento.
La conozco tan bien como el acto de respirar.
También es la parte que tiene que abrirse paso a través de toda la rabia y el dolor para que pueda hacer lo necesario para salvar a Nona.
Lo único que no puedo permitirme pensar ni imaginar es por lo que podría estar pasando ella ahora mismo. La repugnante amenaza de Slavik de arrancarle a nuestro bebé pugna por resonar en mi mente, y, si dejo que se apodere de mí, me perderé en mi propia ira.
Lo más importante de todo es que no puedo permitirme pensar que, cuando lleguemos, será demasiado tarde. Slavik es mi objetivo y, antes de que amanezca, o yo tendré su cabeza o él tendrá la mía.
Nuestro coche se detiene al mismo tiempo que los de mis hombres.
Cuatro o cinco vehículos cortan el tráfico y se alinean frente al rascacielos.
Veo cómo el portero abre los ojos de par en par cuando todos empiezan a bajar, cada uno con un arma en la mano.
Solo puedo imaginar qué aspecto debemos de ofrecer al salir de esos coches negros bajo la lluvia que cae a nuestro alrededor.
—¿Puedo… ayudarlos, caballeros? —pregunta mientras nos acercamos.
—Venimos a una fiesta —digo. A mi espalda oigo pasos y el ruido de armas semiautomáticas al amartillarse—. Slavik Sokolov nos está esperando.
Nos mira a todos y, cuando sus ojos se posan en Rikki, se le abren aún más. Me inclino hacia él para captar su atención.
—De verdad que no te conviene hacernos perder el tiempo —le digo—. No sería precisamente sensato, ¿verdad?
Niega con la cabeza, y sus mofletes carnosos tiemblan con el movimiento.
—Bien. Por casualidad, ¿no sabrás si hay otros invitados arriba, en su apartamento, esperándonos?
Vacila; se le llenan los ojos de lágrimas, como si estuviera a punto de llorar.
—Eh… —dice—. No lo he visto entrar esta noche. P-pero sí he visto salir a algunos de los suyos hace un rato.
Hum. Debe de haber entrado por el ascensor de servicio. Tiene sentido. Hasta el neoyorquino más curtido se fijaría en un hombre ensangrentado que arrastrase a una mujer contra su voluntad al interior de un bloque de apartamentos.
—Entiendo —le digo—. Bueno, entonces subiremos sin más.
No se mueve durante un segundo, pero, al ver la dureza de mi mirada, se aparta. Cruzamos la puerta y entonces doy un paso atrás para volver a plantarme delante de él.
—Por cierto —digo—, si alguien, pongamos que la policía, viniera a preguntar por nosotros, puedo confiar en que mantendrás la boca cerrada, ¿verdad?
—Bajo la vista hacia la placa con su nombre—.
¿Henry? Verás, somos muchos en Nueva York y, en realidad, por todo el país.
No querrás que tengamos que volver a hablar contigo.
—Por supuesto —dice—. No he visto nada en toda la noche.
Le doy unas palmaditas en la mejilla.
—Así me gusta. Que pases una buena noche.
Una vez en el vestíbulo, asigno a dos hombres la tarea de localizar a los de seguridad y ocuparse de ellos y de cualquier sistema de vigilancia que pueda estar grabándonos. Al resto los sitúo junto a los ascensores, incluido el de servicio, y junto a la puerta.
Rikki, Kostya y yo nos dirigimos hacia los ascensores. Mientras esperamos a que lleguen, Rikki dice:
—Quizá deberíamos subir por las escaleras. Así habrá menos posibilidades de que nos pillen desprevenidos.
Kostya resopla.
—Si quieres darte una carrerita de veintitrés pisos, adelante.
Uno de mis hombres regresa por el fondo del pasillo y dice:
—El ascensor de servicio no responde.
Un escalofrío me recorre la espalda y le digo:
—No le quites ojo de todos modos. Si se pone en marcha y sale alguien, ocúpate de él.
Asiente y vuelve a desaparecer por el pasillo. Kostya me mira y me lee la expresión.
—Probablemente no signifique nada.
No sé si significa algo o no. Sea como sea…
Las puertas del ascensor principal se abren y, durante apenas una fracción de segundo, veo la manga de un traje negro.
Rikki interpone un brazo ante mí y me empuja hacia atrás. Con reflejos fulminantes, mete la mano en el ascensor, agarra por el cuello a uno de los dos hombres y lo arrastra al pasillo.
El otro tarda una fracción de segundo en reaccionar; entonces levanta el rifle y apunta. Kostya agarra el cañón y lo alza por encima de su cabeza. El arma se dispara; las balas arrancan chispas del marco del ascensor y rompen el cristal del techo de espejo que hay sobre nosotros.
Nuestros hombres se abalanzan sobre ellos, agarran a los dos y los sacan de un tirón al pasillo, donde los desarman sin contemplaciones y los golpean hasta dejarlos inconscientes. Rikki me empuja hacia el ascensor.
—Hora de irnos, jefe.
Las puertas se cierran, ocultando la caótica escena, y de repente quedamos sumidos en el silencio.
La cabina se pone en marcha y respiro hondo mientras saco la pistola de la funda.
Rikki y Kostya hacen lo mismo. No sabemos qué vamos a encontrarnos cuando lleguemos.
Slavik podría tener hombres apostados junto a los ascensores, esperándonos.
Puede que ahora mismo estemos adentrándonos en una red de enemigos.
Da igual. Pasaré por encima de todos ellos si hace falta.
—La prioridad es encontrar a Nona —digo—.
No sabemos con qué vamos a toparnos cuando se abran estas puertas.
Puede que tengamos que atravesar a unos cuantos tipos antes siquiera de llegar al apartamento.
Pero, al final, me importa una mierda a quién tengáis que matar.
Si veis a Nona, la agarráis y la sacáis de aquí cagando leches.
—Entendido —dice Kostya.
—La única persona con la que quiero que os contengáis un poco es Slavik. Si os cruzáis con ese cabrón, podéis darle una paliza si queréis, pero más vale que me dejéis algo. Ese hijo de puta es mío.
—Cuenta con ello.
—No lo querría de otro modo —añade Rikki.
Asiento para mostrarles que los he oído, y hablo en serio. Pase lo que pase, quiero que Slavik sufra y quiero ser yo quien se lo haga. Por todo lo que ha hecho y ha intentado hacer, mi venganza es lo menos que merece.
El ascensor reduce la velocidad hasta detenerse y las puertas se abren.
Los tres nos preparamos para enfrentarnos a quien esté esperando, y no nos decepcionan.
Hay un hombre delante de nosotros cuando las puertas se deslizan a ambos lados.
Tiene la cabeza vuelta y habla con alguien que queda fuera de nuestra vista.
No pierdo el tiempo. En cuanto mira al frente, le meto una bala en la cabeza. La pistola estalla y su cabeza se sacude hacia atrás. Está muerto antes de tocar el suelo.
Rikki sale hasta la mitad y apoya la espalda contra la puerta del ascensor para mantenerla abierta; entonces apunta y dispara dos veces. Le responden gritos y maldiciones, y él se encoge cuando las balas que disparan contra nosotros levantan a su alrededor una hilera de chispas.
Kostya se arrodilla, se asoma y dispara tres veces en rápida sucesión. No vuelven a dispararnos, pero alguien maldice a gritos en ruso.
—¡Joder! ¡Mi puta pierna!
Salimos todos y vemos a otros tres tendidos en el pasillo. Dos están muertos, uno con una bala en el pecho y el otro en la cabeza. El tercero yace en el suelo, con las manos sobre un agujero ensangrentado en la pierna.
Nos ve y empieza a alejarse a rastras. Rikki le dice a Kostya:
—Estás perdiendo puntería. ¿Un tiro en el pecho y otro en la pierna, Kostya?
Kostya se acerca al que sangra, que empieza a suplicar clemencia.
—¡Por favor! ¡No! ¡Por favor!
—Cállate —dice Kostya mientras le pega un tiro en la cabeza. No sé si se lo dice a Rikki o a este pobre desgraciado.
Avanzamos hacia la puerta de Slavik. Rikki va en cabeza y dispara a la cerradura. El pomo suelta chispas y se hace pedazos, dejando que la puerta se abra de par en par.
—Deberíamos haberlo hecho así la primera vez —masculla Rikki mientras entramos en el recibidor—. Quizá habríamos conseguido hacer salir antes a ese cabrón.
—A buenas horas, mangas verdes —responde Kostya. Nos adentramos hasta el salón y nos detenemos un instante para orientarnos. Hay pasillos que conducen a otras habitaciones, a otros lugares donde esconderse. Una escalera sube a la segunda planta…
—Yo me encargo de arriba —dice Kostya.
—Su dormitorio es la primera puerta a la derecha —le digo—. Mira allí primero. Rikki…
Los tres oímos un ruido al mismo tiempo: un grito ahogado seguido por el sonido inequívoco de un forcejeo. Arrastres, golpes de pies contra el suelo o una pared. Echo a andar hacia el ruido y Rikki grita:
—¡A las tres!
A mi derecha se abre una puerta y aparece uno de los hombres de Slavik con una pistola en la mano. Me apunta, pero tarda demasiado en desenfundar. Me vuelvo y disparo; le doy en el cuello. Se tambalea hacia atrás y se lleva una mano a la garganta mientras la sangre brota entre sus dedos.
Y aparecen más: algunos por la puerta principal, a nuestra espalda, y uno en el rellano. Kostya salta detrás de un sofá cuando el del rellano abre fuego, mientras Rikki dispara contra los dos que salen del recibidor.
Me agazapo y respondo a los disparos para cubrirlos. Rikki me grita por encima del hombro:
—¡Nosotros nos encargamos! ¡Ve a por Nona!
No tiene que repetírmelo. Por mucho que mi instinto me impulse a cubrirlos y luchar junto a ellos, me adentro en el pasillo que tengo detrás para seguir el sonido que acabamos de oír.
Y entonces reconozco esta zona. Este pasillo conduce al salón donde atacaron a Rikki por sorpresa la primera vez…
lo que significa que lleva a la habitación del pánico.
Mi mente se acelera mientras aprieto el paso.
La única otra persona que sin duda conoce la existencia de esa habitación es Nona, y si ella ha conseguido llegar hasta allí y Slavik la ha encontrado…
Aguanta, Nona. Ya voy.