El Heredero del Pakhan (Imperio de Sangre 1) 4 Alex
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ALEX

Hoy tengo una cita con Nona Sokolov.

Mi padre dice que es guapa. Personalmente, me gustaría al menos tener una foto de ella para juzgar por mí mismo. No es que el aspecto lo sea todo, claro. Obsesionarse con el físico de una mujer es cosa de jóvenes, en mi opinión. A mí me interesa más lo que va unido a esa belleza.

Supongo que de eso trata esta cena. Nos sentamos, tomamos un poco de vino, nos conocemos. Y en unas semanas, nos casaremos.

Es una estupidez, pero no puedo desobedecer a mi padre. Así que aquí estoy, dándome un último repaso antes de salir al mundo.

El espejo frente a mí refleja a un hombre atractivo. Alto, pelo oscuro con algunas canas destacando en la parte delantera, barba corta pero bien cuidada... y los pálidos ojos azules de mi madre.

El traje que llevo es uno de los más caros que tengo, hecho a medida, con solapas de seda bordadas y pliegues marcados en los pantalones. Me ajusto los gemelos de oro mientras dudo sobre si ponerme más joyas. Una cadena de oro sobre el blanco de mi camisa... quizá uno de mis anillos de sello...

—Mira qué puto adonis —oyo detrás de mí.

—Ahora ves con qué tengo que lidiar.

Me sobresalto y miro hacia la puerta de mi habitación.

Kostya y mi hermano están en el umbral, con sonrisas burlonas y los brazos cruzados.

Kostya es el sovietnik de mi padre, pero también mi mejor amigo desde la infancia, y, claro, está aquí para despedirme.

Me alegro un poco, así que me río y ellos se ríen conmigo.

La expresión permanentemente seria de Kostya se relaja y le salen arrugas de risa en las comisuras de los labios.

—¿Quién os ha dejado pasar, idiotas? —pregunto—. Creí que había dicho al personal que no dejara entrar a la chusma.

—Sabías que no podíamos resistirnos —dice Rikki mientras entra del todo en la habitación—. Cuando Kostya me dijo que esta noche conocías a tu prometida, bueno, tenía que verlo con mis propios ojos.

—Y aquí estás, bien mono y arreglado para tu cita —añade con otra risa. Me da un codazo en el hombro y yo lo aparto juguetón.

—Que sepáis —digo—, Rikki y yo nos enteramos de esta cita hace apenas veinticuatro horas. ¿Cómo te has enterado tú?

—No soy el espía favorito de tu padre por nada —dice Kostya—. Y aunque no lo fuera, estoy bastante seguro de que Yeva le ha estado contando este desastre a cualquiera que la escuche.

Niego con la cabeza. Claro, sería Yeva la que difundiría la noticia. —Algún día, a mi hermana se le va a ir la lengua más allá de lo que le permite el culo.

Kostya se apoya en mi tocador, inclinando la cabeza mientras examina mi traje, mientras Rikki se queda a mi lado, mirándome de arriba abajo. Señala mis gemelos y los golpea con el dedo. Le aparto la mano de un manotazo.

—Que tu hermana sea una cotilla no parece propio de ella —dice Kostya.

Rikki resopla. —Lo sería si solo fuese eso. Está enganchada al drama.

—Es cierto —afirmo mientras me arreglo el cuello—. A la hermanita le gusta estar en medio del trauma y el drama. Es lo suyo.

—Cierto —asiente. Rikki intenta agarrar mis gemelos de nuevo y aparto la mano. —Esos son míos.

—No lo son —digo—. Son los que me regaló padre por mi cumpleaños.

Él frunce el ceño y los mira con escepticismo, pero no discute. Termino de ajustarme la ropa y me giro, extendiendo los brazos para mostrar el conjunto.

—¿Qué tal?

—Puede valer —dice Kostya.

—Le faltan joyas —opina Rikki.

—Ah, vale. Supongo que estoy bien como estoy. Me vuelvo hacia el espejo y reviso mi pelo de nuevo. Está engominado y en su sitio. Las canas brillan bajo la luz.

—Entonces, ¿quién va a ser tu padrino? —pregunta Rikki.

—¿Qué?

—Tu padrino. Necesitas uno si te vas a casar —dice Kostya.

—No lo sé. No lo había pensado. La verdad es que me da igual. Me giro hacia ellos y les señalo con el dedo. —Zapatito blanco, zapatito azul... —Mi dedo se detiene en Rikki—. Rikki, te toca.

—Eso duele —dice Kostya.

—No es para tanto. No es un matrimonio de verdad —les recuerdo. Me ajusto la chaqueta una vez más—. Oye, Kostya, no sabrás nada de Nona Sokolov, ¿verdad?

—¿El qué? —pregunta.

Me encojo de hombros. —Lo que sea. Su aspecto, sus aficiones. Necesito que esta noche vaya bien, ya que voy totalmente a ciegas.

Él suspira y dice: —El rumor es que está como un tren, pero es joven.

Mi padre insinuó eso. —¿De qué edad estamos hablando?

—Como Yeva.

Sacudo la cabeza con disgusto. —Eso es genial.

—Oye, no es para tanto, ¿sabes? Es hija de un Pakhan y todos tuvimos que madurar rápido para sobrevivir. Probablemente esté a tu nivel.

—Más le vale —digo con un tono amargo—. Sabes, lo más difícil de las citas es encontrar una mujer que mantenga mi interés. O al menos una que pueda seguirme el ritmo en la cama.

Él se encoge de hombros. —Bueno, no le veo el problema. Es un matrimonio político. Te la follas una vez para consumarlo y luego no tienes que repetir. Al menos no con ella.

Me burlo. —¿Algo más que deba saber sobre ella?

Kostya piensa un momento. —Bueno, estudiaba fuera del estado. Supongo que eso ya no ocurrirá. Aunque no iba a ninguna parte. Llevaba unos tres años sin elegir especialidad.

Hago una pausa. —Tres años... ¿y tiene la edad de Yeva? Yeva ya está en posgrado.

—Se tomó un par de años sabáticos después del instituto —dice Kostya.

No me gusta cómo suena esto. Como mínimo, parece una chica superficial; como máximo, una boba. Ninguna opción augura una buena compañera. Kostya ve mi expresión y se acerca, dándome una palmada en el hombro.

—Quizá sea una fiestera. Podría ser buena en la cama.

Me burlo, pero no digo nada al respecto.

—Eso será interesante cuando seas Pakhan —dice Rikki—. Suena como el matrimonio de nuestros abuelos.

No le falta razón. Mi abuelo se casó con una mujer de su pueblo. Joven, guapa y más tonta que un zapato. Mi padre solía contarnos que si mi abuelo la dejaba sola en el jardín, nunca encontraba el camino de vuelta a casa.

—Solo pido que tenga dos dedos de frente —digo—. Lo último que quiero es llevar a esta mujer como si fuera un maldito perro.

—Al menos sabes que sabe leer —Rikki se ríe—. Llegó a la universidad.

Pongo los ojos en blanco. En mi mente, me la imagino como una flacucha fiestera que pasa el tiempo en fiestas universitarias, tocando, besándose con deportistas y haciendo el pino sobre barriles.

Probablemente tendré que pasarme el día preocupándome de que se folle a mis hermanos si no la vigilo de cerca.

—Irá bien —dice Kostya—. Eres el futuro de esta hermandad y, como tal, harás que funcione. Siempre lo haces.

—Sí, lo que sea. —Saco el móvil del bolsillo y miro la hora—. Tengo que irme o llegaré tarde. ¿Quedáis aquí un par de horas hasta que vuelva? Estoy seguro de que necesitaré un trago y prefiero no beber solo.

—Estaremos aquí —dice Rikki—. Buena suerte.

Es una buena noche para una cena íntima. Una mala noche para una cita a ciegas con tu futura esposa.

Estoy sentado en una mesa en la esquina de un salón medio lleno en noche de diario. El mantel es de lino blanco, impecable y crujiente. El centro de la mesa lo ocupa un pequeño ramo de rosas rojas frescas. Menús limpios descansan junto a una vajilla fina y cubiertos de plata pesados.

Y la decoración es bonita, la Italia del Viejo Mundo con murales de estuco en las paredes, deliberadamente desgastados como paisajes antiguos robados directamente de Roma. Pequeñas lámparas de araña cuelgan sobre casi todas las mesas, dando a la sala una cálida iluminación...

Es justo el tipo de lugar al que llevaría a alguien a quien quisiera impresionar, y supongo que ese es el objetivo. Quiero impresionar a esta mujer. Si esta noche va bien, todo lo demás será más fácil.

Bebo un sorbo de agua y miro el móvil. Ya lleva unos cinco minutos de retraso. Veo que el camarero me observa y, de repente, me siento algo nervioso.

Si me ha plantado...

Un destello rojo detrás de él capta mi atención.

Alzo la vista y veo a una hermosa pelirroja entrando en la sala.

Su largo cabello ondea alrededor de sus hombros como olas carmesí.

Tiene un rostro casi criminalmente juvenil, unos ojos grandes, redondos y verdes como estanques, y labios rosados como pétalos.

Lleva maquillaje para resaltar sus rasgos, pero puedo distinguir algunas pecas en su nariz.

Y el vestido que lleva... Un vestidito de cóctel tan escotado que lo primero que capta mi atención es su escote.

Unos pechos perfectos y redondos se elevan contra la tela, con el leve contorno de sus pezones asomando bajo el material.

El dobladillo corto muestra unos muslos bien torneados y unas piernas largas mientras avanza con unos brillantes tacones rojo bombero.

La acompañan dos personas: la anfitriona y un hombre corpulento con traje y gafas de sol.

Y en cuanto lo veo, sé quién es la mujer.

Se acercan a mi mesa y me levanto con educación. La anfitriona deja su menú junto a su plato y dice: —Disfruten —antes de hacerse humo y desaparecer.

—Nona —digo, tomando sus manos y acercándola para darle un suave beso en la mejilla. Su acompañante permanece a unos pasos, observándonos con atención—. Es un placer.

Su rostro se sonroja sobre el puente de su nariz respingona. Con esta luz, puedo ver los leves e inconfundibles indicios de pecas bajo su maquillaje. —Lo siento —dice—. Nadie me dijo tu nombre.

—Alexandr —respondo mientras le aparto la silla—. Molotov.

—Encantada de conocerte. —Se sienta y yo paso al lado opuesto de la mesa para tomar asiento frente a ella. Mira a su alrededor con rapidez—. Este sitio es muy bonito.

Asiento con la cabeza y tomo un sorbo de agua. —La mejor comida italiana de la ciudad —comento.

Un silencio incómodo se instala entre nosotros hasta que ella pregunta—: Entonces, ejem, Alexandr. ¿Te dicen... Alex o Sasha?

Me crispo ligeramente. —Es Alexandr. Solo mi hermano y mi padre me llaman Alex, y absolutamente nadie excepto mi hermana me llama Sasha.

Ella asiente con los labios fruncidos. —Es agradable tener un apodo. Mi nombre es demasiado corto para eso, así que...

Le lanzo una sonrisa tensa. Esta va a ser una noche fantástica.

Agarro la carta y digo—: El risotto de trufa blanca está bueno aquí. ¿Bebes alcohol?

—¿Ejem, perdona?

Alzo la vista hacia ella por encima del menú. —Perdona. Quizá debería preguntar si eres mayor de edad para beber. ¿Lo eres?

Su sonrisa se desvanece. —Tengo veintitrés años —afirma—. Y me gusta el Merlot.

Por supuesto que sí. Seguro que está acostumbrada a beberlo de cartón. —Yo soy más de Burdeos, personalmente.

Ella asiente. —Bueno, espero que el vino aquí sea bueno.

Me río con desdén. No puedo evitarlo. ¿De qué está hablando? El plato más barato aquí cuesta al menos cien dólares. Ella me fulmina con la mirada.

—¿Algo gracioso?

—En realidad no —respondo—. Esto es un restaurante de cinco estrellas. Todo es "bueno" aquí.

Ella me mira con los ojos entrecerrados. —Mira, no tienes por qué ser grosero. He comido en restaurantes caros antes. He vivido en Manhattan toda mi vida y créeme, he probado comida mala en algunos de los mejores sitios de la ciudad.

Levanto las cejas sorprendido. Así que sí tiene algo de lucha dentro. —Mis disculpas —digo—. No esperaba que fueras...

—¿Qué? —replica, apartando el menú—. ¿Consciente de los precios de los restaurantes? No me crié en un barrio pobre. Sé algo del tema. Me crié en el mismo ambiente que imagino que tú.

—No te criaste en el mismo ambiente que yo —afirmo—. Tu padre es el Pakhan de los Irkutsks. Son una hermandad muy diferente a la mía.

—¿Y eso qué significa? ¿Que la tuya es mejor?

Se está enfadando. Aparto mi menú. —Escucha, creo que hemos empezado con mal pie. Se supone que debemos conocernos.

Cruza los brazos y sus pechos se mueven ligeramente. —No estoy segura de qué esperabas exactamente, pero no soy ninguna tonta. Si quieres llevarte bien conmigo, puedes empezar por tratarme como a una persona.

Mis ojos se deslizan hacia sus pechos y ella pone los ojos en blanco.

—Seamos realistas, Nona —le digo—. Acabo de enterarme de que debo casarme por el bien de mi hermandad. Y por muy guapa y agradable que seguramente seas, no tengo el menor interés en conocerte.

—Igual —replica—. ¿Crees que quiero casarme con un viejo por mi padre en lugar de volver a la universidad?

Eso duele. ¿Viejo? —¿Perdona?

—Me has oído.

Está haciendo un mohín y, por extraño que parezca, siento que empiezo a excitarme. La idea de borrar esa expresión infantil de su rostro es tentadora.

—De hecho —dice, apartando su silla y poniéndose de pie—, creo que deberíamos dejar esto por hoy.

—Siéntate, Nona.

—No puedes decirme⁠⁠—

—Siéntate. Ahora.

Me mira con los ojos muy abiertos por la sorpresa, pero al final se sienta.

—Seré sincero contigo —digo, inclinándome hacia ella—. No me caes bien. Y está bastante claro que el sentimiento es mutuo. Pero la realidad es que caernos bien no es un requisito para esta unión. No nos casamos por amor, Nona. Lo hacemos por nuestras familias.

Aprieta la mandíbula y sé que tiene mucho más que decirme.

—Dicho esto, creo que sería una noche bastante mala para los dos si termina pronto. ¿No estás de acuerdo?

Algo en su mirada se suaviza ligeramente. No sé qué le habrá dicho su padre para convencerla de salir esta noche, especialmente con ese vestido, pero sea lo que sea, es suficiente para que me tome en serio.

Señalo su menú con un gesto. —Coge la carta.

Lo hace y pregunta—: ¿No vas a pedir por mí, tipo duro?

Eso me arranca una sonrisa burlona. —Tienes mucha boca —comento.

—Y tú eres un gilipollas maleducado.

Alza la mirada hacia mí y nuestros ojos se encuentran. Oh, esta va a ser una noche de mierda... y un matrimonio aún peor. Supongo que ahora debo centrarme en lo que tengo delante e intentar salvar algo de civismo.

Por fin se acerca el camarero y dice—: Bienvenidos a Brizetti's. ¿Les muestro la carta de vinos?

—No es necesario —respondo—. Traiga una botella de Burdeos, por favor.

Sus ojos brillan de ira y noto cómo me excito un poco más.

Quizá nunca seamos amigos ni siquiera civilizados el uno con el otro, pero si tengo que casarme con esta boba, supongo que puedo pasar el tiempo haciéndola tan infeliz como ella me hará a mí.