CAPÍTULO 41
Dos veces Eros me había llevado al cielo con sus caricias y besos, solo para dejarme caer después.
Aunque sabía que Eros había hecho lo correcto con lo del preservativo, no podía evitar sentirme un poco frustrada.
Quizás porque deseaba tanto estar con él que parar se me hacía muy difícil, o quizás porque pensaba que, por alguna razón, no me había creído cuando le dije que tenía mis propios métodos anticonceptivos. Seguro que hay un montón de chicas por ahí que darían cualquier cosa por quedarse embarazadas del guapo y millonario heredero de la familia Makris.
Eso nunca se me había pasado por la cabeza. No tengo intención de tener hijos tan pronto. Simplemente había confiado en Eros. Pero aunque me sentía frustrada, él me había hecho darme cuenta de que estaba equivocada.
Me doy otra ducha. Cuando termino, decido estudiar un poco hasta que me entre el sueño.
Intento concentrarme, pero el simple hecho de saber que mi dios griego está justo en la habitación de al lado me impide centrarme en los libros.
Maldita sea, intentaré dormir.
Guardo todo y me acuesto.
Me río de mí misma. Había fracasado estrepitosamente en mi intento de mantenerme alejada de las caricias y los besos de Eros Makris.
Me despierto en mitad de la noche y oigo ruidos que vienen de la habitación de Eros. Me parece extraño. Suena como si la cama estuviera golpeando contra la pared.
Salgo de mi habitación y camino descalza y de puntillas por el pasillo. Veo que la puerta de su dormitorio está entreabierta, así que me acerco a mirar. Siento que el suelo desaparece bajo mis pies cuando lo veo acostándose con una chica rubia, delgada y muy parecida a Sofía y a esa Penélope.
Abro la puerta de golpe, y aunque me ven, ninguno de los dos se detiene. Al contrario, parece que les gusta tener público.
Corro a mi habitación y cierro la puerta con llave.
No puedo contener las lágrimas. Me abrazo las rodillas y lloro desconsolada. Me siento estúpida por ponerme así.
—Eros, idiota.
—Chiara... Chiara... —oigo la voz de Eros llamándome.
Me despierto sobresaltada, jadeando.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, enfadada con él y todavía medio confundida.
—Creo que estabas teniendo una pesadilla —responde—. Estabas llorando y me llamaste idiota.
—¿Lo hice?
—Sí. Lo hiciste.
Intento no demostrarlo, pero siento cierto alivio al darme cuenta de que solo fue un sueño.
—¿Qué hacía yo tan malo en ese sueño? —pregunta, sonriendo.
—Nada importante —esquivo la pregunta.
—Eh... Chiara, no puedo dormir.
—¿Por qué? —pregunto.
—No lo sé. ¿Puedo dormir aquí contigo? —pregunta.
Lo miro fijamente durante unos segundos, creando suspense, pero yo misma se lo habría sugerido si él no lo hubiera pedido. Por no hablar de la cara adorable que está poniendo; aunque no quisiera, no sería capaz de decirle que no.
—Vale —respondo, y él se acuesta rápidamente en la cama.
Nos quedamos tumbados uno frente al otro.
—Nunca me canso de mirarte —dice Eros, acariciándome la cara con el dorso de la mano—. ¿Cómo puedes ser tan guapa?
Sonrío tímidamente.