El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Mientras estuve en Grecia, pensé que podría pasar página con Chiara. Estaba herido, enfadado, convencido de que ella no quería lo mismo que yo y de que, por eso, lo mejor sería olvidarla.

Cuando llegué a Italia, me di cuenta de que en la práctica no iba a ser tan sencillo. Anoche pasé horas viéndola dormir, y lo único que quiero es tenerla en mis brazos, protegerla y cuidarla.

Ya en Grecia pensé que si empezaba a salir con otras chicas, me la sacaría de la cabeza, pero no ha habido otras desde que la conocí. Incluso cuando Chiara era todavía «la chica rara», ya había ocupado un espacio que nadie más podía llenar. Estaba en todas partes, todo el tiempo, ocupando mi mente en cada reunión de trabajo, en el gimnasio, en mi cama cuando apoyaba la cabeza en la almohada para dormir, y es lo primero en lo que pienso al abrir los ojos.

Aun así, necesitaba darle una pequeña lección.

Aunque quería verla deshacerse entre mis dedos y escuchar esos gemidos de agonía cuando estalla en un orgasmo, se merecía el castigo.

Camino por el jardín, echo un último vistazo atrás y veo a Chiara detrás de mí, fulminándome con la mirada.

Voy al comedor y me siento a la mesa. Chiara se sienta justo enfrente de mí.

Cenamos sin decir una sola palabra durante mucho tiempo, hasta que decido romper el silencio.

—Hay algo más que dijiste anoche —digo, mirándola fijamente.

—¿Qué dije?

—Que estás enamorada de mí —digo, y se atraganta con el zumo.

—¿Estás bien? —pregunto, pasándole la servilleta.

—Estoy bien —dice, limpiándose la boca—. ¿Lo dices en serio? ¿Dije eso?

—¿Por qué la sorpresa? ¿No es verdad? Ya sabes lo que dicen: los niños y los borrachos siempre dicen la verdad —le guiño un ojo con una sonrisa arrogante.

—Eso no viene al caso —aparta la mirada—. No creo que tu padre nos lo ponga fácil a los dos.

—¡Qué demonios, Chiara! —digo, irritado—. ¿Otra vez con esta historia? ¿Volvemos al punto de partida?

—No quiero que pelees con él, no quiero que te deshereden. Eros, siempre estás presumiendo de tus coches, tus relojes... —echa un vistazo a mi muñeca—. Hablando de relojes, el que llevas puesto debe de haber costado más que mi coche.

—¿Qué tiene eso que ver con nosotros dos?

—Tiene todo que ver —me mira de nuevo—. Empezar desde cero no es fácil para alguien que siempre ha vivido rodeado de lujo.

—Estoy harto de esta mierda —exploto, irritado—. Esto es asunto mío. Deja de pensar que sabes lo que quiero y necesito. —Dejo los cubiertos y salgo del comedor.

Subo las escaleras con la sangre hirviendo, cierro la puerta del dormitorio de un portazo y camino de un lado a otro intentando calmarme.

Necesito una ducha.

Voy al baño y ajusto la temperatura del agua mientras me quito el bañador.

Entro en la ducha y dejo que el agua me caiga sobre la cabeza.

Los recuerdos de la conversación con Chiara de hace unos minutos y la discusión con mi padre en Grecia se entremezclan en mi cabeza.

Estoy absorto en mis pensamientos, con las manos apoyadas en la pared, cuando siento unas manos delicadas que se deslizan por mi cuerpo.

—¡Lo siento! Tienes razón. Y lo que dije también es verdad —dice atropelladamente, pegando su cuerpo al mío.

—¿De qué exactamente estás hablando? —pregunto sonriendo, aunque estoy de espaldas y no puede verme.

—Empezando por la parte en la que estoy enamorada de ti.

Me doy la vuelta para mirarla.

—¿Puedes repetir eso? No lo he oído bien.

—Eros... —protesta.

—Lo he oído, pero quería oírlo otra vez. ¡Por favor, Chiara! —le acaricio la cara.

—¡Estoy enamorada de ti, Eros! —me mira con sus hermosos ojos brillantes—. Me enamoré y, por eso, me aterra que te des cuenta de que el precio que tendrías que pagar por estar conmigo es demasiado alto.

—No hay precio demasiado alto si puedo estar contigo —digo, acercando mi boca a la suya—. ¿No lo entiendes?

—Solo intenta arreglar las cosas con tu padre —me pide—. ¿De acuerdo?

—Eso es lo que estoy haciendo —digo, dándole varios besos suaves—. He venido a la boda, ¿no?

—Cierto —sonríe.

—Ahora déjame hacer algo que llevo mucho tiempo deseando —digo, tirando de las tiras del bikini en su espalda.

Los hermosos pechos pequeños y redondos de mi chica quedan al descubierto. Se quita la parte de arriba del bikini por la cabeza y me rodea el cuello con los brazos.

—Necesito besarte ahora —dice Chiara, invadiendo mi boca con su lengua cálida.

Mientras nos entregamos al beso que tanto había deseado estos últimos días, Chiara se baja la parte de abajo del bikini.

Acerco la boca a su oreja y le muerdo el lóbulo. Chiara gime junto a mi oído y, joder, mi polla protesta.

Bajo con la lengua y los labios hacia sus pechos, chupando, mordisqueando y lamiendo como sé que le gusta, solo para escuchar más de esos gemidos que me vuelven loco.

Le doy la vuelta y pego mi cuerpo al suyo, hundiendo la cara en su cuello de nuevo.

—Te deseo, Chiara —le susurro al oído—. Estoy completamente loco por ti.

Mi polla palpita de deseo y estoy a punto de hundirme en ella, pero me quedo paralizado al recordar lo que pasó en Grecia. Sin saber qué ocurrió realmente con aquella chica, jamás me acostaría con Chiara sin protección.

—¿Qué pasa? —pregunta al notar que me he detenido.

—¿Qué te parece si vamos al dormitorio?

—¿Por qué?

—Porque los condones están allí.

—Sí... Tienes razón.

Le paso una toalla a Chiara y me seco con otra.

Cojo a Chiara de la mano y la llevo hasta mi cama.

—Siéntate aquí —digo, y le doy un beso más largo—. Voy a coger uno de la maleta, que por cierto todavía no he terminado de deshacer.

Busco por todas partes: en las maletas, en el armario, en los cajones... pero no encuentro ninguno.

—Voy a ver si Atlas tiene —digo, algo incómodo.

—No. Me moriría de vergüenza.

—Entonces voy a comprar y vuelvo enseguida.

—Eros, sabes que solo he sido tuya —se acerca y me coge la mano—. Fui al médico la misma semana que perdí la virginidad contigo y desde entonces tomo la píldora. Confío en ti.

Joder, esto sería perfecto si no hubiera pasado todo ese lío en Grecia.

—Chiara... eh... Creo que mejor no. Sé que es mínimo, pero aun así hay riesgo con la píldora.

Fue lo primero que se me vino a la cabeza. No se me ocurrió nada mejor.

—¿Todo esto es porque te da miedo tener un hijo? —pregunta Chiara, con el ceño ligeramente fruncido.

—No. Al contrario, tengo muchas ganas de ser padre, pero ahora no. Todavía somos muy jóvenes. ¿Por qué? ¿Tú quieres uno ahora?

—No. Quizás dentro de unos años. La verdad es que nunca me he parado a pensarlo.

—Déjame ir a comprar condones. Te prometo que vuelvo enseguida.

—Se ha ido el momento —dice con un puchero—. Además, se está haciendo tarde. Me voy a mi habitación a dormir. Mañana tenemos clase temprano.

Es evidente que está frustrada. ¡Maldita sea!

Se pone el pareo que llevaba antes y recoge el bikini del suelo del baño.

—¡Buenas noches, Eros! —dice Chiara. La atraigo hacia mí y la beso.

—Te prometo que voy a comprar una buena provisión de condones para que esto no vuelva a pasar.

—Vale —fuerza una sonrisa y sale de la habitación.

Decido que necesito hacerme un chequeo urgente para ver si he pillado alguna enfermedad. No puedo seguir viviendo con esta duda.