CAPÍTULO 39
Llego a casa, salgo del coche y voy directa a mi habitación.
Voy al balcón y veo a Eros y Atlas sentados en las tumbonas, charlando.
Cojo un bikini del armario, me lo pongo y paso unos minutos frente al espejo examinando cada defecto de mi cuerpo, armándome de valor para bajar y aparecer así delante de los chicos.
¿Que si Eros ya me ha visto sin ropa? Sí. Pero los bikinis siempre han sido un tema para mí.
Me pongo un camisón playero de esos que parecen una camisa grande con botones. Luego bajo a la piscina.
Cuando me acerco, Eros mira hacia mí y me recorre de arriba abajo. Esa mirada que me desnuda hace que me arda todo el cuerpo.
—¿Puedo unirme a vosotros? —pregunto mientras me siento en la tumbona junto a Atlas.
—Por supuesto —responden los dos a la vez.
—¿Cómo te fue con tu amiga? —pregunta Eros.
No sé cuánto quiere Olivia que sepa la gente, así que me muestro evasiva.
—Menos mal que fui. Hablamos un rato. No estaba muy bien.
—Ya veo.
Suena el teléfono de Atlas.
—Hola, Apollo —dice al contestar, y Eros pone los ojos en blanco.
Atlas habla con su primo un par de minutos más antes de colgar.
—Voy a una fiesta con Apollo y me ha dicho que os invite. ¿Os apetece venir? —pregunta Atlas.
—Paso —dice Eros, con cara de pocos amigos.
—¿Y tú, Chiara? —pregunta Atlas.
—¡Gracias! Pero no va a poder ser —explico—. Todavía me estoy recuperando de anoche. Y además mañana tengo que madrugar para ir a la universidad.
Noto una sonrisita discreta en el rostro de Eros.
—Pues me voy, chicos —dice Atlas mientras se levanta.
—No vuelvas muy tarde —le aconseja Eros—. Nosotros también tenemos que madrugar mañana.
Atlas saluda a su hermano y entra en la casa.
—Ni siquiera intentas disimular que no te cae bien tu primo —comento.
—Apollo siempre ha competido conmigo. Ha sido desagradable desde que éramos críos. Mi padre siempre le dio muchas oportunidades porque es el hijo de la única hermana de mi madre y el primo favorito de mi padre, pero las desperdició todas. Por no hablar de que es de esos que culpan a los demás o incluso al universo de sus propios errores. ¿Por qué iba a fingir?
—Lo entiendo.
—¿Pasáis mucho tiempo juntos en la universidad? —pregunta Eros.
Su pregunta me provoca una punzada de celos.
—No mucho. Solo cruzamos unas palabras cuando me lo encuentro por el pasillo o cuando se sienta cerca de mí en la cafetería. Va con Luca, que es amigo mío, así que coincidimos de vez en cuando.
No le digo a Eros que el tema favorito de Apollo es él. Ya de por sí no se llevan bien; no quiero ser yo quien empeore aún más esa relación.
—Me alegro de que vayamos a estudiar en la misma universidad.
—Sí, yo también.
Me sorprendí cuando me enteré de que él y Atlas estudiarían en la misma universidad que yo. Lo curioso es que fue pura casualidad.
—Eros, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Dije más de la cuenta ayer?
—Define «más de la cuenta».
—¿Mencioné algo sobre tu ex que estaba en la fiesta?
—Recuerdas que os presentaron, ¿verdad?
—Vagamente —respondo con sinceridad—. Recuerdo que era amable y sonriente.
—Lo es.
—¿Por qué rompisteis?
—Éramos muy buenos amigos en la universidad —explica—. Nos liamos unas cuantas veces y empezamos a salir. Nunca tuvimos ni una sola pelea, pero dejamos de contarnos cosas. Los dos nos dimos cuenta de que funcionábamos mejor como amigos, pero teníamos miedo de hacernos daño.
—¿Quién tomó la iniciativa?
—Yo. Tenía miedo de que esa relación acabara con nuestra amistad. Al principio las cosas fueron un poco incómodas durante las primeras semanas, pero por suerte pronto volvimos a contarnos cosas como antes.
¿Está mal sentir una punzada de celos por su relación? No es como lo que sentí la noche anterior, pero siguen teniendo un vínculo muy estrecho.
—Y sobre... nosotros, ¿dije algo? —La pregunta se me escapa sin poder evitarlo.
—¿Qué temes haber dicho, Chiara?
No puedo decirle a Eros que me da miedo haberle confesado lo que siento.
—Responde y ya, Eros.
—Dijiste que era muy guapo y me llamaste dios griego.
—¿Hice eso? —pregunto, muerta de vergüenza.
Lo hice. Maldita sea, lo hice, o él no lo sabría.
Una sonrisa traviesa se dibuja en su rostro.
—¿Nos metemos en la piscina, pececito? —sugiere Eros.
—Ahora sí que hablas mi idioma.
Me quito el pareo y me lanzo al agua para bucear.
—¿Qué te parece una competición? —sugiero.
—¿Qué? —Levanta una ceja con aire arrogante—. ¿Quieres competir conmigo?
—Sí.
Atlas se acerca a nosotros.
—Pensaba que ya te habías ido —le dice Eros a su hermano.
—Apollo va a pasar por aquí para que pueda seguirlo en mi coche.
—Ya veo. Espero que no quiera entrar —dice Eros, haciendo sonreír a Atlas.
—¿Vais a competir? —pregunta Atlas.
—He propuesto una competición —digo.
—Chiara, nado muy bien —dice Eros con una sonrisita victoriosa.
—¡Genial! —Sonrío y le guiño un ojo—. Tendré un oponente digno.
La piscina de casa es semiolímpica, de veinticinco metros, con dos metros de profundidad.
—Cincuenta metros, ida y vuelta, estilo libre. ¿Qué te parece? —pregunto.
—De acuerdo. Si quieres, te doy algo de ventaja.
—Paso, tío. Pero gracias por el detalle.
Nos colocamos en posición.
—¿Preparado? —pregunto.
—Sí.
—Atlas será el árbitro —dice Eros.
—¡Pues vamos! —dice Atlas—. A la de tres, dos, uno... ¡Ya!
Empezamos a dar brazadas. Estoy concentrada, así que no puedo ver exactamente dónde está Eros, pero oigo por el chapoteo que está cerca.
Llego a los primeros veinticinco metros e intento ganar ventaja en el viraje y el impulso de vuelta.
Lo doy todo en las últimas brazadas.
—¡Gana Chiara! —celebra Atlas al verme tocar la pared.
—¡Bien! —celebro.
Eros llega segundos después y golpea el agua.
—Solo he perdido porque ya estaba cansado de nadar con Atlas antes de que llegaras.
—¿En serio? —digo con sarcasmo.
—Chiara te ha sacado nueve segundos, tío —se burla Atlas—. Con esa ventaja, ni siquiera me necesitabas de árbitro.
—Puedo darte la revancha cuando quieras, sin problema —digo con una sonrisa triunfal.
—Apollo está aquí —dice Atlas, y lo saludamos con la mano.
—¡Nadas muy bien! —comenta Eros.
—No entreno como antes por lo de las dos carreras, así que estoy fuera de forma.
—No hace falta que intentes humillarme, pececita —me salpica agua en la cara y nos enzarzamos en una breve batalla de salpicaduras.
Nos quedamos en silencio unos minutos.
Suena el móvil de Eros y sale de la piscina a contestar.
—Hola, papá —dice mientras camina por el jardín hablando con Theodore.
La luz de la luna brilla sobre el agua. Me siento en el borde de la piscina y disfruto de la tranquilidad.
Muevo los pies en el agua, pensando en lo difícil que ha sido esta semana y en lo bien que me siento cuando Eros está cerca.
Tarda un rato. Empiezo a tener frío y me deslizo de nuevo en la piscina, disfrutando de la agradable sensación del agua cálida envolviéndome.
Nado despacio de espaldas, escuchando el sonido reconfortante, hasta llegar al otro lado de la piscina.
Estoy distraída, con los brazos apoyados en el borde, cuando veo a Eros nadando hacia mí desde el otro lado. Sus músculos se marcan con cada brazada, brillando a la luz de la luna.
Eros se acerca cada vez más. El ambiente a nuestro alrededor parece cambiar de golpe.
Se detiene a solo unos centímetros de mí. Siento su respiración entrecortada por el esfuerzo. Me agarro con fuerza al borde de la piscina y el corazón me da un vuelco.
Las manos de Eros se deslizan hacia mis muslos y su cuerpo se aprieta contra el mío.
—Es difícil resistirme a ti con este bikini, hermanita —susurra, aún sin aliento, junto a mi oído.
—No hagas esto —le suplico, buscando fuerzas. A estas alturas, mi cuerpo le pide el suyo a gritos.
Mi mano va al abdomen de Eros en un intento de evitar que se acerque más.
Su mano, que todavía está en mi pierna, sube lentamente por mi cuerpo hasta mi espalda, justo donde está el nudo del bikini.
—No podemos hacer esto aquí —digo, sintiendo un calor abrasador por todo el cuerpo.
—¿Y dónde podemos?
—Yo...
Estoy a punto de mandar al diablo la última pizca de cordura que me queda cuando oímos que alguien se acerca.
Empujo la cabeza de Eros bajo el agua y, sin querer, él tira del tirante de mi bikini.
Sujeto los tirantes con la mano para no quedarme al descubierto.
—Señorita Chiara, Emma me ha pedido que le diga que la cena está lista —dice uno de los guardias de seguridad de la entrada.
—Gracias, Marco. Voy ahora mismo.
—He visto que el señor Atlas se ha ido, pero ¿sabe dónde puedo encontrar al señor Eros para avisarle de la cena?
—Déjalo en mis manos. Yo le aviso a Eros.
—¡Gracias!
Marco camina unos pasos hacia la puerta, y solo entonces puedo dejar que Eros salga a la superficie.
—¡Lo siento! —digo cuando lo veo intentando recuperar el aliento—. ¿Estás bien?
—Sí. Perdona por tu bikini.
Me vuelvo a atar el tirante del bikini.
—Salgamos del agua. Emma nos ha llamado para cenar.
—De acuerdo.
Eros sale de la piscina y me ofrece la mano para ayudarme a salir.
Caminamos hacia las tumbonas y esos pocos pasos bastan para dejarme helada.
Eros coge una toalla y me envuelve con ella el cuerpo tembloroso.
Usa su propia toalla para secarme el pelo y la cara. Luego se seca él.
Sus ojos están fijos en los míos. No aparta la mirada ni un instante.
—¿Entramos? —sugiere.
Caminamos juntos por el jardín y, al acercarnos a la casa, Eros me arrincona contra una pared.
—Ya no puedo resistirme más, Chiara —sus manos ya están bajo la toalla—. Te deseo.
—Yo también te deseo —digo, buscando su boca en un beso lleno de urgencia y anhelo.
Me aprieta contra la pared, intensificando el beso. Sus manos recorren mi cuerpo y todas esas sensaciones familiares vuelven de golpe.
Las manos atrevidas de Eros se deslizan dentro de la braguita del bikini y una sonrisa lujuriosa asoma a sus labios.
—Siempre lista para mí —dice, moviendo los dedos sobre ese punto tan sensible.
Mis gemidos y mis gestos ya no pueden contenerse ante su deliciosa tortura.
—Eros... —susurro—. Eso... Yo...
No puedo formar una sola frase. Mi cuerpo se estremece con cada oleada de placer. Estoy a punto de alcanzar el clímax cuando Eros se detiene en seco.
—¿Por qué paras? —pregunto, aturdida.
Se lame los dedos y me besa aún más intensamente, haciéndome saborear mi propia excitación.
—Esto ha sido un castigo por llamarme y terminar lo nuestro así —dice, mordiéndome el labio inferior—. Al menos ya no tienes frío.
Se adelanta sin esperarme.
¡Pero qué demonios!
Siento una mezcla de rabia y decepción, pero sé que me lo merecía.