CAPÍTULO 38
Treinta minutos después, ya había desayunado, había cogido algo de fruta y me dirigía hacia mi coche. Era más de la una.
—¡Hola, hermanita! —me llamó Eros desde su balcón, y di un respingo.
—¿Estás intentando matarme del susto? —pregunté con la mano en el pecho.
¿Tenía que ser tan guapo?
Necesitaba actuar con normalidad.
—Al final de la tarde Atlas y yo vamos a nadar. ¿Qué te parece unirte a nosotros? Tengo curiosidad por ver cómo se desenvuelve el «pececito» en el agua —dijo con una sonrisa asomando en la comisura de los labios.
—Necesito ver a Olivia. Creo que ha pasado algo, pero volveré antes de que anochezca. Me encanta nadar a esta hora, el agua está muy calentita.
—Mencionaste a esa chica anoche. ¿Qué le habrá pasado? Parecías preocupada.
—Solo me pareció raro que no viniera a la boda. Toda la semana había estado emocionadísima.
—Me conformaré con Atlas hasta que vuelvas. ¿Qué le voy a hacer?
Sonreí y me subí al coche.
—¡Chiara! —llamó Eros antes de que cerrara la puerta.
—¿Sí?
—Si necesitas cualquier cosa, llámame.
—¡Gracias! —dije sonriendo, y cerré la puerta del coche.
Introduje la dirección de Olivia en el navegador del coche y me puse en marcha.
Me identifiqué en la garita y, tras esperar unos segundos, me dejaron pasar.
Olivia salió a recibirme al jardín.
—Chiara, ¡me alegro mucho de que hayas venido! —dijo abrazándome.
Como estábamos fuera, me di cuenta de que Olivia se había aplicado una generosa cantidad de corrector en la cara, y eso era raro, por decir poco.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Entremos —dijo Olivia tirándome de la mano—. Te lo cuento todo dentro.
Entramos en la casa.
Olivia vive en una preciosa casa de estilo colonial.
—¡Tu casa es preciosa! —comenté mirando a mi alrededor.
—¡Gracias! Vamos a mi habitación, así podremos hablar más tranquilas.
—Por supuesto.
Entramos en la habitación y cerró la puerta con llave.
Nos sentamos en su cama.
—Ha pasado algo, ¿verdad?
—Ayer fui a tu casa para la boda de tu madre.
—¿Fuiste? —pregunté confundida.
—Estaba esperando a que el recepcionista comprobara si los nombres de un grupo de personas que habían llegado juntas estaban en la lista cuando Ugo se me acercó, después de asegurarse de que mi conductor se había ido. Hizo que la gente pensara que estábamos juntos y dijo que, si intentaba algo raro, montaría una escena en la boda de tu madre.
—¿No ibas con escolta? —pregunté.
—No. Le dije a papá que estaría en un sitio privado con amigos y que no hacía falta. Solo me pidió que lo llamara para que el conductor viniera a recogerme cuando terminara.
—¿Qué te hizo Ugo?
—No quería entrar a la fiesta con él. Sabía que te enfrentarías a él o me preguntarías si nos veías juntos, y no quería causarte ningún problema, así que propuse que nos fuéramos.
—No deberías haber hecho eso. Habrías estado a salvo en mi casa. No habríamos dejado que te hiciera daño.
Olivia se echó a llorar.
—Te pegó, ¿verdad?
—¡Fue horrible, Chiara! —dijo entre sollozos—. En un momento me estaba llamando «mi amor» y suplicándome que volviéramos, y al siguiente me estaba gritando. Me puse nerviosa con los gritos e intenté salir del coche. Fue entonces cuando me agarró y me dio un puñetazo en la mejilla.
—¡Cobarde! —exploté.
—Encima me echó la culpa a mí, diciendo que yo le había hecho perder el control.
—Olivia, tenemos que hacer algo. No podemos dejar que ese cobarde se salga con la suya. Vamos a denunciarlo. Estaré contigo —dije animándola—. Cuéntaselo a tu padre.
—Mi padre tiene un viaje de negocios importante mañana con el padre de Ugo.
—¿Sabes lo que pienso? Siempre estás buscando una excusa para no contárselo a tu padre.
—¡TÚ NO LO ENTIENDES! —gritó Olivia poniéndose de pie.
—Tienes razón, no lo entiendo, Olivia. Esto no mejora. Al contrario, si no se hace nada, solo empeora. Tu padre ya ha dejado claro que se preocupa por ti, y dudo que sacrificara la seguridad de su hija por un negocio, por muy bueno que sea.
—Tienes razón —dijo sentándose de nuevo en la cama, con lágrimas corriéndole por las mejillas—. Perdona por gritar.
—¡Ven aquí! —la abracé—. Perdona por haberte juzgado. Solo quiero que puedas vivir sin miedo y que nadie más te toque ni un pelo.
—Se lo diré a mi padre hoy —dijo Olivia secándose las lágrimas.
—Si quieres ir a la comisaría, puedo acompañarte.
—Hablaré primero con mi padre.
—De acuerdo.
—Bueno, cambiemos de tema: ¿qué tal la boda de tu madre?
—¡Preciosa! —dije recordando—. Mamá y Theodore no pararon de sonreír en toda la noche.
—¿Y qué tal volver a ver al dios griego?
—Cuando lo vi en el pasillo, pensé que me iba a desmayar, me temblaban las piernas. Su exnovia estuvo allí ayer. Estuvieron hablando un montón, y yo empecé a beber como si no hubiera un mañana porque estaba celosa. Al final de la fiesta, descubrí que la chica estaba allí con su novio, que era uno de los músicos que tocaron en la fiesta. Parece que Eros y ella son amigos. Hasta nos presentó.
—¿Es guapa?
—Preciosa. Un poco como esa Penélope a la que llevo cotilleando en las redes.
—¿Y qué tal cuando os presentaron?
—No recuerdo mucho de lo que dijimos, iba muy borracha, pero es simpática.
Ya pasaban de las siete cuando salí de casa de Olivia.
Maldición, Eros probablemente ya no estaría en la piscina.
—Olivia, tengo que irme —dije—. Eros y Atlas dijeron que iban a nadar a última hora de la tarde. Quizá todavía estén allí. ¿Quieres venir?
—Otro día —Olivia forzó una sonrisa—. Se me correría el maquillaje y se me vería el moratón.
—¡Vale! —dije con tristeza—. ¿Me mantendrás al tanto?
—¡Claro, Chiara! ¡Gracias por venir! ¡Y gracias por todo!
—No tienes que darme las gracias —dije, acariciándole la mejilla mientras me levantaba—. Llámame si necesitas algo.
—Tengo mucha suerte de tenerte —dijo Olivia, y sus palabras me conmovieron.
—Y yo de tenerte a ti.
Nos despedimos con un abrazo.