CAPÍTULO 42
Me despierto a la mañana siguiente sintiendo el peso de los brazos de Eros sobre mi cuerpo. Estábamos durmiendo en cucharita, muy pegados el uno al otro.
Cojo mi teléfono y veo que vamos bastante tarde.
—Eros... —intento apartarle el brazo, pero él me acerca aún más.
—Hmm...
—Tenemos que irnos, vamos tarde.
—Buenos días, hermanita —dice, besándome el cuello antes de soltarme.
—¡Buenos días! —respondo.
—Voy a ducharme y a cambiarme en mi habitación. ¿Nos vemos para desayunar?
—Sí —contesto, y él sale por la puerta.
Me arreglo y me cambio en solo unos minutos. Cuando llego al comedor, encuentro a Eros y Atlas allí.
—¡Buenos días! —digo, sentándome.
—¡Buenos días! —responde Atlas.
Me sirvo café en la taza apresuradamente.
Tomo unos sorbos, como un poco y me levanto.
—Chiara, ¿podrías llevarme? —pregunta Eros.
—Por supuesto —respondo.
—Yo también voy a la universidad, tío. Puedo llevarte —dice Atlas en tono provocador.
—No te lo tomes a mal, pero prefiero la compañía de Chiara —dice Eros, guiñándole un ojo a su hermano.
—¿Ah, sí? —pregunta Atlas, levantando una ceja—. Desde allí Chiara va a la otra universidad. Espero que no necesites que te lleve yo.
—Cuando termine en la universidad voy al concesionario y luego al médico —responde Eros—. No necesitaré que me lleves, tío.
—¿Estás enfermo? —pregunto, preocupada.
—No. Estoy bien —responde Eros, tranquilizándome—. Es solo un chequeo.
Agarro una manzana y le doy un mordisco.
—¿Nos vamos? —pregunto.
—Sí.
—Nos vemos allí —dice Atlas.
Eros y yo subimos al coche.
—¿Te gusta la universidad? —pregunta mientras se abrocha el cinturón.
—Me gusta la carrera que estoy haciendo, sí, pero prefiero la otra universidad. Olivia está allí.
—Pero dijiste que tienes un amigo en esta universidad.
—Sí. Tengo a Luca. Pero hablamos más durante las clases porque hacemos la misma carrera. Desde que Apollo empezó a estudiar aquí, los dos están siempre juntos en los pasillos, en el patio, en la cafetería...
—Ya veo. ¿Tampoco te cae bien Apollo?
—No tengo nada en contra de él, pero me parece un poco forzado —respondo con sinceridad.
—Se te da bien calar a la gente.
—Puede ser.
—Quizás esta se convierta en tu universidad favorita ahora que yo estaré aquí —dice con esa sonrisa arrogante que ya es tan característica de él.
—Tú y Atlas, ¿verdad, tío? —bromeo.
—¿Puedo confesarte algo? —pregunta.
—Sí.
—Me gustó dormir acurrucado contigo anoche.
—A mí también me gustó.
Llegamos a la universidad. Aparco el coche y Atlas aparca su llamativo deportivo azul de lujo justo al lado del mío.
—Presumido —digo, y él sonríe.
Camino por los pasillos con los dos hombres más guapos de Grecia, y varias miradas se vuelven hacia nosotros, o mejor dicho, hacia ellos. Las chicas incluso se dan codazos.
Pasamos junto a Elisa, que mira a Eros de arriba abajo con evidente interés.
¿Está mal sentir ganas de ponerle la zancadilla para que se caiga?
Caminamos unos pasos más y nos encontramos con Luca y Apollo.
—¡Primos, bienvenidos! —dice Apollo.
—¡Gracias! —responde Atlas.
—¿Cómo estás, Chiara? —pregunta Apollo, y me pone la mano en el hombro.
Tanto la mirada de Eros como la mía se dirigen directamente a esa mano.
—Estoy bien —digo mientras doy un paso atrás.
—Eros, este es Luca —digo, haciendo las presentaciones—. Atlas y Luca ya se conocen.
Los tres se saludan con un gesto de cabeza.
—¿Así que estos son tus hermanos? —pregunta Luca.
Estoy tan cansada de que todo el mundo diga que Eros y Atlas son mis hermanos.
—No son mis hermanos. Son los hijos de mi padrastro —respondo con brusquedad.
Al terminar las clases, Giuseppe me entrega mi almuerzo y me dirijo a la cafetería.
Cuando llego, me encuentro a Eros y Atlas almorzando con Elisa y sus dos amigas inseparables.
Los dos levantan la mano y me hacen señas para que me siente con ellos.
Desde donde estoy, veo a Elisa poner los ojos en blanco.
—Hola —digo con una sonrisa forzada.
—Hola... —responde Elisa, indiferente.
Sus dos amigas me saludan con una sonrisa.
—¿Qué tal el día? —pregunta Eros.
—Bien —respondo.
Al ver que la atención del griego está puesta en mí, Elisa empieza a disparar una pregunta tras otra.
Eros responde con impaciencia mientras Atlas habla con las amigas de ella.
Termino de almorzar.
—Me voy —digo mientras me levanto.
—Chiara, ¿podrías llevarme? —pregunta Eros.
—Claro.
Por el rabillo del ojo, veo a Elisa poner los ojos en blanco por segunda vez.
Eros y yo nos despedimos de los demás y nos dirigimos al aparcamiento.
—¿Dónde quieres que te deje? —pregunto mientras subo al coche.
—En el concesionario —responde—. Por lo que sé, está a unas manzanas de aquí.
Arranco el coche.
—Chiara, mi padre me pidió que echara un vistazo a la reforma de la casa nueva. ¿Te gustaría venir conmigo? —pregunta.
—¿A qué hora? Salgo de la universidad a las seis.
—Puedes ir directamente. ¿Qué te parece?
—Me parece bien —respondo.
—Entonces quedamos así.
—Cambiando de tema —digo, fingiendo indiferencia—. ¿Cómo te has hecho amigo de Elisa y sus amigas tan rápido?
—No me he hecho amigo de ellas. Solo fueron amables y quisieron darnos la bienvenida. ¿Por qué? ¿No te caen bien?
—No tengo nada en contra de las otras dos, pero Elisa...
—¿Qué pasa con Elisa?
—Llevo dos años estudiando en esta universidad y nunca me ha dirigido la palabra. Al contrario, siempre me ha mirado con desdén. El día que Luca mencionó delante de ella que Matteo era mi cuñado, la tía intentó convertirse en mi mejor amiga de la noche a la mañana. Le encanta ese club y quería entradas VIP. El día que te conocí, fui al club porque ella insistió. Pero en cuanto llegamos, desapareció.
—Entonces tengo que darle las gracias a Elisa —dice Eros con una sonrisa asomando en la comisura de los labios.
—Después de conseguir lo que quería, volvió a fingir que yo era invisible. El día que conocí a Atlas en la barbacoa de Luca, ella estaba allí y me pidió pases para el club otra vez. Esta vez me negué, y confieso que me sentí muy bien al hacerlo.
—No conocía este lado vengativo tuyo, hermanita —bromea Eros.
—No se trata de venganza —explico—. Fue más bien una lección. Esa chica no puede tratar a la gente como si fuera desechable.
Aparco frente al concesionario.
Eros se desabrocha el cinturón de seguridad y acerca su rostro al mío.
—Hasta luego —dice, sujetándome la nuca para besarme. Mi dios griego me deja sin aliento.