CAPÍTULO 32
Aunque no tenía ningunas ganas de salir de casa, llegué al lugar que Demetrios me había enviado a la hora acordada.
En cuanto crucé la puerta, me llevé un susto.
—¡SORPRESA! —gritó todo el bar al unísono.
Las mujeres empezaron a quitarse los abrigos que llevaban y se quedaron solo en ropa interior o únicamente en bragas.
Muy típico de Demetrios.
—¡Qué demonios, Demetrios! ¡Te dije que no quería esta mierda! —grité mientras me daba la vuelta.
—Espera... espera... espera... ¿En serio, Eros? —El idiota se puso delante de mí.
—Dijiste unas copas para despedirnos y ¿me montas este circo?
—Joder, tío. Lo siento. Pensé que cuando llegaras te animarías.
Sonreí con incredulidad.
—¡Chicos! —dijo Demetrios en voz más alta—. Gracias, pero la fiesta se acabó. Bebed todo lo que queráis, invito yo, pero nos vamos a quedar aquí en la esquina, solo hablando.
—No. Me voy, Demetrios.
—No hagas esto, Eros —suplicó—. Tres copas y te dejo ir, lo prometo.
—Vale —resoplé, y cedí.
Nos sentamos en taburetes en una esquina del bar.
—Xander, dos chupitos de Ouzo.
—¡Ahora mismo! —dijo el camarero, y se puso a preparar las bebidas.
Nos sirvieron las copas.
—¿Cuándo te vas a Italia? —preguntó Demetrios.
—Mañana —respondí mientras daba un sorbo a mi bebida.
—¿Y la chica de Italia?
—¿Cómo sabes que hay una chica?
—N-no lo sé... Lo supuse porque estás tan diferente.
Puede que me equivocara, pero Demetrios parecía saber más de lo que dejaba entrever.
—Xander, dos chupitos más de Ouzo —pidió Demetrios, y un minuto después las bebidas ya estaban en la barra.
Después del segundo chupito, empecé a sentirme diferente, más animado. El ritmo de la música parecía más electrizante.
Una mujer en ropa interior intentó acercarse a mí, pero la aparté.
La fiesta empezó a animarse de verdad. Demetrios y yo nos pusimos a bailar con algunas chicas, pero cada vez que intentaban besarme, me apartaba. Todo empezó a dar vueltas, pero aquella euforia era contagiosa.
Me miré la mano y ya no estaba bebiendo chupitos de Ouzo. Sostenía una botella de cerveza.
—¡JODER, HERMANO, MENUDA PUTA FIESTA! —grité, eufórico.
—¡TODA PARA TI, HERMANO! —gritó Demetrios en mi oído, y empezamos a saltar.
Miré hacia la puerta y vi a una chica. Guapa, con flequillo y ojos claros. Entró con una presencia llamativa.
—¿Chiara? —dije, casi sin poder creerlo.
—Hola —respondió, y se acercó hasta quedar justo al lado de mi oído.
Tan guapa, con un vestido sexy. Antes de que pudiera reaccionar, me besó.
Cuando la chica se apartó, por fin logré enfocarle mejor la cara. No era Chiara. Sentí un nudo en el pecho y la aparté instintivamente.
—¿Qué demonios me está pasando?
—¡Ven aquí! —dijo con una sonrisa pícara mientras se acercaba de nuevo—. ¿Bailamos, guapo?
Aparté a la chica una vez más y seguí caminando.
Lo último que recuerdo es dejarme caer en un sofá.