CAPÍTULO 31
Habían pasado cinco días desde que Chiara decidió terminar lo que apenas habíamos comenzado.
Ya había perdido la cuenta de cuántas veces le había escrito mensajes solo para borrarlos, o había cogido el teléfono para llamarla y luego desistir. Ese día, mi primer instinto había sido coger el primer avión a Italia para escuchar a Chiara decir todas esas cosas mirándome a los ojos.
Atlas pensaba que lo había hecho por todo lo que había pasado con mi padre, pero daba igual. Mientras yo estaba aquí dispuesto a enfrentarme a todo y a todos para estar con ella, se rindió al primer obstáculo. Ahora lo único que quería era olvidarme de ella.
Por un lado, hasta era bueno que ya no viviera con mi padre. Así no tendría que verla todos los días en casa.
Sabía que iría a la misma universidad, pero al menos, por lo que había oído, era bastante grande y, como no estudiábamos la misma carrera, no tendría que coincidir con ella. Mejor así.
Estaba terminando de hacer la maleta para el viaje a Italia del día siguiente cuando sonó el teléfono. El nombre de Paola, la madre de Chiara, apareció en la pantalla.
¿Por qué me estaría llamando?
—¡Hola! —dije.
—Eros, ¿cómo estás?
—Bien —respondí—. Paola, ¿ha pasado algo?
—Te llamo para pedirte un favor.
—Adelante.
—Sé lo que pasó entre tú y tu padre, pero me gustaría pedirte que vinieras a nuestra boda.
—Paola, lo siento, pero…
—Eros —me interrumpió antes de que pudiera terminar—. Si no vienes, tarde o temprano te arrepentirás. Tu padre también. Vivirá el resto de su vida con el remordimiento de que, por una pelea, su primogénito no estuvo presente en su boda.
—Dejó muy claro que ya no soy bienvenido en la familia.
—Tu padre te quiere, Eros. Ha estado abatido desde que llegó a Italia hace dos días, pero es demasiado orgulloso para llamarte. Uno de los dos tiene que ceder.
—Siempre tenemos que ceder Atlas o yo.
—No te estoy pidiendo que lo llames, que te disculpes ni nada de eso. Solo te pido, por mí y por Chiara, que vengas a la boda.
—Chiara fue muy clara cuando dijo que no quería saber nada más de mí, Paola. Creo que queríamos cosas diferentes.
—Si le cuentas a Chiara lo que estoy a punto de decirte, lo negaré, pero está sufriendo, Eros. Chiara solo hizo eso porque le conté todo lo que pasó entre tú y tu padre. Se sentía culpable de que os pelearais y de que te desheredara.
—¿Qué?
—También hay un poco de inseguridad en todo esto. Piensa que, como siempre has vivido rodeado de lujo, tarde o temprano la culparías a ella por perder tu herencia y te cansarías de ella.
—¿De dónde sacó Chiara una idea tan absurda?
—Chiara es más insegura de lo que parece.
Se me dibujó una sonrisa tonta en la cara.
—¡Paola, gracias!
—Agradécemelo viniendo a mi boda con tu padre. Te quiero en el altar, Eros.
—Allí estaré.
—La reforma de la casa nueva aún no está terminada, así que la boda será en la casa donde vivo con Chiara.
—Está bien.
—Te prepararé la habitación.
—Paola, creo que es mejor que me quede en un hotel.
—Eso no es negociable. Hasta que volvamos de la luna de miel, te quedarás aquí. Si cuando la otra casa esté lista no quieres vivir con nosotros, que sea una decisión meditada, no tomada en caliente. ¿Cuándo llegas?
—Mañana a las cuatro.
—Justo una hora antes de la boda. ¿Crees que te dará tiempo?
—Iré directamente a tu casa en cuanto llegue.
—De acuerdo. ¡Hasta mañana, Eros! —dijo Paola, y colgó.
Me tiré en la cama con los brazos bajo la cabeza. La sonrisa tonta seguía ahí.
Estaba perdido en mis pensamientos cuando oí sonar el teléfono. Deslicé el dedo por la pantalla, sabiendo ya quién era.
—¡Dime, Demetrios!
Demetrios era un amigo de la universidad. Siempre andábamos de fiesta y de viaje, siempre rodeados de mujeres.
—¿Cómo es que te vas a Italia y no ibas a despedirte de mí?
—¡Perdona, tío! —le dije—. Han pasado muchas cosas.
—¿Quedamos hoy?
—No estoy de humor para fiestas, tío.
—¿Quién eres tú? ¿Qué han hecho con mi amigo?
—Me he cansado de esas fiestecitas que montábamos. Creo que me estoy haciendo viejo.
Pensé que era mejor no mencionarle a Chiara. La última vez que una mujer se interpuso entre nosotros, hubo tensión en nuestra amistad.
—¿Quién habla de fiesta? Hablo de nosotros dos solos y unas copas para despedirnos.
—Demetrios...
—Eros, por los viejos tiempos. O mejor dicho, ni siquiera tan viejos.
Sabía que no dejaría de insistir hasta verme ceder, así que me rendí.
—¡Está bien! —dije.
—¡Así se habla, tío! Te envío la ubicación y la hora. No me dejes plantado.
—Vale —respondí, y colgué.