El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Que ella solo se fuera esa mañana del hotel porque pensó que yo me había ido lo cambia todo.

—¿De qué hablasteis Chiara y tú para que te pusieras de tan mal humor? —pregunta Atlas, sentándose a mi lado en el bar del hotel.

—No es asunto tuyo —respondo con brusquedad.

—Te gusta, ¿verdad?

—¿Qué? No te pases, Atlas —me bebo el vaso de whisky de un trago.

—Vamos, Eros. Te has pasado el último mes intentando averiguar quién era la chica de aquella noche.

—Solo porque todo ese misterio me picó la curiosidad —le hago una señal al camarero para que me sirva otra copa.

—Chiara parece buena chica —dice.

—¿Y llegas a esa conclusión solo por esta noche?

—Esta tarde también. ¿Olvidaste que la conocí en una fiesta? —sonríe mientras se levanta—. Ah, y Apollo se va a poner muy contento cuando sepa que Chiara se une a la familia —dice el idiota y se marcha, dejando su comentario flotando en el aire.

—No voy a dejar que Apollo se acerque a Chiara. No le conviene.

Solo quiero terminarme el whisky y subir a mi habitación.

Estoy absorto en los acontecimientos de la noche cuando me doy cuenta de que alguien me está hablando. Miro hacia un lado y veo a una mujer con el pelo largo con raya en medio, que lleva un elegante vestido largo de satén. Es asiática, sin duda. Muy atractiva.

—¿Me has dicho algo? —pregunto.

—Te pregunté si te gusta Chiara —sonríe—. Bueno, más bien lo afirmé.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —pregunto confundido.

—Dijiste que no ibas a dejar que Apollo se acercara a Chiara, que no le convenía.

—¿Dije eso en voz alta?

—Alto y claro —dice sonriendo, y luego se gira hacia el camarero—. Un limoncello, por favor.

—¿Siempre te vistes así para venir a los bares de hotel?

—Sí. Me ayuda a llamar mucho la atención —sonríe.

—No lo dudo.

—Estaba en la boda de mi mejor amiga. Pero ya ha terminado, los recién casados se han ido de luna de miel, los invitados se han marchado, y este vestido es demasiado bonito y caro como para guardarlo y no volver a ponérmelo hasta dentro de dos o tres años, si es que para entonces no he engordado. Así que aquí estoy, tomándome una copa de mi licor favorito en el bar de este hotel, charlando con un desconocido.

Me sorprendo sonriendo cuando la chica me llama «desconocido». Me recuerda al atrevido acercamiento de Chiara aquella noche en la discoteca.

—¿De qué sonríes?

—De nada —esquivo.

—No me has respondido sobre Apollo y Chiara. Me encantan las buenas historias.

—Porque no hay nada que contar. Apollo es mi primo, un mujeriego confeso al que le dan igual las chicas con las que se lía. Chiara es la hija de la futura esposa de mi padre. Aunque es muy inteligente y decidida, no tiene mucha experiencia con los hombres.

—¿Estás enamorado de la hijastra de tu padre?

—No estoy enamorado de ella.

—¿Entonces la ves como a una hermana y la estás protegiendo?

—No es mi hermana.

—Tío, aclárate. No te molestaría tanto lo de esos dos si no fuera por una de esas razones.

—No sabes de qué hablas.

—O tal vez simplemente no has querido admitirte lo que sientes por la chica.

No pierdo el tiempo en responder. Ya veo que esta chica es tan terca como Atlas.

—Ya que eres tan directa, ¿puedo serlo yo también?

—¡Por supuesto! —responde, y da un sorbo a su bebida.

—Ese vestido tan caro que llevas es precioso, pero creo que me gustaría aún más lo que hay debajo. ¿Qué te parece si subimos a mi habitación y seguimos con esta charla?

—¿Esa frase suele funcionar? —pregunta.

—¿Qué?

—¿Eso de ir tan directo?

—Solo con mujeres decididas como tú.

Esboza una amplia sonrisa.

—Sabes que ni siquiera necesitabas usar esa táctica, ¿verdad? Ya sabía que esto iba a pasar antes de sentarme en este taburete. Solo me contuve un poco cuando me di cuenta de que tenía delante a un hombre enamorado.

—Ya te he dicho que no estoy enamorado —digo con firmeza.

—Cállate y vámonos —dice mientras abre el bolso para pagar su bebida.

—Va conmigo —le digo al camarero, que asiente—. Cierra el bolso —le digo mirándola. Sonríe y hace lo que le pido.

Caminamos hacia el ascensor, pero a mitad de camino me detengo frente a ella y le corto el paso.

—¿Me dices tu nombre?

—Yuna.

—Encantado, Yuna. Soy Eros.

La última vez que me acosté con una chica sin saber su nombre, me trajo muchos problemas.

Ya en el ascensor, la cosa empieza a calentarse. Yuna está buenísima y es exactamente lo que necesito esta noche. Caminamos por el pasillo, la empujo contra la pared y la beso con urgencia, deslizando las manos por su cuerpo.

Tengo prisa, así que una vez dentro de la habitación, la giro y le bajo la cremallera del vestido, dejando que caiga por su cuerpo hasta el suelo.

—Justo como imaginaba —digo, abrazándola por detrás y besándole el cuello—. Jodidamente sexy —le susurro al oído.

Se gira hacia mí y empieza a quitarme la ropa.

Algo no va bien. Mi polla simplemente no se pone dura, y a estas alturas debería estar palpitando y pidiendo a gritos salir de mis bóxers.

Yuna se da cuenta y me lanza una mirada interrogante.

—Ven aquí —me siento en el sofá y la atraigo hacia mi regazo, de cara a mí.

Vamos, tío. Este truco es infalible.

La beso y le guío las caderas para que se frote contra mi polla.

Joder, ponte dura. Tienes a una mujer increíblemente sexy frotándose encima de ti.

Se levanta y se arrodilla frente a mí. Sé lo que está a punto de hacer, pero la detengo.

—Sería demasiado vergonzoso si ni siquiera después de eso pudiera —digo, y ella se sienta a mi lado.

—Está bien —dice, torciendo la boca.

—Si quieres, aún puedo darte placer de otras formas —sugiero, avergonzado.

—No hace falta —sonríe—. Tengo unos juguetes en casa que funcionan de maravilla.

—No sé qué ha pasado. O sea, mírate: eres preciosa, muy sexy, y normalmente en una situación así mi polla ya se habría puesto dura en el bar.

—Me voy —dice Yuna, levantándose.

Empieza a vestirse.

—Eros, sé que me pasé la noche bromeando con que estás enamorado, pero quería darte un consejo, si me lo permites.

Asiento.

—Perdí a la persona más increíble que he conocido por orgullo y miedo a arriesgarme. Dos años después, me lo volví a encontrar y estaba comprometido. Y hoy he estado en su boda con mi mejor amiga.

—¿Qué pasó?

—Una de esas jugadas del destino. No sé qué pasó entre tú y esa chica, pero si te hace sentir algo distinto a todo lo que has sentido antes, vale la pena arriesgarse, luchar y enfrentar lo que venga.

—Pero ella también tiene que quererlo.

—¿Te dijo explícitamente que no te quiere?

—No exactamente.

—Entonces ya tienes el «no» si no lo intentas —dice, y camina hacia la puerta y sale.

Decido darme una ducha. Mientras el agua me cae sobre la cabeza, las palabras de Yuna resuenan en mi mente.