El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Tengo que agarrarme a la barandilla mientras bajo las escaleras. Cuando me doy cuenta de quién está justo delante de mí, las piernas me flaquean. Bajo el último escalón y camino hacia ellos, todavía confundida, tratando de asimilarlo todo.

Estoy tan nerviosa que sin querer le doy con el brazo a un jarrón decorativo. El desconocido lo atrapa en el aire.

—¿Tú? —pregunto, clavándole la mirada.

—Sí —sonríe.

—Por cierto, ¡gracias por el jarrón! —digo, manteniendo una expresión seria.

—No hay de qué.

Como si no fueran ya bastantes coincidencias, miro hacia un lado y veo a Atlas, a quien conocí en la barbacoa esta tarde.

—¿Tú? —pregunto.

—¿Los conoces, cariño? —pregunta mi madre.

—A él... —señalo al desconocido, cuyo nombre todavía no sé—. Lo conocí hace un mes en la discoteca de Matteo. Y a él... —señalo a Atlas—. Lo conocí hoy en casa de Luca.

—¡Qué coincidencia! —dice mi madre, con una sonrisa perpleja. Debe de parecerle tan raro como a mí—. Déjame presentarte: este es Theodore.

—Es un placer conocerlo —digo educadamente, dando un paso adelante para saludarlo.

—¡El placer es mío! —responde.

—Y ahora, formalmente, estos son Eros y Atlas —dice mi madre.

¿Eros? ¿Así que ese es su nombre?

—¡Hola! —Eros extiende la mano. Levanto la mía y el calor familiar me deja paralizada por un instante.

Se inclina y me da un beso en la mejilla más largo de lo normal.

—Estás preciosa, desconocida —su aliento cálido me eriza la piel.

El chico que elegí para perder mi virginidad —que, a pesar de ser griego, se largó a la francesa sin despedirse— está a punto de convertirse en el hijastro de mi madre. ¿Y eso en qué nos convierte a nosotros?

Una oleada de frustración me invade y le lanzo una mirada furiosa. Salgo de mi ensimismamiento y me doy cuenta de que Atlas me está hablando.

—¡Hola otra vez, Chiara! —me saluda con un abrazo.

—¡Hola! —sonrío.

—Voy a ver cómo va todo en la cocina —dice mi madre—. ¿Vienes conmigo, Theodore?

El padre de Eros le pone la mano en la cintura a mi madre y camina con ella hacia la cocina. Tengo curiosidad por algo sobre Atlas, así que decido preguntar:

—¿Ya sabías que...?

—¿Que eres la hija de la novia de mi padre? —pregunta, con una sonrisa perpleja—. No tenía ni idea. Para mí también fue una sorpresa enorme.

—Es que sabías mi apellido.

—Bueno, tal vez alguien...

—Ha llegado alguien —interrumpe Eros.

Elena y Matteo entran en la sala. Mi madre y Theodore vienen justo detrás.

—¡Perdón por el retraso! —dice Elena—. Me quedé dormida después de pasarme la mañana y parte de la tarde trabajando en unos diseños, así que Matteo no quiso despertarme.

—¡Llegaste justo a tiempo, cariño! —dice mi madre, saludando a Lena y Matteo.

—Esta es la hija embarazada —dice Eros, con cara de confusión.

¿Pensaba que yo era la que estaba embarazada?

—Sí —dice Elena, extendiendo la mano—. Soy la hija embarazada. Encantada de conocerte, Elena Médici.

—¡Eros Makris! —responde, devolviéndole el saludo. Luego hace lo mismo con Matteo.

¿Makris?

Solo ahora caigo en que el desconocido es un Makris. Lo que significa que el hotel donde pasamos aquella noche pertenece a su familia.

Se hacen todas las presentaciones.

Theodore, siempre cortés, expresa lo feliz que está de conocernos. El problema es que todavía estoy tan aturdida por todo que apenas puedo concentrarme en lo que dice.

¿Sabes cuando quieres prestar atención a una conversación pero tu cabeza no para y no te deja concentrarte? Pues así es exactamente como me siento.

Cada vez que miro a Eros, ya me está mirando.

¿A qué está jugando? ¿Quiere que alguien sospeche algo?

No sé qué pretende este chico, pero si cree que puede tomarme el pelo, está muy equivocado.

Elena me lanza una mirada interrogante. Me conoce mejor que nadie, y sé que ha notado algo.

¡Madre mía! ¿Qué probabilidades había de conocer a los dos hijos del novio de mi madre en situaciones completamente distintas antes de que me los presentaran formalmente?

Incluso había intentado imaginar cómo serían los hijos del novio de mi madre, pero esto ni se me había ocurrido.

—Señora Paola, la cena está servida —anuncia Emma, y todos nos dirigimos al comedor.

Eros se sienta justo enfrente de mí en la mesa.

Por mucho que intente disimularlo, cada vez que me mira, siento que el cuerpo me arde.

Nos servimos la deliciosa cena preparada por Emma, que tiene unas manos mágicas. Aun así, me cuesta tragar con Eros mirándome fijamente.

Al final de la cena, Theodore da dos golpecitos con la cucharilla del postre en la copa de vino.

—Me gustaría un momento de su atención, por favor.

Todos miramos al apuesto hombre de pelo canoso.

—Elena y Chiara, sé que acabamos de conocernos, pero quería deciros lo feliz que me hace conoceros.

Elena y yo asentimos a la vez, sonriendo.

—No entraba en mis planes enamorarme de nadie. Me había acostumbrado a que solo fuéramos Eros, Atlas y yo. Pero lo que siento por vuestra madre me ha hecho querer compartir mi vida con ella. Por eso, me gustaría pediros permiso para proponerle matrimonio a Paola.

Elena y yo asentimos. Theodore saca una pequeña caja cuadrada de terciopelo del bolsillo de su traje, la abre dejando ver un precioso anillo de diamantes y la coloca frente a mi madre mientras pregunta:

—Paola, ¿quieres casarte conmigo? —Sus ojos brillan de ilusión.

—Sí, quiero —responde mi madre.

Theodore le desliza el anillo en el dedo y, tras un largo beso, se abrazan.

Todos nos levantamos a felicitarlos. Después, Matteo abre una botella de champán y brindamos por ellos.

Salvo Elena, que esa misma tarde le había pedido a nuestra madre tiramisú de postre, los demás nos saltamos el postre y pasamos al salón con las copas de champán en la mano.

—Chiara, tu madre me ha contado que estudias en dos universidades —comenta Theodore.

—Sí. Estudio Gestión de la Innovación y Emprendimiento en la Universidad de Milán por las mañanas y Diseño de Moda en el Instituto de Tecnología de la Moda por las tardes.

—¡No me digas! —exclama Atlas con una sonrisa de sorpresa—. Eros y yo también vamos a la Universidad de Milán.

Miro a Eros. Tiene una leve sonrisa en la comisura de los labios.

—Paola y yo nos casaremos pronto. Deberíais cuidar de Chiara en la universidad. Pronto seréis hermanos —dice Theodore, y me atraganto con el sorbo de champán que acabo de dar.

—Cariño, ¿estás bien? —pregunta mi madre.

—Sí, mamá —respondo, recuperándome.

Miro a Eros de reojo y, una vez más, asoma una sonrisa pícara en la comisura de sus labios.

—Chiara, ¿por qué no les enseñas a Eros y Atlas el jardín? —sugiere mi madre.

—¡Buena idea! —dice Eros, levantándose.

Sin posibilidad de negarme, acabo aceptando.

—¡Por supuesto! —digo, levantándome, seguida de Atlas.

Apenas hemos dado unos pasos cuando suena el teléfono de Atlas.

—Id vosotros delante —dice el hermano de Eros—. Ahora os alcanzo.

Maldita sea, justo lo que me faltaba.

—Apuesto a que, si pudieras, tú también saldrías corriendo, ¿verdad, hermanita? —pregunta Eros, dejándome desconcertada.

—¿Qué? ¿De qué hablas? Que yo recuerde, el que suele irse a la francesa eres tú —digo arqueando una ceja.

—Debías de seguir borracha cuando te despertaste, porque yo no me fui a ningún lado.

Suelto una carcajada sarcástica.

—¿Ah, sí? A lo mejor tienes superpoderes y te volviste invisible.

Aunque la conversación dista mucho de ser amistosa, mantenemos un tono suave y expresiones neutras mientras paseamos por el jardín.

—¿De qué hablas? Fui a la cocina del restaurante a prepararnos un desayuno griego y, cuando volví, te habías ido.

—¡Venga ya, Eros!

—¿Por qué iba a mentir?

—Sinceramente, ¡da igual! —digo, sin mirarlo a los ojos—. Eres el hijo del futuro marido de mi madre, y si lo hubiera sabido hace un mes, aquella noche jamás habría pasado.

—¿Estás segura de eso, hermanita? —pregunta, con su cuerpo tan cerca del mío que puedo sentir los latidos acelerados de su corazón. Seguro que él también siente los míos.

Estoy tan vulnerable e hipnotizada por su embriagador aliento tan cerca de mi rostro que, si intentara besarme, no me resistiría.

Pero se aparta.

—Aquel día fui a la cocina a prepararte un desayuno griego —dice, visiblemente molesto—. Quería darte alguna pista sobre mí, ya que no sabíamos nada el uno del otro.

—No tenía forma de saberlo —replico—. Me desperté en una habitación vacía y di por hecho que te habías ido.

Damos unos pasos más en completo silencio.

—Deberíamos volver —sugiero—. Atlas se quedó atrás.

—Lo hizo a propósito.

—¿Sabe lo nuestro?

—No todo. Solo sabe que hay una chica italiana. Me ayudó a buscarte en las redes sociales —dice, y abro los ojos como platos—. Igual que tú, no tenía ni idea de que eras la hija de la novia de mi padre.

—Por eso sabía que mi apellido era Giordano.

Me mira sin entender lo que acabo de decir.

—Cuando conocí a tu hermano hoy en casa de Luca, me presenté como Chiara y él añadió: Giordano.

—Ah…

—Vamos, tenemos que volver —digo, echando a andar.

—¡Chiara! —Eros me agarra del brazo—. ¿De verdad te arrepientes?

—No. No sabíamos lo que nos deparaba el futuro, pero ahora todo ha cambiado.

Eros me suelta el brazo. Volvemos sobre nuestros pasos y nos encontramos con Atlas por el camino.

—He pensado que era mejor quedarme cerca —dice Atlas—. Nuestros padres podrían sospechar.

—¡Gracias! —digo cuando Eros pasa por nuestro lado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Atlas.

—No estoy muy segura —respondo sinceramente—. Todo es muy confuso. Hasta hoy ni siquiera sabía su nombre, y ahora vamos a ser una familia.

Volvemos a entrar en la casa.

Atlas es muy majo. La impresión que me llevé de él en casa de Luca ha cambiado por completo.

—¿Nos vamos? —Theodore se levanta al vernos.

—¿Ya nos vamos? —pregunta Atlas.

—Sí —responde mi futuro padrastro—. Mañana nos veremos todos en casa de Elena. Conoceremos a un par de amigos de ella y de Matteo.

—¿Giu y Pietro? —pregunto, mirando a Elena.

—Sí.

—Te van a caer muy bien —le digo a Atlas mientras caminamos hacia su coche—. Tienen muy buena energía.

—¡Genial! Eros y yo necesitamos conocer gente nueva en este país.

—Habla por ti —dice Eros, con cara de pocos amigos.

—¿Qué mosca le ha picado? —pregunta Atlas, sonriendo.

Todos nos despedimos.

Eros está serio. Cuando se acerca a despedirse, se muestra frío.

Theodore, Atlas y él suben al coche y se marchan.

Me despido de Elena y Matteo y subo a mi habitación.

Tengo la cabeza hecha un lío.

Cada vez que Eros se acercaba durante la noche, la razón salía volando por la ventana.