El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

A la mañana siguiente, mi madre y yo vamos a casa de Elena. Decidimos llegar un poco antes para ayudarla a ella y a Matteo con lo que haga falta.

Mi madre está preparando la zona exterior con Matteo, mientras Elena y yo estamos en la cocina terminando una ensalada y preparando zumo de manzana.

—¿Qué está pasando entre tú y los hijos de Theodore? —pregunta Elena, pillándome completamente desprevenida.

Me pongo tan nerviosa que acabo dándome con el brazo contra la cuchara con la que estaba removiendo el zumo, y el líquido de la jarra se me derrama encima.

—¡Maldita sea! —maldigo.

Llevo la jarra al fregadero y empiezo a limpiar el estropicio que he montado.

—¿Te has puesto nerviosa? —Elena me mira fijamente—. Sabía que había algo.

—¿Qué? ¿D-de qué estás hablando?

—Chiara Giordano, sé que algo pasa entre tú y Eros, y sé que Atlas sabe de qué va.

—Ya no pasa nada, sobre todo ahora que nuestros padres se van a casar.

Limpio la encimera, secando el zumo que sobra.

—¿Ya no pasa nada? ¿Quieres decir que ya pasó algo?

Nunca he podido ocultarle nada a Elena, así que me rindo y decido contárselo.

—¿Te acuerdas de aquel día, hará como un mes, cuando llamé a Matteo pidiendo dos entradas para el club?

—Sí. ¿Y?

—Eros estaba allí y...

—Solo os besasteis, ¿verdad?

—Más que eso —bajo la cabeza.

Me concentro en limpiar el zumo que se ha derramado en el suelo.

—Sé más clara, pececito —Elena me mira fijamente.

—Fui al Hotel Makris con él y...

Se lleva la mano a la boca.

—Pero eras vir... —antes de que termine la frase, asiento—. ¿Perdiste la virginidad con él?

—Sí. No tenía ni idea de que era el hijo del novio de mamá. En ese momento, ni siquiera sabía que nuestra madre tenía novio.

—No me refiero a eso. Es que él era...

—Un desconocido, lo sé.

—No te forzó, ¿verdad?

—Al contrario —digo con timidez—. Fui yo la que prácticamente se le tiró encima. Ni siquiera quería besarme porque me había contado cinco copas desde donde estaba sentado.

—Eso me gusta —sonríe—. No quiso aprovecharse de ti.

—Sí —asiento—. Pero le dije que, a pesar de ser joven, aguanto muy bien el alcohol.

—¿Desde cuándo?

—Desde que no quería que se echara atrás solo porque me había tomado unas copas. Ese día aguantaba bastante bien y sabía perfectamente lo que hacía. Así que era verdad a medias.

—Dios mío, mi hermanita perdió la virginidad —dice, abrazándome—. ¿Usasteis preservativo? ¿Has ido al ginecólogo?

—Baja la voz —susurro—. Sí. Fui al ginecólogo y usamos preservativo.

—¿Y después? ¿No seguisteis en contacto? —pregunta, y me echo a reír de lo curiosa que es.

—No sabíamos cómo nos llamábamos.

—¿Cómo que no?

—Me acerqué a él en el club y lo llamé «desconocido» —explico—. Él hizo lo mismo, y me gustó el juego. A la mañana siguiente, cuando me desperté, no lo vi. Pensé que se había ido, así que me vestí, pregunté en recepción si había algo que pagar y me fui a casa. Ayer descubrí que no se había ido. En realidad había ido a la cocina a preparar un desayuno griego. Cuando volvió a la habitación y no me vio, pensó que me había largado, que básicamente había huido de él.

—¿Por qué no preguntaste en recepción?

—No se me ocurrió en ese momento.

—Tantos malentendidos —dice, torciendo la boca.

Mi madre entra en la cocina, y aprovecho para escapar de la conversación.

—Tengo que cambiarme.

—Ve a mi armario —dice Elena—. Coge lo que quieras. Total, no me he puesto nada de eso en meses.

—¡Me encanta! —sonrío—. Adoro tu ropa.

—Nuestra conversación aún no ha terminado.

Subo las escaleras, escojo un conjunto del armario de Elena y voy a la habitación de invitados a darme una ducha.