CAPÍTULO 2
Entramos y él pulsó el botón de la última planta.
Una pareja de mediana edad subió al mismo ascensor.
Nos quedamos al fondo, y mi atrevido desconocido deslizó los dedos por la cara interna de mi muslo hasta alcanzar mi zona más sensible. La sensación me hizo querer cerrar las piernas por instinto.
Apreté los labios con fuerza mientras intentaba contener un gemido.
La pareja se bajó en la séptima planta y, en cuanto se cerraron las puertas, el desconocido me aprisionó contra la pared del ascensor con su cuerpo. Una de sus manos me agarró el trasero mientras la otra guiaba un beso lleno de urgencia.
El ascensor llegó a la última planta, donde se encontraba la suite presidencial.
Entrelazó sus dedos con los míos y, tras caminar unos pasos a mi lado, pasó una tarjeta por el lector de la última puerta del pasillo y la abrió.
—¡Vaya, este lugar es precioso! —comenté, mirando a mi alrededor mientras entraba en la lujosa suite.
Me llevó a un balcón.
—Este es mi lugar favorito aquí —dijo, contemplando las luces de la ciudad.
Sentí una deliciosa brisa fresca.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—No. La temperatura es perfecta.
—Estás aún más hermosa con las luces de la ciudad reflejándose en tu rostro.
Sentí que me ardían las mejillas.
Comenzó a acercarse y el corazón me dio un vuelco.
—¿Seguimos sin decirnos nuestros nombres? —preguntó, mientras el dorso de su mano me acariciaba la mejilla.
—¿No te parece divertido?
—Me intrigas, desconocida.
Sonreí. Mis manos buscaron su nuca. Esta vez fui yo quien inició nuestro beso.
Sus hábiles manos me levantaron y mis piernas se enroscaron en sus caderas. Me llevó en brazos hasta la cama y me recostó con delicadeza.
El desconocido me quitó una sandalia, luego la otra. Sus manos se deslizaron sobre mi piel mientras subía lentamente mi vestido.
Solo llevaba un conjunto de lencería negra.
La lujuria era evidente en sus ojos oscurecidos. Parecía hambriento, mirándome como si fuera su presa.
Su boca bajó hacia mi cuello, provocándome escalofríos, mientras sus atrevidas manos recorrían mis pechos.
La anticipación de lo que estaba a punto de suceder me tenía ansiosa.
Necesitaba decírselo…
—Hay algo importante que no te he dicho —dije, con el corazón acelerado.
Dejó de recorrer mi cuello con sus besos húmedos y me miró.
Necesitaba ser directa.
—Nunca he hecho esto —dije, y fue como si acabara de confesarle que tenía una enfermedad contagiosa.
—Eso no es algo que se olvide mencionar —dijo, sentándose en la cama.
—No dije que lo olvidara, dije que no te lo había contado —respondí, frustrada—. ¿Por qué debería ser un problema para ti? Solo debería importarme a mí.
—¿Nunca lo has hecho y vas a entregarte a mí? Ni siquiera sabemos nuestros nombres —replicó, confundido.
—Mira, no es que quisiera que mi primera vez fuera con mi Príncipe Azul, el amor de mi vida —dije, sentándome a su lado—. Siendo sincera, ni siquiera creo que encontrar el amor de tu vida sea para todos.
Parecía aún más confundido.
—Solo quería que pasara cuando de verdad me apeteciera, y eso nunca había ocurrido hasta ahora.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
—Sí —sonreí, acariciándole el brazo—. Bueno, si tú todavía quieres.
Una sonrisa llena de lujuria y picardía le iluminó el rostro.
—Prometo darlo todo para que el placer supere cualquier molestia que puedas sentir —dijo.
El desconocido se quitó la ropa. Tenía prisa por quedarse completamente desnudo, y no oculté mi admiración mientras contemplaba su desnudez. Su cuerpo estaba muy bien definido; no excesivamente musculoso, pero esas líneas abdominales eran una invitación al pecado.
Me recostó en la cama de nuevo. Su lengua invadió mi boca en un beso lleno de deseo. Las hábiles manos del desconocido me desabrocharon el sujetador y lo lanzaron a un lado.
Su boca volvió a recorrer mi cuello.
—Creo que aquí fue donde lo dejé —dijo con voz ronca, mordiéndome la punta de la oreja.
—Justo ahí —susurré con los ojos cerrados, saboreando esas sensaciones.
Su boca descendió hasta mis pechos. Su lengua caliente me provocó sensaciones deliciosas. Arqueé la cabeza hacia atrás, luchando por contener mis gemidos.
Su boca bajó aún más. Se colocó entre mis piernas, con los dedos acariciándome la cara interna de los muslos.
—Quiero saborearte, desconocida. Seguro que eres deliciosa.
La mera anticipación ya me tenía muy excitada.
Acercó la boca a mi entrada y su aliento cálido me hizo retorcerme de impaciencia.
—Puedes dejar de tortur… Ah… —Atrapó mi clítoris entre los dientes y lo mordió suavemente—. AHH…
Su lengua sustituyó a los dientes, moviéndose con maestría y enviando oleadas de placer por todo mi cuerpo.
Una de sus manos subió para acariciarme de nuevo un pecho, mientras su boca succionaba y estimulaba mi punto más sensible.
Mi cabeza cayó hacia atrás, mis gemidos se hicieron más fuertes, e instintivamente intenté cerrar las piernas.
Sus brazos me sujetaron los muslos con firmeza.
Me lamía, y sabía exactamente lo que hacía. El placer que me daba era de una intensidad casi insoportable.
Su lengua se desplazó hacia mi entrada, penetrándome antes de volver a mi clítoris.
Estaba al borde del colapso, con el cuerpo ardiendo, hasta que el clímax me alcanzó de lleno. Mis gemidos involuntarios, cómo se contorsionaba mi cuerpo y mi intento fallido de apartarlo de entre mis piernas dejaban claro lo intenso que había sido ese orgasmo.
—Dios, eso fue… —traté de completar la frase, pero no pude. Todavía no me había recuperado.
Lamió mis flujos, y mi cuerpo se estremeció en respuesta. No satisfecho, le dio una palmada juguetona a mi sensible coño, lo que me hizo gritar. Era placentero y torturador a la vez.
Lo agarré de los hombros y lo atraje sobre mí. Capturé su boca en un beso sediento y me saboreé en sus labios.
Mientras me perdía en sus labios, oí el sonido del envoltorio del preservativo al rasgarse.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos mientras se ponía la protección y se colocaba en mi entrada.
Era el momento.
—¿Estás tensa? —preguntó, mientras una arruga de preocupación se formaba en su frente.
—Un poco —respondí, avergonzada.
—Relaja el cuerpo todo lo que puedas —dijo, mientras deslizaba su polla arriba y abajo antes de colocarse en mi entrada.
Entró lentamente, pero aun así sentí como si me estuviera desgarrando.
—Ay… —Mi gemido fue de dolor.
Se detuvo, me acarició el rostro y me besó.
—¿Te estoy haciendo daño? —preguntó, preocupado.
—Puedes continuar —intenté suavizar mi expresión, pero el ardor aún me molestaba.
Empujó más adentro hasta quedar completamente dentro.
Quería soltar todas las palabrotas que se me ocurrieran, pero me contuve. En su lugar, le clavé las uñas en la espalda. Se detuvo y mantuvo el contacto visual.
—¡Se siente increíble! —dijo, con la voz aún más ronca—. Tan apretada.
—¿O es que la tuya… es demasiado grande? —pregunté, y él sonrió con arrogancia.
Comencé a mover las caderas. Captó el mensaje y empezó a moverse dentro de mí.
Con cada embestida, el ardor daba paso al placer.
Mantuvimos el contacto visual mientras él aumentaba el ritmo, encontraba mi punto más sensible con los dedos y lo estimulaba una y otra vez.
Si había sentido alguna molestia antes, ya no la recordaba. El placer volvió a extenderse por mi cuerpo.
—Quiero verte cabalgarme —dijo, con los ojos brillantes de lujuria.
Sin salir de mí, me enganchó la pierna alrededor de su cadera y se sentó en la cama conmigo en su regazo.
Nuestros ojos estaban a escasos centímetros, nuestros alientos calientes se mezclaban, el sudor brillaba en nuestra piel con el aroma de nuestra excitación, el olor del sexo… todo lo impregnaba.
Sensaciones y oleadas de placer recorrieron mi cuerpo mientras me movía arriba y abajo sobre él, con los brazos rodeándole el cuello.
El clímax volvió a alcanzarme de lleno. Ya no podía moverme con tanta coordinación. Los gemidos roncos del desconocido se volvieron aún más fuertes. Me agarró el trasero con firmeza para ayudarme a cabalgarlo, e incluso echó la cabeza hacia atrás mientras llegábamos juntos al orgasmo.