El heredero de mi padre (Una pasión secreta)
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CAPÍTULO 1
Las manos del desconocido se deslizan por mis costados. Tiene el rostro tan cerca que su aliento cálido me acaricia la oreja. Sus labios me rozan el cuello con suavidad, erizándome la piel.
Veo deseo en sus ojos mientras nos movemos al ritmo de la música.
¿Valió la pena todo mi esfuerzo?
Durante toda la noche, me pasé los dedos por el pelo, fingiendo bailar con naturalidad. Después de unas cuantas bebidas dulces y rosadas, empecé a mirarlo descaradamente. Como eso no bastaba, me acerqué a él y lo abordé con un: —¡Hola, desconocido!
¿Hola, desconocido, Chiara? ¿En serio?
Después de mi acercamiento tan poco convencional —especialmente para mí, que nunca había hecho algo así—, necesitaba mantener mi fachada de mujer segura, así que lo invité a bailar.
Él sonrió. Todavía no sé si fue por mí o por mi audacia. Lo que sí sé es que aceptó, y me encantó sentir sus manos firmes en mi cuerpo mientras nos movíamos en perfecta sincronía.
—¿Era esto lo que querías, desconocida? —pregunta, acercando los labios a mi oreja con esa voz ronca.
—Casi —respondo, mirándolo fijamente y apretando el pecho contra su torso—. Todavía no me has besado.
Chiara, esta noche te la estás jugando.
Sus dedos se aprietan en mi cintura. Parece estar pensando.
—¿Qué pasa? —pregunto, sosteniéndole la mirada.
—Quiero hacerlo —dice mientras me aprieta la cintura con más fuerza—. Joder, quiero hacerlo.
Le miro la boca fijamente, pero él no se mueve.
¿Está esperando a que lo bese yo?
¡Pues claro, Chiara! Has llevado la iniciativa en todo hasta ahora.
Estoy a punto de hacer lo que creo que espera cuando su mano se interpone y me detiene.
—Pero no me parece bien —dice, dejándome confundida.
Parpadeo y niego con la cabeza.
—¿De qué hablas?
—Desde donde estaba, te conté cinco copas, y si te beso, no voy a querer quedarme solo en un beso. Pero no me aprovecho de mujeres borrachas.
Así que me estabas observando, ¿eh, desconocido?
Se me dibuja una sonrisa al darme cuenta.
—¿Eso es todo? —sonrío—. Que sepas una cosa: aunque soy joven, aguanto bastante bien el alcohol —me pongo de puntillas y le paso la lengua por los labios.
De perdidos, al río.
Me muerdo el labio inferior al ver cómo su mirada se vuelve vidriosa, y siento otro apretón, esta vez en la cadera.
—Chica, estás jugando con fuego —siento su aliento cálido y delicioso en la boca.
—¿Y si quiero quemarme? —pregunto, clavándole la mirada.
Vale, ya sé que es un poco cliché e incluso cursi, pero él empezó.
El desconocido ridículamente guapo pega su cadera a la mía, haciéndome sentir el bulto duro de su excitación.
—¿Notas lo loco que me estás volviendo?
—S-sí... —susurro.
El desconocido me pasa los dedos por el pelo, cerca de la nuca. Con la otra mano me atrae hacia él. Me tira del pelo con suavidad, echándome la cabeza hacia atrás. Mis ojos van de su mirada hambrienta a su boca tentadora.
Nuestros labios se encuentran, nuestros alientos se mezclan, y cedo ante su lengua atrevida cuando invade mi boca sedienta.
Presiono la lengua contra la suya, juego con ella y lo hago gemir en mi boca.
Parece un Massimo o un Leonardo, aunque no estoy segura de si es italiano. No hemos hablado mucho, pero le noté un ligero acento.
El desconocido guapísimo me recorre el cuello con la lengua y dejo escapar un gemido involuntario.
Siento calor y humedad entre los muslos. Le tiro del pelo y le devuelvo los labios a los míos. Encajamos a la perfección: su lengua está caliente, sus labios son suaves. Podría besarlo durante horas y horas.
—Me alojo en un hotel a tres manzanas de aquí —dice con la frente pegada a la mía—. ¿Qué te parece si nos vamos de aquí?
Solo entonces me acuerdo de Elisa, mi nueva amiga de la universidad, que me convenció de quitarme el pijama y las zapatillas para venir a la discoteca de mi cuñado, Matteo.
Intento llamar a la chica dos veces, pero suena varias veces y salta el buzón de voz.
Sospecho que solo le interesaba la entrada VIP gratuita, ya que llevamos dos años en la misma universidad y nunca había intentado acercarse. Por no hablar de que desapareció poco después de llegar.
—Vamos —digo, mirando al desconocido increíblemente atractivo que tengo delante.
Me pone la mano en la cintura y caminamos hacia la salida de la discoteca.
El aparcacoches le entrega las llaves al desconocido, que demuestra ser todo un caballero al abrirme la puerta de su deportivo de lujo.
El vehículo arranca y el aire se carga de tensión sexual. Parece tener prisa o simplemente quiere impresionarme con la potencia de su coche.
Ahora que ya no estamos en la oscuridad de la discoteca, puedo verlo mejor, y me gusta lo que veo.
—¿Qué pasa? —pregunta con una sonrisa tímida.
Su sonrisa es preciosa, por cierto.
—Nada —digo, volviendo a mirar al frente, pero su mano atrevida se cuela entre mis muslos.
Como el hotel está a solo unas manzanas del club, llegamos en dos o tres minutos.
Vuelve a abrirme la puerta del coche y cruzamos el vestíbulo del hotel hasta el ascensor.
—Cuando dijiste que te alojabas cerca del club, no imaginé que sería en el Hotel Makris. La noche aquí cuesta una fortuna —comento. Aunque para alguien que tiene un coche de lujo como el suyo, una noche en este hotel seguramente no es nada.