El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Cenizas y Promesas

El silencio que siguió a la tormenta en San Petersburgo era espeso, casi sagrado.

Los equipos de reconstrucción trabajaban día y noche reparando los muros exteriores de la Torre Nevá, mientras el consejo de capitanes del sur, ya sin Mikhail ni Larisa para dirigirlos, capitulaba formalmente ante la autoridad indiscutible de Ares.

Kirill encontró a Valeria en la sala de mando, todavía revisando los últimos informes de la operación con la disciplina profesional que nunca terminaba de abandonarla del todo, ni siquiera después de una semana sin apenas dormir.

—El expediente contra Larisa Rostov está cerrado —dijo ella, cerrando el portátil—. Europol va a perseguir sus activos restantes en cualquier jurisdicción donde intente reaparecer. No va a tener un solo lugar tranquilo en el mundo entero.

—Suena a la clase de justicia que a ti te gusta —comentó Kirill, sentándose a su lado.

—Es la única clase de justicia en la que de verdad creo.

—Valeria se giró para mirarlo, con una expresión que ya no intentaba ocultar nada—.

He pedido un traslado permanente, Kirill.

Un puesto de enlace fijo entre Europol y las autoridades de Nueva York, centrado en el crimen organizado transatlántico. Empezaría el mes que viene.

Kirill sintió que el corazón le daba un vuelco que no tenía nada que ver con ninguna guerra.

—¿Eso significa...?

—Significa que ya no voy a tener que inventarme excusas profesionales para cruzar el Atlántico cada vez que quiera verte.

—Valeria le tomó la mano, con una sonrisa que desarmaba por completo su fachada habitual—.

Significa que estoy eligiendo esto, Kirill.

Sin condiciones, sin plazos, sin ninguna cláusula legal de por medio. Solo yo, decidiendo quedarme.

Kirill la besó entonces, con una lentitud reverente que llevaba más de un año construyéndose entre operaciones encubiertas, guerras familiares y llamadas telefónicas a horas imposibles, sellando por fin una promesa que ninguno de los dos había tenido el valor de pronunciar en voz alta hasta ese momento.

En el ala privada de la torre, Ares contemplaba a Elena dormir con Sasha acurrucado entre ambos, la luz tenue del amanecer filtrándose por los ventanales reforzados que, apenas una semana atrás, habían sido escenario de la batalla más importante de su vida.

—El consejo completo ha jurado lealtad esta mañana —murmuró Ares, aunque sabía que Elena dormía demasiado profundamente para escucharlo—.

San Petersburgo es nuestra, sin ninguna disputa pendiente.

Nueva York nos espera. Y tú, pequeño guerrero —añadió, rozando con un dedo la mejilla diminuta de su hijo—, naciste en medio de la tormenta más violenta que este imperio ha visto en generaciones, y aun así, aquí estás, durmiendo como si el mundo entero fuera un lugar seguro.

Elena abrió los ojos despacio, sonriendo al sorprenderlo hablándole a un bebé dormido.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto?

—El suficiente para darme cuenta de que ya no tengo miedo —dijo Ares, tumbándose a su lado con un cuidado reverente—. Llevaba media vida entrenándome para no necesitar nada ni a nadie. Y ahora necesito dos cosas más que el aire que respiro, y no pienso disculparme jamás por ello.

Elena le tomó la mano y la llevó hasta el pecho diminuto de Sasha, sintiendo el latido tranquilo bajo sus dedos.

—Entonces no te disculpes —susurró—. Solo quédate.

—Siempre, pianista —prometió Ares—. Siempre.