CAPÍTULO 20
El Juicio de la Reina
Los tres días que siguieron al nacimiento de Sasha transcurrieron en una burbuja extraña, suspendida entre el alivio absoluto de la guerra terminada y el agotamiento físico de un cuerpo que todavía se recuperaba de haber dado a luz en mitad de un tiroteo.
Elena pasó la mayor parte de ese tiempo entre la cama y el pequeño sofá junto al ventanal, con Sasha alimentándose cada pocas horas bajo la mirada atenta del médico, que repetía, cada día con más confianza, que los pulmones prematuros del bebé se estabilizaban mejor de lo esperado.
Ares no se apartó de su lado más que los minutos estrictamente necesarios para coordinar con Kirill la rendición formal de los últimos capitanes leales a Mikhail, regresando siempre con la misma urgencia silenciosa de un hombre que todavía no terminaba de creerse que ambos, madre e hijo, hubieran sobrevivido a aquella noche.
—Deberías dormir tú también —le dijo Elena, la segunda noche, observándolo velar el sueño de Sasha con una vigilancia que rozaba el agotamiento—. Llevas setenta y dos horas sin cerrar los ojos más de veinte minutos seguidos.
—No puedo. —Ares no apartó la vista de la cuna improvisada junto a la cama—.
Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a esa terraza, al sonido del guardia diciéndome que habías roto aguas, y necesito comprobar, una y otra vez, que los dos seguís aquí.
Que no fue solo un sueño desesperado en mitad del combate.
Elena le tendió la mano, y Ares se sentó a su lado, dejando por fin que el cansancio acumulado le pesara sobre los hombros.
—Estamos aquí —dijo ella, apoyando la cabeza contra su pecho—. Los tres. Y no pensamos irnos a ninguna parte.
Katia se convirtió, esos días, en una presencia constante y bienvenida: preparaba té que nadie le había pedido, cantaba canciones de cuna en un ruso macarrónico que hacía reír a Elena incluso en su agotamiento, y se declaró, sin que nadie se lo discutiera, "tía oficial de guardia" cada vez que Ares y Elena necesitaban una hora de sueño ininterrumpido.
Fue Kirill quien, la tercera mañana, llevó la noticia de que Viktor Rostov había enviado un mensaje formal aceptando cualquier condición de rendición que Ares quisiera imponer, y de que Larisa, la única pieza que quedaba sobre el tablero, esperaba ya en el gran salón el veredicto que decidiría el resto de su vida.
—¿Estás lista para esto? —preguntó Ares, mientras Elena se vestía despacio, todavía con el cuerpo dolorido, para bajar por primera vez desde el parto.
—Llevo lista desde la noche que esa mujer amenazó a mi hijo en un camerino de ópera —respondió Elena, con una determinación que ni el cansancio físico conseguía apagar—.
Vamos a terminar esto de una vez por todas, Ares.
Y después, quiero que los tres —los cuatro, contando a Katia, que se negaría en redondo a quedarse fuera— volvamos a casa.
Con Sasha durmiendo plácidamente en brazos de su padre por primera vez fuera del dormitorio, Elena se sintió por fin con la fuerza suficiente para bajar al gran salón de la Torre Nevá y cerrar el último asunto pendiente de la guerra.
Larisa Rostov permanecía de rodillas en el centro de la estancia, custodiada por Kirill y dos guardias. Tenía el dobladillo del vestido desgarrado y la piel manchada de hollín, pero en sus ojos aún ardía una chispa de soberbia desesperada.
Elena cruzó el umbral del salón despacio, todavía sintiendo el cuerpo dolorido por el parto, pero con la barbilla erguida y una autoridad serena que llenaba el espacio sin necesidad de alzar la voz.
Ares no tardó un segundo en moverse a su lado, con Sasha todavía dormido contra su pecho, en una imagen que contrastaba brutalmente con la violencia reciente que todavía impregnaba el aire de la sala.
—Está en tus manos —murmuró Ares al oído de Elena—. Mikhail está muerto. Esta mujer intentó envenenarte a ti y a nuestro hijo, y amenazó su vida directamente en ese teatro. Dime qué quieres que le haga.
Larisa levantó la cabeza, esbozando una mueca de desprecio envenenado, aunque el temblor de sus manos delataba el terror que intentaba disimular.
—¿Vas a dejar que una simple pianista decida mi destino, Ares? —provocó—. Ejecútame si vas a hacerlo, pero no me humilles dejando que...
—Ya no soy solo una pianista, Larisa —interrumpió Elena, con una voz clara y helada que resonó en el salón en ruinas—.
Soy la mujer que desmanteló las cuentas secretas de tu familia, que sobrevivió a tu veneno, que acaba de traer al mundo al heredero legítimo de este imperio en mitad de tu propio asedio, y que ahora mismo sostiene tu vida entera en la palma de la mano.
Créeme que voy a decidir tu destino con mucho gusto.
Elena dio dos pasos al frente, deteniéndose a escasa distancia de Larisa.
—Crees que la muerte es el castigo más severo que existe en este mundo —continuó—.
Pero la muerte es rápida. Es limpia. Y tú no mereces esa salida.
Tu padre ya te repudió como heredera. Tus cuentas en Liechtenstein, Zúrich y Nicosia ya no existen.
Vas a firmar la cesión total de los derechos territoriales del sur y te irás de esta ciudad antes del amanecer.
Vivirás sabiendo que no tienes nada, que tu apellido ya no significa nada en este mundo, y que cada rublo que gastes el resto de tu vida dependerá de la misericordia que yo decida tener contigo.
Si vuelves a poner un solo pie en San Petersburgo, o cerca de mi familia en cualquier parte del mundo, la orden de ejecución no la dará Ares. La daré yo.
Un silencio sepulcral se apoderó de la estancia. Kirill miró a Elena con un destello de respeto indiscutible, mientras los guardias contenían el aliento.
Larisa apretó los dientes hasta hacerlos crujir, comprendiendo que la ruina y el desprecio eran una condena infinitamente más cruel que un disparo en la cabeza.
Algo se quebró en su rostro entonces, una grieta que ninguna máscara de soberbia consiguió ya disimular: no era miedo a morir lo que la desarmaba, sino la certeza de que iba a seguir viviendo, año tras año, exactamente como la mujer invisible que siempre había temido ser, solo que ahora sin el apellido, sin el dinero, y sin ni siquiera la dignidad de una derrota rápida que contar.
Las manos le temblaron al recibir la pluma que Kirill le tendió.
Firmó el documento de rendición con una letra que ya no se parecía en nada a la caligrafía elegante y calculada de la nota que había deslizado bajo la puerta del despacho semanas atrás.
—Toda mi vida intentando que alguien me viera —murmuró Larisa, tan bajo que solo Elena, inclinada a un paso de distancia, alcanzó a escucharlo—. Y lo único que voy a conseguir ahora es que todo el mundo sepa exactamente quién soy, y que a nadie le importe una palabra de ello.
—Debiste pensarlo antes de amenazar a mi hijo —respondió Elena, sin ninguna piedad en la voz, aunque por un instante fugaz algo parecido a la compasión le atravesó el pecho al reconocer, en la desesperación de Larisa, un eco distante del propio miedo que ella misma había cargado meses atrás—.
El mundo entero va a saber quién eres, Larisa. Solo que nunca más como una amenaza.
Cuando los guardias la arrastraron fuera del salón, con la cabeza por fin gacha y el peso completo de la sentencia asentándose sobre sus hombros, Ares se acercó a Elena, con Sasha todavía dormido contra su pecho, y le rozó la frente con un beso lleno de un orgullo que no necesitaba palabras.
—Eres implacable, pianista —murmuró—. Nuestro hijo tiene mucha suerte de haber nacido de la mujer más peligrosa y más extraordinaria que este imperio ha conocido jamás.