CAPÍTULO 19
Nacer en la Tormenta
El dolor llegaba en oleadas que a Elena le robaban el aliento, sincronizadas de forma obscena con las detonaciones que todavía resonaban en los pisos superiores de la torre.
Valeria no se apartó de su lado ni un instante, sosteniéndole la mano con una firmeza que desmentía por completo la tensión que debía de sentir ante los disparos cada vez más cercanos.
—Respira, Elena. Conmigo. —Su voz, normalmente tan clínica y profesional, se había suavizado en algo mucho más cercano al cariño genuino de una amiga—. He visto a mujeres sobrevivir a cosas mucho peores que un parto adelantado en mitad de un tiroteo. Vas a estar bien. Los dos vais a estar bien.
—El bebé viene con seis semanas de adelanto —informó el médico, con el sudor perlándole la frente mientras preparaba el equipo de emergencia en la sala de mando reconvertida a toda prisa en zona médica—.
Es pronto, pero no imposible. Necesito que te mantengas calmada, Elena, todo lo calmada que puedas en estas circunstancias.
—No puedo prometerle calma en medio de un tiroteo —jadeó ella, apretando los dientes contra otra contracción.
Ares irrumpió en la sala segundos después, todavía con la ropa manchada de sangre ajena y los ojos desorbitados por un terror que ninguna guerra le había provocado jamás. Cruzó la distancia en tres zancadas y le tomó la mano con una desesperación que casi le cortó la circulación.
—Estoy aquí —dijo, con la voz rota—. Estoy aquí, Elena. No te voy a soltar.
—Mikhail... —consiguió articular ella entre jadeos.
—Muerto. Se acabó. —Ares le apartó el pelo empapado de sudor del rostro, con una ternura que contrastaba brutalmente con la sangre todavía fresca en sus nudillos—. Ahora lo único que importa eres tú, y él.
Las siguientes tres horas se convirtieron en un borrón de dolor, disparos ocasionales todavía resonando a lo lejos mientras Kirill y el resto de la guardia terminaban de asegurar cada rincón de la torre, y la voz constante de Ares murmurándole aliento al oído con una devoción que Elena jamás olvidaría mientras viviera.
—Ya casi está, Elena. Un empujón más. Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida, y esto no va a ser diferente.
Cuando el llanto agudo y furioso de un recién nacido rasgó por fin el aire de la sala de mando, sustituyendo el eco distante de los últimos disparos de la noche, Ares sintió que algo se rompía dentro de su pecho —no de dolor, sino de un alivio tan violento que las piernas apenas lo sostuvieron.
—Es un niño —anunció el médico, envolviendo al bebé con manos expertas antes de depositarlo, minúsculo y furioso, sobre el pecho de Elena—. Pequeño, pero fuerte. Los pulmones suenan bien. Va a estar bien.
Elena, agotada hasta los huesos pero con una sonrisa que iluminaba cada rincón de su rostro exhausto, contempló al diminuto ser que acababa de traer al mundo en mitad de una guerra, con el sonido lejano de la tormenta cediendo poco a poco más allá de los muros de la torre.
El miedo que la había perseguido durante meses —el miedo a convertirse, sin darse cuenta, en la clase de madre que la abandonó a ella— se disolvió en el instante exacto en que sintió el peso diminuto de su hijo contra el pecho, reemplazado por una certeza tan simple y tan absoluta que casi le dolió: jamás, bajo ninguna circunstancia, iba a soltar la puerta para que se cerrara sola.
—Alexander —susurró, mirando a Ares—. Quiero llamarlo Alexander. Sasha.
Ares se arrodilló junto a la camilla, con una mano temblorosa acariciando la mejilla diminuta de su hijo, incapaz de apartar la vista de la prueba viviente de que, contra todo lo que su padre le había enseñado sobre el mundo, algo puro e irrompible acababa de nacer de las cenizas de aquella noche.
—Sasha Volkov —repitió, con la voz quebrada por una emoción que no intentó disimular—. Bienvenido a este mundo, hijo. Prometo que va a ser un lugar mejor del que yo heredé.
Katia irrumpió en la sala apenas minutos después, escoltada por los guardias que ya no tenían ningún argumento razonable para contenerla, con los ojos hinchados de llorar de puro alivio al enterarse de que el tiroteo había terminado y de que, en algún momento de aquella noche imposible, se había convertido oficialmente en tía.
—¿Puedo? —preguntó, deteniéndose junto a la camilla con una timidez poco habitual en ella, contemplando al diminuto Sasha con una ternura que le suavizaba cada rasgo del rostro.
—Ven aquí —dijo Elena, haciéndole sitio con una sonrisa cansada—. Alguien tiene que empezar a malcriarlo oficialmente, y prefiero que sea alguien que sepa hacerlo con estilo.
Katia se acercó con una reverencia casi solemne, rozando la mejilla diminuta del bebé con un dedo tembloroso.
—Hola, pequeño guerrero —susurró, con los ojos todavía brillantes—. Bienvenido a la familia más ruidosa y más terca de todo el hemisferio norte. Te prometo que la vas a pasar en grande.
Fuera, la tormenta empezaba, por fin, a amainar sobre San Petersburgo.